INT. DORMITORIO DE MISS PROZAC. NOCHE
Di Nabo, tumbado, con el dorso de la mano derecha apoyado sobre la frente resopla largamente sobre la cama de una seminconsciente Miss Prozac, que más que dormida parece estar cocinándose en su propio sudor corporal. D.N. acaricia con ternura la mojada espalda de M.P:
DI NABO
Aquí no se puede vivir sin
aire acondicionado.
MISS PROZAC
Tampoco se puede vivir sin ti;
y no quedará otro remedio.
DI NABO
Uy, uy… señorita Prozac ¿no se estará
usted enamorando?
MISS PROZAC
No tengo ni la más remota idea.
Creo que no, pero el lunes por la
mañana, cuando no esté aquí ya
para preguntármelo señor Di
Nabo, será definitivamente terminal.
Y el lunes a las 8:25 horas de la mañana la señorita Prozac dio una vuelta sobre sí misma en la cama, esta vez la mitad de vacía, mientras la voz monocorde y robotizada de una mujer rezaba sin parar “Es hora de levantarse: son las ocho horas… vein te mi nu tos.”
P.D: No, no, no será una aventura, una aventura…


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Aaah, el amor… (sí, dicho así, con “ese” tonito).
Su ausencia es lo único que nos diferencia de esos chandaleros drogodependientes del tipo “¿Me das un euro pa’l bus?”…
Su ausencia es lo único que nos sigue hermanando con esos babuinos que no dejan de tener sexo a todas horas, dándoles igual el orificio y a falta de los mismos se pasan el día pelando el plátano (en todos los sentidos de la expresión)…
Aaah, el amor… ese trozo de mierda que todos terminamos por masticar, degustar y recomendar con una sonrisa (marrón) de placentera estupidez…