Escala de Heces versus escala cacofónica

Tardé bastante más de un año en ver el último capítulo de Friends. En fin, no había ninguna isla y Ross no merecía categoría de mesías, de modo que no era nada importante que tener pendiente. Nada que me avergonzase por no poder debatir en los pubs de música baja con esa gente que usa el mismo pareo que se ponía tapando el culo en verano para enroscar al cuello cuando llega el otoño. Esa gentuza más guay que yo, digo. Volviendo de los cerros (“irse por los cerros de Úbeda” fue el hit de mi abuela en el verano del 91) lo que más me impactó del desenlace viéndolo en versión original subtitulada (que sean más guays que yo y me pongan a parir no implica que ocasionalmente no tienda a imitarles) fue, obviando que Jennifer Aniston seguro que fuma Ducados, que Chandler tuviera esa voz de soberano gilipollas. No digo que el actor de doblaje aquí en España fuera precisamente el epítome del campechanismo y gracia, pero al menos no llegaba a pecar tanto de suficientorro con Master en Derecho Internacional de varios millones impartido a miles de kilómetros de la ciudad natal. A mí me caía razonablemente bien Chandler, más que por auténtica empatía, por eliminación. Pues, admitámoslo aquí y ahora, el resto del reparto eran una panda de maniáticos pijoncios insoportables. Imaginaos pasar la tarde en la sala de espera de la Seguridad Social con Phoebe hablando del karma; cualquiera acabaría rezando por que su médico de cabecera le diagnosticase una enfermedad degenerativa fulminante.

Con esta amable y nada cargada de ira presentación pretendía introducir el tema de lo fundamental que es el tono de voz a la hora de establecer valoraciones completas de un ser humano. Hay voces con las que no te podrías ir a la cama. Ese es precisamente el germen de los fracasos en las relaciones sociales de hoy en día. Como la mayor parte de la gente se conoce en locales donde el volumen de la música eclipsa casi por completo el sonido de sus voces, al final se van a la cama y consecuentemente establecen una familia con alguien cuya voz les antierotiza o despierta en ellos hostilidad y/o desasosiego. Dado que en las bibliotecas se susurra, los supermercados también poseen un alto grado de contaminación acústica y la calle siempre será demasiado violenta como escenario de un flechazo, os recomiendo a todos que os “prendéis” en el trabajo. Suele ser un lugar silencioso donde puedes utilizar el tono natural medio de tu voz y ser conocido por lo que realmente eres. La voz, chicos, en serio, no lo menospreciéis.

Dada la importancia del tema y siempre con afán instructivo, tras haber adquirido recientemente una información anecdótica tan poderosa que casi se me saltan las lágrimas al ver la diapositiva en la clase de “Bienestar del paciente”, creo que está en mi mano realizar una tabla análoga a la siguiente:

Utilizando voces de mierda de siete tipos distintos, siendo el medio la voz ideal (la mierda ideal) y los estremos inaceptables. Véase en un primer borrador:

Tipo 1 GRACITA MORALES: Lo más parecido a arañar una pizarra con una botella rota.

 

Tipo 2: MICHAEL JACKSON: Susurrante y aguda. Como apunto de morir por sobredosis de algodón azucarado.

 

 

 

 

Tipo 3: MADONNA en los OCHENTA: Como Mickey Mouse con afonía. Algo más cercano a lo humano.

 

 

 

Tipo 4: RAMÓN LANGA: La voz de Bruce Willis. La voz que uno quiere escuchar tomándose una cerveza o cuando va a salvar el mundo de una hecatombe apocalíptica. La mierda perfecta con forma de chorizo en la Escala de Bristol. Sí.

 

 

 

Tipo 5: ROSANA: Voz de huevo. Es decir voz potencialmente bella ahogada en huevo duro atascado en garganta.

 

 

 

 

Tipo 6: BARRY WHITE: Voz con trancazo crónico. De no saber expectorar con propiedad a lo largo de la vida.

 

 

 

 

Tipo 7: GOLGOTA o DEMONIO DE CACA: Inaceptable, como escuchar a un abuelo de ochenta años sin la dentadura y con la boca llena de pisto muy pasado intentando decir “Ornitorrinco”.

 

Y ya está.

 

 

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