Lo que quieres de verdad

Hace poco, yendo al centro en el 41, una madre treintañera andaluza explicaba a su hijo de poco más de dos años el concepto de “infinito”. Agitaba las manos en el aire y decía: “Puedes seguir contando pero nunca acabarás de contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce… y después el veinte y el cien y mil y un millón y un millón de millones ¡y sigue! ¡y no se acaba nunca!”. El niño abría la boca atónito y señalaba un árbol y decía “¿Y eso?” y la madre, muy segura de sí misma, respondía: “Eso es un árbol y ahí hay otro y ahí y ahí y donde tú no puedes verlos hay más. No importa cuánto cuentes porque nunca podrás contarlo todo, nunca llegarás al final”. El niño, tras el convincente y vehemente discurso de la mujer quedaba satisfecho y en la parada del parque de la Ciudadella se hacía con su triciclo de plástico duro, agarraba fuertemente los manillares y emocionado pedaleaba ahora sabedor de que por muchas vueltas que dieran sus ruedas nunca se iba a acabar el camino que recorrer.


La madre, que no era ninguna bruja, omitió en su explicación del infinito que aunque todo era incontable matemáticamente hablando, lo que sí tenía un claro límite, lo que por el contrario sí era finito, era la propia vida. Vale que hay muchas hojas de árboles imposibles de contar y que el universo se expande, buena mujer, pero lo mismo daría que todo se acabase de aquí a cien años si yo voy a durar ochenta y aunque dedicase mi vida a hacer inventario de todo lo que se pone delante de mis narices algún día será el contador el que pare. Yo, profundamente deprimida en mi asiento, llegué a la conclusión de que es precisamente el contraste de esas dos verdades lo que nos hace infelices: el concepto del infinito respecto al de la propia mortalidad. Entiendo entonces el por qué el hombre moderno – me refiero a mí siempre que digo “hombre moderno” – puede invertir miles de horas de su vida en acabar de ver teleseries completas o leer bibliografías enteras de autores supuestamente fundamentales, todo con mucha rapidez y ansiedad, para evitar morirse sin ver el final de lo que quedará ahí para siempre mientras uno mismo se pudre.


En la adolescencia es cuando empiezas a sospechar que el tiempo es limitado. Es más, te das cuenta de que en toda una vida – quitando la infancia más tierna, la senectud más inactiva, la fase de la educación a terceros  (esta es optativa) el descanso previo al olvido o las obligaciones vampíricas y a menudo inevitables para la subsistencia - sólo disponemos de veinte años de auténtica fiesta. Veinte años entre los catorce y los treinta y cuatro (cálculo nada científico elaborado por mí misma basándome en la gente que conozco, la edad media de los protagonistas de las series de televisión más exitosas y el hecho de que yo acabo de cumplir veintiocho y me hace ilusión creer que aún me quedan seis años más de tonteo).

Notando entonces de manera permanente, aunque al principio subconsciente, el correr del reloj interno, uno tiene constantemente que decantarse por hacer lo que más le gusta. Tarea harto difícil teniendo en cuenta el exceso de oferta actual en absolutamente todos los campos y la ingente multitud de interferencias a la hora de percibir con claridad qué es lo que tira en serio.

Unos dedican los mejores años de su vida a la formación intensa, detallada y profunda para la realización personal, el éxito y el reconocimiento de sus contemporáneos. Otros sólo quieren acumular sabiduría por el placer de engordar las neuronas con datos pesados que los hagan sentir más seguros dentro de un medio que teóricamente conocen mejor que la mayoría. Otros son hedonistas y comen y beben mucho. Otros son hedonistas y follan, follan mucho. Otros son románticos sedicentes y ponen su vida al servicio del encuentro y la sublimación con un afín etéreo. Otros son muy hedonistas y donan su cuerpo como recipiente de sustancias que conmuevan sin parar su sistema nervioso. Les hay incluso que son epicúreos y creen que lo pueden tener todo a la vez. Algunos van al gimnasio. Algunos manipulan a otros. Algunos odian a todo el mundo y hacen algo al respecto o no. Y hay también los que no hacen absolutamente nada y rezan o abrazan el hábito religioso o se suicidan en un evento programado, depende.

Yo a los 17 años quería ser escritora, vivir en una buhardilla con un mueble bar repletito, conocer a muchísimos hombres fascinantes y no enamorarme de ninguno, tener un hijo y recorrer el mundo con él sin conservar ningún trabajo más de tres meses, que a partir de ahí ya se acostumbra uno y el mundo se hace finito contra su naturaleza. Hoy día me conformaría con un contrato de un año en donde sea, un par de cañas a la semana, una docena de páginas al mes y el hombre al que ya he conocido mejor y amo y quiero creer los contiene a todos. Diría que mañana me viene la regla y es el segundo mes que cobro el paro, así que lo de irme por el mundo con el crío lo dejaré para otra reencarnación porque ya no me da tiempo. Sólo concluyo que después de haber quemado dos terceras partes de mi tiempo festivo y de haberme cagado repetidas veces en el infinito, lo único que me queda es soñar. Y a partir del sueño elaborar alternativas que nunca se cumplirán en esta vida pero que por el poder – este sí insondable – de la física cuántica quizás se estén produciendo en vidas paralelas ahora mismo. Inquietante ¿no? Mi top cinco de fiestas que hubiese vivido – o vivo ahora sin saberlo – si en momentos cruciales de mi existencia hubiese ido a tal evento o hecho migas con aquel compañero o prolongado mi noviazgo con ese otro zagal o no roto mi amistad con aquella loca, serían:

1º Esposa de cineasta. Ciudad: Berlín. Hijos: Cero. El cineasta no tiene ni tiempo ni esperma útil. Ocupación: Poetisa cínica con máquina de escribir Olivetti. Situación emocional: Nada enamorada pero muy millonaria. Ni me planteo si soy feliz, todo lo que deseo es acumular objetos bellos que no sirven para nada más que para hacer bonito.

2ª Soltera pre-vagabunda. Ciudad: Manchester. Hijos: Uno y gestándose. Vivo en una casa okupa y no sé quién es el padre del crío. Todos nos queremos mucho y nuestros principales ingresos son de los vestidos y complementos hippies que vendemos en el mercadillo y que yo misma diseño y coso. Situación emocional: Soy muy feliz, me siento querida y estoy drogada la mayor parte del día. Además hablo mejor inglés que castellano y ya sabéis que el inglés es fundamental hoy en día.

3º Lesbiana misándropa. Ciudad: Madrid. Hijos: “Ni in vitro, chacho”. Después de la carrera de Cine conseguí trabajo como guionista televisiva. Situación emocional: Mi novia me quiere y yo me siento culpable porque sólo soy gay por despecho hacia uno que me rompió el corazón. Vivimos en un dúplex en el centro, así que da igual.

4º Bohemia de miras simples. Ciudad: León. Hijos: Más adelante, seguro. Acabé turismo y estoy trabajando como guía del Camino de Santiago. Mi novio es absolutamente perfecto e irreprochable. Situación emocional: Me aburro tantísimo que a menudo fantaseo con planear mi suicidio de modo que parezca un accidente laboral y nadie se sienta culpable.

5º Heterosexual casada al uso. Ciudad: Budapest. Hijos: Dos, al principio había mucho amor. Ocupación: Mi esposo me ha conseguido un trabajo en un periódico húngaro, cuyo idioma por amor aprendí a la perfección en el primer año de estancia. Tengo la casa como la patena y nos han salido unos niños muy monos. Situación emocional: Aunque me siento muy orgullosa de mí misma y de todos mis logros humanos y profesionales, así como mi conciencia social y mi capacidad de adaptación y para complacer a los que me aman, últimamente no dejo de tener sueños eróticos con un redactor y deseo impulsiva e intermitentemente fugarme con él a Austria y dejarlo todo.

Después de esto entenderéis cuando os digo que cagar bien ya me hace feliz; al fin y al cabo, estoy viviendo la mejor de las existencias imaginables.

P.D: Imaginables por mí.

6 comentarios

  1. es que te coma el negro.

    (me he leído todo, pero aún así tenía ganas de decirlo)

  2. De lo mejor que te he leido…

  3. Es por la anécdota del niño asimilando el infinito. Nunca falla.

  4. “Todos nos queremos mucho y nuestros principales ingresos son de los vestidos y complementos hippies que vendemos en el mercadillo y que yo misma diseño y coso.”

    Si ? Totalmente Seguro ? Pues yo hubiera pensado que vendian droga como en todas las casa okupas jajajajajajajjajajajaja

  5. parálisis por análisis esa vieja amiga

  6. Chaplina…el mejor post que has escrito nunca, sin duda. Qué grande eres, coño.

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