Chaplina, el retonno. Apadrina una guionista del primer mundo.

Hola personas desconocidas que me leen y mamá (sí, te da corte que te mencione en público, ¿no? pues no haber entrado, ya sabes lo que vende en el mundo del espectáculo -y en el callejero- mentar a la madre).

Hace un rato impreciso encontré en mi correo un mensaje de turpentine con su correspondiente enlace al blog personal, haciéndome sabedora de que me otorgaba un galardón virtual por mi “trabajo” (llamarle trabajo a esto lo dota todo de un halo tal de pretenciosidad que me desnuda y me convierte en una imbécil, ¿eh? Una tía muy antipática con los pechos al aire, muy mal de imagen) y me he sentido obligada, gracias además a la cantidad inmoral de tiempo libre de la que dispongo, a actualizar mi blog.

 

Gracias turpentine, ¿puedo llamarte turp? Venga, anda, te voy a llamar turp, tampoco me puedes dar permiso de inmediato, entiéndeme, tengo que intuir que estás conforme. Gracias turp, me has jodido la vida. (Es broma, llevaba un año escribiendo en el interior de las puerta de los WC de bares de modernos frases tergiversadas de rumbas de El Pescaílla; tenía que volver.)

Todo ha cambiado por aquí, en WordPress city. Me gustaba más antes, cuando al escribir el borrador de la entrada la letra te salía tamaño niño cegarruto (a ver, ¿eh? no del tamaño de un chaval ciego, si no del tamaño que requeriría un niño poco leído y con astigmatismo), pero dejando eso a un lado y esperando que si tengo fieles lo sean lo suficiente como para tolerar que me publicite en mi sitio, me “reestreno” con una entrada de vídeo. Lo siento, los días que voy al gimnasio, no pienso. Sudo, luego no existo. Virtualmente no existo, a nivel carne voy bien.

Apadrina una guionista del primer mundo

Ponerle ojitos tiernos a tu propio clon o incluso zumbártelo*

*Esta entrada contiene una elevada cantidad de spoiler a lo loco.

Anoche vi de nuevo La isla (2005), una película de ciencia ficción que relata la historia de un escocés flipado y una rubia pechugona que descubren que son clones de millonarios, meros recipientes de futuros órganos a donar. Y, les parece muy mal todo. Pero mal atónico, mal de que dices “hostia, en serio soy un clon? ¡pero si mi abuela me daba bizcochos!” y Steve Buscemi te contesta: “es el mismo implante de memoria infantil que tenían todos, nena” y tú dices “Ah, bueno, si protagonizo anuncios de Calvin Klein lo de la abuela es superfluo. ¡Guala! ¿Qué es eso? ¿Una serpiente?”. No me entendáis mal, a mí La Isla me parece relativamente entretenida, pero hace aguas por todas partes y el personaje de Scarlett Johansson es tremendamente ovino pero, claro, ¿qué le puedes pedir a un clon?

Y  aquí está la cuestión: ¿qué le puedes pedir a un clon? O mejor ¿Qué le pedirías tú a un clon? Mi momento favorito de la cinta se produce cuando Ewan Mcgregor se encuentra consigo mismo y descubre que su yo original es bastante gilipollicas, diseña barcos y es potencialmente hepatítico por, según dice, su agitada vida sexual en el pasado; vaya, es un fantasma el tío. Charlan animadamente, Ewan clon cree que Ewan’s original le ayudará a descubrir el pastelón de la fábrica ilegal de seres humanos – te acaba de conocer y ya te mete en un marrón- y al cabo de un cuarto de hora el original está apuntando al clon con un revolver yendo en el coche a 250 por hora. Hay gente que no sabe amenizar una velada sin jugar a la ruleta rusa 2.0.

Amenazar de muerte a tu propio clon, no hombre no, eso no son maneras. Bueno, yo entiendo que todo es razón de contexto, si llama a mi puerta una tía exacta a mí y me dice: “oye, mira, que al final lo de darte mi hígado no puede ser, pero si te hace puedes participar conmigo en una trama conspiratoria que pondrá en peligro la vida de ambas.” Yo, si mi soplo al corazón no cede a la tensión y me mata antes, me echo de casa de una patada en mi lindo trasero, y ni un café me preparo. Pero, ¿qué pasa si te llega tu clon y es como tú pero mejorado? Y no digo mejorado de hacerte coger complejo de inferioridad – sentir envidia de uno mismo; Freud se lo pasaría en grande con esto -, si no mejorado de decir: “vaya ¡pero si soy un bombón”. Os ponéis a conversar y tenéis los mismos gustos e inquietudes, realizáis razonamientos elaborados idénticos sobre vuestro estado de ánimo, vuestras aspiraciones y emociones y acabáis las dos eufóricas por la conexión y química existente entre tú y tu duplicado y, en consecuencia, por instinto y por la pauta social que se ha arraigado en tu conducta a lo largo de la vida, no puedes evitar empezar a tontear. Todo fluye de maravilla, hay una empatía absoluta y te gustas mucho. Llega entonces el momento de tocarle la cara a tu clon a ver qué se siente y porque la situación te lo pide a gritos (esto es muy “Consejo Cosmopolitan”). Acto seguido esgrimes una sonrisa boba y un comentario que con cualquiera que no fueras tú misma haría que te sintieras avergonzada: “Mmmmhhh… qué suave”.

¿No parece de una evidencia meridiana que acabarían enrolladas esas dos pavas? Es muy “Annäis-Annäis de Cacharel” todo esto.


Así que tumbada en la cama, mientras le pegan un tiro a Ewan Macgregor hepatítico, promiscuo y original; yo sentí pena por el fin de un romance que nunca se gestó. De tal modo que no pude evitar decir en voz alta: “Pues yo me lo haría con mi clon a ver qué se siente.” Hubo un largo silencio reflexivo y a continuación un: “Sí, sí, menudo morbazo.”

Puede que esto roce el narcisismo patológico pero sólo es cuestión de analizar el concepto.  Todos nos pasamos la vida pensando que tenemos sentido del humor, buen gusto, que besamos bien y que practicamos un sexo oral de primera. Como la autocrítica es un tema dificilísimo y, por el contrario, ponerse de acuerdo con alguien que literalmente “has encontrado en la calle” es prácticamente imposible, ¿no sería el nirvana de las relaciones pillarte una casita de campo a pachas con tu doble exacto y pasar la vida en una balsa de aceite sin discusiones y con un sexo simétricamente preciso? Nunca tener que decir “no, ahí no, ahí, ahí, ¡ahí!”, porque no hace falta.

Después de estoy tengo la absoluta certeza de que si existe una dimensión postvital tras la muerte y sirve de algo haberse portado más o menos bien en la estancia en la tierra, el paraíso debe ser algo así. Tú y tu alma gemela (gemelísima) flotando en la estratosfera en un sesenta y nueva eterno.

La venganza de lo público

Acabo de recibir un correo cadena con la foto de un asesino, violador y psicópata; todo en el mismo pack. El texto reza “Que todo el mundo conozca a este hijo de puta”. Por lo visto el engendro acaba de salir del centro de menores y no se sabe en qué lugar de la geografía española se encuentra en la actualidad. El mail tiene la intención de hacer a las niñas familiarizarse con el rostro del criminal para no acabar accidentalmente metiéndole la lengua en la boca en un pub nocturno y que éste la muerda, la escupa y la queme. Es un modo de poner las cosas en su sitio, vaya.

No entro a valorar lo práctico, moral o no que es el texto en sí mismo ni sus funciones, es que el hecho me ha llevado a convenir que dentro de todos los males que se le pueden ocasionar a un ser humano para vengarse de sus actos, por monstruosos que sean, la vergüenza es el principal. El qué dirán de ti públicamente, tu reputación, que tatúen las muros del barrio con tu número de teléfono y un listado contiguo de servicios sexuales o que te llamen “puta” educadamente en tu muro del facebook. Eso es lo peor que te pueden hacer.

Cuando los amigos discuten o las parejas rompen, consecuentemente y casi de manera inmediata se borran mutuamente como contacto en las redes sociales. Es bastante revelador. No se trata de una especie de ceremonia simbólica, de rito funerario que llore la pena de la pérdida de un vínculo. Un cojón. Es que nos da un canguelo tremendo que después de haber roto con alguien el otro se ponga a publicar tus miserias a los ojos de todos; que ensucie tu imagen pública. Que avergüence al pequeño político carismático encerrado dentro de cada uno de nosotros y que sólo vive para alimentar su vanidad.

Es terrorífico pensar que la mayoría de nosotros – y me incluyo, osada yo – que nos pasamos la vida buscando valores más elevados y pensamientos más complejos, que necesitamos encontrarle un sentido a la vida superior a nosotros mismos, tengamos al final problemas de insomnio cuando nos pasa por la cabeza una conversación de terceros sobre cuáles eran nuestras costumbres sexuales más excéntricas o qué tipo de anécdotas traumáticas marcaron nuestra infancia. Porque con los amigos y los novios no hay juramento hipocrático y una vez que la relación se trunca y disuelve tememos que se produzca el mismo efecto que si pinchas una cama de agua, esto es, que todo lo que la relación contuvo se desparrame a la vista de todos, nos moje el culo y haga peligrar por completo nuestra estabilidad hasta hacernos caer o sentir muy muy incómodos. ¿No os ha encantado la metáfora de la cama de agua? Es tan precisa y fresca a un tiempo.

Yo por mi parte he hecho tan mal las cosas, he contado tantas intimidades no remuneradamente y he actuado de modo tan ridículo en innumerables ocasiones que creo que he llegado al punto zen en el cual nada de lo que se diga de mí ni quien lo diga me importa. Quizás esa sea la génesis del ir tan agusto al cuarto de baño (dos o tres veces cada día, sí, señores, soy feliz) y de que ninguna pena me dure más de una semana o más de dos películas de Gene Kelly. A todos los demás mortales que estáis ahora viendo a qué corresponde el cuadradito rojo con un 4 o un 5 que hay junto al icono de la bolita del mundo en el cáustico universo de Zuckerberg, a vosotros os diré algo que me dijo mi hermana hace muchos años y que deberíamos tatuarnos en el antebrazo antes de hacer un discurso en un salón de actos llenito: “Todos somos carne en futura putrefacción”.

Escala de Heces versus escala cacofónica

Tardé bastante más de un año en ver el último capítulo de Friends. En fin, no había ninguna isla y Ross no merecía categoría de mesías, de modo que no era nada importante que tener pendiente. Nada que me avergonzase por no poder debatir en los pubs de música baja con esa gente que usa el mismo pareo que se ponía tapando el culo en verano para enroscar al cuello cuando llega el otoño. Esa gentuza más guay que yo, digo. Volviendo de los cerros (“irse por los cerros de Úbeda” fue el hit de mi abuela en el verano del 91) lo que más me impactó del desenlace viéndolo en versión original subtitulada (que sean más guays que yo y me pongan a parir no implica que ocasionalmente no tienda a imitarles) fue, obviando que Jennifer Aniston seguro que fuma Ducados, que Chandler tuviera esa voz de soberano gilipollas. No digo que el actor de doblaje aquí en España fuera precisamente el epítome del campechanismo y gracia, pero al menos no llegaba a pecar tanto de suficientorro con Master en Derecho Internacional de varios millones impartido a miles de kilómetros de la ciudad natal. A mí me caía razonablemente bien Chandler, más que por auténtica empatía, por eliminación. Pues, admitámoslo aquí y ahora, el resto del reparto eran una panda de maniáticos pijoncios insoportables. Imaginaos pasar la tarde en la sala de espera de la Seguridad Social con Phoebe hablando del karma; cualquiera acabaría rezando por que su médico de cabecera le diagnosticase una enfermedad degenerativa fulminante.

Con esta amable y nada cargada de ira presentación pretendía introducir el tema de lo fundamental que es el tono de voz a la hora de establecer valoraciones completas de un ser humano. Hay voces con las que no te podrías ir a la cama. Ese es precisamente el germen de los fracasos en las relaciones sociales de hoy en día. Como la mayor parte de la gente se conoce en locales donde el volumen de la música eclipsa casi por completo el sonido de sus voces, al final se van a la cama y consecuentemente establecen una familia con alguien cuya voz les antierotiza o despierta en ellos hostilidad y/o desasosiego. Dado que en las bibliotecas se susurra, los supermercados también poseen un alto grado de contaminación acústica y la calle siempre será demasiado violenta como escenario de un flechazo, os recomiendo a todos que os “prendéis” en el trabajo. Suele ser un lugar silencioso donde puedes utilizar el tono natural medio de tu voz y ser conocido por lo que realmente eres. La voz, chicos, en serio, no lo menospreciéis.

Dada la importancia del tema y siempre con afán instructivo, tras haber adquirido recientemente una información anecdótica tan poderosa que casi se me saltan las lágrimas al ver la diapositiva en la clase de “Bienestar del paciente”, creo que está en mi mano realizar una tabla análoga a la siguiente:

Utilizando voces de mierda de siete tipos distintos, siendo el medio la voz ideal (la mierda ideal) y los estremos inaceptables. Véase en un primer borrador:

Tipo 1 GRACITA MORALES: Lo más parecido a arañar una pizarra con una botella rota.

 

Tipo 2: MICHAEL JACKSON: Susurrante y aguda. Como apunto de morir por sobredosis de algodón azucarado.

 

 

 

 

Tipo 3: MADONNA en los OCHENTA: Como Mickey Mouse con afonía. Algo más cercano a lo humano.

 

 

 

Tipo 4: RAMÓN LANGA: La voz de Bruce Willis. La voz que uno quiere escuchar tomándose una cerveza o cuando va a salvar el mundo de una hecatombe apocalíptica. La mierda perfecta con forma de chorizo en la Escala de Bristol. Sí.

 

 

 

Tipo 5: ROSANA: Voz de huevo. Es decir voz potencialmente bella ahogada en huevo duro atascado en garganta.

 

 

 

 

Tipo 6: BARRY WHITE: Voz con trancazo crónico. De no saber expectorar con propiedad a lo largo de la vida.

 

 

 

 

Tipo 7: GOLGOTA o DEMONIO DE CACA: Inaceptable, como escuchar a un abuelo de ochenta años sin la dentadura y con la boca llena de pisto muy pasado intentando decir “Ornitorrinco”.

 

Y ya está.

 

 

PESTERA MUIERII o tú qué tienes entre las piernas, pues?

Hace un par de semanas el chico que me acompaña en los momentos más felices y menos remunerados económicamente de mi actual vida entró conmigo en una tienda de ropa femenina de baratillo y connotantes punkis de diseño calculado, me dio un billete de veinte euros y al más puro estilo Richard Gere de barrio me espetó con una sonrisa limpia: “cómprate lo que quieras, nena” y añadió un sugerente: “mira, ahí hay tangas a par por tres euros”. Entre los artículos que el presupuesto me permitió adquirir se encuentra uno que perfectamente podría ser el atrezzo macguffin perfecto para una revisión de la filmografía Hitchcockiana por su malditismo implícito. Se trata del tanga negro con el dibujo exacto del hombre verde – pero en blanco – de los semáforos caminando igualmente de lado pero con las piernas algo más abiertas de lo habitual y una leyenda en mayúsculas que reza bajo el dibujo: “Pestera Muierii”.

Pestera Mueirii significa, no sé aún si en euskera, algo parecido a “Caverna femenina” o eso creo después de revisar las primeras fotos que aparecen en google al buscar el término. Empezamos mal, no me gusta nada tener que señalizar mis zonas erógenas, me parece una falta de respeto doble: hacia la eficiencia y perspicacia de mi amante y hacia la morfología de mis caracteres sexuales. El caso es que desde que poseo esas bragas no he parado de tener pesadillas con rechazos eróticos; parece que mi yo onírico ha comenzado a cobrar entrada por adentrarse en la ruta de mi “Woman’s cavern” y a los otros personajes de mi subconsciente no les ha parecido nada bien y se están rebelando cambiando radicalmente sus roles amables en mis sueños por los diametralmente opuestos de dispuestos empujadores hacia las vías del metro, bebés suicidas incontrolables o abuelas que se cuelan en la cola del Caprabo; todo muy terrorífico pero con una edición fotográfica de gran calidad, no sé si a vosotros os pasa, pero a veces tengo la sensación de que el director de arte de mis sueños debe ser Sven Nykvist o Freddy Young (estas cosas me las curro para parecer pedante, pero en cuanto acabe el post ya se me han olvidado estos dos pavos, es dificilísimo ser una snob cultivada con la memoria de mierda que tengo; esto para el blog mola, pero luego me llevas a un coctail organizado por Nuria Espert y todo serán largos suspiros de bochorno hacia mi flequillo). Hoy, después de tanta pesadilla, todo mi malestar psicológico por culpa de las bragas malditas que, por cierto, no son de mi talla y dado que los regalos no se deben cambiar las uso como adorno de la esquina superior derecha de mi espejo de tocador – para darle precisamente toda la dimensión que se merece al concepto “tocador”- se ha comprimido en la persona de… y aquí llega lo difícil, lo que yo he venido en denominar: “ser de sexo indefinido y humor paradójicamente sexista con el aspecto y el estilismo lo suficientemente ecléctico e inclasificable como para poder ser un secundari@ de Lynch o el primoabuelo hermafrodita tunero del cantante de El canto del loco”. ¿Qué haces cuando tienes que trabajar cerca de alguien así? Sobre todo cuando la gente se dirige a esa persona por un apelativo que puede ser bien un apellido; correspondiente por tanto a cualquier género sexual, o un nombre masculino.

Puede que Conan no parezca una mujer, pero no seamos claros, tampoco parece un hombre

Puede que Conan no parezca una mujer, pero no seamos claros, tampoco parece un hombre

No tengo nada en contra de la ambigüedad, el hermafroditismo o lo que tan de moda está ahora en ese universo paralelo que nos acecha que es tele 5: “la reasignación de género”, pero creedme, esta persona sea lo que sea no es simpática y temo de veras por mi seguridad personal si en algún momento al interactuar con él/ella equivoco la naturaleza de sus genitales con una “a” o una “o” potencialmente mortíferas. Por ello, y sin ánimo de que os acostumbréis a que relacione la primera y la última parte del post he llegado a la brillante determinación de obsequiarle con mis bragas malditas. Es altamente probable, y aquí sí acoto la cuestión, de que si se trata de un hombre, procure ser lo suficiente políticamente correcto como para fingir alguna clase de halago por mi aparente insinuación sexual heteroque traducirá en un comentario sexista en voz alta y quizás una traumática – para mí, y puede que mucho a la larga – palmadita en zona blanda de mi cuerpo. Si es una mujer, lesbi o no, se extrañará bastante y no reirá la gracia en modo alguno, es posible que me tire la Pestera Muierii a la cara, pero me lo tomaría como el confeti bendito de mi triunfo como detective new age. En fin, soluciones absurdas frente a dilemas repugnantes.

Hay que darle alguna clase de cohesión a todo este absurdo, sobre todo ahora que Lost se acaba y la vida cotidiana va a perder un poco más de sentido.

La discriminación positiva o cómo tener una película mediocre, incrustarle una historia homosexual y creerte transgresor y sensitivo.

Hay una película altamente insulsa titulada 9 songs donde un chico y una chica jóvenes que se acaban de conocer en una ciudad en la que ambos están de vacaciones deciden encerrarse en la habitación de hotel de uno de ellos para follar como conejos entre tema y tema popi, parando para lavarse los dientes a la vez o hablar de sus respectivos pezones juntos frente al espejo. Ya sabéis, esa clase de conversación tan habitual entre dos amantes recientes: “¿Has visto lo andrógina que soy? Hasta tengo aquí un pelo que parece púbico en la teta izquierda.” Así en esencia pero expresado con imágenes poéticas o, en su defecto, montaje caótico, para que todo resulte muy moderno y a ningún apasionado del indie espectador en la sala se le pase jamás por la cabeza: “pero qué mierda de peli porno con menos genitales y diálogos más largos es esta absurdez?”

El brailerotismo ha llegado.

Yo nunca oí hablar de Nine songs, me la topé un día en el cinetube o alguna página análoga, vi veinte minutos y la deseché en favor de Bruce Willis o algún yanki aún más comercial; cosa que hago siempre que me cabreo con los hijos de Sundance o con Haneke. No puedo decirlo pero imagino que Nine songs terminaba con alguna promesa de amor puro descubierto a través de la lujuria y un “yo contigo, aquí en pelotas me quedaría toda la vida” ¿No te jode? ¡Y yo! Y sin estar enamorada ni nada. Vivir el resto de mi vida en una suite de lujo, yendo desnuda a todas partes y desayunando de buffet libre; de niña imaginaba que el cielo debía ser así.

Ayer fui a ver – ¡pagué por ir a ver! – el remake de Nine songs pero con dos lesbis: Habitación en Roma. Fui con el chico que me gusta – esta expresión es un poco de Primaria, pero cuando alguien nos gusta mucho, tenemos todos trece años otra vez y nos salen granos y salivamos más – con la esperanza de que fuese como fuese al menos podríamos tocarnos un poco durante la proyección. Mi acompañante me confirmó que se erotizó mucho más por sus propias expectativas durante los trailers previos que en el visionado directo de las escenas de cama. Yo siempre he creído que Medem es un coñazo supravalorado que vive de aquellos espectadores afrancesados que son capaces de sacarle partido lírico a cualquier engendro kitsch (según Milan Kundera: “la negación de la caca”) porque ellos mismos tienen el poder de hacerse su propia lectura superior a partir de imágenes siempre, eso sí, bien fotografiadas e iluminadas, mejor que un anuncio de Anäis Anäis. Así, yo ya iba predispuesta a odiar la película.

No me creí nada, ya no sólo lo inverosímil de la historia de amor, sino incluso la atracción sexual entre las dos mujeres. No parece que se gusten mucho, parece que están meramente erotizadas consigo mismas y tienen ganas de un frotamiento clitoridiano, como decía Faemino: “cualesquiera”. Elena Anaya tiene sólo dos registros: “cara absorta”, “cara calentona”. Se ha pasado los últimos tres lustros de su carrera profesional con la boca abierta. Y la rusa no puede ser más afectada y cargante. Ese lenguaje corporal calculado que hace que en ningún momento te olvides de que pegadas a ellas hay un cámara con una erección elefántica intentando mantener el pulso y pidiendo cocaína y afrodisiacos varios por el walky talky a producción a ver si puede caer algo de mambo para él en el set, cuando Medem se ausente a hacer pilates y meditación trascendental durante el descanso.

Esos diálogos mortalmente estúpidos expresados con la cadencia de un ministro en un prostíbulo de lujo, esos ojos cerrados como de meterte en una bañera caliente y hacerte pis, esa ingeniera inventora que viste como un lating king y ese “humor” pueril que ya rebasa la vergüenza ajena y la convierte en grima, me parecen insultantes y muy a menudo bochornosos, peor que los especiales navideños de los noventa con los hombres del tiempo versionando musicales del Hollywood dorado. Peor que eso, en serio, aunque pensaseis que no había nada.

Pero no es eso. No es mi cabreo, es mi decepción lo que pesa sobre los 7 euros con 50 céntimos de la entrada. Me apena profundamente que se base el interés de una historia de amor única y exclusivamente en el hecho de que es homosexual. Me pasó con Brokeback mountain. Hice el ejercicio de imaginar que Jake Gyllenhaal era una chica y la historia me pareció amena pero nada perturbadora en cuanto a la transmisión de sentimientos auténticos; aunque reconozco que ahí al menos sí se sentía la tensión sexual y el rollo “qué ganas tengo de dejarte el ojete como un caldero, truhán”.

Me apena, y quiero dejar esto claro antes de que alguien asevere que debería colgar una etiqueta que rezase homofobia en la entrada, que no se hagan buenas películas de amor sobre la homosexualidad. Todas pecan de buscar una estética divinesca o una controversia suma que venga bien para la taquilla. Yo quiero una historia de amor homosexual en la cual no haya un discurso sobre la homosexualidad, ya es hora de normalizarlo de verdad. Me parece sustancialmente más creíble el amor entre Jim Carrey y Ewan Macgregor en I love you, Phillip Morris que la mencionada Montaña de la espalda rota porque al menos en aquella no existe el momento sorpresa “Oh, vaya, qué horror, se me ha puesto esto duro ya verás cuando se entere mi madre o el panadero”, simplemente son gays, no hay duda sobre eso, se ven, se gustan y se enamoran. No es un historia suave y poética, es una comedieta absurda, pero me lo creo.

Me creo a Whoopy Goldberg – … – enamorada de la amante de su esposo maltratador en El color púrpura y también a William Hurt – a este ya de cabo a rabo (qué sutil soy) – en El beso de la mujer araña. Transmite una mayor complicidad y afecto intrínseco, la relación entre Robert Redford y Paul Newman en Dos hombres y un destino o la de Geena Davis y Susan Sarandon (la misma peli, pero con pechos) en Thelma y Louis; si a mitad de metraje en cualquiera de esas dos películas hubiera habido un silencio con mirada sostenida seguido de un “Me gustas a morir” habrían sido redondas películas de amor entre dos homosexuales.

¿Para cuando algo natural? Un par de personas que se conocen y encajan y lo ves en pantalla por la complicidad entre los actores, la dosificación de diálogos, la puesta en escena, la superación de la adversidad en un conflicto bélico de proporciones ingentes; que en Doctor Zhivago Omar Shariff perfectamente podría haberse enamorado de un ayudante médico cualquiera en lugar de Julie Christie y ya hubiera sido la repolla de peliculón.

En fin, me cago en Medem y sus repetidas operaciones de extracción de costillas para poder llegar a meterse toda la churra en la propia boca. Que todo tiene un tope y cuando oyes click es mejor que pares.

Manteca colorá

De pequeña me asombraba amenudo en los demás y en mí misma esa ingente capacidad que tenemos todos por el hecho de ser humanos de cambiar de registro. Notaba como mi voz, mi tono, sonaban distintos dependiendo de si hablaba con mi abuela, con mi prima, con un profesor, con mi mejor amigo, con mi madre o con el señor que nos enseñaba la churra a mi prima y a mí de pequeñas. No os asustéis, en ese último caso no había tono sino gritos histéricos corriendo despavoridas en el sentido contrario al hombre verde (así se le conocía en el pueblo). No me entretengo más con supuestos traumas sublimados, que nunca he querido parecer tan interesante.

Era incluso gracioso hacer algún ocasional viaje sideral con el fin de auto observarse con toda la objetividad posible contemplando ese más o menos sutil cambio de personalidad. Lo sorprendente era lo difícil que era intercambiar roles en uno mismo. Es decir, hablar al profesor como a tu prima o a tu madre como a un violador potencial. Aunque a menudo pensabas en lo práctico o sencillamente distinto que hubiese sido todo de poder escoger al gusto entre tus tres, seis o doscientos personajes para hacerlos interactuar con cada situación del modo más compatible, adecuado o rentable posible. En casa me decían con frecuencia “¡Así! ¡así tendrías que hablarle a fulanita! ya verás como no se te subía a la chepa” Y, sin embargo, ponía un desmedido interés en hablarle borde y setilmente a Fulanita, pero cuando lo intentaba, Fulanita se lo tomaba como una ironía y se reía un montón con mi mal entendido humor seco. Así fue cómo me di cuenta de que la gente no se queda con tu discurso, con lo que dices, si no con tu tono de voz. Después de un tiempo prolongado de relación, familiar, amistosa, laboral o afectiva, la gente, esa gente a la que queréis, admiráis, aborrecéis o deseáis no os escucha, sólo siente modulaciones en el sonido de vuestra voz; todos estamos extraordinariamente concentrados en nuestra réplica como para encima asimilar lo que nos cuenta el resto.

Por otro lado, con el tiempo y gracias en muy buena parte a Jorge Javier Vázquez, hemos perdido la capacidad para tomarnos a pecho nada. Y hablo en serio y con la pena que mi embotamiento sensitivo me permite cuando digo que la televisión ha vulgarizado las emociones humanas. Hemos visto ya llorar tanto y quejarse tanto a terceros desconocidos que el agüilla con sodio que brilla sobre unas ojeras rojas y entre unas narices congestionadas nos deja por completo impasibles o incluso contestatarios. “¿Tú por qué lloras? ¿No has visto la tele? Esa está más gorda que tú” o “Venga, anda, cómo te gusta el drama” o cómo decían los niños andaluces a coro griego en los ochenta: “Ya-va-llorá MAN-TE-CA-CO-LO-RÁ” Sólo podemos pensar dos cosas cuando vemos llorar a alguien, la primera es que quiere llamar la atención y adjudicarse el cómodo papel de víctima o la segunda que, sencillamente, se trata de una persona desequilibrada, ya sea crónica o alguien pasando por una crisis de ansiedad puntual. Nunca, jamás, ni remotamente, pensamos en que quizás llora por alguna razón; quizás llora porque sufre. Quizá llora porque le favorece.

Sé que debería dejar lo de Bergman de una vez o acabaré componiendo micropoemas escritos en envases de leche, arrojándolos al contenedor de reciclaje y apoyándome sobre la tapa del mismo, asomada al interior, mirando con nostalgia recién nacida el futuro fin de mi obra literaria entre millones de tetrabricks en blanco, triturándose sin poesía. Pero me interesa de veras saber porqué llorar a los diez años era el fin del mundo y llorar a los treinta es pura neurosis protagónica.

Así que lo que he optado por hacer ahora para arreglar el mundo (ja! Cómo si tuviera conciencia de algo) es preguntar a quien llora por qué lo hace – preferiblemente recomiendo, si alguien desea emularme, no preguntar a desconocidos lloricas de la calle; porque yo lo hice una vez con una tía obesa afable de pelo churretoso, me dijo que había perdido el bus y luego  me robó la cartera – e intentar hablar a la vez con personas con las que en privado hablo distinto. A esto último se le llama adocenar la amistad, es decir, poner al mismo nivel a tu amigo de la infancia, a tu compañero de piso, a un rollete de una noche, a la prima de una amigo menor que ha venido de visita puntual a la ciudad y a tu padre. Todos metidos en la misma habitación con un enorme tupperware llenito de tarjetas de cartulina con diversos temas de conversación y un cronómetro de ajedrez en un lateral. Así y sólo así llegaremos a saber cuál es la personalidad que prevalece dentro de nosotros mismos y cuánto tardará tu padre en tomarse el primer cubata vencido por la tensión, porque si habéis visualizado la imagen, habréis sufrido tanto por él como yo.

Pues eso, conoceros a vosotros mismos y dejad de quererme:

De esa pobre gente que se enamora de bipolares (siéndolo ellos ya un poco)

Casi todas las personas que he conocido son monotemáticas. Tienen un tema fetiche durante años y de ahí no les saca ni Dios. Los del fuera del casi en lugar de dar la brasa con una disciplina sufren de una obsesión patológica por algo o, más precisamente, por alguien. Ya sabéis, la típica colega lesbiana reprimida que tiene un amor platónico definido por ella misma como “más grande que la vida” o, peor, el clásico capullo esotérico profundamente pillado por la pies negros que hizo de su corazón carne picadita en juliana para alimentar su posterior ostracismo.

Seguramente en algún artículo ciencistoide de revista femenina (nunca digo que de este agua no beberé y así me va, cagalérica perdida cuatro veces al año) leí que a lo largo de la vida en la sociedad actual pasamos por una media de siete relaciones importantes antes de decantarnos por una estabilidad definitiva. Pensad en cómo puede llegar a multiplicarse esa estadística cuando los antes nombrados como “los del fuera del casi” componen en realidad la mayoría de los seres que consideramos atractivos. El sex appeal de los torturados debe ser. El Wherther que deseamos lleve dentro cualquier amante futurible. Alguien que cuando sale en la conversación se convierte en el centro, ya sea en su presencia por un discurso plagado de anécdotas imposibles o en su ausencia como tema, siempre mencionándole en el recuerdo como “aquel personaje” o “joder, menudo tipo” o “madre mía, el tío que vivía en una furgoneta, que podía domesticar sus propios ácaros como animal de compañía…”

He parado un momento de escribir para activar el centrifugado de la lavadora. Menuda metáfora, ¿no? Centrifugar la cabeza; someterla a vapuleos cíclicos y violentos con el fin de desapelmazarla y dejarla lista para su secado y posterior uso. ¿Qué pasa cuando alguien hace el centrifugado cerebral varias veces en veinticuatro horas? Y no digo ya que le pasa a él o a ella, esa víctima segura de un tumor currado a base de vapuleos, sino qué pasa con quien le tenga que aguantar. Y aquí es donde llega el gran quit de todo el asunto. Y es que todos los que no son monotemáticos, obsesivos o bipolares, todos los del otro bando, las piezas maestras que encajan con cualquier mierda, llevan dentro de sí la mayor de todas las patologías, un pequeño y cabreado Freud con ganas de marcha. Porque al final, cualquier relación digna de ser ficcionada o sublimada en cualquier arte, se compondrá siempre de un loco y un psicólogo. Pauta de la cual es culpable Cervantes, eso sí está claro.

Al iniciarse una relación de noviazgo hay que estar sumamente atento cuando reparten los roles, porque sólo hay dos y ninguno de ellos mola especialmente. De entrada uno cree que Quijote, al ser el prota, lucirá más en las partidas del geriátrico: “Yo, yo veía gigantes en vez de moli… ¡escoba!” Pero a los ojos de cualquiera que crea que la madurez existe ergo es alcanzable, la mejor de las posturas posibles es Sancho. Sancho, epítome absoluto de la mujer maltratada de nuestros días. Y cuando digo “mujer maltratada” no quiero referirme de aquellas cuyos vecinos salen en Gente para comentar que ya llevaban meses oyendo gritos y viendo morados, sino a las mujeres pusilánimes o “pusilanizadas” por sus parejas. Esas chicas que no confiesan lo que ganan para no acomplejar a su churri pizzero de treinta años pero que lee a Voltaire. Esas mujeres preciosas que dejan de pintarse y ponerse escote porque ya las llaman “guapas” en casa. Esas pobres Sanchas que una vez fueron independientes y con sentido del humor y ahora son espectadoras atónitas de la vida de aquel que les inserta la tita de cuando en cuando.

A lo largo de una relación abocada al fracaso, vamos, eso, a lo largo de una relación da igual si eres el loco o el compañero leal del zumbado porque, pase lo que pase, todo es contagiable. Si algo aprendí en las interminables charlas de mi exadorado Bernardino en las clases dedicadas a Cervantes, es que Don Quijote se acababa Sanchificando hacia el final de la obra, reconociendo que Dulcinea era una bastorra y que no tenía ni pajolera idea de adónde dirigirse y que Sancho, por su parte, empezaba a ver la vida de colores. Trasladar eso a una pareja de nuestros días es asumir que la bipolaridad es contagiosa, que el breakdance emocional al final acaba cansando y que ni el ti@ más carismátic@ y divertid@ del planeta, con los quebraderos mentales más pronunciados y los cambios de humor más dramáticos está a salvo de la cordura y, por prolongación, de convertirse en un funcionario, un hombre gris de Momo.

La conclusión final y un poco perdida de todo esto – me estoy quijotizando a lo bobo; pero hacen píldoras para ello y se llaman “cuatro-meses-en-Edimburgo-y-a-tomar-por-saco – es que nunca, jamás, ni aunque la conversación sea interesante, te rías horrores con frecuencia y la persona en cuestión desnuda sea supergenerosa, se te ocurra hacerle la cena a alguien que vea gigantes en lugar de molinos. Y no os preocupéis si creéis que no los distinguiréis de entrada, la mayoría huelen ya a hachís a un metro de distancia.

*Nota:

AUDREY HEPBURN

¿Cómo se sabe si una persona miente o no?

CARY GRANT

No se puede saber

AUDREY HEPBURN

Yo creo que sí.

CARY GRANT

Según un viejo dicho del pueblo indio: los pies

blancos dicen siempre la verdad y los pies negros

siempre mienten. Así que si algún día encuentras

un indio y le dices: ¿Qué eres tú, un sincero “pies

blancos” o un mentiroso “pies negros”? Y él te

contesta “Soy un sincero pies blancos” ¿Cómo lo

averiguarás?

AUDREY HEPBURN

(Silencio.) ¡Pues mirándole los pies!

CHARADA (Stanley Donen, 1963)

Mujeres que dicen “Es que yo soy igual que un tío”

Bueno, chicas, ya está bien, ¿no? Eso de intentar hacer frente al machismo renegando del propio género no me parece ni medio práctico. Desde que me alcanza la razón sólo he conocido y me he relacionado con mujeres que se consideraban a sí mismas atípicas y poco femeninas. Yo misma he pensado así a veces, aún estando en pelotas echándome rimel en las pestañas y mirándome las tetas diciendo: “para ser igual que un tío lo disimulas que da gusto, Marti.” Yo suelo hablar en voz alta cuando estoy sola y paseo en pelotas por casa, desde que vi Ghost. ¿Pero no creéis que es un poquito dificil que todas seamos machunas, especialísimas y distintas a las demás mujeres? ¿No nos convertiría eso al fin y al cabo en una masa de camioneras adocenadas con ínfulas de originalidad única? Y si todas somos incomparables, machorras, excéntricas y por propio y pintoresco razonamiento, irresistibles ¿por qué no nos vamos en manada a Lesbos a hacer labores humanitarias, manuales, recíprocas y/o autoabastecedoras emocional, laboral y sexualmente hablando? No, de veras, ¿a cuántas mujeres de la generación del 70 al 90 conocéis que se consideren a sí mismas femeninas? ¿Y no os parece sospechoso que incluso en la información de los posters centrales de revistas para pajeros los hobbies de las guarronas esculturales suelan ser: jugar al fútbol, el bricolaje doméstico y lavar mi coche en ropa interior con una enorme esponja?

Realmente cualquiera que se tome como una rebeldía comportarse como un tío o, peor, querer ser como uno como paradójica arma de seducción por contraposición, está cayendo en lo que yo, porque me da la gana, he decidido denominar: “La trampa Farrelly. Y me explico. Creemos que el pensar de manera no femenina o incluso de forma claramente machuna implica eructar alto, depilarse con cuchilla, hablar de Final Fantasy, beber cerveza negra, comentar anécdotas gochas con un amigo, ducharse con menor frecuencia y decir muchos tacos. Nadie ha dicho que no sea divertido, claro, pero no lo hacemos por voluntad propia. Una mujer no se despierta una mañana rascándose la entrepierna, se saca un moco mientras lee un mensaje de un rollete y comenta: “joder, qué arrastrado piscópata”, luego desayuna chetos y llama a una colega para que se venga a casa a beber cerveza toda la tarde mientras juegan al World of warcraft. Una mujer no hace eso a no ser que quiera entrar en el clan de los nabos. Y, dejad de engañaros, si queremos entrar ahí es porque nos han manipulado para ello.

En las películas de los hermanos Farrelly siempre aparece un personaje femenino con el aspecto de una jodida diosa del Olimpo del Aerobic y el interior del mejor colega de cañas que te puedas imaginar: chistoso, soez, patoso, algo marrano, risueño, espontáneo y, como ya he mencionado, con un problema de flatulencia. El secreto del éxito de Algo pasa con Mary, es que Cameron Díaz estaba buenísima y te valía lo mismo para mostrársela a tus amigos que para irte a ver un partido de fútbol con ella, comer cortezas de cerdo y hacer una competición de quién escupe más lejos. Lo cuál, de rebote, explica también que absolutamente todos los hombres heterosexuales que conozco odien Sexo en N.Y. porque a una de esas tías no te la puedes llevar ni a ver una peli de Ben Stiller sin que te de el coñazo toda la noche hablando de zapatos y del por qué de tu disfunción erectil. Porque, desgraciadamente, las tías de Sexo en N.Y. son lo más parecido al concepto de femenidad clásica que está arraigado en el subconsciente colectivo: una panda de harpías gilipollas con menos inquietudes intelectuales que una jodida babosa de tierra.

Pero, la verdad amigos míos, está ahí en medio. ¿Entre Sarah Jessica Parker y Cameron Díaz? ¿No es patético tener estas referencias? La verdad está ahí, en vuestras manos. La independencia y la gloria de descubrirse a una misma y ser feliz o la diversión efímera y los coitos encadenados que suponen comportarse como una chica Farrelly, como la tía que ellos quieren que seamos. Yo no quiero ser S.J. Parker, ni la Díaz, pero, desde luego, no es peor que ser Lucía Etxebarría o Isabel Coixet. Tampoco sería nada agradable ser perturbadora pero sosil, una chica paja con aspiraciones a chica poster en cabecero de cama de postadolescente: Scarlett Johansson, Charlize Theron o Angelina Jolie.

Si realmente como dijo un amigo mío viendo fotos en pelotas de una chica generosa: “los hombres tenemos una asombrosa facilidad para ignorar la personalidad ante un físico como este.”; entonces ¿por qué encima aspirar a ser la mujer completa de las fantasías eróticas de un par de salidos de Nueva Inglaterra? Si realmente fueramos como tíos, chicas, nos pasaríamos la vida ociosa masturbándonos y saliendo ocasionalmente a hablar entre nosotras sobre cine, literatura y campeonatos deportivos, evolucionaríamos muchísimo en nuestra vida profesional, nos convertiríamos en catedráticas en mil materias invirtiendo en estudiar el tiempo antes dedicado a interpretar los mensajes de otros y, en definitiva, dominariamos el mundo. Eso sí, sin comernos un rosco.

Es triste que una mujer se sienta poderosa diciendo “Es que yo soy igual que un tío” y que si un hombre dice “Es que yo soy igual que una tía” sea considerado un paria social.

Espabilamos, ¿o qué?

denigrante díaz

*Nota: ¿No es de pronto trágica esta imagen?

Inventario de virtudes

Parafraseando un diálogo que escuché en mi infancia:

“- Querida tienes unos ojos increíblemente profundos, una piel exquisita, unos labios irresistibles, un cuello…

- ¿Me piropeas o te limitas a hacer inventario?”

Han pasado muchos años y no podría jurar – bueno, podría, no tengo una biblia bajo la mano- si la actriz dueña de esta réplica era Jean Harlow. Le pega más a ella que a Mae West, esa viejuna prematura que se dedicaba a soltar comentarios subidos de tono a jovénulos estirados en los años treinta. Jean fue la principal referencia de Marilyn Monroe. Sí, el mundo del estrellato hollywoodiense es una hilera de imitadoras. Ya sabéis, ¿no? Marilyn, en la cual se basó Madonna en sus comienzos de guarrona punky. ¿Madonna tampoco? Si, hombre, la mujer en la que quería convertirse Britney Spears.

Hemos pasado de esto:

 

a esto:

En sólo setenta años. ¿No es divertidísimo contemplar como se desvirtúan los conceptos? Y eso que me he mostrado compasiva con la foto escogida de la Spears.

He pensado seriamente en el hecho de que la provocación verbal de Jean Harlow haya devenido en la escasez de tela sobre el cuerpo de Britney. Las réplicas punzantes, las observaciones brillantes y los parpadeos de caída ralentizada e hipnótica al hablar, se han convertido en una tía que orgasma con sólo apretarse los shorts.

Antes ser un símbolo sexual exigía agudeza y agilidad mental, levantamientos unicejiles,  andares sibilinos y caladas sostenidas exhalando un humo espeso como bruma londinense. Hoy ser un sex symbol es ponerte colágeno en los morros y salir en una sesión fotográfica perfectamente bronceada, muy seria y con los ojos turbados por el imperioso – aparente – deseo de fuchicamiento. La insinuación remota se ha convertido en la invitación devota. Si antes el chico tenía que ganarse un pico de la protagonista intentando esquivar dignamente puñales dialécticos ahora la puedes llamar “guarra” a la cara sin buscar siquiera un eufemismo elegante y ya tendrás la certeza de que te pagará ella misma la habitación del motel para que la sodomices.

Y no, no es este un artículo para posicionarme en contra de esta aparente decadencia. Qué va… Es una invitación a que os recarchutéis todas, os tiñáis el pelo de colores de fantasía, os recortéis los vaqueros y miréis bizqueantes a vuestra presa amorosa porque, cuantas más mujeres haya en el mundo que se abran de piernas mientras dan las gracias más posibilidades tendré yo de encontrar marido entre todos vuestros examantes. Gracias Jean por enseñarme todo lo que sabías, gracias Britney por enseñárnoslo todo.

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