Casi todas las personas que he conocido son monotemáticas. Tienen un tema fetiche durante años y de ahí no les saca ni Dios. Los del fuera del casi en lugar de dar la brasa con una disciplina sufren de una obsesión patológica por algo o, más precisamente, por alguien. Ya sabéis, la típica colega lesbiana reprimida que tiene un amor platónico definido por ella misma como “más grande que la vida” o, peor, el clásico capullo esotérico profundamente pillado por la pies negros que hizo de su corazón carne picadita en juliana para alimentar su posterior ostracismo.
Seguramente en algún artículo ciencistoide de revista femenina (nunca digo que de este agua no beberé y así me va, cagalérica perdida cuatro veces al año) leí que a lo largo de la vida en la sociedad actual pasamos por una media de siete relaciones importantes antes de decantarnos por una estabilidad definitiva. Pensad en cómo puede llegar a multiplicarse esa estadística cuando los antes nombrados como “los del fuera del casi” componen en realidad la mayoría de los seres que consideramos atractivos. El sex appeal de los torturados debe ser. El Wherther que deseamos lleve dentro cualquier amante futurible. Alguien que cuando sale en la conversación se convierte en el centro, ya sea en su presencia por un discurso plagado de anécdotas imposibles o en su ausencia como tema, siempre mencionándole en el recuerdo como “aquel personaje” o “joder, menudo tipo” o “madre mía, el tío que vivía en una furgoneta, que podía domesticar sus propios ácaros como animal de compañía…”

He parado un momento de escribir para activar el centrifugado de la lavadora. Menuda metáfora, ¿no? Centrifugar la cabeza; someterla a vapuleos cíclicos y violentos con el fin de desapelmazarla y dejarla lista para su secado y posterior uso. ¿Qué pasa cuando alguien hace el centrifugado cerebral varias veces en veinticuatro horas? Y no digo ya que le pasa a él o a ella, esa víctima segura de un tumor currado a base de vapuleos, sino qué pasa con quien le tenga que aguantar. Y aquí es donde llega el gran quit de todo el asunto. Y es que todos los que no son monotemáticos, obsesivos o bipolares, todos los del otro bando, las piezas maestras que encajan con cualquier mierda, llevan dentro de sí la mayor de todas las patologías, un pequeño y cabreado Freud con ganas de marcha. Porque al final, cualquier relación digna de ser ficcionada o sublimada en cualquier arte, se compondrá siempre de un loco y un psicólogo. Pauta de la cual es culpable Cervantes, eso sí está claro.
Al iniciarse una relación de noviazgo hay que estar sumamente atento cuando reparten los roles, porque sólo hay dos y ninguno de ellos mola especialmente. De entrada uno cree que Quijote, al ser el prota, lucirá más en las partidas del geriátrico: “Yo, yo veía gigantes en vez de moli… ¡escoba!” Pero a los ojos de cualquiera que crea que la madurez existe ergo es alcanzable, la mejor de las posturas posibles es Sancho. Sancho, epítome absoluto de la mujer maltratada de nuestros días. Y cuando digo “mujer maltratada” no quiero referirme de aquellas cuyos vecinos salen en Gente para comentar que ya llevaban meses oyendo gritos y viendo morados, sino a las mujeres pusilánimes o “pusilanizadas” por sus parejas. Esas chicas que no confiesan lo que ganan para no acomplejar a su churri pizzero de treinta años pero que lee a Voltaire. Esas mujeres preciosas que dejan de pintarse y ponerse escote porque ya las llaman “guapas” en casa. Esas pobres Sanchas que una vez fueron independientes y con sentido del humor y ahora son espectadoras atónitas de la vida de aquel que les inserta la tita de cuando en cuando.
A lo largo de una relación abocada al fracaso, vamos, eso, a lo largo de una relación da igual si eres el loco o el compañero leal del zumbado porque, pase lo que pase, todo es contagiable. Si algo aprendí en las interminables charlas de mi exadorado Bernardino en las clases dedicadas a Cervantes, es que Don Quijote se acababa Sanchificando hacia el final de la obra, reconociendo que Dulcinea era una bastorra y que no tenía ni pajolera idea de adónde dirigirse y que Sancho, por su parte, empezaba a ver la vida de colores. Trasladar eso a una pareja de nuestros días es asumir que la bipolaridad es contagiosa, que el breakdance emocional al final acaba cansando y que ni el ti@ más carismátic@ y divertid@ del planeta, con los quebraderos mentales más pronunciados y los cambios de humor más dramáticos está a salvo de la cordura y, por prolongación, de convertirse en un funcionario, un hombre gris de Momo.
La conclusión final y un poco perdida de todo esto – me estoy quijotizando a lo bobo; pero hacen píldoras para ello y se llaman “cuatro-meses-en-Edimburgo-y-a-tomar-por-saco – es que nunca, jamás, ni aunque la conversación sea interesante, te rías horrores con frecuencia y la persona en cuestión desnuda sea supergenerosa, se te ocurra hacerle la cena a alguien que vea gigantes en lugar de molinos. Y no os preocupéis si creéis que no los distinguiréis de entrada, la mayoría huelen ya a hachís a un metro de distancia.
*Nota:
AUDREY HEPBURN
¿Cómo se sabe si una persona miente o no?
CARY GRANT
No se puede saber
AUDREY HEPBURN
Yo creo que sí.
CARY GRANT
Según un viejo dicho del pueblo indio: los pies
blancos dicen siempre la verdad y los pies negros
siempre mienten. Así que si algún día encuentras
un indio y le dices: ¿Qué eres tú, un sincero “pies
blancos” o un mentiroso “pies negros”? Y él te
contesta “Soy un sincero pies blancos” ¿Cómo lo
averiguarás?
AUDREY HEPBURN
(Silencio.) ¡Pues mirándole los pies!
CHARADA (Stanley Donen, 1963)
Archivado en: Actualidad, NO ES NADA PERSONAL PERO... | Etiquetado: el amor entre tarumbas no es amor es purgatorio, la heroicidad de la gente con apellidos vulgares, mi madre no lo dice no pero te mira mal, para las que en lugar de un libro a una isla desierta se llevarían un dildo, quien no ha creído ver a Dios después de fornicar con un hippie, tenía razón mi abuela con eso de que se puede uno pasar de listo pasarse hasta volverse tarumba | 7 Comentarios »