La cuestión de las distancias

Yo tenía un tío; bueno, posiblemente siga vivo… Tengo un tío que cuando yo era niña vulnerable y esponjosa (véase tendiente a la masiva absorción de información util, inutil y/o instrascendente) solía exponer en mi presencia su teoría sobre la presencia de una clase de mujer (barra) ligue existente en el mercado del flirteo. Se trataba de la chica de las “dos carreras”. Este juego de palabras, poseedor de la más pura ironía cervecera pretendía identificar a aquellas muchachas que vistas a unos treinta o cincuenta metros de distancia resultaban altamente atractivas pero que, en un careo próximo se mostraban en su cruda y antilujuriosa realidad. De esta manera y siempre según el discurso de mi misógino tío: “das dos carreras, una hacia ella con entusiasmo y celebración y una en sentido contrario huyendo de pavor ante la cruda revelación”.

Pues bien, todos conocemos camareras y gogós, pero no van por ahí los tiros, no, no es este un post antisolidario con respecto a mi género sexual y no lo es básicamente porque en el fondo soy un poco bollo que sino, os ibais a cagar, mozas. Esta peregrina observación de aquel miembro de mi familia viene a presentar una muy buena y veraz metáfora sobre la impresión que nos causan los “ídolos” o los objetos de deseo platónicos que pululan allende los lares.

La mitificación jamás ha sido productiva, Terenci Moix se pasó cuatro o cinco volúmenes demostrándolo a su pesar a través de los sex symbols en B/N, al igual que Maruja Torres y su obsesión con la homosexualidad de todos los tíos buenos que paseaban por la tierra en los años cincuenta – que pesá con el porculeo, válgame – y yo me di cuenta el domingo pasado en nuestra excursión fanáticopesarosa. La gente a la que idolotras es preferible “ingerida” en cualquier soporte – véase papel, fibra óptica, pixels a granel, ondas sonoras… – salvo el de carne y hueso a menos de un palmo de distancia.

Otra cosa muy distinta es ya aquella gente que te pone palote. Esa cuando más cerca mejar, mucho mejor. Y aclarado esto adjunto una foto de gentes sobreexcitadas durante la despedida de la postadolescencia artificialmente prolongada hasta la náusea etílica. Con dos señoritas felices y uno de los hombres más bellos – de cerca – que me he tropezado jamás:

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre mi sexo y no temía preguntar

En mi ya arraigada costumbre de escribir post simple y llanamente por hacer la rosca al alguien ya sea o no veladamente -aunque sigo convencida de ser lo menos sutil que se ha parido jamás y el concepto de “velar” en cuanto a sinónimo de atenuar se refiere nunca ha sido mi fuerte, no así la primera acepción de permanecer despierta durante la noche; actividad que por muy diversas y no siempre voluntarias razones he prácticado a menudo en los últimos tiempos y si no añado un “ja!” a esto, es porque no pretendo ironía alguna en mis palabras, aunque cada uno lee como le sale de la punta del nabo y esto último sí ha de ser entendido en su sentido no literal, por favor – he decidido exponer alegremente este fascinante tema de título tan goloso dada la preocupación generalizada aunque muy dispar de tipo y muy diversa en intensidad – la preocupación, digo, no mi vida sexual que al fin y al cabo es normal (ni mucho ni poco, sólo lo justo).-

Pues bien, es cierto que no hago el amor. Me he quitado. Se me pasaron un día las ganas y vaya usted a saber por qué no han regresado en meses. No se trata de una enfermedad venérea o un hartazgo de filantropía (aka exceso de fornicio en el pasado) ni siquiera, como algunos habéis apuntado, una apuesta perdida o un requisito para ganarla… No, qué va, es que el sexo es sucio, aburrido y está tremendamente sobrevalorado. Y además despierta mi vena interpretativa de un modo vergonzante a la par que frustrante pues finjo y me arrepiento pero luego no se lo puedo contar a nadie ni tampoco evitar fingir en el siguiente intento. Es algo terrible. Posiblemente tras estas, mis deprimentes palabras, pensaréis que soy frígida. Yo de hecho, que me conozco desde hace tiempo, mientras escribía el último párrafo empecé a resultarme sospechosa… La verdad es que sí sé qué es lo que se siente y de hecho lo siento y sino me creéis, tengo pruebas: ¿a que el orgasmo es igual que la sensación de hacer pis tras aguantarte durante mucho tiempo junto con un estornudo con carga y unas cosquillas en la planta de los pies muy suaves muy suaves; todo ello comprimido y posteriormente multiplicado en intensidad y tiempo (unos segundos más, vaya) con olor a verano y un ligero escalofrío en la nuca?

¿Lo véis? Sé perfectamente lo que me pierdo ¡y me la sopla! Llamadme osada!

Uh Uh uuuuhh Like a virgin! yiiija!

TENGO PANTOBILLOS

No puedo evitarlo, ni siquiera es obsesidad, es genética. Anoche decidí que era mejor aceptarlos y amarlos en su robusta realidad y me concentré en las ventajas de poseerlos. No encontré ninguna reseñable aparte del hecho de poder llevar calcetines sin gomilla porque la costura queda prieta por el volumen de pierna existente en la zona.

El concepto de “pantobillo”, para todo aquel que sea ajeno a la acumulación de líquidos – cabrones inconscientes y felices… – denomina el fenómeno que se produce al fundirse en uno la pantorrilla y el tobillo sin que sea posible encontrar distinción entre ambas partes de la pierna, enlazando directamente el gemelo con el pie. La visión que muy probablemente os ha producido de mi persona esta alarmentemente sincera declaración, habrá sido sin duda alguna la siguiente:

 

No os avergoncéis, yo también soy un poco hija de puta a veces; déjenme sola en una sala de espera de un ambulatorio de la Seguridad Social y saldré de allí con espasmos producidos por las carcajadas contenidas de tanto recrear mentalmente los pensamientos en off de desconocidos. Algo que, por otro lado, os recomiendo a todos los que debáis cubrir a pie trayectos de más de diez minutos; es mucho mejor inventarte traumas tragicómicos de gente ajena que ir con Tom Waits en el reproductor de mp3. Luego llegáis a cualquier sitio con ese aire de superioridad y pedantería que produce el escuchar a un tipo tan pretencioso: 

 Menudo subidito… ¡Haz gárgaras ya Tom Waits! ¡Escúpelo!

Por lo demás, está claro que siempre hay que ceder en algo, el día que amanezca con aquel que habrá de convertirse en mi compañero vital y de entre las sábanas que cubran nuestros cuerpos desnudos y fatigados por el maratón coital de madrugada asome uno de mis pantobillos sin pudor alguno y mi amante esposo exclame: “¡Madre mía, cari, con esos flotadores podrías caminar sobre el agua cual mesías contemporáneo!” ¡Entonces! ¡Y sólo entonces lo sabré! Sabré si el amor existe.

Y dicho esto voy a leer un relato erótico de algún sudamericano, que es lo más parecido al sexo de lo que gozo en mi actual circunstancia y porque la mayor parte de las veces me río tanto que se me olvida la razón por la que en principio fui en busca de relatos eróticos y mi asexualidad se reafirma más si cabe. Dentro de poco me agenciaré una burbuja de plástico para vivir en ella, como John Travolta y pegaré la cara al film transparente para que la gente me de besos asépticos. Seré la tía más popular del barrio.

 *Nota: He reeditado esta entrada cambiando la foto de Tom Waits dado que la anterior no aparecia (misterios de la nueva tecnología… fallos de matrix ¡qué se yo! Como veis en la nueva se parece todavía más a Chiwaka. ¡Jódete Tom Waits!

 

 

 

 

Exnovios

Estuve dos años colada por Ernesto Sevilla. A pesar de mi profunda atracción y mi dedicación más o menos regular (seguimiento continuado de La hora chanante, Noche sin tregua, Smonka y posteriormente Muchachada Nui, hasta cuatrosfera y A pelo ojeé… por no mencionar Buenafuente en Antena 3…) con el tiempo nuestra relación se fue haciendo cuesta arriba. Descubrí que no teníamos tantas cosas en común como parecía al principio y ya no me tocaba como antes pensando en él. Mis amigas se daban cuenta “es normal”, decían, “el gañán de Muchachada Nui es mucho menos carismático que el de La hora chanante; Ernesto se está quemando y repercute”. Al final lo dejamos definitivamente con el estreno de la segunda temporada de Muchachada. No fue demasiado traumático, apenas nos echamos de menos, cada uno tenía su vida y unos pocos minutos ocasionales eran suficienteas para ponernos al día.

Luego llegaría James McAvoy, el típico romance extranjero de transición y tras él el sobrino de Buenafuente. Aún hay días en los que echo de menos a Ernesto y los maravillosos momentos que pasé con él. Os adjunto un cachito de felicidad:

Cuando yo me carcajeo tú me señalas horrorizado

Este post se lo dedico a todos aquellos que se sienten profundamente molestos cuando me dan ataques de risa incontenibles o me siento plenamente feliz tras una nimia pero entrañable vivencia. A todos ellos ¡que os den por saco! Nunca conseguireis trepanar mi craneo:

trepanamiento craneal by you.

CAPÍTULO 5: “No hay una salida de emergencia para mí, para mí…”

SEC.4. EXT/NOCHE. SALIDA DEL PLATÓ.

David y Marta salen perdiendo el culo del plató cual Cenicienta dublicapada en dos géneros y ataviada con dos pares de chanclas. Mientras continúan caminando con la sutil elegancia de corredores de fondo con gastrointeritis en busca de un WC próximo, David mira a Marta con preocupación.

DAVID

Tía, estás traumatizada.

MARTA

Ha sido peor que selectividad. Y mucho más largo.

DAVID

¿Pero de qué tenías miedo? Ni que fuera a insultarte

públicamente. Y aunque lo hubiera hecho, yo le habría

partido la cara y mañana habríamos salido todos en Gente:

“Un atractivo joven multado por agredir en directo a un

fenómeno mediático gafapastero”

MARTA

Ha sido ultrahorrendo. Me latía tan fuerte el corazón

que parecía que me fuera a salir un alien de entre las tetas

o que me estuvieran creciendo a cámara rápida, como

en uno de esos documentales del national geographic.

DAVID

Ha sido muy divertido. Sobre todo la canción de la

salida de emergencia.

MARTA

Es un chico encantador, ¿no crees? Su novia será

intelectual, escultural y cualquiera de los demás

al que más molan. Y será multiorgásmica y funcionaria.

Vamos, la tía más feliz y encantadora del planeta.

DAVID

Sí, claro; estás fatal. Es la tele, no el país de las

maravillas y él es Berto no Hugh Heffner. Y si no…

fíjate en Soon Yi…

MARTA

Fijo que Hugh Heffner no tiene novias intelectuales. Y

Soon Yi es la reacción alérgica hacia Mia Farrow y a

Woody le pilló en muy mala época. Si fuera de la generación

de Berto, posiblemente Woody Allen estaría saliendo

con Patricia Conde.

DAVID

Si no fuera porque aún puedes mantenerte en pie, juraría

que has sufrido una embolia.

¡Mira! ¡un mono!

CAPÍTULO 4: “Esas cosas hay que llevarlas con orgullo”

SEC.3. EXT/DÍA. SANT JUST DESVERN. NAVE.

David y Marta, completamente sudados fuman unos cigarrillos junto a las motos del aparcamiento de una nave industrial. Ella sigue llevando a cuestas la gran caja de mariquitas. Ambos miran entorno a sí con cierto grado de incomodidad – es que el resto de la gente ha llegado en coche y ellos han cogido un coche, un avión, un tren, un metro, un tranvía y diez minutejos sus patucas para alcanzar el lugar del demonio-.

MARTA

(resoplando)

¿Te das cuenta? Soy la única pringada que trae

un regalo. Debo de dar una penica desde fuera…

DAVID

La admiración hay que llevarla con orgullo, Marta.

Sino resulta indigno.

     Marta se pone firme y aprieta el regalo contra su estómago mientras alza la barbilla con dignidad infinita.

MARTA

¡Miradme! Llevo ya trece horas con esta caja de

mariquitas a cuestas; es que soy la repolla.

DAVID

(dándole una calada al cigarrillo)

¿Lo ves? Mucho mejor; además parece que tienes

más tetas, incluso.

el secreto está en saber poner esta misma geta. Katharine es una maestra del orgullo y el escepticismo; hubiera podido mantener perfectamente este mismo gesto incorruptible, aún con media docena de cajas de mariquitas sobre sus manos. Qué tía...

 

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