Bloggin for Columbine

Acabo de ver Blog. Qué bien me ha sentado, de verdad, qué bonita. Ahora os vais a cagar con mi verdadero gusto, desde que dije que Desayuno con diamantes apesta ya no voy a tener mesura de tipo alguno.

Durante toda la proyección no he dejado de pensar en Elephant y en Bowling for Columbine.  Y fíjate que tampoco se ve mucha nuca y ningún seso esparcido aquí, pero oye, no sé por qué me imaginaba que para animar el cotarro el personaje de la presunta lesbiana en ciernes acabaría matando al resto del reparto bajo el lema de “o sois mías o no sois de nadie”.

No pasa muy a menudo, pero en momentos así ser una tía no está tan mal, de verdad. Ni siquiera ser una tía y tener quince años debe ser tan vergonzoso.

Mi adolescencia fue una mierda bastante gorda. El primer beso fue como doblar la propia lengua sobre sí misma y refrotarla un rato hasta la arcada. La primera cita fue para ver La delgada línea roja que, os puedo asegurar, que si hoy día sudo de Terrence Mallick, hace trece años sufrí riesgo de embolia fílmica, de ictus celuloido viendo aquello. Y perder la virginidad… uf, eso fue como una visita exclusiva a las fábricas de Coca Cola y descubrir una rata peluda buceando en un tanque de bebida marrón carbonatada mientras el comercial te sonríe y asiente ralentizadamente con la mirada fija en tu estupefacción. La pérdida de la virginidad supuso que me reuniese con mis amigas, que llevaban meses o incluso años con su campaña publicitaria sobre “el sexo: esa panacea” y decidir si realmente necesitaba rodearme de gentuza así. (Os quiero, en serio, pero me la jugásteis, furcias).

Empecé el día realizando un enema a un muñeco de plástico para un examen práctico de cuidados básicos de enfermería – y yo que pensaba que los cuidados básicos eran poner gasitas mojadas en la frente de niños prepúberes febriles –, lo cual me llevó a pensar nuevamente pero de manera más profunda en lo que supone ser una mujer. Sí, te encuentras sodomizando con un tubo de plástico a una figura simbólica masculina y piensas “Hey… ser una chica, no?, qué movida! Qué poder!”. En la película hablan más o menos de esto, se especula sobre la idea del sexo como herramienta de lucha de la mujer. Al menos esa es la película que se montan las niñas dentro de la película que por supuesto va de otra cosa. Demasiado “sexudo” para unas crías, pero oye, a mí me la han colado bien, eh? Me ha encantado; especialmente la secuencia en la que quedan todas para ver una película porno y surge esa temible incertidumbre que nos ha asaltado a todas alguna vez en la vida mientras mantenemos las piernas bien cruzadas: “¿Pero cómo? ¿Cómo puede caber?”

¿Conclusiones de lo que supone ser mujer? Es muy difícil, tremendamente difícil. Hay momentos en los que estás intentando resultar brillante, competitiva y encantadora mientras ocultas que la gomilla de las medias te está estrangulando la cintura. Esto puede sonar altamente frívolo y llorica pero, en serio, imaginad vosotros tener un montón de tiranteces molestas o, en ocasiones, dolorosas recubriendo vuestro cuerpo mientras sois sometidos a examen y juzgados desde un rasero que no solo mide vuestro talento si no el envoltorio. Las chicas no podemos sudar porque resultamos asquerosas; no podemos hacer según qué chistes porque parecemos zafias y poco femeninas; no podemos beber más de la cuenta porque nos convertimos en grotescas; no podemos estrechar lazos con un hombre sin intenciones eróticas sin que nos tachen de trepas; tampoco estrechar lazos con un hombre con intenciones eróticas porque automáticamente seremos unas guarras y, por encima de todo, no podemos pasarnos de listillas e independientes porque la condena al ostracismo social será inmediata, incluso por parte de nuestro propio género.

Ser una tía es hacer equilibrios barajando un puñetero e ingente montón de ítems a veces imposibles de todos cuantos conforman la personalidad humana, estando abocada siempre al fracaso del “pero”.  Sí, sí, muy guapa, pero es tonta del culo. Sí, sí, muy lista pero es fea de cojones. Sí, sí, muy graciosa pero no me pone nada ese rollo. Sí, sí, qué polvazo pero yo a esa no la llevo a casa de mis padres. Sísisperos a granel hasta la lapidación.

Por otro lado creo que esta educación subliminalmente militar que nos están dando tiene una fuerte ventaja y es que están haciéndonos tan sumamente competitivas y pluscuamperfectas a base de latigazos con la regla del excepticismo en las palmas de las manos que llegaremos, sin proponérnoslo siquiera previamente, así, por puro afán de superación y mero fin de gustar a todos, a dominar el planeta. Las mujeres somos un poco como los chinos. No se nota, no, a la chita callando, pero ya verás ya.

En fin, son pensamientos un tanto estériles, ahora. Pero necesitaba dejarlo sentado para cuando la historia me dé la razón.

Sólo si veis Blog entenderéis a qué me refiero. O no. No, seguramente no.

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