Ponerle ojitos tiernos a tu propio clon o incluso zumbártelo*

*Esta entrada contiene una elevada cantidad de spoiler a lo loco.

Anoche vi de nuevo La isla (2005), una película de ciencia ficción que relata la historia de un escocés flipado y una rubia pechugona que descubren que son clones de millonarios, meros recipientes de futuros órganos a donar. Y, les parece muy mal todo. Pero mal atónico, mal de que dices “hostia, en serio soy un clon? ¡pero si mi abuela me daba bizcochos!” y Steve Buscemi te contesta: “es el mismo implante de memoria infantil que tenían todos, nena” y tú dices “Ah, bueno, si protagonizo anuncios de Calvin Klein lo de la abuela es superfluo. ¡Guala! ¿Qué es eso? ¿Una serpiente?”. No me entendáis mal, a mí La Isla me parece relativamente entretenida, pero hace aguas por todas partes y el personaje de Scarlett Johansson es tremendamente ovino pero, claro, ¿qué le puedes pedir a un clon?

Y  aquí está la cuestión: ¿qué le puedes pedir a un clon? O mejor ¿Qué le pedirías tú a un clon? Mi momento favorito de la cinta se produce cuando Ewan Mcgregor se encuentra consigo mismo y descubre que su yo original es bastante gilipollicas, diseña barcos y es potencialmente hepatítico por, según dice, su agitada vida sexual en el pasado; vaya, es un fantasma el tío. Charlan animadamente, Ewan clon cree que Ewan’s original le ayudará a descubrir el pastelón de la fábrica ilegal de seres humanos – te acaba de conocer y ya te mete en un marrón- y al cabo de un cuarto de hora el original está apuntando al clon con un revolver yendo en el coche a 250 por hora. Hay gente que no sabe amenizar una velada sin jugar a la ruleta rusa 2.0.

Amenazar de muerte a tu propio clon, no hombre no, eso no son maneras. Bueno, yo entiendo que todo es razón de contexto, si llama a mi puerta una tía exacta a mí y me dice: “oye, mira, que al final lo de darte mi hígado no puede ser, pero si te hace puedes participar conmigo en una trama conspiratoria que pondrá en peligro la vida de ambas.” Yo, si mi soplo al corazón no cede a la tensión y me mata antes, me echo de casa de una patada en mi lindo trasero, y ni un café me preparo. Pero, ¿qué pasa si te llega tu clon y es como tú pero mejorado? Y no digo mejorado de hacerte coger complejo de inferioridad – sentir envidia de uno mismo; Freud se lo pasaría en grande con esto -, si no mejorado de decir: “vaya ¡pero si soy un bombón”. Os ponéis a conversar y tenéis los mismos gustos e inquietudes, realizáis razonamientos elaborados idénticos sobre vuestro estado de ánimo, vuestras aspiraciones y emociones y acabáis las dos eufóricas por la conexión y química existente entre tú y tu duplicado y, en consecuencia, por instinto y por la pauta social que se ha arraigado en tu conducta a lo largo de la vida, no puedes evitar empezar a tontear. Todo fluye de maravilla, hay una empatía absoluta y te gustas mucho. Llega entonces el momento de tocarle la cara a tu clon a ver qué se siente y porque la situación te lo pide a gritos (esto es muy “Consejo Cosmopolitan”). Acto seguido esgrimes una sonrisa boba y un comentario que con cualquiera que no fueras tú misma haría que te sintieras avergonzada: “Mmmmhhh… qué suave”.

¿No parece de una evidencia meridiana que acabarían enrolladas esas dos pavas? Es muy “Annäis-Annäis de Cacharel” todo esto.


Así que tumbada en la cama, mientras le pegan un tiro a Ewan Macgregor hepatítico, promiscuo y original; yo sentí pena por el fin de un romance que nunca se gestó. De tal modo que no pude evitar decir en voz alta: “Pues yo me lo haría con mi clon a ver qué se siente.” Hubo un largo silencio reflexivo y a continuación un: “Sí, sí, menudo morbazo.”

Puede que esto roce el narcisismo patológico pero sólo es cuestión de analizar el concepto.  Todos nos pasamos la vida pensando que tenemos sentido del humor, buen gusto, que besamos bien y que practicamos un sexo oral de primera. Como la autocrítica es un tema dificilísimo y, por el contrario, ponerse de acuerdo con alguien que literalmente “has encontrado en la calle” es prácticamente imposible, ¿no sería el nirvana de las relaciones pillarte una casita de campo a pachas con tu doble exacto y pasar la vida en una balsa de aceite sin discusiones y con un sexo simétricamente preciso? Nunca tener que decir “no, ahí no, ahí, ahí, ¡ahí!”, porque no hace falta.

Después de estoy tengo la absoluta certeza de que si existe una dimensión postvital tras la muerte y sirve de algo haberse portado más o menos bien en la estancia en la tierra, el paraíso debe ser algo así. Tú y tu alma gemela (gemelísima) flotando en la estratosfera en un sesenta y nueva eterno.

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