Las fantasías que tenéis con vuestras exparejas

Uno de mis momentos favoritos de Closer –película que amo y aborrezco a la vez dependiendo de la etapa de ciclo hormonal en que la vea- es cuando Clive Owen y Jude Law hacen cibersexo casual. El segundo le pregunta al primero cuál es su fantasía sexual recurrente, y Clive, que interpreta a un dermatólogo brutote, salido y, sobre todo, muy honesto, responde: “Exnovias”. Nada de vigilantes de la playa, bibliotecarias o compañeras de oficina. Tampoco la clásica camarera del bar al que soléis ir por inercia supuesta o la monitora de aerobic del gimnasio, ¡ni siquiera la novia de tu mejor amigo! No, no, Clive es sincero y dice que se pajea pensando en gente que le rompió el corazón.

sex-ex-fantasy

El despecho, gracias a las cada vez más variadas y asquerosas neurosis del hombre moderno, se ha reciclado en reclamo erótico.

Como no conozco a todo el mundo, mi análisis sobre la psicología humana basa su principal argumento en los personajes de las películas proyectados como metáforas de las anécdotas que me han contado mis amigos a lo largo de los últimos cinco lustros después de invitarles, entonces creían ellos desinteresadamente, a una botella de vino. Así, en Manhattan, cuando Woody Allen está saliendo con Mariel Hemingway, una preciosa adolescente de diecisiete años con la voz de la versión Disney de Farinelli il Castrato, no puede evitar abandonarla por Diane Keaton, la pedante  y treintañera amante ilícita de su amigo de toda la vida para, poco tiempo después, darse cuenta de que realmente le gustaba la menor. Igual que nos ha pasado a todos, vamos.

El dicho popular: “No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes” combinado con la triste verdad absoluta de que los amores más intensos suelen ser los no correspondidos, podrían ser el germen de esta clara tendencia a la nostalgia sexual. Porque en la distancia todo parece mejor de lo que era, incluso el Tang.

Tang

de aquellos polvos vinieron estos lodos

Hace una década, cuando aún quedábamos con la gente llamándoles al teléfono fijo de su casa, era mucho más sencillo pasar página. La fantasía no podía alimentarse más que con el encuentro accidental de un álbum de fotos antiguo y tangible. Entonces podías sostener aquella polaroid que os hicisteis en Paris, la podías manosear un rato, abrazar y llorar con ella contra tu pecho si estabas muy jodido o comenzar a olerla y besarla compulsivamente si realmente necesitabas medicación. Pero eso era todo, un breve conato de locura que se esfumaba en el aire cuando quedabas con otra persona, te llegaba un recibo de luz inesperado o tu madre se reía de ti. Lo que antes era  una caja de zapatos llena de cartas, entradas de cine o conciertos, postales, algún vaso de chupito robado, horribles pulseras hechas a mano, el envase del primer preservativo y algunas fotos de carnet humillantes, ahora es facebook. El pasado no está pudriéndose en un rincón oscuro del armario de tu dormitorio en casa de tus padres o, mejor, si ellos te quieren excesivamente y por tanto no te respetan en absoluto: perdida en ese trastero repletito de basura, polvo y clips al que nunca has subido y nunca subirás. El pasado está en el margen derecho de la página de inicio de facebook como sugerencia de amistad.

“Puede que conozcas a esta persona; tenéis cuarenta y ocho amigos en común”. Facebook se regodea al clásico estilo Gila y el “Alguien ha matado a alguieeeen…” se ha convertido en un “Alguien se ha follado a alguien durante años, luego le ha arruinado la vida y ahora cuelga fotos de la ecografía en 3D de su fetoooo”.

fetos con volumen

Estamos muy emocionados, pero no volveremos a comer botillo hasta después del parto

Esto tiene dos vertientes posibles que incluso se pueden dar paralelamente: la primera es que el hecho de ser tan constantemente partícipes a nuestro pesar voluntario o no, de la vida de quien ya hace mucho que no está en la nuestra, hace que las rupturas se superen antes. Esa grata sensación de alivio después del pequeño infarto de ver la foto de la pasada pareja con traje de novia sosteniendo la mano de algún “pobre hombre”, marca el punto y aparte del capítulo emocional. Nadie se vuelve a enamorar de su exmujer con un panorama así. Por el otro lado, está el hecho de que veas más  a menudo la cara del ex, traducida a partir de millones de píxeles, que la tuya propia en el espejo si no eres muy coqueto. Y, por ende, tu pasado se convierte inevitablemente en presente. Al ser presente se clava ahí dentro, la sonrisa odiosa de quien mandaste a paseo se tatúa irremediablemente sobre tu masa gris y quieras o no, en algún momento todos esos ceros y unos archivados ahí arriba, harán que tu subconsciente te la juegue de manera muy cochina para que acabes gritando: “¡¡Silviaa!!” cuando debajo tienes a Elena.

No queréis hacerlo, pero fantaseáis con vuestros ex. No estáis enamorados ya, es probable que ni siquiera os caigan bien y que cuando recordáis algunas secuencias memorables de la relación se os cree un nudo estomacal de vergüenza ajena, pero siguen estando ahí, igual que la carpeta de porno del disco duro que comprasteis en 2005 y que milagrosamente aún va. No os apetece, es rancio, previsible y triste, pero, es familiar. Y la sensación de familiaridad, el lugar común, nos hace a todos sentir seguros y tranquilos sin ninguna clase de esfuerzo más allá del que necesitamos para suspirar.

my super ex

Familiaridad

Desde aquí rompo una lanza en favor de todos aquellos y aquellas que alguna vez han llamado a su pareja por el nombre de la anterior. De verdad, no es culpa de ellos, esas cosas son tan inevitables como los deja-vú o los tornados.

Peor es lo de Johnny Depp que siempre se enrolla con tías semi-clónicas; eso sí que es traición consecutiva compulsiva. Lo de fantasear con el pasado es, lo que la gente sin escrúpulos como yo, solemos denominar con muchísima dignidad y petulancia: “Lealtad a uno mismo.” Eso sí, como alguna vez me llamen Silvia siendo yo Elena, ya le pueden dar por el culo al torpe idiota de los huevos.

Venga, ¡Besos!

 

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Pagadme una liposucción y arreglaré el planeta

Iba a ducharme antes de escribir este post. Me sentía ridículamente importante actualizando Chaplina’s place después de estos años, en los cuales todo el que en algún tiempo me haya seguido –literalmente o no- no habrá podido evitar tomar un momento para imaginarme dándome palmadas en los genitales. Hablo en el sentido figurado no erótico, aunque puede haber gustos para todos, claro, e incluso categorías concretas en porno webs que recen “pussy applause” (regalando conceptos millonarios sin despeinarme). Hay un mundo ahí fuera que aún tengo cuidado de desconocer. Me refiero a que sólo hay dos razones para no actualizar el blog: que de pronto tu vida se ha vuelto demasiado intensa para buscar tiempo para hablar de ella o que tu vida es tan sumamente aburrida, tediosa y miserable que la sola idea de sostener un lápiz frente a una hoja en blanco te crea agujetas neuronales preventivas.

Yo he pasado por ambas circunstancias, las he alternado en una irregular e imprevisible estructura peligrosamente inacabada de montaña rusa vital, con periodos en los que se confundía con una noria infantil que te deja parada varias horas en la parte de arriba sin sentir la más remota emoción, porque sólo estás a diez metros del suelo. Una birria.

Pero íbamos a hablar de estar gorda. En estos años de paro salpicado de ocasionales incursiones en brevísimos trabajos basura, prácticas de enfermería y sesiones grupales de escritura de guión, una de mis patéticas y recurrentes preocupaciones ha sido: “MI CULO”. Las dimensiones del mismo, concretando tema.

culo christina

Daba igual lo que pasase en mi vida, dentro del top cinco de prioridades existenciales, la de llegar a tener el culo más pequeño ha estado siempre ahí. En mi defensa, sólo puedo decir que nunca ha estado en el primer puesto; aún no me he acabado ninguna novela entera de Gustave Flaubert y sé que eso juego mucho en contra de mi buena nutrición cerebral. Y, amigos, el cerebro sigue siendo más importante que el culo, al menos que el volumen de las nalgas. Del ano ya no hablo, es otro mundo, bastante protagónito en cualquier etapa de la existencia humana; especialmente al principio y al final, cuando ya ni te lo puedes limpiar tú.

Así que por mucho que estudie y viaje, por mucha gente que conozca y muchas conversaciones reveladoras en las que participe, mi subconsciente baraja todos los pesos ideales de mujer que archivó a partir de las películas, reportajes y páginas de internet en que se comunicaban estas cifras. Tú me hablas de la realización personal, de la pérdida de valores, del darle vueltas a conceptos tan inaccesibles como la verdad y la nada y mientras asiento e intento tomar un esfuerzo de reflexión, existe una parte de mi cabeza –como una sala de house dentro de una macrodiscoteca para todos los gustos- que perturba con su musiquilla cargante haciendo vibrar las paredes de mi cráneo, alejándome de la trascendencia intelectual: “Cat woman pesaba cincuenta y seis; Zooey Deschanel cincuenta y cinco y Audrey Hepburn llegó a los cuarenta y tres kilogramos después de su primer divorcio. Así que yo soy una gorda, soy una gorda, soy una gorda ¿qué es la realidad? ¿qué es la nada? TENGO EL CULO COMO UN PANDERO.”

audrey en bañador

El culo es un lastre para MI inteligencia. Es posible que si hubiera renunciado al tulipán, los donuts, los batidos de chocolate, las cortezas de cerdo y los cocidos maragatos –por citar un pequeño muestrario de némesis- hoy podría ser una mujer poderosa y eficiente, podría haber dedicado mi mente y mis fuerzas a llevar hacia adelante ideales mucho más grandes que mí misma que hubieran reformado las políticas de nuestro país a tiempo, así como la naturaleza de nuestras gentes y nadie hubiera comprado nada nunca a plazos. De no haber tenido yo el culo gordo, ahora mismo no habría crisis.

Es verdad que me he arriesgado bastante con este último párrafo, pero si juntas a todas las mujeres inteligentes con obesidad, sobrepeso o ligero sobrepeso que conoces y les das, a través de cuerpos esculturales la suficiente confianza en sí mismas para poder ocuparse de cosas más importantes, entonces tendrás ¿Un grupo de neofascistas buenorras? Es posible. O puede que a un montón de chicas dispuestas a ayudar, no seas tan negativo.

Sólo digo que los anuncios de colonia han hecho tanto daño como los de laxantes y antiácidos siempre anunciados por mujeres, porque han dividido a la población femenina en tías guapas de póster con las que soñar húmedo y tías flatulentas con las que tomar café y hablar veladamente de las otras.

Gabourne y un guapo

Todas las veces que he querido adelgazar ha sido para no pensar más en ello. Pagadme una liposucción y arreglaré el planeta.

En fin, a mí sólo me sobran tres kilos y medio y ya podéis saborear la inquina que acompaña a esta reflexión, ¿cuántos creéis que debería perder Angela Merkel para poder hacer footing sin dolor de espalda? Espero que de mis palabras no se desprenda un subdiscurso pseudonazi que defienda una especie de superioridad de la “raza magra”. Para nada. Creo que hay mujeres con culos ingentes poseedoras de una seguridad tan aplastante como sus traseros, que se pasean por el mundo merecedoras de gobernar cada palmo de suelo que sacuden graciosamente con su taconeo, tías maravillosas cuya grasa extra no es mínimamente capaz de lastrar sus capacidades. Desgraciadamente yo no soy una de ellas.

Yo soy de las otras, de las que toman un breve descanso de leer Los hermanos Karamazov para subirse a la báscula un momento y a continuación Dostoievsky ha dejado de ser suficiente para alejar el pensamiento de la desoladora idea de que: “¡Mierdas! Hoy no podré tomarme el brioche en la merienda.” Y ya no te enteras bien de si Aliosha está o no realmente enamorado de Zossima o qué hostias le pasa al cura y sólo piensas en lo odiosamente esbeltas que eran aquellas rusas y, vaya, ya no has aprendido nada sobre existencialismo.

Es por eso que me dirijo exclusivamente a las mías, a las que pueden sacar partido a todo esto. Mala suerte si has llegado hasta aquí leyendo y eres absolutamente ajeno a las duras consecuencias de las preocupaciones banales. Porque confío en vuestras posibilidades, aquí os dejo la receta del gazpacho light: ¿el mayor aliado* de la evolución profesional, espiritual y física de una mujer joven? No, pero sacia bastante y está muy bueno. Si tuviera todas las respuestas, habría desactivado la opción de comentarios de este blog.

*Nota: La idea es una dieta rica en antioxidantes y vitaminas para hacer entre semana. Los fines de semana o días libres análogos son sagrados. Una cosa es querer perder culo y otra renunciar al jamón serrano, el cabernet sauvignon y los grandes placeres que son únicamente apreciados por el paladar. No estamos locos, sabemos lo que comemos.

GAZPACHO LIGHT:

2 kg de tomates maduros.

El corazón de una cebolla mediana.

Dos pimientos verdes (italianos)

Un pimiento rojo grande.

Vinagre, aceite y sal.

Gazpacho

Preparación:

Limpiar todas las verduras concienzudamente. Quitar y tirar los rabos de los tomates y de los pimientos así como las pepitas de estos últimos. Cortar en taquitos e ir triturándolo todo por partes en un recipiente adecuado hasta que se forme un puré.

Sobre una fuente sopera colocar un colador grande. Verter sobre el colador episódicamente el puré y tamizarlo dando vueltas y machando con una mano de mortero gruesa.

Una vez depurado todo sobre la fuente, el espesor ha de ser consistente. Añadir un chorrito de vinagre de vino para conservar y matar posibles bacterias de la verdura así como proporcionar el punto justo de acidez. Añadir aceite al gusto; yo suelo escribir mi nombre con el dosificador de la botella como si firmase, muy rápidamente (sé que esto no es orientativo si te llamas María Alejandra; pero tenía que reseñar mi encantador detalle personal por puro afán egocéntrico).

Por último probar para decidir cantidad de sal; también al gusto.

Tapar la fuente llena con film transparente procurando que el recipiente quede perfectamente cerrado, aislando de olores y sabores del frigorífico. Dejar enfriar al menos dos horas antes de tomar.

Consumir antes de tres días. Después de este tiempo, sigue siendo bebible al menos unas cuarenta y ocho horas más, pero es la misma diferencia entre beberte a Superman o a Clark Kent.

 

 

Chaplina, el retonno. Apadrina una guionista del primer mundo.

Hola personas desconocidas que me leen y mamá (sí, te da corte que te mencione en público, ¿no? pues no haber entrado, ya sabes lo que vende en el mundo del espectáculo -y en el callejero- mentar a la madre).

Hace un rato impreciso encontré en mi correo un mensaje de turpentine con su correspondiente enlace al blog personal, haciéndome sabedora de que me otorgaba un galardón virtual por mi “trabajo” (llamarle trabajo a esto lo dota todo de un halo tal de pretenciosidad que me desnuda y me convierte en una imbécil, ¿eh? Una tía muy antipática con los pechos al aire, muy mal de imagen) y me he sentido obligada, gracias además a la cantidad inmoral de tiempo libre de la que dispongo, a actualizar mi blog.

 

Gracias turpentine, ¿puedo llamarte turp? Venga, anda, te voy a llamar turp, tampoco me puedes dar permiso de inmediato, entiéndeme, tengo que intuir que estás conforme. Gracias turp, me has jodido la vida. (Es broma, llevaba un año escribiendo en el interior de las puerta de los WC de bares de modernos frases tergiversadas de rumbas de El Pescaílla; tenía que volver.)

Todo ha cambiado por aquí, en WordPress city. Me gustaba más antes, cuando al escribir el borrador de la entrada la letra te salía tamaño niño cegarruto (a ver, ¿eh? no del tamaño de un chaval ciego, si no del tamaño que requeriría un niño poco leído y con astigmatismo), pero dejando eso a un lado y esperando que si tengo fieles lo sean lo suficiente como para tolerar que me publicite en mi sitio, me “reestreno” con una entrada de vídeo. Lo siento, los días que voy al gimnasio, no pienso. Sudo, luego no existo. Virtualmente no existo, a nivel carne voy bien.

Apadrina una guionista del primer mundo

Eso nunca te lo cuentan

Mi historia con Barcelona comenzó a mediados de Junio de 1996. Tenía trece años, acababan de ponerme aparato en los dientes y sufría unas fantasías cerdísimas con mi profesor de Historia. Estudiaba en un colegio de monjas, las Dominicas, y la visita a la ciudad condal había sido organizada por algunas de ellas, contemplando dentro de la ruta: la Sagrada Familia (por fuera), el parque Güell, el Nou Camp (por fuera), Las Ramblas de Catalunya y “El barrio chino” (por fuera). El barrio chino era, según las monjas, el Raval. Señalaban hacía la izquierda y decían susurrando y arrastrando mucho las eses y las erres: “Esssso, essso esss el barrrrrio chino”. El arrastre era una pista para poder deducir que había sexo en aquello. Todo lo que fuera “de follar” era tratado por las hermanas como algo tenebroso, peligroso y casi mítico. Ese hambre canina (de lujuria) distorsionaba en su cabeza la idea de barrio de putas hasta cortocircuitarla dotándolas de superpoderes inútiles; pues cuando preguntabas inocentemente que si “barrio chino” significaba que se trataba de la parte de la ciudad con más tiendas de todo a cien, se quedaban mudas, miraban al frente y seguían su camino deslizándose dos centímetros por encima del suelo, derrapando suavemente sobre su vergüenza autohipnótica.

Nadie te cuenta cuando tienes trece años que El barrio chino es un comercio coital. Te enteras tú después de tomarte algo detrás de la Boquería y tragar el café entre vahos de orín y paseantes como sacados de una fiesta de los Sex Pistols.

Mi siguiente visita a Barcelona fue en Junio de 2005. El año que acabé la carrera de Cine (lo tengo que decir porque sólo me ha servido para eso, para rentabilizar el coste a base de menciones). Un amigo me invitó a la ciudad bajo el pretexto de que estaba enamorado de mí. Luego vine y era sólo una estretegia de marketing turístico. Un poco cruel pero efectivo. Fuimos a un montón de sitios guays que hoy día soy incapaz de recordar y durante toda la visita me di cuenta de que mi interés por el hombre combinado con la falta de interés de él en mí daba como resultado una pérdida sustancial de calidad en mis chistes. Cada salida era amenizada con un monólogo de él sólo interrumpido cuando a mí me daba por jalear o aplaudir emocionada. Querer y no ser correspondido te convierte en una gruppie, te descerebra, pierdes todo poder de seducción. Eres una especie de viscosa y repugnante ameba que se arrastra pidiendo más con pudor infinito porque sabe que no merece otra ración. Pide y se disculpa a la vez, una pena.

Nadie te cuenta que cuánto más te gusta la persona menos disfrutas de su compañía por las espectativas creadas y la inseguridad gestada. Y porque además, tú te sientes con el mismo poder sexual que Danny DeVito.

En uno de mis primeros trabajos en Barcelona, ya viviendo aquí, en Enero de 2009 nos invitaron a toda la plantilla a una mariscada postnavideña. A mí no me acaban de gustar los productos de mar y la gente pija que trabaja como comerciales desalmados me produce ganas de automutilarme; ellos te cuentan su dinámica vital y tú mientras te sacas un ojo, metes el dedo bien en la cuenca y hurgas hasta encontrar el botón de apagado. Allí estábamos y el vino no se acababa nunca. El vino como motor de los discursos cada vez más desmadrados del personal. Durante unos instantes parecía claro que la noche acabaría con la mujer de mi jefe subastando sus bragas entre los acólitos más yogurines del marido. Al final se vivieron varios intercambios de pareja y un uso excesivamente naturalizado del consumo de cocaína. Todos ahí sacando espejitos y enrollando billetes, como si fuera una Gincana temática dedicada a Scarface. Rodeada de aquel clima apocalíptico y bastorro me rondó la idea de que al ser imposible vencerlos – no iba a ponerme a clavarle a cada uno su tenedor en la yugular, con lo pasados que iban ya resultaban graciosos- me tendría que unir a ellos y acabaría muriendo con la cara blanca, “harinada”, porque yo no conozco la mesura. Esto de pensar tan intensamente en la muerte durante una cena de empresa debe ser bastante común, pero a mí me llevó a determinar que:

Nadie te cuenta que los que no nos drogamos no lo hacemos por convicción moral o por exceso de imaginación que llene los huecos, los vacíos existenciales,  sino por miedo a la muerte. Sin más.

*Nota: Alguien me preguntó en formspring qué cosas nadie me dijo y luego me enseñó la vida y sólo se me han ocurrido estas tres. Lo he falseado bastante, es un post lleno de trampas, pero en todo caso nunca será tan malo y fraudulento como lo es la última película de Liam Neeson: Sin identidad. No sé si os dais cuenta de que esto que acabo de hacer es probar veneno para evitar que os mate a vosotros. Chaplina ayudando siempre, vuestra probadora de venenos oficial. Liam Neeson caca.

Bloggin for Columbine

Acabo de ver Blog. Qué bien me ha sentado, de verdad, qué bonita. Ahora os vais a cagar con mi verdadero gusto, desde que dije que Desayuno con diamantes apesta ya no voy a tener mesura de tipo alguno.

Durante toda la proyección no he dejado de pensar en Elephant y en Bowling for Columbine.  Y fíjate que tampoco se ve mucha nuca y ningún seso esparcido aquí, pero oye, no sé por qué me imaginaba que para animar el cotarro el personaje de la presunta lesbiana en ciernes acabaría matando al resto del reparto bajo el lema de “o sois mías o no sois de nadie”.

No pasa muy a menudo, pero en momentos así ser una tía no está tan mal, de verdad. Ni siquiera ser una tía y tener quince años debe ser tan vergonzoso.

Mi adolescencia fue una mierda bastante gorda. El primer beso fue como doblar la propia lengua sobre sí misma y refrotarla un rato hasta la arcada. La primera cita fue para ver La delgada línea roja que, os puedo asegurar, que si hoy día sudo de Terrence Mallick, hace trece años sufrí riesgo de embolia fílmica, de ictus celuloido viendo aquello. Y perder la virginidad… uf, eso fue como una visita exclusiva a las fábricas de Coca Cola y descubrir una rata peluda buceando en un tanque de bebida marrón carbonatada mientras el comercial te sonríe y asiente ralentizadamente con la mirada fija en tu estupefacción. La pérdida de la virginidad supuso que me reuniese con mis amigas, que llevaban meses o incluso años con su campaña publicitaria sobre “el sexo: esa panacea” y decidir si realmente necesitaba rodearme de gentuza así. (Os quiero, en serio, pero me la jugásteis, furcias).

Empecé el día realizando un enema a un muñeco de plástico para un examen práctico de cuidados básicos de enfermería – y yo que pensaba que los cuidados básicos eran poner gasitas mojadas en la frente de niños prepúberes febriles –, lo cual me llevó a pensar nuevamente pero de manera más profunda en lo que supone ser una mujer. Sí, te encuentras sodomizando con un tubo de plástico a una figura simbólica masculina y piensas “Hey… ser una chica, no?, qué movida! Qué poder!”. En la película hablan más o menos de esto, se especula sobre la idea del sexo como herramienta de lucha de la mujer. Al menos esa es la película que se montan las niñas dentro de la película que por supuesto va de otra cosa. Demasiado “sexudo” para unas crías, pero oye, a mí me la han colado bien, eh? Me ha encantado; especialmente la secuencia en la que quedan todas para ver una película porno y surge esa temible incertidumbre que nos ha asaltado a todas alguna vez en la vida mientras mantenemos las piernas bien cruzadas: “¿Pero cómo? ¿Cómo puede caber?”

¿Conclusiones de lo que supone ser mujer? Es muy difícil, tremendamente difícil. Hay momentos en los que estás intentando resultar brillante, competitiva y encantadora mientras ocultas que la gomilla de las medias te está estrangulando la cintura. Esto puede sonar altamente frívolo y llorica pero, en serio, imaginad vosotros tener un montón de tiranteces molestas o, en ocasiones, dolorosas recubriendo vuestro cuerpo mientras sois sometidos a examen y juzgados desde un rasero que no solo mide vuestro talento si no el envoltorio. Las chicas no podemos sudar porque resultamos asquerosas; no podemos hacer según qué chistes porque parecemos zafias y poco femeninas; no podemos beber más de la cuenta porque nos convertimos en grotescas; no podemos estrechar lazos con un hombre sin intenciones eróticas sin que nos tachen de trepas; tampoco estrechar lazos con un hombre con intenciones eróticas porque automáticamente seremos unas guarras y, por encima de todo, no podemos pasarnos de listillas e independientes porque la condena al ostracismo social será inmediata, incluso por parte de nuestro propio género.

Ser una tía es hacer equilibrios barajando un puñetero e ingente montón de ítems a veces imposibles de todos cuantos conforman la personalidad humana, estando abocada siempre al fracaso del “pero”.  Sí, sí, muy guapa, pero es tonta del culo. Sí, sí, muy lista pero es fea de cojones. Sí, sí, muy graciosa pero no me pone nada ese rollo. Sí, sí, qué polvazo pero yo a esa no la llevo a casa de mis padres. Sísisperos a granel hasta la lapidación.

Por otro lado creo que esta educación subliminalmente militar que nos están dando tiene una fuerte ventaja y es que están haciéndonos tan sumamente competitivas y pluscuamperfectas a base de latigazos con la regla del excepticismo en las palmas de las manos que llegaremos, sin proponérnoslo siquiera previamente, así, por puro afán de superación y mero fin de gustar a todos, a dominar el planeta. Las mujeres somos un poco como los chinos. No se nota, no, a la chita callando, pero ya verás ya.

En fin, son pensamientos un tanto estériles, ahora. Pero necesitaba dejarlo sentado para cuando la historia me dé la razón.

Sólo si veis Blog entenderéis a qué me refiero. O no. No, seguramente no.

“Tenemos el ojete saturado”

(Eslogan de una pancarta de Plaza Catalunya exhibida a lo largo de la madrugada del día de reflexión de las elecciones autonómicas y municipales españolas, el 22 de Mayo de 2011)


Yo nací en 1983, a estas alturas de la vida creo que todos los miembros de mi generación y los de las inmediatamente anteriores y posteriores, al menos, ya deberíamos saber de manera meridiana tres cosas fundamentales:

La primera es que si eres un mafioso o un alto ejecutivo ficticio y quieres que cuiden de tu chica para que no te la robe nadie, sabes que en cuanto encomiendes la misión a cualquier pringado ajeno al clan será ese mismo el que pasados 90 minutos te la robe ante tu estúpida geta de estupefacción.

La segunda es que si eres Jessica Fletcher no te andes con rodeos ni parafernalias, el asesino siempre es el que te contrató.

Y la tercera, y no menos importante ni menos obvia es que, una semana de Re-Evolución en todas las plazas del país no iba a evitar que uno de los partidos principales del disfuncional sistema bipartidista arrasase en estas elecciones.

Ahora bien, las tres premisas se corresponden con tres conclusiones bien claras, también:

–          Verás, Bill Murray, quizás si te llevas a tu viaje de negocios sucios a Uma Thurman a que conozca Nápoles y la invitas a cenar a sitios guapos donde pongan los mejores fetuccini de toda Sicilia, ella se sentirá cuidada y pasará totalmente de Robert de Niro, que al fin y al cabo es un soso y sólo hace el amor en la posición del misionero ralentizado.

–          Jessica… Cobra por adelantado, mujer, que siempre te la meten doblada esos psicópatas ricachones y piensa que, que yo sepa, las novelistas sesentonas que resuelven crímenes son autónomas y tú ya estás demasiado talludita para no abrir un fondo de pensiones. Que entre los “simpas” y los best sellers de misterio a un euro, no tienes ni para el Flexoben.

–          En cuanto a ti, ciudadano con derecho a voto en España que tiene ampollas en el culo que reafirman su creencia en un sistema mejor o más perfecto, no me resoples y me vengas con lo de “joder… el PP, qué vergüenza, yo me apeo” y quédate ahí, sigue dándole a la cazuela a lo loco, grita, agítate, patalea, exige, suda y come garbanzos hasta que por fin alguien te pueda asegurar la bolsa, la vida, la chica y el futuro presupuesto para los medicamentos contra los dolores reumáticos. Ni Zamora se ganó en una hora, ni viendo Tele 5 en una butaca orejera y resoplando por lo mal que va el mundo y la de imbéciles que salen por la tele.

Violación de la propiedad emocional

Vaya título más pretencioso para un post tan chorra; es un gesto tan fraudulento que ya sé cómo se deben de sentir los visitadores médicos.

Bien, tengo que hacer un par de revelaciones para limpiar mi conciencia de borrones culturales, de mendacidad cinematográfica, de autoengaños en pro de la estética del carácter y la confección “bonita” de la propia educación sentimental. Allá voy: Desayuno con diamantes me parece una de las películas más estúpidas y autocomplacientes de la puñetera historia del cine. El personaje de Audrey Hepburn ahí es una especie de reencarnación anterior de Boris Izaguirre felizmente escondido dentro de una anoréxica estirada y gilipollas.

Los personajes son frivolones y snobs y se pasan la mayor parte del tiempo comportándose con excesiva consciencia de sí mismos y unas ganas histéricas de hacer el imbécil públicamente. La secuencia en la que George Peppard y Audrey Hepburn desayunan champán y luego se van a recorrer Nueva York a hacer juntos “cosas locas” que nunca haya hecho el otro, dura cerca de quince innecesarios minutos y se ha convertido en la malévola semilla que ha propiciado el nacimiento y asentamiento de Sexo en Nueva York en la cultura contemporánea. Por culpa de esa sucesión de paridas en 1961, ahora la mujer del siglo XXI parece una descerebrada guarrona más preocupada por el modelito bien combinado con el bolso del día y el modo en el que hay que succionar correctamente un falo, que por la jodida vacuidad de su perfectamente sondable alma. El efecto mariposa de la tontería barroca.

Sí, amigos, llevo un montón de años diciendo que Breakfast at Tiffany’s es maravillosa; pero jamás lo he creído. Sólo lo sabía abuelita, cuando la vimos juntas y al final nos partimos el culo abochornadas escuchando a Holly Golightly gritar: “Gato, gato… ¿dónde estás gato? Oh, gato…”. ¿Se puede ser más pava?


La razón de haber mantenido esto oculto durante todos estos años es un misterio incluso para mí. Jamás quise ligarme a un chico que tuviese  en consideración esa película como una de sus favoritas de todos los tiempos – y si hubiese querido ligarme a un chico así, en fin, tendría que haber acompañado mi falsa devoción con el pecho vendado y un par de calcetines bien compactados en la entrepierna -. Me he mantenido firme y fiel a mi engaño durante cerca de quince años y, ahora, con esto de las manifestaciones y caceroladas una no sabe si cruzará por dónde no debe y le darán un golpe en la cabeza que le haga olvidar datos tan nimios y a la par tan cruciales cuyo despojo público es júbilo puro. Sí, lo suelto por si se me olvida accidentalmente. Olvidar que odias algo que has hecho creer que amas; como los matrimonios tras las bodas de oro o cometer erratas tontas en el testamento al redactarlo de pedo.

Por otra parte, me puedo tirar horas muertas criticando a Tarantino y sacando pegas de cada puñetero plano. Los que me conocéis creeréis que le aborrezco. Pues es mentira. No tengo ni un miserable carraspeo para Quentin. Es más, le quiero, le prepararía ahora mismo un cocido maragato y le daría un masaje después, durante la digestión. Sencillamente me molestaba tener que dar la razón a la mayoría. Una nunca quiere que le guste el helado de chocolate, Baltasar o conocer Las Vegas porque es demasiado previsible y adocenado. Pero me pirra ver a Uma Thurman cortando cachitos de cráneo y liquidando chinorris en cuatro o cinco casi imperceptibles gestos. O a John Travolta bailar con esa cara de chulo heroinómano pasadito. O a Robert De Niro pegándole dos tiros a Bridget Fonda a plena luz del día por ser una tocapelotas, así, como el que da un manotazo y dice “joder, la pesada esta”. O a Steve Buscemi diciendo que no quiere ser el señor rosa y al propio Quentin quejándose de que señor marrón suena a señor mierda. En fin, Tarantino es un genio y le quiero de verdad, a pesar de que cada día se parezca más a Eric Stoltz en Máscara.

Ufff, me siento muy bien, eh? PERSONALIDAD REAL YA! o PRY! o Pride!

P.D: Tampoco me gustó nada El viejo y el mar. Lo siento, bob, Hemingway me hace cagar.