LA CHICA SIN LA MALETA

Me siento más desamparada que en mi primer día de clase de parvulitos, cuando superada por la crítica situación opté por esconderme detrás de los contenedores gigantes (medianos para un adulto de tamaño normal, ingentes para una diminuta muchachita de tres años y medio) situados en el hall de entrada mientrasClaudia siempre parece estar de mal humor me preguntaba cuándo y cómo podría salir de allí sin sufrir consecuencia alguna.

Supongo que es una situación completamente distinta, no obstante, mi ansiedad es muy semejante hoy a la que fue hace veinte años y es que hoy cuatro de cuatro ordenadores no han reconocido mi disco duro extraíble. Tras numerosos y frustrantes intentos a lo largo de todo el día hemos descubierto – mamá y yo – que mi pequeño disco extraíble Maxtor 3200 (más conocido como “Disco Marti G”) ha perdido toda su información. Han desaparecido, así, por las buenas, más de 250 Gigabites de información, en su amplia mayoría cinematográfica.

Doscientas películas, mis canciones favoritas de todos los tiempos y estilos, la filmografía completa de Audrey Hepburn y Roberto Benigni; mis maravillosos videoclips optimistas y reconfortantes, mi conversor de avi a mpeg, la galería de fotos de James McAvoy y los textos románticos robados de un argentino desconocido.

Todo eso no es ya más que polvo enamorado, ¡polvo virtual enamorado! Ahí estará Gene Kelly bailando claqué sobre el ciber espacio y Roberto gritando a ver si hay eco mientras Bergman y Godard discuten  acerca del sentido de la existencia para llegar a la conclusión de que importa bien poco llegar a alguna conclusión.

Cómo les echo de menos a todos, cuán indefensa y abandonada me hallo, ¡qué horrendo es ser soltera cuando no hay una peli decente a mano! Me he dado cuenta, por esto, que la única razón por la cual disfrutaba de mi libertad como señorita independiente era porque mi disco duro extraíble había cubierto el vacío de mi corazón durante los últimos treinta días de mi vida. Porque disponía de la cita perfecta al alcance de mi mano con solo seleccionar unos cuantos diálogos de mis películas favoritas y prepararme un maravilloso pastiche de emociones editadas sobre un fragmento de la Boheme, por ejemplo. Con eso me bastaba para irme contenta a la cama y soñar con atractivísimos hombres escoceses con el sentido del humor extraordinariamente desarrollado y dispuestos a invitarme a helados de pistacho junto a la Piazza di Spagna por siempre jamás. Mi disco duro habría podido seguir enriqueciendo mis fantasías sentimentales durante décadas sin que nada ni nadie pudiese si quiera equipararse a su compendio de ventajas.

Hoy ha muerto, demostrando que estaba apunto de convertirme en una solterona prematura, con el culo durísimo (hago bici elíptica mientras veo clásicos) pero solterona al fin y al cabo. Su pérdida me ha abierto los ojos: nunca podré tener bebés con un dispositivo USB. A partir de mañana abriré mis espectativas al contacto humano y es posible que me tome un café con algún apuesto conocido, si es que no se baja Doctor Zhivago antes, claro está…

P.D: Adjunto una foto de Claudia Cardinale en honor al título de mi artículo y como símbolo de mi esperanza para el volver a empezar (mañana pienso comprarme un disco duro de 500GB, después de todo es más de un siglo de historia en celuloide) dado que se trata de una de mis actrices favoritas y no tenía un sólo título suyo en mi ex-extraíble.

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LA VERGÜENZA DE LO CAÑÍ

No sé a qué maquiavélico ser o grupo de seres les ocupa realizar el casting de presentador de la Gala de los Goya, pero resulta asombroso que Corbacho -¡y por segunda vez consecutiva!- le haga gracia a alguien más aparte de a su madre y a su abuela y ni siquiera creo que a éstas dada la absurda proliferación en su repertorio de chistes sexistas y soeces carentes por completo de gracia  u originalidad. Y ni siquiera he empezado a hablar de ello…

cada dia mas estelar AlbertoLa gala fue parecida a cualquier otro año, una parodia mal ensayada de los Oscars que en esta ocasión difería infinito de su modelo no ya  por falta de recursos económicos si no por ausencia absoluta de imaginación y esfuerzo por parte de sus responsables. Los presentadores de cada premio se limitaron a dejarse ver en el escenario; ellas con sus vestidos asesinos (la amplia mayoría iba mal embutida o dejaba atrás una larga cola de tela con la misma cadencia y elegancia de una cortina del rastro) y ellos, con su timidez enfermiza confundida con sobriedad (exceptuando claro está a Coronado, resplandeciente gracias a la buena ingestión de fibra y Santi Millán, que es todo lo que Corbacho pretende ser y nunca será, un tío simpático).

Digo “se limitaron a dejarse ver” dado que ninguno de los mismos esgrimió texto ínfimo alguno; qué se yo, una breve explicación del leit motiv de sus existencias, un chistecillo o un “pues verán la diferencia entre Sonido y Efectos sonoros es…”. Cualquier discursillo personal me hubiera valido.

Recordé aquella magnifica edición dirigida por la años ha fallecida Pilar Miró, cuando cada unos de los premios era entregado por una pareja distinta y mixta de nuestras estrellas patrias, que salía a escena y tras un corto pero cómplice diálogo se daban un beso -muy cinematográfico- con mayor o menor pasión, dependiendo siempre de sus roles habituales para posteriormente entregar el Goya pertinente. Un gala original, entretenida y glamurosa; en la que Emma Suárez subió con un solo y larguísimo guante negro a recoger su premio por El perro del hortelano en lugar de soportar los desafortunados pseudochistes del baboso Corbacho…

Se agredece, no obstante, en la presente edición, la imprevisibilidad de la entrega de Goyas; dado que por norma general la película favorita del año – en este caso El Orfanato- solía acaparar la mayoría de premios así como los más “importantes” – véase Mejores actores, Guión, Director y Película.- En esta ocasión La Soledad ha eclipsado a El Orfanato – Mejor Película, Director y Actor de reparto- contra todo pronóstico.

Maribel Verdú al fin ha recibido el reconocimiento tan esperado tras décadas de prolífico y cada vez más y mejor pulido trabajo, mientras Alberto San Juan recogía con corrección y merecimiento infinitos su Goya al Mejor Actor por Bajo las Estrellas mientras Alfredo Landa – minutos antes galardonado con el Honorífico y víctima de la emoción- miraba con asombro a su esposa, quizás preguntándose quien era el mocoso ese guaperas que se llevaba su premio y despotricaba contra la conferencia episcopal.

En resumen… Que alguien convenza a Wayoming o Buenafuente para que presenten la Gala y nos libren del bochorno que supone asociar lo cañí a lo chabacano. O mucho mejor, ya que La 2 ya se ha rendido a sus encantos, sería divertídisima una Gala “Chanante” de los Goya, presentada por Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla, con un humor mucho más inteligente, una presencia más estética y una capacidad para la parodia fílmica infinitamente más agudizada y elegante.

¡O es que sólo yo odio a Corbacho!

 

 

 

 

“Qué entrada, eh?…”

Yo tenía cinco años cuando David Addison confirmó para mí la existencia de dos géneros bien diferenciados. A partir del primer instante en que Bruce Willis esgrimió su primera media sonrisa curvando pronunciadamente una flecha en la comisura derecha que parecía apuntar al cielo descubrí que él era un hombre y yo un proyecto de mujer.

Y eso fue cuando las mujeres llevaban zapatos de tacón de aguja, hombreras de jugador de rugby y el pelo voluminoso y enlacado. Cuando no había hombres como David Addison, tan polifacético que marea de puro inverosimil: brillante, encantador, divertido, sensible, romántico y un golferas impresentable, pero paradójicamente enamorado hasta las trancas de una harpía estirada. Ah, y sexy, muy muy sexy; con sus entradas y su barriguilla incipientes incluídas en el pack.
Y aquí estoy yo, casi dos décadas después preguntándome por qué me engañaron así. Ni los había entonces, ni los hay ahora. David Addison pertenece a una raza exclusiva y unitaria que se extinguió con el fin de la quinta temporada de Luz de luna en 1989. Bruce Willis le imita de cuando en cuando, pero en ocasiones resulta grotesco y/o vergonzante y sólo consigue recordarme hasta que punto David esta muerto y bien enterrado. Ya no hay golfos como los clásicos. Hoy vi a Dudley Moore en “Arthur, el soltero de oro” y lloré. Qué nostalgia de aquellos ochenta que viví desde la óptica de un comino…¿Y qué decir de Cybill? Maravillosamente atravesada por un gigantesco pepino metido por su gran y sobervio trasero. Qué digna y risoria al mismo tiempo. Las chicas como ella sólo se acostaban con el chico a partir de la tercera temporada. Eso sí era tensión sexual no resuelta de calidad. Todos confiábamos en la máxima seguridad del cinturón de castidad de la Shepherd. La bragas de acero y el follarín; no se me ocurre mejor combinación. A la altura de las grandes comedias del Hollywood de los treinta y cuarenta. Estoy segura de que si nunca se hubiesen acostado (sus personajes, no me meto en el sexo entre bastidores; aunque no es un tema poco interesante…) la serie hubiese durado otros tres o cuatro años más. Lástima que Bruce se agenciara aquella camiseta blanca de tirantes.

“In my dreams I kiss your cunt, your sweet wet cunt…”

Acabo de verla y no dejo de sentirme feliz por no haber pillado nunca a mis padres en pleno acto carnal. Pobrecita Briony mirándoles desde la altura de un comino y condenándoles con la frialdad de un dictador universal acomplejado con su estatura.
Fotografía envolvente, perfectamente evocadora banda sonora, tempo seductor, la mirada poderosa y sabedora de su poder de una puber infeliz, la belleza Hepburiana y casi hipnótica de la anoréxica más glamourosa de nuestro tiempo y sobre todo, el escocés… esos ojos casi turquesa que parecen contener toda la fuerza y profundidad de la inocencia; ese entrecejo más versatil que el muestrario completo de las muecas de Jack Nicholson en toda su carrera; la sonrisa ahogando siempre un carcajada catártica que acaba explotando sobre las mejillas enrojecidas por una especie de prolongada ingenuidad juvenil y porque los escoceses, ya se sabe, tienen muy mala circulación…
Absorbente de principio a fin, crea un clima del todo desasosegante a lo largo de su metraje, algo así como si Kafka hubiera dirigido una novela rosa.
La pérdida de la inocencia, la mitificación de los sentimientos, el sacrificio, el deseo y, sobre todo, la expiación nunca consumada; vamos todo eso que hoy se busca tanto en los anuncios por palabras mezclado con principios y valores; es decir una película maravillosamente pasada de moda.