La vendedora de pólizas es una artizta

Hoy me encontré con el cuaderno que me acompañó en mi fugaz vida de teleoperadora en Transcom. En mi estancia allí recogiendo unas cien llamadas al día creo que vendí en total doce seguros de invalidez por accidente. Era un trabajo deprimente, desasosegante, estresante y mecánico y lo dejé porque el aire acondicionado estaba puesto en graduación siberiana y me pillé una farangitis sabiniana y no dejaba de toser a los clientes. Lo mejor era la presencia del kinki, un tipo con el peinado de goku y las pestañas más largas que he visto que vendía polizas con la chulería del cantante de estopa; posiblemente el tipo más excéntrico al que he besado en mi vida. Y lo segundo mejor eran los dibujicos que hacía en las pausas más prolongadas cuando las líneas se saturaban y las llamadas entraban con menor frecuencia.

Adjunto un par de muestras de mi obra:

2 comentarios

  1. ¡Eh! ¡Faltan más dibujitos! ¡Recuerdo perfectamente que antes había una hoja entera!

  2. Sí, me has pillado; lo he reeditado. Quedaba antiestético todo ahí desplegado con sus tachones de números de teléfono cuya posesión es ilegal y los niños apelotonados…
    Emulando al gran Berto creo que le sacaré máximo partido a mi obra pictórica, aprovechándola para otros dos o tres posts más. Así eso que me ahorro; no vaya a ser que me acabe echando novio y no pueda llevar esto con dinamismo (Guiño, guiño)

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