Un post patrocinado por “Espisán”

Porque las alusiones sutiles son basura. Fijaros en lo rematamente sexy que es el chico serio del minuto 2:57-3:05. Lo demás son todo una panda de frikis gallegos del copón.

Hasta aquí mi post personal y carente por completo de delicadeza de hoy. Sólo un chiste de David que a nadie le hará demasiado gracia leído:

 Mirando la barra de direcciones, encuentra una errata y exclama: “Yotube? ¿Qué es esto? ¿Un foro para depresivos arruinados?”

Afectados

Pasé años escuchando los problemas de una amiga a la cual sólo me había unido la inercia y las circunstancias – suena feoférrimo esto que digo pero nadie dijo que la sinceridad fuera bonita – y hacia la cual sentía ocasionalmente un rechazo estremo debido al tono de voz que solía utilizar a la hora de hablar de sí misma o pontificar en general. Se asemejaba preocupantemente a un clérigo clásico de setenta años que parece en posesión de toda la sabiduría y madurez del que ha vivido la historia completa del mundo de primera mano. Cada palabra poseía una cadencia y un peso, sólo en su pronunciación, de tal magnitud que escucharlas seguidas y atentamente producía agujetas cerebrales no ya por la complejidad del discurso, inexistente como la que podría tener el diálogo final padre/hija en una capítulo de Padres forzosos, sino precisamente porque cuando intentabas decodificarlo buscando un sentido, una moraleja, un chiste, qué sé yo, te chocabas irremediablemente con el eco.

La gente afectada debería callarse la boca; son un peligro social y los responsables absolutos de los enquistamientos intelectuales, las crisis creativas y la vergüenza ajena acumulándose en forma de tumor cerebral presionando las cavidades craneales de aquellos seres sobre los cuales un afectado gobierna.

Propongo la creación de una enorme isla con suficientes recursos para abastecer a todos los afectados del planeta durante el tiempo necesario, esto es, lo que aguanten vivos atropellándose en la declamación de un monólogo con otro.

Mientras tanto podréis detectar a un afectado antes de que se haga un hueco en vuestras vidas mediante las siguientes pistas básicas:

– Suspiran más que el resto de los humanos.

– Hacen pausas muy muy largas, casi incitantes al suicidio, entre “es como…” y “es como la muerte, ¿no?”

– Suelen sonreír y negar paternalistamente con la cabeza cuando tú haces cualquier clase de sugerencia, sensata o no, da lo mismo.

– Están sordos por autohipnosis dado que su propia voz es para ellos como el canto de la sirena para Ulises y es lo único que pueden percibir.

– Si les cantas esto se desintegran en el acto:

Porque no… nunca tuvieron infancia.

“Y a ti… ¿cómo te gustan los chicos?”

Esto se lo preguntaba Pere Ponce -cuando aún no llevaba alzacuellos ni tenía tanta pluma como un seminarista postadolescente de aldea remota de la España profunda recién dejado a su suerte a las tres de la mañana en el barrio de Chueca- a Ariadna Gil – antes de que a esta se le pusiera cara de sorber limones tras compartir lustros de su vida sexual y doméstica con David Trueba (autor, por cierto, de este diálogo) – y desde mi pubertad siempre pensé que la respuesta de ella se adaptaba perfectamente a mi filosofía en cuestiones pandereteras. El diálogo era el siguiente:

INT/NOCHE. DORMITORIO DE SARA. EN LA CAMA.

Pedro (28 años) y Sara (23 años) yacen entre las sábanas, de ella, tras haber hecho el amor.

PEDRO

Oye y a ti… ¿cómo te gustan los chicos?

SARA

Pues me gustan feos, pero no demasiado feos.

Simpáticos, pero sin pasarse… Y cariñosos.

¡Pero no demasiado cariñosos!

PEDRO

Como yo. Aunque no demasiado yo; con un

poco de una primo mío.

SARA

Pues me gustaría conocer a tu primo.

PEDRO

(risita nerviosa)

Ha muerto.

SARA

¿Y a ti como te gustan las chicas?

PEDRO

Pues… con ojos, con boca, con orejas… no sé,

un poco de todo. Ah… y también me gustan mucho las

morenas, con el pelo cortito, que cuando se ríen

se les cierran los ojitos.

Sí señor, así de sensible e inocente era yo, que ni este diálogo me parecía una ñoñez. Encontraba del todo creíble e ideal el hecho de que Ariadna y Pere se enamorasen en la ficción, por mucho que dieran vueltas, con inseguridades, cuernos, incompatibilidades, inmadurez, miedos… Me parecía altamente entretenido y estaba deseando crecer y tener yo a mi propio feo que no lo fuera demasiado, simpático hasta cierto punto y sin pasarse de cariñoso, tampoco… El hombre ideal… Y el otro día encontré la pista, la razón de que las cosas no hayan ido del modo en que preveía cuando vi esta película por primera vez y asentí observando la secuencia citada.

El problema es… Que no tengo tipo. Debí de perder el esquema en algún momento. Resbaló de mi subconsciente y de alguna manera jamás he ido acompañada de rasero alguno para medir mis posibilidades ni las del otro. Todas mis relaciones (pleno fallido) se han basado en la intuición.

“Si te he conocido en total contando novios y rolletes unos… veinte o treinta pretendientes; puedo decir que eran veinte o treinta distintos tipos de tío.” (David dixit)

La cuestión es… ¿Es un problema exclusivamente mío? O verdaderamente la globalización que nos ha permitido contactar con una oferta tan amplia y prolífica ha mermado nuestro criterio selectivo de manera que nuestra tolerancia a la variedad ha aumentado y los rasgos definitorios del modelo que primigeniamente nos atraía se han difuminado hasta convertirse en la cara de poliespan de un maniquí del corte inglés en lo más profundo del subconsciente.

Esto es… ¿acaso tú tienes tipo?

Raindrops keep falling on my head

“No sé qué rayos le echará a la comida”. Eso era lo que Paul respondía cuando le preguntaban como justificaba el hecho de que su matrimonio con Joan Woodward se hubiera mantenido durante tantos años (cinco décadas en total).

“Nadie puede comerse cincuenta huevos”. Casi nadie, amigo, esta es la foto que adorna mi disco duro desde que lo tengo, como es de color negro no le pondré crespón, además Paul siempre fue un tipo humilde, le abochornaría si se me ocurriera semejante despropósito:

Se ha ido el tipo más simpático y digno que quedaba en Hollywood. Ya no queda ná. El único tío que ni se vendió, ni se volvió obeso, ni dejó de acostarse con la misma mujer durante cincuenta años y que jamás perdió el sentido del humor. Una vez vi un reportaje sobre… ¿Tim Robins? ¿puede ser? No sé en qué diablos estaría pensando, pero es posible, y en una aparición fugaz entre bastidores (tendría tres o cuatro años el docu) aparecía Paul mirando a cámara con rictus desafiante: “Miradme, aquí estoy, sigo vivo, ¡llamadme!”.

Espero que si existe algo parecido a un ralentizado vaciado de información neuronal durante el resto de la eternidad, en un subconsciente remoto y flotante el daltónico más guapo del mundo siga cantando “Raindrops keep falling on my head” sin dejar de sonreír más que para relajar la onírica mandíbula perfecta.

Hasta luego…

Lo sé, la secuencia más gratuíta de la historia, ¿verdad? Pero acaso no está tremendamente, rematadamente, desarmantemente, dolorosamente… ¡GUAPO!

*Nota: Tengo la teoría poco desarrollada pero absolutamente categórica de que Raindrops keep falling on my head es un homenaje en toda regla a Gene Kelly. (Necesitaba compartirlo, gracias.)

LA NOVIA DE DANIEL RADCLIFFE

La primera vez que le vió apenas levantaban ninguno de los dos más de metro veinte del suelo. No obstante él entonces poseía ya perfectamente definida esa cara de abogado británico cabrón tan chocante para un niño y tan poco valorada como pro entre la gente de su tamaño y generación. Ella, Petra Longshire, aún siendo una niña de seis años recién llegada a Londres desde su pueblo Perth, en Escocia y poseer como precoz aspiración en la vida convertirse en la esposa de un hombre poderoso, supo detectar sin ninguna clase de duda el potencial que Daniel para tal circunstancia podía ofrecer.

Así, aunque el pequeño Dani era acosado por los kinkis pijos de su clase ya en el jardín de infancia y desprovisto violentamente de su bocadillo del almuerzo, Petra le acogió como a un igual decidida a hacer de su naturaleza pusilánime un reclamo para el gran público.

A los diez años, cuando su noviazgo prepuber ya se había consolidado, Daniel decidió apuntarse a las clases de teatro extraescolares con el fin de poder protagonizar la función de fin de curso y, así, complacer a Petra, últimamente más ansiosa que si ovulase. Su temprana afición a la interpretación sólo logró granjear más antipatías entre los matones comedores compulsivos de bocadillos ajenos. Petra siempre animaba a su compañero diciendo: “esos que te quitan el bocata ahora en el futuro nos servirán patatas fritas en el burger king”. Dani, incapaz de contradecir o siquiera dudar de su novia nunca se atrevió a decir que era alérgico a la ingesta de tubérculos y, a un tiempo, ignoraba las auténticas pretensiones de Petra, a la cual consideraba un regalo compensatorio por una década vital sufriendo vejaciones a causa de su cara de banquero hijoputa.

Con doce años, por fin, y siempre gracias a la repercusión de las funciones de fin de curso de los colegios británicos privados y a las adaptaciones televisivas de David Copperfield, Daniel fue descubierto por un tenaz cazatalentos y, posteriormente contratado para protagonizar la saga multimillonaria de las insufriles adaptaciones cinematográficas del odioso best seller de una inglesa solterona llamada Joanne Rowling: “Harry Potter”.

Petra estaba entusiasmada, filtraba la iralidad producida por las características del personaje de su pareja, las constantes bromas crueles e insinuaciones y, por supuesto, los rumores sobre escarceos amorosos precoces del protagonista de la saga con su segundo de abordo Rupert Grint. Y se quedaba única y exclusivamente con los millones que Hollywood les proporcionaba así como la atracción ejercida sobre núcleos de teens de foros erótico-festivos del mundo entero. El efecto púlpito hacía a su novio sexy.

Daniel, allá por la cuarta entrega de las aventuras del casposo mago, comenzó a sentirse atosigado por una forma de vida que cada vez tenía más claro no haber elegido él: “yo sólo quería hacer feliz a Petra” se decía a sí mismo empapado en sudor al despertar de una de sus innumerables pesadillas con Maggie Smith (aka porfesora Minerva McGonagall). Especialmente sensible a las alusiones humillantes de la crítica, Daniel decidió explotar su faceta más viril y elevada profesionalmente, yendo un año entero al gym y, más tarde, presentándose en cueros en Broadway:

[foto de la noticia]

Petra, consciente del fragil equilibrio de la pareja cuando ha de desenvolverse en un ambiente tan hostil, y harta de la creciente pasión que su novio producía en las féminas hormonales frikiosas que ya establecían tipis al rededor de la mansión para declararse a Daniel cada vez que abandonaba las dependencias de la misma, nunca estuvo conforme con el exhibicionismo teatral de su chico; especialmente porque ni siquiera ella le había visto desnudo aún.

Dani, tras su clamoroso éxito en el Westend londinense, prometió a Petra casarse una vez que estrenara en Nueva York.

Petra… Petra ha emigrado a la Sorbona, en París, a estudiar derecho. Dani no volvió a llamarla y ella, convencida de que tras varios lustros de sacrificio social y moral fingiendo afecto real por un friky antierótico, debería, legalmente, llevarse parte de la tajada, tanto económica como sexual; quién iba a decir que el banquero potencial acabaría pareciendo el prota de un anuncio de Calvin Klein declaró recientemente a la prensa: “Ser la novia de un famoso feo es una puta mierda”.

Mujeres

Ayer Woody volvió a jugármela. No os dejéis engañar, es un video de vacaciones y Penélope tampoco está tan bien; sólo que los otros dos del trío resultan tan insulsos que cualquiera les eclipsa. Lo único soportable a mi parecer, aparte de la infografía de los títulos de crédito (la excepción incorruptible a pesar del paso del tiempo en la filmografía Alleniana), fue Rebecca Hall, el único ser coherente y complejo (moderadamente)entre esa marea de frívolos del carajo que impregnaba la pantalla de un insoportable regustillo a nada:

Rebecca, a la que había conocido ya casualmente gracias a mi romance pasajero con ese descomunal intérprete que intuyo se echará a perder en menos de un lustro que es James McAvoy. Les vi juntos en una peliculilla titulada Starter for ten, ambientada en una universidad británica en la década de los ochenta que contaba la historia de un chico inteligente y simpático pero terriblemente inocentón cuyo sueño más elevado es participar en un concurso televisivo de cerebritos. Mientras se entrena para ello se enamora de una rubia caracazo que hay que suponer que es francamente guapa y ningunea, por otro lado, a su amiga judía (Rebecca Hall) porque es demasiado lista, atractiva, divertida, interesante y alta como para aprender a apreciarla dentro de los primeros 45 minutos de película. Un truño estupendo. Mucho mejor que Vicky Cristina Barcelona y que, por supuesto, crea menos espectativas para echar por tierra.

Woody está gris. Woody se pudre.

El personaje de Javier Bardem es un gilipollas de personalidad epidérmica.

Punto en boca.

Eso sí, si os apetece ver a tres tipos de mujer sumamente dispares, resulta interesante como catálogo de lo que viene a ser la nueva sex symbol en Hollywood. Adjunto pues un videoclip de esos que me divierten tanto donde intenté incluir a las más importantes muchachillas que han pisado la meca en los últimos cien años. Espero que lo disfrutéis y me comentéis las bajas, si os apetece. Yo voy a echar una siesta y aprovechar para soñar una Vicky Cristina Barcelona menos soleada, más divertida, con un poquitito de sal, un meneado de ironía ¿es que ahora le dirige las películas Edward Burns? ¡Dónde vamos a parar!

GENTE QUE ES FEA Y NO SABEMOS POR QUÉ: Entrega II

Cierto es que apenas perturba mi disgestión porque habré visto cuatro o cinco películas suyas (en su mayoría en el Alsa; esa tortura sobre ruedas tan cercana a las sesiones de Alex contra su voluntad):

 Podría ser yo viendo “Cuestión de honor” en un Madrid-León.

Pero aún así, a pesar del no hartazgo me hace sentir una indignación absoluta que consideren a ese arador de Cro Magnon unicejo (porque ese tipo no se depila el espacio intercejil, se lo afeita directamente o, mejor, se lo amputaron con laser en cuanto pisó la primera premiere hollywoodiense) que es Colin Farrell, no sólo un tipo guapo y atractivo sino uno de los actuales sex symbols más cotizados del mundo. Hasta tal punto que incluso le citan en las revistas de cine haciendo comentarios sobre las variedades de vello púbico que se va encontrando desde que coitea cual esquizoide priapista. Por cierto, no le gustan depilados… ¡manda madre que tenga que poseer yo dicha información! Con lo útil que me sería ese espacio del almacén neuronal para recordar… qué sé yo, limarme los cayos de los pies una vez al mes. Pero no, tengo que recordar que a Colin le gustan los montes (de Venus) cuando son espesos.

Hay que tener una convicción total en tu propia popularidad a nivel de símbolo erótico para permitirte hacer esa clase de aseveración. Porque claro, luego dice Sanchez Dragó que le mola que le sodomicen con verdura hervida o algo así, igualmente cerdo, y a todos se os revuelve la papilla pero si sale de los morritos de Colin… preferís pasar picores durante el resto de vuestra vida aunque sólo sea para fantasear con “ventaja”. Miradle, por favor, miradle bien:

 Pero qué impresentable cara chata con gesto resacoso, papadita incipiente de dejadez prematura y mirada ovina… Entiendo que en Irlanda donde todo el mundo parece haber salido del instituto de Degrassi (lo sé, esos eran canadienses, pero seguro que así os hacéis una idea de la magnitud viscoso/antierótica a la que me refiero) Colin (nombre, por cierto, de mascota humillada) fuera un hombre potable dado lo antitético a un albino que es un simio clásico; y el señor Farrell es lo más parecido a un mono que te puedes topar en la Quinta Avenida.

Aparte de lo evidente existe un detalle fundamental dentro del lenguaje gestual de este hombrecillo que consigue dar el toque de gracia final a mi aversión y es precisamente una desconcertante afinidad con la protagonista de la entrega anterior de GENTE QUE ES FEA Y… (Jennifer Love Hewitt) y es que cada vez que termina una frase o mira con preocupación juntando las cejas atraídas cual imantadas dada su continuidad primigenia, deja la boca abierta, por lo general, en forma de O. Esta imagen del tipejo simiesco con cara de pavor pijo es una maniobra de despiste, así nadie puede reparar en la falta de atractivo del conjunto de sus rasgos.

Colin podría ser perfectamente un camarero del Húmedo (aquí en León) lo suficientemente pagado de sí mismo como para depilarse el pecho y llevarlo al aire en camiseta mariconas imposibles y no lo necesariamente guapo como para poder ligarse a ninguna de sus esculturales compañeras travelianas de currelo a no ser que las pillase en estado de embriaguez límite. ¡Me das vergüenza Colin Farrell!