LA NOVIA DE DANIEL RADCLIFFE

La primera vez que le vió apenas levantaban ninguno de los dos más de metro veinte del suelo. No obstante él entonces poseía ya perfectamente definida esa cara de abogado británico cabrón tan chocante para un niño y tan poco valorada como pro entre la gente de su tamaño y generación. Ella, Petra Longshire, aún siendo una niña de seis años recién llegada a Londres desde su pueblo Perth, en Escocia y poseer como precoz aspiración en la vida convertirse en la esposa de un hombre poderoso, supo detectar sin ninguna clase de duda el potencial que Daniel para tal circunstancia podía ofrecer.

Así, aunque el pequeño Dani era acosado por los kinkis pijos de su clase ya en el jardín de infancia y desprovisto violentamente de su bocadillo del almuerzo, Petra le acogió como a un igual decidida a hacer de su naturaleza pusilánime un reclamo para el gran público.

A los diez años, cuando su noviazgo prepuber ya se había consolidado, Daniel decidió apuntarse a las clases de teatro extraescolares con el fin de poder protagonizar la función de fin de curso y, así, complacer a Petra, últimamente más ansiosa que si ovulase. Su temprana afición a la interpretación sólo logró granjear más antipatías entre los matones comedores compulsivos de bocadillos ajenos. Petra siempre animaba a su compañero diciendo: “esos que te quitan el bocata ahora en el futuro nos servirán patatas fritas en el burger king”. Dani, incapaz de contradecir o siquiera dudar de su novia nunca se atrevió a decir que era alérgico a la ingesta de tubérculos y, a un tiempo, ignoraba las auténticas pretensiones de Petra, a la cual consideraba un regalo compensatorio por una década vital sufriendo vejaciones a causa de su cara de banquero hijoputa.

Con doce años, por fin, y siempre gracias a la repercusión de las funciones de fin de curso de los colegios británicos privados y a las adaptaciones televisivas de David Copperfield, Daniel fue descubierto por un tenaz cazatalentos y, posteriormente contratado para protagonizar la saga multimillonaria de las insufriles adaptaciones cinematográficas del odioso best seller de una inglesa solterona llamada Joanne Rowling: “Harry Potter”.

Petra estaba entusiasmada, filtraba la iralidad producida por las características del personaje de su pareja, las constantes bromas crueles e insinuaciones y, por supuesto, los rumores sobre escarceos amorosos precoces del protagonista de la saga con su segundo de abordo Rupert Grint. Y se quedaba única y exclusivamente con los millones que Hollywood les proporcionaba así como la atracción ejercida sobre núcleos de teens de foros erótico-festivos del mundo entero. El efecto púlpito hacía a su novio sexy.

Daniel, allá por la cuarta entrega de las aventuras del casposo mago, comenzó a sentirse atosigado por una forma de vida que cada vez tenía más claro no haber elegido él: “yo sólo quería hacer feliz a Petra” se decía a sí mismo empapado en sudor al despertar de una de sus innumerables pesadillas con Maggie Smith (aka porfesora Minerva McGonagall). Especialmente sensible a las alusiones humillantes de la crítica, Daniel decidió explotar su faceta más viril y elevada profesionalmente, yendo un año entero al gym y, más tarde, presentándose en cueros en Broadway:

[foto de la noticia]

Petra, consciente del fragil equilibrio de la pareja cuando ha de desenvolverse en un ambiente tan hostil, y harta de la creciente pasión que su novio producía en las féminas hormonales frikiosas que ya establecían tipis al rededor de la mansión para declararse a Daniel cada vez que abandonaba las dependencias de la misma, nunca estuvo conforme con el exhibicionismo teatral de su chico; especialmente porque ni siquiera ella le había visto desnudo aún.

Dani, tras su clamoroso éxito en el Westend londinense, prometió a Petra casarse una vez que estrenara en Nueva York.

Petra… Petra ha emigrado a la Sorbona, en París, a estudiar derecho. Dani no volvió a llamarla y ella, convencida de que tras varios lustros de sacrificio social y moral fingiendo afecto real por un friky antierótico, debería, legalmente, llevarse parte de la tajada, tanto económica como sexual; quién iba a decir que el banquero potencial acabaría pareciendo el prota de un anuncio de Calvin Klein declaró recientemente a la prensa: “Ser la novia de un famoso feo es una puta mierda”.

2 comentarios

  1. hola mmmm punta punto como estas yo bien soy guadalupe

  2. me alegro x ella x q tiene al chavo mas guapisimo

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