Somos amigos de metro

Desde que vivo en Barcelona, no llega a mes y medio, he experimentado infinidad de anécdotas inolvidables con todo tipo de seres humanos a los cuales espero no olvidar jamás para poder recuperar en la memoria y convertirles en ficción gracias a una comedia coral del absurdo. Todos ellos, gracias a los vínculos superficiales que nos unieron por unos breves segundos o minutos de desconcierto y mascullación componen una amalgama de retrato abstracto de la base de mi vida social en esta ciudad y por tanto, un alimento para mi inspiración en el futuro.

El primero fue Avelino. Avelino era el dueño de la pensión en la que me alojé durante mis primeras cuatro noches en la ciudad condal. Era imposible entender más de dos palabras de lo que decía porque resoplaba con la boca cerrada – todo un arte – mientras hablaba, como si hubiera hecho alguna clase de pacto con Satán para no despegar los labios a más de dos mílimetros de distancia entre uno y otro o sino, aquel se quedaría definitivamente con su alma. Sé que yo le caía bien porque cual jovial recién llegada, sonreía al entrar en mi zulo y, también, que no le daba de comer a su perro y por eso éste se pasaba ahuyando toda la noche.

Mi siguiente amigo “demo” fue un argentino de Radio Nacional de España que me paró en el Paseo de Gracia y me preguntó cuál de todos los recuerdos de mi vida salvaría si de repente me quedase amnésica. Después un brasileño, quizás, que me invitó a tomar café en un semáforo yendo hacia Aribau: “¿Nos tomamos un café?” “No, mejor no”, “Vale, pues nada”. Una persona muy comprensiva. Luego un pintor excesivamente enrollado. Un camarero gaditano que sería lo más parecido al hermano que nunca tuve si los dos fueramos siempre borrachos. El tipo lascivo que se quedó con mi revista guarra de la doble de Sophia Loren y me regaló unas chapas para adornar la gorra. Una señora francesa a la que para poder indicarla donde estaban tuve que acompañarla hasta las ramblas. La inquilina del primer piso que vi, una arquitecta algo sequerona que presumía, como buena hippie, de no tener televisión. El jefe de grupo de un curro al que fui a hacer una prueba, el tipo más flipado que creo haber conocido en mi vida, fan de skape y que como no tenía novia, en el movil, de última generación, por supuesto, tenía toda una galería de imágenes en primer plano de su perro. Un travelo que mi compañero de piso se trajo un día a dormir a casa, que era exactamente igual que la Jesulina física y espiritualmente, le robó el movil a mi compi y no volvimos a verle nunca pero yo jamás podré borrar su turbadora imagen paseando en bragas. Y, por último, el barman que me regaló un bombón mientras esperaba a que mi única amiga de verdad – mi amiga siamesa de emociones – saliese del W.C.

Sí, esos fueron mis amigos de metro, sin contar algún yonkarra, tres o cuatro paisanetes, un par de niños escrutadores y algún que otro tendero. La felicidad se compone de momentos álgidos o curiosos, y sobre todo de recuperarlos en el recuerdo. Os dedico este album queridos desconocidos, gentes que jamás me llamarán por mi cumpleaños, ni me invitarán a su bodas, misteriosas islas de personalidades inaccesibles, de vidas paralelas, del paisaje de los otros. Soys poesía.

 

Una respuesta

  1. El metro es el infierno en la Tierra. Con semejante fauna con la que te encuentras ahí no me explico cómo no hay una batalla campal diaria en esos vagones. Lo digo de verdad.

    Ah, el brasileño ese me ha robado el corazón. Vaya pedazo de crack.

    PD: Tú también me gustas. Pero que no se entere “llamando a Andrés”🙂
    PPD: He visto en el Facebook que te codeas con los más grandes de este país. ¡Y que les entregas pornografía!

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