The broken bed

Yo cuando cierro los ojos y pienso en la cama en la que dormía hace dos años, los vuelvo abrir, los cierro de nuevo e imagino otra cama en la que dormiré dentro de diez, no veo la misma cama. Supongo que Punset no es infalible; tampoco se le ha roto la cama este fin de semana y a mí sí. Bueno, quizás presupongo en exceso como ha de ser la cotidianeidad de Eduard, pero… seamos realistas, él no es una candorosa muchacha de veinticinco años con los fines de semana libres y poco dinero para ocio de puertas para fuera.

Se ha roto mi cama y eso me ha hecho pensar en la frecuencia coital practicada por las gentes del siglo XIX, por ejemplo, sin televisión y releyendo Guerra y Paz todo el santo día y muriéndose de asco y de lascivia contenida. No me extraña que los burgueses tuvieran todas las habitaciones enmoquetadas para evitar muertes por resbalamiento.

En la asfixiante densidad de mi aburrimiento intercoital he llegado a la conclusión, tras lo del acolchado general de las casas de los sátiros burgueses de siglos pasados, que es verdad que Beethoven debía de mojar más que Miguel Angel Silvestre en una despedida de soltera de clones de Samantha de Sexo en NY tras haber sido previamente aisladas sin hombres ni vibradores ni objetos cilíndricos en una isla aséptica e incomunicada durante meses. Porque la música debía ser lo único capaz de amansar a la par que exhultar (esta forma del verbo la uso yo así porque es mi blog y ya casi sólo lo leo yo y bah, pues como que me gusta tirando a bastante) a las bestias y los conciertos de Ludwing habrían de convertirse en una suerte de desmadre bajo las enaguas de almidonado chafado por la emoción fanática exaltada ante los arrebatados movimientos de batuta.

 Ahí está, el mismo rictus de suficiencia lujuriosa. Seeeh, lo reconocéis verdad, escalavas de la pasión?

No sé adónde quiero llegar con esto. Sólo quería compartir mi sopor y contrariedad al contemblar mi colchón tirado en el suelo mirándome con culpabilidad, sintiéndose sucio y humillado a rás de suelo. Me da tanta pena, quisiera abrazarlo y decirle que todo saldrá bien, pero me quedaría dormida y le babaría en la cara. Nuestra relación con los objetos está del todo desatendida y regida por ocasionales momentos de entusiasmo pasajero, tan pronto los amamos y valoramos como pilar de un determinado instante de existencia como los golpeamos con violéncia púbica desatada hasta el colapso y la muerte. Porque los objetos, al igual que las personas y las relaciones y los periquitos, también se mueren. Es por eso que os pido a todos, lectores míos, que guardéis un merecido minuto de silencio por mi difunta cama. Oremos.

Una respuesta

  1. eres genial… consigues sacarme una sonrisa siempre que escribes…

    Gracias por compartilo…

    besos tokiotas

    NicoinTokio

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