Mis héroes, Capítulo III: Woody

El 8 de febrero cumplo 26 años y creo que debería cortarme el pelo y dejar de parecer una folclórica. Pero no hablemos de mí y mi peculiar estilo estético. Hablemos de él.

La evolución de mi relación con Woody Allen no ha sido muy dramática en quince años – incluso a pesar de que muriese él hace seis y ahora hayan puesto ese señuelo como cadáver embalsamado y sostenido con un palo con el fin de pasearle por las ruedas de prensa y poder seguir utilizando su nombre como mera marca engañosa en los títulos de crédito -. Cuando mi hermana me lo descubrió de niña mi opinión era que todas sus películas eran una tremendamente larga y naranja partida en docenas de pedacitos y dominada por actores feos y gente torpe y tartamudeante que sólo sabe hablar de si mísma.

Ahora pienso exactamente igual – al menos hasta Desmontando a Harry – sólo que ese concepto me seduce. Y el cine anaranjada de Woody me acompaña permanentemente, se ha instalado en mis recuerdos filtrándole como si fueran propios. El fanatismo tiene varios grados de locura, pero en mi caso soy demasiado vaga como para obsesionarme tanto. Al final he visto todas sus películas menos Zelig – quiero dejarme una para cuando por fin nos confirmen que ha muerto oficialmente – pero a lo largo de un puñado de años, dosificándole al máximo. No puedo ver varias películas de él seguidas porque acabaría siendo poseída por unas ganas terribles de retroceder en el tiempo y pretender ir contra las leyes físicas es un error insalvable que podría traer consecuencias nefastas.

Bien, yo lloro siempre con esto:

Yo siempre he sido un poco Annie; así me bautizó aquel muchacho tan divertido… ¿que habrá sido de él? (esto es retórica, no te manifiestes cual Candyman cuando diga “Woody” por tercera vez).

Mis héroes, Capítulo II: Audrey

Yo tenía ocho años. Me había quedado sola en el hogar. Mi hermana estaba durmiendo en casa de una amiga y mis padres habían salido por ahí, al estilo treinta y tantos, algo muy in en los ochenta.

Me senté en el salón y estiré los brazos; me imagino lo tremendamente irrisoria que resultaba mi minúscula y chisposa figura en un ademán a lo gran mandamás del reino abandonado, como un tipejo megalómano disfrutando del basto imperio que se extendía frente a su naricilla. Tomé El País entre mis manos y leí las críticas de las películas que pasaban por televisión (española, por los dos canales que había entonces, sólo dos, sí… qué tiempos aquellos) esa noche. Ahora no puedo recordarlo con demasiada nitidez, pero como suele pasar con el paso del tiempo, mi imaginación ha hecho el resto por llenar huecos; y creo que si puse La 2 para ver una película de Billy Wilder es porque avisté la palabra “Cenicienta” dentro del cajetín de alguna crítica de Fernando Morales.

Tenía ocho años, ya lo he dicho y entonces me resultó sumamente sorprendente y transgresor que Cenicienta se transformase de bonita muchacha de exuberante cola de caballo a mujer sofisticada con el pelo corto. “¡El pelo corto! ¡eso no tiene nada de principesco! ¡y encima en blanco y negro! ¡Donde van! “ Y, sin embargo, no podía apartar mis inexpertos ojitos de la pantalla.

Ya ves, casi dos décadas más tarde, y aún me tiene hipnotizada. Pasé todas las nocheviejas de mi pubertad y adolescencia, hasta que me dejaron salir, viendo sus películas; no las cambio ni por la barra libre del Rich, amigo. Llené docenas de cuadernos con sus fotos y me leí tres biografías de distintos autores. Me la encontraba a la vuelta de la esquina de cada una de las grandes ciudades europeas que he conocido. Y la he sentido en algún rincón de mi misma, todas y cada una de las veces que me han besado con ganas.

No hay nada, no hay nadie como usted, señorita:

Mis héroes, capítulo I: Roberto.

Ponle una tiza en la mano a un hombre medianamente inteligente y tendrás uno. Un héroe, digo!

Os parecerá una tontería, pero fui a ver esta película a los multicines de un ingente centro comercial en la época en la cuál trabajaba en el mismo, concretamente en uno de estos horrorosos curros de supervivencia al cual, aquel día, le había sacado el máximo partido procurando sonreír a todo el mundo, hacer bromillas extra a los clientes, procurar que los bollos tuvieran suficiente chocolate e incluso un poquito más y el pan no se me cociera en exceso. Había sido buena, muy buena, porque sabía que le iba a ver a él y me iba a dar alguna pista más sobre el sentido de la vida y quería estar en armonía con los elementos. Cuando vi esta secuencia empecé a llorar – qué tonta, ¿no? – y no dejé de hacerlo hasta los títulos de crédito.

Y sí, yá sé que no es una buena película, que incluso se hace pesada, que tras La vida es bella te esperas algo bastante más digno y que si Benigni no te agrada te será imposible soportarla, pero si alguna vez pudiera uno decir – y alguna vez se puede – lo que este hombre dice estando convencido a pies juntillas de cada palabra, no cabría duda de que uno, una, es completamente feliz.

“Enseña una teta”

Últimamente estoy mamaria, sí. Anoche fui con mi casero y mi compi de piso (ambos gaylords como ninguno) a un local llamado Bambú en el barrio de Gracia de Barcelona. Se celebraba lo que yo bauticé “la fiesta del piso”. Las personas que ofertaban alquiler llevábamos una pegatina roja y los que lo buscaban una amarilla. El rojo inspira nerviosismo y huída y el amarillo, según mi exjefe, “es el color de la comida, Marti”. Tanto mis acompañantes como yo deseamos encontrar a un buen chico maricueto para ocupar la habitación vacía; porque, somos así de elitistas y modernos.

Yo inspeccioné la sala buscando algo parecido a esto:

Mezclado con esto:

Y con las preferencias sexuales de esto último:

Lo sé; soy una idealista. Y mis compañeros buscaban básicamente lo más parecido a esto:

Lo sé, son unos salidos.

Al final avistamos los tres al tío más guapo que habíamos encontrado jamás en nuestras existencias en vivo, directo y a dos palmos. Y especulamos sobre las preferencias sexuales del mismo mientras Jamshid (mi compi “persagay”) me pedía que sacase pecho para que se viera bien mi pegatina. De cuando en cuando, el casero se levantaba y se subía los pantalones marcando reclamo – aysh…  -. Nada. El guaperas ofensivo de puro guapo, desagradable de mirar por exceso de belleza si lo hacías durante más de tres segundos seguidos – como un eclipse, cuando apartabas la mirada te dolían los ojos y veías lucecillas intermitentes – parecía impasible a cualquier estímulo externo. Nadie se atrevía a ir a hablar con él, desesperados sobre la posible estrategia a seguir para llamar su atención mis “amigos” exclamaron al mismo tiempo: “Ays no sé! sácate una teta!”.

Así que hoy, quería dedicar mi post, al día que descubrí que soy una muñeca. Sí, soy una muñeca de varón adulto homosexual. Me siento como Elizabeth Taylor en Holocausto canibal, quicir, en Derepente el último verano (destripada queda, ja! lo he vuelto a hacer). Me siento sucia. Y no, no me la saqué, no son desmontables, ¿sabes? Claro, como no has tenido ninguna en la mano en toda tu vida… ¡quiero llorar!

Rara vez me pasa

Llevo tres días postrada en la cama y visitando el W.C. ocasionalmente para purificarme por expulsión a través de tres de los principales orificios que se reparten por mi cuerpo (sí, me molan los acertijos crípticos; pasadlo mal un rato visualizándome cual tubo de pasta dentífrica violado por una familia numerosa, “yo me sé dos… pero el otro…” y no, las fosas nasales no cuentan, no soy tan tramposa) lo cual implica que ya puestos a exprimirlo todo, he exprimido también las páginas de descarga inmediata – yo, metafórica como ninguna- de películas odiables que aún no había podido visualizar para argumentar mis tesis de cervecería. Los tres afortunados desvirgamientos – el resto ha sido Woody one more time until “regurgitation” – fueron: Black snake moan, Happy: un cuento sobre la felicidad y Hace mucho que te quiero. En fin… ¿cómo os lo diría? Me ha salido un grano doloroso y descabezado en la mejilla derecha y puedo jurar que ese cráter frustrado será por sí mismo, sin atrezzo, producción ni secundarios, mucho más estimulante para mi psique – “espero que no se me gangrene la cara”… “¿y si es un tumor de veinticuatro horas?… “parezco media pepona”… – que cualquiera de estos tres pequeños pretextos para amar más mi vida. Primero vi Happy… siendo francos no esperaba nada de ella, como mucho deseaba no incrementar las nauseas con su visionado. Y me equivoqué, claro. Era como coger a Amelie, quitarle los filtros, mudarla a Inglaterra, ponerla diez años, una sobredosis de alucinógenos y luego dejarla con el dinero justo para comprarse camisones del rastro estilo drag queen, una botella de whisky para el desayuno y una clase de conducir a la semana. Me reí una sola vez y lo hice por cortesía y porque había leído en filmaffinity que era una comedia y como una nunca está segura de si su vida está siendo grabada y emitida a nivel internacional pensé que quizás mis seguidores podrían considerarme demasiado exquisita e impasible. Y con esto creo que ya la he despachado.

Hace mucho que te quiero, la vi esta tarde sólo por la tranquilidad de comprobar que Khristin Scott Thomas ha envejecido y en los títulos de crédito no aparece como “Fiona” – algún día os contaré esta historia, aún no estoy preparada -. Esta era un megadramón previsible acerca de una exconvicta que vuelve a ver a su hermana, a la cual no ha tratado durante los quince años que lleva a la sombra por haber asesinado a su propio hijo de seis años. Los franceses no se andan con medias tintas, no, hasta León de Aranoa tiene más escrúpulos, macho. Por cierto, en lo sucesivo, y en honor a mi super profe, cuando me refiera al citado director español oseasuperurbanoconcienciadoquetecagas le llamaré “el sucio” y espero hablar de él de aquí a treintas posts, para que sea un chiste privado entre nosotros (los que estáis leyendo esta antológica entrada sobre el nacimiento de una intimidad casi mágica y yo misma, que se me acaba de ocurrir; porque no, yo no hago borradores, yo hago diálogo interior sólo que con comas y tildes y alguna falta ortográfica sexy, ¡me río yo de Joyce y sus paridas! ja! jajaja! ¿veis? me río). En su honor, en honor a la película francesa, diré que fue la única que me hizo vidriar levemente los ojillos, cosa que tampoco es en exceso meritoria dado que tengo la regla (¡mierda! ya os desvelé lo del tercer orificio, si es que además de cerda tengo diarrea verbal, ¡otra vez! ¡dios!). Al menos la banda sonora daba risa y las niñas vietnamitas eran enternecedoras; en todo caso demasiado larga y ñoña para mi gusto, aunque es posible que se merezca un hueco en CHISTES TONTOS PELÍCULAS SERIAS (y mediocres).

Y por fin, llegamos a la cúspide de mi contrariedad con Black snake moan. No me suele pasar que vea una película por dos razones como estas: porque la protagoniza Samuel L. Jackson y porque la protagoniza Christina Ricci. Me explicaré; me encanta Samuel L. Jackson, me cae bastante bien, mejor que Morgan Freeman – soy así, una chica contestataria -, me parece buen actor y tiene unos ojos muy bonitos – eso es verdad y nadie lo dice nunca -; mientras que la Ricci me saca de quicio. Me parece que es mala actriz desde la infancia – salvando Miércoles, que le iba al pelo, por aquello de su falta absoluta de versatilidad gestual – y que tiene una enfermiza obsesión por convertirse en una sex symbol. De hecho, estoy en el proceso de elaboración de una teoría respecto a cómo elige Christina sus películas; ¡qué coño! no estoy en el proceso, ya he acabado: “la Ricci se decanta por un guión u otro atendiendo al mayor número de páginas del mismo en las cuales su personaje aparece en bragas”.

Me interesaba verla por esto de enfrentar en pantalla alguien a quien adoro y alguien a quien aborrezco, a ver que efecto producía en mí. Esperaré otras doce horas más y si mañana no despierto con alguna clase de sarpullido podré confirmar que no, no me afecta en modo alguno. La historia no sé deciros de qué va, pero sí que puedo contaros que la peli consiste en Christina enseñando el abdomen y las tetillas cada dos minutos, en celo total y con la cintura aprisionada por una gruesa cadena de acero impuesta por Samuel que va de profeta improvisado que acaba de ver la luz porque su mujer le ha abandonado por su hermano y cree tener el poder moral suficiente para salvar a la gochilla rara de la ninfomanía – que ya ves, con regalarle un carro de preservativos ya deja de ser pecado mortal -. Lo peor es que aunque lo del encadenamiento promete, como se puede ver en este gráfico:

 

Al final llega Justin Timberlake y les fastidia el chiste – sí, he dicho Justin Timberlake, podéis resoplar todos conmigo y agitar la cabeza de un lado a otro con ganas de matar -. En fin, una tonterida nada sorprendente.

Pero lo más molesto de ver películas insulsas no es que lo sean, eso te lo esperas; porque yo ya no empiezo a ver una película como antes, con la ilusión de que me vayan a dejar con el culo torcío con su magnificencia, su genialidad o su escaparate de interpretaciones descomunales o diálogos subyugantes; neh, qué va, yo me conformo con una secuencia, con dos o tres minutos de los noventa o ciento veinte que dure el metraje total final, que me guste, que me erice un poquín los pelillos del brazo o que pueda comentar o sonréir al recordarla, que me inspire algo. Hace poco vi otra vez Amor a quemarropa, la película de cuyo guión Tarantino está más avergonzado (a mí no me miréis, lo ha dicho él). La primera vez que la vi tendría yo doce años y me dejó rota. Era genial verla porque tenías que visionarla a solas como si hicieras algo prohibido y a la par que estremadamente violenta me parecía muy romántica. Bueno, ya he dicho que tenía doce años. Ahora la veo y me parece una importante basura. Pero como decía Robin Williams en El rey pescador (<— a esta ni toserla, amigos): “Incluso entre la basura se encuentran pequeñas cosas”:

Creo que es la única vez que me ha caído realmente simpático Denis Hopper.

Yo… tengo un motorcito acá arriba…

Creo que va siendo hora de empezar a ser un poco honesta conmigo misma y con el mundo en general; aunque tengo la triste certeza de que la honestidad no es uno de los valores en alza de nuestros días. Debería estar haciendo los deberes, el martes he de presentar un *lag line que deje el culo torcido a ocho desconocidos con ínfulas de grandeza y ya sé que no lo voy a conseguir. Haga lo que haga siempre se me acaba convirtiendo en un pastiche pseudorromántico, cuando en realidad mi tema favorito es la apología de lo cutre. Lo estremadamente cutre siempre me ha hecho de reí; las baldosas de dibujos marrones psicodélicos estilo años setenta, Joaquín Reyes haciendo lo que sea, mi abuela aprovechando un klinex venido a esponjilla mínima de fibras poliorgánicas, una sala de espera de la seguridad social, no sé, joyas del bajonazo transformadas en sátiras desarmantes de la propia vida cotidiana. Al final volveré a caer en una historia de amor; no puedo luchar contra mi vagina (ni contra ella, no sólo por no llegarme, ni contra lo mal que suena mencionarla).

La cosa es que dentro de poco este blog cumple un año de vida; así a lo tonto a lo tonto y a pesar de que la primavera la debí de pasar en una orgía de emociones permanente puesto que no escribí nada; qué feliz es uno cuando no tiene nada que contar porque la anécdota aún se está fraguando.

Cuando tenía diez años escribía poemas de amor ultra pretenciosos con constantes referencias eróticas producto supongo de mi visionado enfermizo de las pelis de Kathleen Turner y Michael Douglas cuando era una cría – yo qué sé, me sentía identificada con su rollo, no me juzguéis – y se las dedicaba a César, el repetidor de mi clase. Durante meses le escribí cartas de amor anónimas que adjuntaban siempre una poesía precoz. Se las daba a través de una amiga mía que jugaba con él al futbol en el recreo -ella sí que controlaba, ja! menuda espabilada- y al cabo de un tiempo mi tutor, José  Aurelio, un chico de veintitantos años que acababa de aterrizar en el colegio de monjas, tuvo la brillantísima idea de leer mis poemas públicamente incluyendo la dedicatoria y el destinatario. En fin, un tío sin tacto e inconsciente de hasta que punto estaba condicionando para siempre mi educación sentimental. Claro, es que los niños somos tan monos… ¡Satán!

Yo sólo escribía aquellos poemas para mandárselos a César y fraguar la base de nuestra relación, para que cuando nos casáramos y tuviésemos nenes, hubiera/hubiese una historia que contar en las cenas de Navidad (todo gira entorno a eso, no lo olvidéis) y lo cierto es que conseguí que se declararan por mí, lo cual ahorra mucho calor mejillil. César pasó de mi lindo trasero de prepuber infeliz, como no podía ser de otro modo. Siete años después me lo encontré en un bar llamado Tijuana, mientras sonaba de fondo alguna horrenda canción de Maná y el muy capullo me ofreció la posibilidad de retomar dónde lo “habíamos dejado” y me confesó que aún guardaba mis poemas. Entonces debí haber concluído que ninguna rima asonante apabuya tanto la libido masculina como un escote consonante. Sin embargo, desechando su oferta, pensé que se debía a un efecto retroactivo de la poesía, porque yo soy así de ingenua y así de a posta.

En el instituto, con quince, pasé de la lírica a la crítica de cine. Escribí reseñas de una página, realmente apasionadas, sobre toda la filmografía de Audrey Hepburn y sólo de Audrey Hepburn, porque para mí todo lo demás era basura zafia. Sí, yo era un poco estirada cuando empecé a menstruar. Estaba totalmente enamorada de mi profe Bernardino y mi aspiración básica con aquellas críticas era que me las publicaran en la revista del insti, no ya por la estremada popularidad que supone escribir en una gaceta anual que no lee ni el tato y se edita a nivel local (local, local, sólo imprimían para cubrir a todos los alumnos de bachillerato) sino que sabía que si me aceptaban los artículos sobre la anoréxica más encantadora de la historia del cine podría entrar en el grupo de maquetación en el cual participaba el citado profesor de literatura y así pasar más tiempo con él en horario extraescolar. Así fue, no vayáis a creer ahora que llevaba mi ramalazo lolitesco más allá de tocarle el codo a ese hombre mientras hablábamos de Shakespeare; yo sólo quería conocerle, cultivarme, empaparme de Platón, “oh, capitán, mi capitán”…

Hace un año buscando información sobre Javier Chamorro, el vicealcalde de León – cómo soy, del romanticismo kinki, a la fascinación intelectual, a la erótica del poder; pastiche ecomocional/patología urbana – un hombre al que cogí un extraordinario cariño tras trabajar en su campaña de propaganda electoral, encontré su blog. En una de las páginas estaba redactada una lista de propósitos electorales acerca de la cual se podían hacer comentarios. Me pareció una oportunidad excelente para vacilar y tirarme el rollo. El problema era que para poder escribir un comentario tenía que estar registrada en wordpress y automáticamente tras el registro se creaba un blog standar bajo tu pseudónimo. Tras completar el proceso expresivo, decidí que no estaría mal adornar un poco el blog, ya que estábamos y de paso si Javi linkaba a él, me le ganaría con mi extraordinaria simpatía y así antes de entrar a currar cuando me lo encontrase de camino por el centro, nos podríamos ir a tomar un café juntos y hablar de ideales e ideologías.

Creo que nunca llegaron a aprobar mi comentario y a lo más que me ha invitado Chamorro es a un chicle de frutas y a una rosa. Y aquí estamos; un año después. Me pilla muy lejos el ayuntamiento de León para poder tomar cafés con el vicealcalde y de hecho ya casi no me acuerdo de su cara.

Con todo este rollo autobiográfico adornado que os acabo de soltar gratuítamente sólo quiero confesar abiertamente y sin ánimo lucrativo, que todo lo que hago lo hago por amor. Y es por esto que voy a depilarme.

 

Todos llevamos un Kevin dentro, dicen que si nos lo sacan…

 

*Nota: Era LOG no LAG… Es que paso de corregirme a posteriori porque me siento más fraudulenta si cabe. Gracias y perdonen las molestias.

Arcadas de cariño

Anoche me disfracé de prostituta medieval de fantasía y me fui a una cena de trabajo donde de los más de treinta asistentes la única que me caía realmente bien era yo misma. Y tampoco te creas tú que en exceso porque tuve momentos realmente antipáticos e hipócritas, hasta que sirvieron el vino, claro. Me refiero al tinto, después de la dos botellas de blanco. Llegados a ese punto ya me caía excelentemente bien, me hubiera ido a la cama conmigo a las tres ya, menudas ganas que me tenía; pero hasta las ocho no conseguí desnudarme.

Rodeada de belcebúes lloricas conocí uno de los sitios más pijos en los que creo haber paseado mi trasero jamás y tuve una discusión ridícula con un chulo playa digno del primer premio de una convención de idem. Vamos, si hicieran olimpiadas de la gilipollez el podio sería de una sola altura porque ese tipo se llevaría los tres primeros premios. Me habló en catalán toda la noche y yo acabé optando por replicarle en inglés; inglés etílico además. Al final cejó en su empeño de intentar ligar conmigo cuando comprobó que su nivel de escocés era totalmente vergonzante y aquello se parecía cada vez más a un diálogo de besugos gangosos.

Lo único que aprendí de una de las noches más forzadamente trepidantes y gratuítas de mi vida es que jamás seré famosa. Y os voy a decir por qué, lo estáis deseando pillines, no disimuléis. Jamás seré famosa, digo, porque nunca enrollaré un billete de veinte euros y me lo colocaré en la entrada de una de mis fosas nasales. Digo de veinte pero se puede aplicar a las distintas variedades de los billetes en curso legal, por supuesto, me imagino que los que viven en Pedralbes se hagan rulos con los de doscientos o quinientos. Sí, señores, estoy escandalizada, escandalizada. Y la pista definitiva para concluir que me pasaré la vida en el ostracismo fue escuchar esta frase: “Así que tú eres una chica sana, no?”. Pero qué coño… ¿tú me has visto hacer footing, capullo? El que no me meta coca no significa que sea la jodida Jane Fonda (bueno, qué ingenua y desafortunada utilización, cada día soy más mona).

En fin, tenía ganas de escribir un post de desahogo y a motor antes de vomitar. Espero que los que me consideráis encantadora e inteligente no os sintáis defraudados por esto y que los que me aborrecéis o envidiais no disfrutéis con esta basura como si fuera un pequeño triunfo personal verme degenerar en público.