“Es que… cari, los Wheelers eran unos dejados”

Madre del amor hermoso, Sam Mendes, si lo que quieres es provocar suicidios en masa, haz microvideos a tu estilo y exponlos en las galerías de arte de toda Finlandia o métete en la industria de la cómida rápida. Tú mismo.  Pero esto no, esto no se hace, macho. Acabo de ver Revolutionary road y me han entrado unas ganas de hacerme una ligadura de trompas que me duelen los ovarios recogiéndose aterrados de puro amenazante que esta mi carácter súbitamente autodestructivo.

A mí me encantó American beauty, incluso toleré con cierto agrado Camino a la perdición, a pesar de que lo pasé fatal pensando que le iba a dar un chungo a Paul Newman en cualquier momento y que el niño ese parece satánico, pero sí, otra vez moralina y ética y toda esa mierda que uno disfruta tanto viendo porque cree que aprende algo y al día siguiente se despierta como más contento e incluso caga mejor; todo correcto.

Empecé a ver Calle revolucionaria (aquí un título así hubiese sido obra de Fernando León y habría ido sobre homeless que se creen directores de banco o ancianos en el geríatrico jugando rodar cortos gore para sentirse vivos; en España somos ansín…guininderein) con la esperanza de encontrarme con lo que leí en la sinopsis. Esto es, esperaba deprimirme, por supuesto. La película cuenta la historia de una pareja de dos seres atractivos e inteligentes que se enamoran y cultivan efímeramente su espíritu idealista. Vamos, que piensan que se van a comer el mundo y acabarán saliendo en la wikipedia algún día pero que, para ello, aparte de contar con su autoconfianza inicial y unos respectivos talentos difusos (por no decir que nulos; ella al principio quiere ser actriz pero se derrumba en un teatrillo de barrio -¡a quién no le ha pasado eso cuando posee una certera aspiración!- y él sólo quiere ser especial, no sabe cómo tampoco, ¡pero qué leches! la cosa es brillar, aunque sea por un puñetero ataque de luciérnagas psicóticas, no, Leo?) no tienen nada más que ofrecer al mundo.

A medida que el tiempo pasa, aproximadamente durante la primera media hora, te sientes bien y satisfecha, “al fin y al cabo Kate Winslet nunca me falla” te dices, “anda que no te lo pasaste bomba viendo Juegos secretos” y continúas por ella y por fidelidad a ti misma y tu antiguo criterio. El personaje de él, posiblemente la encarnación exacta de la clase de hombre con quien siempre he temido acabar engendrando (no está muy bien expresado esto último; me refiero a que no me tiraría jamás a alguien así aunque tampoco querría parir a un tipo parecido, así que cualquier confusión en mi mala sintaxis será traducida como correcta) es un tío vacío pero acomplejado que como la mayoría de la gente, no sabe que quiere en la vida, sólo sabe que no quiere aburrirse ni parecerse a su padre. Esto nos deja con que ella es la única que tiene testículos en la película, pero como es la mujer, pues está tarada y psicótica y se le ocurre que para solucionar cualquier problema derivado del vacío existencial se muden con sus dos retoños a Paris. Idea que a todo el reparto secundario se le antoja una locura salvo al hijo cuarentón de sus vecinos, que como no!, está totalmente demente, y lo encuentra una genialidad. Todo muy metafórico e intenso.

Después de esto, todo se va a la mierda. Yo me he quedado igual que cuando empezó. Salvo por mi afecto hacia Kate, que crece cada día más y acabará por hacer de mi una feminista resentida y excesivamente segura de sí misma (es que encima la pobre está casada con el director de este despropósito). Vaya, lo que quiero decir, lo que deseo explicar es… ¿qué narices me estás contando, Sam Mendes? Es rarísimo el hecho de que a mitad de metraje me viniese a la cabeza, sin poder evitarlo el estribillo de la canción aquella…: “yo para ser feliz quiero un camión parapapá yo para ser feliz quiero un camión…” ¿no? No creo que ningún intelectual norteamericano esté en el deber de enseñarme nada tras el visionado de una película sobre el desencanto y la frustración ambientada en la década de los cincuenta (¡que ya me dirás que transgresión y utilidad tiene ambientar la película seís décadas atrás cuando el puñetero desencanto de la treintena lo vivimos hoy día mucho más a flor de piel!) pero, al menos, podría haberle dado algo de sentido o de orden a la pasiva psique de él o la morralla mental de ella.

Y, al menos, ya que estaban, podía haber durado un poco más el coito en la cocina.

En todo caso se agradece que en una película con Kate Winslet y Leonardo Di Caprio de pareja protagonista no les diera por hacer una competición de escupitajos. Ya bastante japo en la frente es el visionado total de este huevo huero.

Me he pasado cien pueblos, eh? Je!

Mirádles, se quedaron fondones de tanto vacío, porque no, no era vacío existencial, ¡eran gases!

5 comentarios

  1. entonces…¿no la recomiendas, no? es que no me ha quedado claro jejjeee

    ya nos aviso con Camino a la perdicion… y se hace camino al andar… asi que… avisados estabamos

    Feliz 2009

  2. No he visto la película, pero después de leer tu post le he echado un ojo al trailer y… en fin. ¿Qué fue de la intuición femenina? Se ve a km que es una mierda.

  3. La cara de Winslet ahí ya detona un poco de bajonazo, no digas que no. Me gusta cuando las tías pegáis la frente en la mejilla/oreja de un tío… estáis entonces a un sólo paso de nuestra victoria.

  4. Feliz 2009, Nico, ya vi tu bienvenida tokiota, que cosa tan bonica, la releche!

    Y, joer, yo no tengo ninguna clase de intuición PeiT me guio por impulsos puntuales, así me va.

    Opositor, eres un don juanín experimental, cada día lo tengo más claro.

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