Eso que vuelve a los tontos listos y a los listos tontos

Las primeras veces, sino fuera porque de algún modo hay que empezar, me parecerían del todo prescindibles. Mi primer beso fue con un chico de 16 años, yo tenía trece y acababan de quitarme el aparato de los dientes. Había leído La pasión turca y Lolita de manera que me sentía perfectamente coalificada para tener una lengua extra en mi boca durante unos segundos. Estábamos en el Parque de Quevedo, en León, dónde unos pocos años atrás iba con mi abuelo y una amiga a dar de comer gusanitos (de maíz, con saborizantes y conservantes; no gusanos vivos; porque yo de pequeña aunque pareciera chico, no lo era) a los patos del estanque. Nos sentamos en un banco situado a lo largo de un caminito de piedras íntimamente cubierto y ensombrecido por sauces con las ramas muy largas. Estamos en Semana Santa y la primavera acababa de llegar. Él era muy guapo, tan guapo que un par de años después de puro guapo salió del armario – quizás por esta clase de detalles fortuítos me gusta tanto Woody Allen, quién sabe -.

Me preguntó si era la primera vez que me “enrollaba” con un chico. Entonces se usaba esa expresión. Yo mentí y me hice la curtida en matería salivar: “¿Mi primera vez? jajajaja (risa histérica purbetosa) ¡Claro que no! Estoy nerv…” ¡Hala! Toda la lenguaza para dentro. Por suerte tenía en mi poder paladar un chicle de menta que había impedido que se me secase la boca, a sabiendas de que fuese como fuese besar a alguien la sensación de meter la lengua en velcro para nada sería agradable para el tipo. La cuestión es que podría haber pasado todo aquel día mascando arena y tras la penetración del badajo del tío aquello hubiera acabado convirtiéndose en una suerte de barro humanoide igualmente; ¡qué manera de babear!. “Iagh!”, pensé, “Iagh! Iagh! requete iagh!” medité, “¡por qué la peña hará esto, diablos!” me lamenté. Tenía la sensación de que mi propia lengua se hubiese doblado kilométricamente sobre sí misma como poseída por un ente maléfico y asesino con el fin de asfixiarme en líquido levemente gelatinoso. Cuando acabó pensé que había pasado como media hora de vísita en el infierno de los anfibios. Me puse lívida que no lividinosa y huí a mi casa con la intención de no volver a salir nunca, no fuera a ser que a alguien se le ocurriera volver a atentar contra mi boca.

Pasaron cuatro años hasta  que volví a besar de nuevo. Fue maravilloso.

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