Yo… tengo un motorcito acá arriba…

Creo que va siendo hora de empezar a ser un poco honesta conmigo misma y con el mundo en general; aunque tengo la triste certeza de que la honestidad no es uno de los valores en alza de nuestros días. Debería estar haciendo los deberes, el martes he de presentar un *lag line que deje el culo torcido a ocho desconocidos con ínfulas de grandeza y ya sé que no lo voy a conseguir. Haga lo que haga siempre se me acaba convirtiendo en un pastiche pseudorromántico, cuando en realidad mi tema favorito es la apología de lo cutre. Lo estremadamente cutre siempre me ha hecho de reí; las baldosas de dibujos marrones psicodélicos estilo años setenta, Joaquín Reyes haciendo lo que sea, mi abuela aprovechando un klinex venido a esponjilla mínima de fibras poliorgánicas, una sala de espera de la seguridad social, no sé, joyas del bajonazo transformadas en sátiras desarmantes de la propia vida cotidiana. Al final volveré a caer en una historia de amor; no puedo luchar contra mi vagina (ni contra ella, no sólo por no llegarme, ni contra lo mal que suena mencionarla).

La cosa es que dentro de poco este blog cumple un año de vida; así a lo tonto a lo tonto y a pesar de que la primavera la debí de pasar en una orgía de emociones permanente puesto que no escribí nada; qué feliz es uno cuando no tiene nada que contar porque la anécdota aún se está fraguando.

Cuando tenía diez años escribía poemas de amor ultra pretenciosos con constantes referencias eróticas producto supongo de mi visionado enfermizo de las pelis de Kathleen Turner y Michael Douglas cuando era una cría – yo qué sé, me sentía identificada con su rollo, no me juzguéis – y se las dedicaba a César, el repetidor de mi clase. Durante meses le escribí cartas de amor anónimas que adjuntaban siempre una poesía precoz. Se las daba a través de una amiga mía que jugaba con él al futbol en el recreo -ella sí que controlaba, ja! menuda espabilada- y al cabo de un tiempo mi tutor, José  Aurelio, un chico de veintitantos años que acababa de aterrizar en el colegio de monjas, tuvo la brillantísima idea de leer mis poemas públicamente incluyendo la dedicatoria y el destinatario. En fin, un tío sin tacto e inconsciente de hasta que punto estaba condicionando para siempre mi educación sentimental. Claro, es que los niños somos tan monos… ¡Satán!

Yo sólo escribía aquellos poemas para mandárselos a César y fraguar la base de nuestra relación, para que cuando nos casáramos y tuviésemos nenes, hubiera/hubiese una historia que contar en las cenas de Navidad (todo gira entorno a eso, no lo olvidéis) y lo cierto es que conseguí que se declararan por mí, lo cual ahorra mucho calor mejillil. César pasó de mi lindo trasero de prepuber infeliz, como no podía ser de otro modo. Siete años después me lo encontré en un bar llamado Tijuana, mientras sonaba de fondo alguna horrenda canción de Maná y el muy capullo me ofreció la posibilidad de retomar dónde lo “habíamos dejado” y me confesó que aún guardaba mis poemas. Entonces debí haber concluído que ninguna rima asonante apabuya tanto la libido masculina como un escote consonante. Sin embargo, desechando su oferta, pensé que se debía a un efecto retroactivo de la poesía, porque yo soy así de ingenua y así de a posta.

En el instituto, con quince, pasé de la lírica a la crítica de cine. Escribí reseñas de una página, realmente apasionadas, sobre toda la filmografía de Audrey Hepburn y sólo de Audrey Hepburn, porque para mí todo lo demás era basura zafia. Sí, yo era un poco estirada cuando empecé a menstruar. Estaba totalmente enamorada de mi profe Bernardino y mi aspiración básica con aquellas críticas era que me las publicaran en la revista del insti, no ya por la estremada popularidad que supone escribir en una gaceta anual que no lee ni el tato y se edita a nivel local (local, local, sólo imprimían para cubrir a todos los alumnos de bachillerato) sino que sabía que si me aceptaban los artículos sobre la anoréxica más encantadora de la historia del cine podría entrar en el grupo de maquetación en el cual participaba el citado profesor de literatura y así pasar más tiempo con él en horario extraescolar. Así fue, no vayáis a creer ahora que llevaba mi ramalazo lolitesco más allá de tocarle el codo a ese hombre mientras hablábamos de Shakespeare; yo sólo quería conocerle, cultivarme, empaparme de Platón, “oh, capitán, mi capitán”…

Hace un año buscando información sobre Javier Chamorro, el vicealcalde de León – cómo soy, del romanticismo kinki, a la fascinación intelectual, a la erótica del poder; pastiche ecomocional/patología urbana – un hombre al que cogí un extraordinario cariño tras trabajar en su campaña de propaganda electoral, encontré su blog. En una de las páginas estaba redactada una lista de propósitos electorales acerca de la cual se podían hacer comentarios. Me pareció una oportunidad excelente para vacilar y tirarme el rollo. El problema era que para poder escribir un comentario tenía que estar registrada en wordpress y automáticamente tras el registro se creaba un blog standar bajo tu pseudónimo. Tras completar el proceso expresivo, decidí que no estaría mal adornar un poco el blog, ya que estábamos y de paso si Javi linkaba a él, me le ganaría con mi extraordinaria simpatía y así antes de entrar a currar cuando me lo encontrase de camino por el centro, nos podríamos ir a tomar un café juntos y hablar de ideales e ideologías.

Creo que nunca llegaron a aprobar mi comentario y a lo más que me ha invitado Chamorro es a un chicle de frutas y a una rosa. Y aquí estamos; un año después. Me pilla muy lejos el ayuntamiento de León para poder tomar cafés con el vicealcalde y de hecho ya casi no me acuerdo de su cara.

Con todo este rollo autobiográfico adornado que os acabo de soltar gratuítamente sólo quiero confesar abiertamente y sin ánimo lucrativo, que todo lo que hago lo hago por amor. Y es por esto que voy a depilarme.

 

Todos llevamos un Kevin dentro, dicen que si nos lo sacan…

 

*Nota: Era LOG no LAG… Es que paso de corregirme a posteriori porque me siento más fraudulenta si cabe. Gracias y perdonen las molestias.

4 comentarios

  1. ¿Qué es un lag line?
    No te preocupes, tu blog es magnífico. Yo lo leo siempre. Si hubiese tratado de política seguro que habría sido menos interesante.

  2. Guau! Me encanta que me hagas esta pregunta Isnorante, porque demuestra que te has leído el post entero lo cual es a todas luces un motivo de orgullo y satisfacción para mí y posiblemente un puntito de voyeurismo para ti😉

    Pues te digo, un lag line, as my teacher says, es una frase que resume, explica y a un tiempo sirve para publicitar el argumento principal de una película. En este concreto caso, una comedia.

    Por ejemplo (hipotético): “La historia de una camionera vocacional que se ve obligada a convivir con un gay italiano y excéntrico y acaban intercambiando sus preferencias sexuales.”

  3. oye tú enciendes el ordenador y acto seguido la “depilady” verdad? xDD….me alegro de que no aceptaran tú comentario…al fin y al cabo eso hizo que continuaras escribiendo todas éstas presssiooosidades…joujoujou!
    hablamos recluta cachopo

  4. Por cierto era LOG line, no LAG. Yo sí que tengo lag mental…

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