Rara vez me pasa

Llevo tres días postrada en la cama y visitando el W.C. ocasionalmente para purificarme por expulsión a través de tres de los principales orificios que se reparten por mi cuerpo (sí, me molan los acertijos crípticos; pasadlo mal un rato visualizándome cual tubo de pasta dentífrica violado por una familia numerosa, “yo me sé dos… pero el otro…” y no, las fosas nasales no cuentan, no soy tan tramposa) lo cual implica que ya puestos a exprimirlo todo, he exprimido también las páginas de descarga inmediata – yo, metafórica como ninguna- de películas odiables que aún no había podido visualizar para argumentar mis tesis de cervecería. Los tres afortunados desvirgamientos – el resto ha sido Woody one more time until “regurgitation” – fueron: Black snake moan, Happy: un cuento sobre la felicidad y Hace mucho que te quiero. En fin… ¿cómo os lo diría? Me ha salido un grano doloroso y descabezado en la mejilla derecha y puedo jurar que ese cráter frustrado será por sí mismo, sin atrezzo, producción ni secundarios, mucho más estimulante para mi psique – “espero que no se me gangrene la cara”… “¿y si es un tumor de veinticuatro horas?… “parezco media pepona”… – que cualquiera de estos tres pequeños pretextos para amar más mi vida. Primero vi Happy… siendo francos no esperaba nada de ella, como mucho deseaba no incrementar las nauseas con su visionado. Y me equivoqué, claro. Era como coger a Amelie, quitarle los filtros, mudarla a Inglaterra, ponerla diez años, una sobredosis de alucinógenos y luego dejarla con el dinero justo para comprarse camisones del rastro estilo drag queen, una botella de whisky para el desayuno y una clase de conducir a la semana. Me reí una sola vez y lo hice por cortesía y porque había leído en filmaffinity que era una comedia y como una nunca está segura de si su vida está siendo grabada y emitida a nivel internacional pensé que quizás mis seguidores podrían considerarme demasiado exquisita e impasible. Y con esto creo que ya la he despachado.

Hace mucho que te quiero, la vi esta tarde sólo por la tranquilidad de comprobar que Khristin Scott Thomas ha envejecido y en los títulos de crédito no aparece como “Fiona” – algún día os contaré esta historia, aún no estoy preparada -. Esta era un megadramón previsible acerca de una exconvicta que vuelve a ver a su hermana, a la cual no ha tratado durante los quince años que lleva a la sombra por haber asesinado a su propio hijo de seis años. Los franceses no se andan con medias tintas, no, hasta León de Aranoa tiene más escrúpulos, macho. Por cierto, en lo sucesivo, y en honor a mi super profe, cuando me refiera al citado director español oseasuperurbanoconcienciadoquetecagas le llamaré “el sucio” y espero hablar de él de aquí a treintas posts, para que sea un chiste privado entre nosotros (los que estáis leyendo esta antológica entrada sobre el nacimiento de una intimidad casi mágica y yo misma, que se me acaba de ocurrir; porque no, yo no hago borradores, yo hago diálogo interior sólo que con comas y tildes y alguna falta ortográfica sexy, ¡me río yo de Joyce y sus paridas! ja! jajaja! ¿veis? me río). En su honor, en honor a la película francesa, diré que fue la única que me hizo vidriar levemente los ojillos, cosa que tampoco es en exceso meritoria dado que tengo la regla (¡mierda! ya os desvelé lo del tercer orificio, si es que además de cerda tengo diarrea verbal, ¡otra vez! ¡dios!). Al menos la banda sonora daba risa y las niñas vietnamitas eran enternecedoras; en todo caso demasiado larga y ñoña para mi gusto, aunque es posible que se merezca un hueco en CHISTES TONTOS PELÍCULAS SERIAS (y mediocres).

Y por fin, llegamos a la cúspide de mi contrariedad con Black snake moan. No me suele pasar que vea una película por dos razones como estas: porque la protagoniza Samuel L. Jackson y porque la protagoniza Christina Ricci. Me explicaré; me encanta Samuel L. Jackson, me cae bastante bien, mejor que Morgan Freeman – soy así, una chica contestataria -, me parece buen actor y tiene unos ojos muy bonitos – eso es verdad y nadie lo dice nunca -; mientras que la Ricci me saca de quicio. Me parece que es mala actriz desde la infancia – salvando Miércoles, que le iba al pelo, por aquello de su falta absoluta de versatilidad gestual – y que tiene una enfermiza obsesión por convertirse en una sex symbol. De hecho, estoy en el proceso de elaboración de una teoría respecto a cómo elige Christina sus películas; ¡qué coño! no estoy en el proceso, ya he acabado: “la Ricci se decanta por un guión u otro atendiendo al mayor número de páginas del mismo en las cuales su personaje aparece en bragas”.

Me interesaba verla por esto de enfrentar en pantalla alguien a quien adoro y alguien a quien aborrezco, a ver que efecto producía en mí. Esperaré otras doce horas más y si mañana no despierto con alguna clase de sarpullido podré confirmar que no, no me afecta en modo alguno. La historia no sé deciros de qué va, pero sí que puedo contaros que la peli consiste en Christina enseñando el abdomen y las tetillas cada dos minutos, en celo total y con la cintura aprisionada por una gruesa cadena de acero impuesta por Samuel que va de profeta improvisado que acaba de ver la luz porque su mujer le ha abandonado por su hermano y cree tener el poder moral suficiente para salvar a la gochilla rara de la ninfomanía – que ya ves, con regalarle un carro de preservativos ya deja de ser pecado mortal -. Lo peor es que aunque lo del encadenamiento promete, como se puede ver en este gráfico:

 

Al final llega Justin Timberlake y les fastidia el chiste – sí, he dicho Justin Timberlake, podéis resoplar todos conmigo y agitar la cabeza de un lado a otro con ganas de matar -. En fin, una tonterida nada sorprendente.

Pero lo más molesto de ver películas insulsas no es que lo sean, eso te lo esperas; porque yo ya no empiezo a ver una película como antes, con la ilusión de que me vayan a dejar con el culo torcío con su magnificencia, su genialidad o su escaparate de interpretaciones descomunales o diálogos subyugantes; neh, qué va, yo me conformo con una secuencia, con dos o tres minutos de los noventa o ciento veinte que dure el metraje total final, que me guste, que me erice un poquín los pelillos del brazo o que pueda comentar o sonréir al recordarla, que me inspire algo. Hace poco vi otra vez Amor a quemarropa, la película de cuyo guión Tarantino está más avergonzado (a mí no me miréis, lo ha dicho él). La primera vez que la vi tendría yo doce años y me dejó rota. Era genial verla porque tenías que visionarla a solas como si hicieras algo prohibido y a la par que estremadamente violenta me parecía muy romántica. Bueno, ya he dicho que tenía doce años. Ahora la veo y me parece una importante basura. Pero como decía Robin Williams en El rey pescador (<— a esta ni toserla, amigos): “Incluso entre la basura se encuentran pequeñas cosas”:

Creo que es la única vez que me ha caído realmente simpático Denis Hopper.

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