“Hazle más patético”

Tengo problemas para relacionarme con la ficción. No se me dan del todo mal las personas; unos me odian, otros me aman y otros me tachan. Como le pasa a la mayoría de los mortales relativamente libres. Pero los personajes, en concreto los paridos por mí, ya son otra historia – la historia que a mí me de la gana pero otra, paradójicamente ajena a mí, en cualquier caso -. Llevo varios meses con dos en concreto. Una chica y un chico. La novedad, mi transgresora aportación a la comedia romántica, es que ella le ha de encontrar a él y no a la inversa.

Tenía a una chica segura de sí misma, prepotente, insensible, cínica y con problemas de vello sobrante. Y tenía a un chico. Éste poseía multitud de características en su nacimiento como personaje. Estaba perfectamente definido y a todos nos caía bien. Hice una reunión masónica con mis amigos imaginarios, mis escritores favoritos y mis directores de cine predilectos y nadie parecía sentir recelo alguno. Sólo me quedaba encontrar el modo en el que ella también sintiese inclinación hacia el simpático mozo. A mitad de la historia me di cuenta de que el personaje masculino era demasiado majo y demasiado feo para atraer pasivamente a una chica segura de sí misma, prepotente, insensible, cínica y con problemas de vello sobrante. Ella era una bruja insoportable y él un bendito fetil; el escenario propicio para el enamoramiento tendría que haber sido una isla desierta, o un mundo súbitamente apocalíptico en el que sólo quedaran ambos recorriendo juntos los supermercados de las grandes superficies abandonadas, poniéndose ciegos de congelados y fornicando en cada una de las camas de los Ikeas del planeta por toda la eternidad.

No me gustaba la idea de convertir mi historia de amor urbanita en una pastiche de ciencia-ficción malilla y torpe. Tampoco quería que mi velluda favorita fuese más amable. Y él, bueno, él era demasiado majo, inverosimilmente encantador; demasiado, demasiado encantador. Pero no había forma; a mi bruja le caía mal mi santurrón y éste a su vez sudaba por completo de la primera. Esta mañana encontré la solución: “Hazle más patético”, dijo mi profe con contundencia. Derepente todo estaba claro; se presentaron ante mí, como en una rueda de reconocimiento, algunos de los tíos más tristes con los que he tenido alguna historia más o menos intensa en mi vida. Todos componiendo el tipo de chico que te gusta en algún momento y no sabes muy bien por qué; ni guapos, ni divertidos, ni especialmente inteligentes, ni apasionados, ni siquiera mínimamente cultos, nada de nada, un sáhara de lo estimulante. Pero en algún breve momento de autoadoración has pensado: “Yo a este le saco partido como hay Dios; que lo hay y es chica”. Luego el romance se desvanece y practicamente ninguno de los dos se lleva el gato al agua, no has aprendido nada y te sientes como una O.N.G que tiene tan poca capacidad de organización y convocatoria que sólo ha podido repartir bocatas una noche a varias docenas de vagabundos y luego tiene que cerrar. Pero al final el pringao haciéndoselo de penitas ha conseguido mojar.

Pues bien, mi feo con encanto se ha convertido en un bajuno, enclenque y lamentable pajillero para poder conmover y por consiguiente atraer a la chica. Quizás explicado así os parezca contradictorio, incluso absurdo e insostenible, lo sé; pero… ya me diréis cuando os la descarguéis de cinetube.

Ja! Mi vo acé mishonaria.

4 comentarios

  1. Me ha encantado leer esto. Como yo también escribo, me ha hecho mucha gracia, y sí, es alucinante cómo tú creas un personaje y te va evolucionando y cambiando. Creo que tu pajillero se convertirá en un personaje encantador y famoso al que le saldrá su propio spin off. Y te juro que eso pasa. A mí me ha pasado.

  2. Hola, has desaparecido de Twitter, ¿y eso?

  3. Ese profe es listo, pero que muy listo. Se merece una larga vida llena de felicidad y éxitos.
    Al final, el guión quedó la mar de bien, ¿no?

  4. Seh! Realmente espabilado el chico; mejorando el mundo alegremente.
    Yo creo que quedó digno; no me dio vergüenza enseñárselo a mi padre, así que…

    ¡Pero añoro un montón las clases!

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