Pues a mí Tom Hanks me ponía

Lo sé, es como tener fantasías eróticas con un aristogato o con Goofy; aunque…

 grrrrr….

Vaya grunge que era este paletillo: los pantalones caídos y con retales extratégicamente sitúados, la sonrisa bobalicona, la mirada perdida de porrero habitual, el ademán pancho, los zapatos dos tallas más grandes de lo normal – para dejarse crecer las uñas a placer – el flequillo de tonto del pueblo a drede, un sombrero absurdo – un psicodélico hueso clavado en el cérebro, como alegoría de la esclavitud a la que nos somete la moda- y las orejas a modo melenaza roquera a lo Rosendo; todo en él es desidiosa bohemia, salvo por los consabidos guantes blancos de Disney que sobran a todos y cada uno de los personajes de la ingente factoría – salvo al tío Gilito, demasiado fino para tocar directamente las cabezas de sus sobrinos; mezquino engendro… – y que parecen ocultar una tendencia psicopática latente de Walt, como si ataviase a sus creaciones animadas de protección cirujana en las manos por si un día les daba por asesinar a Mickey no dejar más que restos de pintura blanca, nada delatora por común a todos los dibujos del clan. Asesinato en el Chucuchú Express.

Pero hablábamos de Tom. Y lo hacíamos porque en un parón de inspiración creativa decidí ver The wonders. ¿Por qué? Porque la estaban dando. A veces no me quedan fuerzas para luchar contra los elementos; a veces me afecta tomar tanto red bull de marca blanca. No voy a hablar de la película; no vale un insulto.

La cosa es que Tom no ha vuelto a dirigir otra en trece años. A mí no me gustó aquella ni para un domingo a mediodía pero no creo que fuese tan mala como para no volver a intentarlo. A los cuarenta minutos de visionado me di cuenta de la razón, casi sufro una embolia. Supongo que últimamente duermo más de la cuenta y me cuesta seguir el hilo – no en vano las últimas semanas de mi vida han estado cuajadas de comedias adolescentes o románticas y ni siquiera las he elegido yo – pero hasta que no apareció el personaje del manager – interpretado por el propio Tom – no me di cuenta de que el batería ¡no era él! Por el amor de Dios. Tom Everett Scott es una reproducción casi terrorífica por idéntica del jovencito Forrest Gump. Diría que en 1970, cuando Tom cumplió los catorce fue a jugar con sus colegas a la güija y el espíritu de Marlene Dietrich le dijo que si algún día se convertía en estrella de cine y quería perdurar durante más décadas de lo que es humanamente posible aprovechase para clonarse a sí mismo y tener repuesto fresco a mano.

Realmente es inquietante y necesitaba decírselo a alguien. Lo dije en voz alta al verlo y me sentí ridícula; porque cuando hablas sola casi farfullando o en susurros continuos y perfectamente interconectados puede ser hasta divertido, pero una frase en alto y fuera de contexto… te hace sentir muy loca. Ahora decidme que sólo lo veo yo…

Lo sé, mi capacidad de investigación vía google es pésima. Pero no me negaréis que, al menos, parece Tom Hanks después de una borrachera infernal y antes de una operación de nariz. Joder, que son el mismo. Dejadme en paz. Ved la peli y ya está, no os lo voy a dar todo masticado.

A lo que quería llegar con esta mierda de investigación es que Tom Hanks no ha vuelto a dirigir para evitar que se le vea el plumero con su narcisismo; lo cual en cierto modo le ennoblece y me provoca unas irrefrenables ganas de ver Despedida de soltero. No sé, soy así de turbia.

2 comentarios

  1. HOSTIA…yo siempre pense que era su hijo…joder como estoy colega…

  2. jajajajajaja ¡Menos mal!

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