La condena alegórica

Escribo esto en mi habitación a las 2:31 horas de la mañana, con un persa y un italiano yaciendo en las habitaciones contiguas. Mi velocidad de tecleo es absolutamente cortés; a razón de una tecla pulsada cada 0’5 segundos. Creo que esta t o r t u r a autoimpuesta debería ser suficiente para considerarme una persona encantadora, de esas que te llevarías con gusto a cenar por sorpresa a casa de tus padres y abuelos en Nochebuena, porque sabes que si tu tío le ofrece turrón del duro aceptará y casteñará sin desdibujar la sonrisa de la cara. Sí, mi estoicismo ridiculizaría a Kant.

He recordado qué clase de rasero usaba para juzgar a las personas cuando era adolescente. Lo he recordado porque cuando escribes una sílaba por segundo al final acabas reuniendo suficiente tiempo intermitente como para practicar meditación trascendental por tramos. ¿Os lo explico? ¿tenéis algún plan mejor? ¿En serio? Pues si yo tuviera una alternativa más jugosa no estaría aquí dándote algo para leer. Sal y vive, joder, yo no tengo las respuestas, sólo tengo conversaciones de espera frente a la máquina de café. Gratis. Allá va.

Yo creía a los diecisiete años que lo primero que logramos recordar de nuestra vida, ya sea una imagen poco nitida, una secuencia borrosa postproducida por la imaginación o una anécdota que nos han contado tantas veces sobre nosotros en nuestra minúscula inconsciencia que casi creemos poder retomar por introspección a fuerza de escarbar, definía simbólicamente el leit motiv que marcaría de por vida nuestra existencia. Así, por ejemplo, Toni, mi primer novio, recordaba haber derramado un bote de pintura de su padre sobre su ropita de comino y haber salido corriendo por sentir un miedo atroz a ser regañado. Yo, muy freudiana en mi adolescencia, deduje que la vida de mi chico estaría marcada siempre por el sentimiento de culpa y que, en lo sucesivo, siempre que errase huiría para librarse del castigo. No sabría decir si mi vaticinio se cumplió porque… desde que lo dejamos no he vuelto a saber nada de él (ja!).

Con el paso de los años dejé de preguntar a la gente qué es lo primero que recordaban de sus vidas porque, la mayor parte de las veces, llegaba a la misma conclusión. Le dabas mil vueltas a la escena y tras rascar un rato sólo encontrabas sentimiento de culpa, conciencia atormentada y toda esa basura moral de personajes de las Brontë.

Lo primero que recuerdo yo es encontrarme en la terraza comunal del bloque de pisos en el que vivíamos mis padres, mi hermana y yo cuando aún yo no ocupaba espacio. Mi madre me sujetaba por las manos (aka manitas) mientras yo intentaba caminar. Una vieja horrenda se asomó por una de las ventanas, gritó algo ininteligible (para mí como ser aún sin desarrollar en sus funciones cognitivas) y vació sobre la terraza el contenido de su orinal bifuncional. Así es que si hubiera de recopilar mis memorias y escribir mi autobiografía mi vida arrancaría conmigo empezando a caminar y pisando mierda ante el estupor de mi mamá intentando impedirlo.

No recuerdo haber sentido nada aparte de curiosidad y un poco de repelo al ver la cara de la vieja. Si me concentro mucho lo único que soy capaz de recibir es una plena sensación de libertad y alegría, apenas enturbiada por la anciana tocapelotas. Así ha sido siempre mi vida – si me apuro con la autosugestión – yo experimentando agradables vivencias evolutivas y alguien “feo” intentando joderme sin éxito; es un bucle perfecto, la pescadilla que se muerde complacida la cola porque si hubiese que adaptar un refrán a esta anécdota sería algo así como “por mucha mierda que te tiren, buena suerte traerá al que la pise”. No es muy elegante pero entenderéis que con un dato inicial de primera mano tan desprovisto de glamour tengo que inventar algo que me consuele.

He leído la biografía de Woody Allen, de Audrey Hepburn, de Janis Joplin, de Anaïs Nin, de Marlon Brando y de John Lennon y ninguno comenta haber pisado caca de vieja en toda su existencia. ¿Cómo creéis que me hace sentir eso?

Moquín in top less by pequeña flor de invernadero.

6 comentarios

  1. A eso se le llama “tener unos recuerdos de mierda”…
    (sí, he acudido al chiste facilón, ¿qué pasa?)

    Mi primer recuerdo de caca no es tal, porque me lo contaron, pero yo nada más nacer, cuando mi padre me cogió en brazos por primera vez, él estaba tan extasiado como el doctor Frankenstein (“¡Está vivo!”) y debió contagiarme porque me cagué en sus creadoras manos.

    Padre: “¿Qué es esto?”
    Doctor: “Es el meconio”
    Padre: “¿El qué?”
    Doctor: “Su primera caca”

    (para quien no lo sepa, voy a dar un dato escatológico: el meconio es una caca compuesta por células muertas y deshechos…y es verde tirando a negra ^o^)

    ¿Debería empezar así mi biografía? ¿O el recuerdo tiene que ser propio?

    “Llegó al mundo cagándose en él…”

  2. Qué competitivo eres…

    Desde luego suena a comienzo de biografía de Hemingway.

  3. Mi primer recuerdo…es un tanto parecido al tuyo: era domingo, estaba en un parque con mis padres y llevaba un vestido rojo y unos pañales. Mi madre me quiere hacer una foto no sé donde y me coloca en el cespéd. Me sienta y mi culito de cría tapona un nido de hormigas. No me acuerdo lo que coño sentí pero no me debió molestar mucho porque ni lloré ni nada… pero en casa tenía alguna picadura y la ropa llena de hormigas (que experimentaron su propio Titanic en la bañera de plástico para bebés…) Me da pereza sacar mis propias conclusiones vitales al respecto… así que te dejo que lo hagas tú si te apetece ;P

    Lo que venía a preguntarte es tu correo, que necesito preguntarte unas cosillas ^^ Cuando puedas escríbeme a kloverkirov@gmail.com

    Besetes ^^

  4. R – ¿Es aquí donde cada uno pone sus propios recuerdos?
    Y – Sí, adelante.
    R – Vale, gracias.

    Veamos, chapli… el primer flash que yo tengo es el de ponerme de pie en la silla, estando en plena calle y mangar una bolsa de patatas de un ultramarinos cualquiera. Según mi madre no me gustaba eso de ir amarrado y siempre me escurría por debajo cual Houdini. Y claro, ese día varié mi estrategia y fue ya en casa cuando vio que yo tenía en las manos algo que ella no había comprado.

    Yo es que era un espabilado, ¿sabes? Empecé a andar a los pocos meses de nacer, veía a mis hermanos mear en el váter y les imité enseguida. También dejé de beber leche al poco tiempo y me decanté por el Cola Cao. Era más listo que el pan, Marti. ¿Qué me ha pasado?

    La imagen del persa y el italiano yaciendo en habitaciones contiguas es superfort. Imagina esa escena. Tú escribiendo en tu cama y visualizando mentalmente a tus compis de piso tumbados, como si las paredes fuesen transparentes, sí. Da un sensación como de hotel cápsula japonés, ¿sabes? Muy de “entre aquí en este habitáculo que parece un depósito de cadáveres pero que no lo es y échese una siesta por 12 yenes de euros”. Yo siempre, siempre, siempre que me imagino a mis amigos durmiendo es de esa forma, cual cadáveres. Manos entrelazadas, boca arriba y rectitud. Rectitud de torso y patejas. ¿Sabes? Muy de desequilibrado sí que es.

    En fin, Serafín. Que me ha gustado el post y toda la pesca. Ah, y el libro ese que me comentaste ya viene de camino. Gracias por el consejillo.

    Muakis.

  5. “Manos entrelazadas, boca arriba y rectitud”

    Vamos a ver. Cuando pongo boca arriba me refiero al cuerpo, ¿sabes? No que la boca esté encima de las manos entrelazadas.

    ¿Sabes?

  6. Lo primero que recuerdo es verme a mí con un abrigo rosa pastel acolchado, bajando por una calle de Peñiscola con mi madre, durante las vacaciones de semana santa con un “My little pony” color verde fosforito de imitación, recién comprado, todavía en su caja.
    🙂

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