Mujeres que dicen “Es que yo soy igual que un tío”

Bueno, chicas, ya está bien, ¿no? Eso de intentar hacer frente al machismo renegando del propio género no me parece ni medio práctico. Desde que me alcanza la razón sólo he conocido y me he relacionado con mujeres que se consideraban a sí mismas atípicas y poco femeninas. Yo misma he pensado así a veces, aún estando en pelotas echándome rimel en las pestañas y mirándome las tetas diciendo: “para ser igual que un tío lo disimulas que da gusto, Marti.” Yo suelo hablar en voz alta cuando estoy sola y paseo en pelotas por casa, desde que vi Ghost. ¿Pero no creéis que es un poquito dificil que todas seamos machunas, especialísimas y distintas a las demás mujeres? ¿No nos convertiría eso al fin y al cabo en una masa de camioneras adocenadas con ínfulas de originalidad única? Y si todas somos incomparables, machorras, excéntricas y por propio y pintoresco razonamiento, irresistibles ¿por qué no nos vamos en manada a Lesbos a hacer labores humanitarias, manuales, recíprocas y/o autoabastecedoras emocional, laboral y sexualmente hablando? No, de veras, ¿a cuántas mujeres de la generación del 70 al 90 conocéis que se consideren a sí mismas femeninas? ¿Y no os parece sospechoso que incluso en la información de los posters centrales de revistas para pajeros los hobbies de las guarronas esculturales suelan ser: jugar al fútbol, el bricolaje doméstico y lavar mi coche en ropa interior con una enorme esponja?

Realmente cualquiera que se tome como una rebeldía comportarse como un tío o, peor, querer ser como uno como paradójica arma de seducción por contraposición, está cayendo en lo que yo, porque me da la gana, he decidido denominar: “La trampa Farrelly. Y me explico. Creemos que el pensar de manera no femenina o incluso de forma claramente machuna implica eructar alto, depilarse con cuchilla, hablar de Final Fantasy, beber cerveza negra, comentar anécdotas gochas con un amigo, ducharse con menor frecuencia y decir muchos tacos. Nadie ha dicho que no sea divertido, claro, pero no lo hacemos por voluntad propia. Una mujer no se despierta una mañana rascándose la entrepierna, se saca un moco mientras lee un mensaje de un rollete y comenta: “joder, qué arrastrado piscópata”, luego desayuna chetos y llama a una colega para que se venga a casa a beber cerveza toda la tarde mientras juegan al World of warcraft. Una mujer no hace eso a no ser que quiera entrar en el clan de los nabos. Y, dejad de engañaros, si queremos entrar ahí es porque nos han manipulado para ello.

En las películas de los hermanos Farrelly siempre aparece un personaje femenino con el aspecto de una jodida diosa del Olimpo del Aerobic y el interior del mejor colega de cañas que te puedas imaginar: chistoso, soez, patoso, algo marrano, risueño, espontáneo y, como ya he mencionado, con un problema de flatulencia. El secreto del éxito de Algo pasa con Mary, es que Cameron Díaz estaba buenísima y te valía lo mismo para mostrársela a tus amigos que para irte a ver un partido de fútbol con ella, comer cortezas de cerdo y hacer una competición de quién escupe más lejos. Lo cuál, de rebote, explica también que absolutamente todos los hombres heterosexuales que conozco odien Sexo en N.Y. porque a una de esas tías no te la puedes llevar ni a ver una peli de Ben Stiller sin que te de el coñazo toda la noche hablando de zapatos y del por qué de tu disfunción erectil. Porque, desgraciadamente, las tías de Sexo en N.Y. son lo más parecido al concepto de femenidad clásica que está arraigado en el subconsciente colectivo: una panda de harpías gilipollas con menos inquietudes intelectuales que una jodida babosa de tierra.

Pero, la verdad amigos míos, está ahí en medio. ¿Entre Sarah Jessica Parker y Cameron Díaz? ¿No es patético tener estas referencias? La verdad está ahí, en vuestras manos. La independencia y la gloria de descubrirse a una misma y ser feliz o la diversión efímera y los coitos encadenados que suponen comportarse como una chica Farrelly, como la tía que ellos quieren que seamos. Yo no quiero ser S.J. Parker, ni la Díaz, pero, desde luego, no es peor que ser Lucía Etxebarría o Isabel Coixet. Tampoco sería nada agradable ser perturbadora pero sosil, una chica paja con aspiraciones a chica poster en cabecero de cama de postadolescente: Scarlett Johansson, Charlize Theron o Angelina Jolie.

Si realmente como dijo un amigo mío viendo fotos en pelotas de una chica generosa: “los hombres tenemos una asombrosa facilidad para ignorar la personalidad ante un físico como este.”; entonces ¿por qué encima aspirar a ser la mujer completa de las fantasías eróticas de un par de salidos de Nueva Inglaterra? Si realmente fueramos como tíos, chicas, nos pasaríamos la vida ociosa masturbándonos y saliendo ocasionalmente a hablar entre nosotras sobre cine, literatura y campeonatos deportivos, evolucionaríamos muchísimo en nuestra vida profesional, nos convertiríamos en catedráticas en mil materias invirtiendo en estudiar el tiempo antes dedicado a interpretar los mensajes de otros y, en definitiva, dominariamos el mundo. Eso sí, sin comernos un rosco.

Es triste que una mujer se sienta poderosa diciendo “Es que yo soy igual que un tío” y que si un hombre dice “Es que yo soy igual que una tía” sea considerado un paria social.

Espabilamos, ¿o qué?

denigrante díaz

*Nota: ¿No es de pronto trágica esta imagen?

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