De cómo todos merecen ser amados al menos una vez (incluso Adam Sandler)

Y estreno/ensucio el nuevo año con un post regurgitado con alegría e iniciado citando un fragmento de email que me envió recientemente una chica que fue amiga mía en la infancia más tierna – esa niñez de tetas incipientes y sujetadores olímpicos – que reza así: “…Situación temporal y espacial: hora y patio del recreo. Te recuerdo con unas mallas (oh yeah) de cuadros verdes, un jersey gris caído a lo grunge enseñando un cacho de brazo y una libreta pequeña en la mano. Me estabas haciendo una encuesta sobre hombres y una de las preguntas era si me casaría con un hombre que tuviese una protuberancia en el culo.”

Sí, ya sé lo que pensáis, es asombroso lo poco que cambia cierta gente y, por cierto, yo jamás me casaría con un tío que tuviera un pezón en una nalga; no podría dejar de pensar en ello hablásemos de lo que hablásemos cenando fuera del lecho. Cada día que pasa, releyendo diarios de cuando era pequeña o conversando con mis padres, mi hermana y algún amigo añejo, me doy cuenta de que sigo siendo la misma, pero más alta y con más rimel en los ojos. Hace poco estuve unos días enamorada de alguien que me dijo que se veía a sí mismo a menudo, exponiéndose al mundo, como el niño de tres años que una vez fue. Que, incluso, frecuentemente se lleva unos sustos enormes cuando se mira al espejo antes de afeitarse.

Yo llevo unos ocho años sorprendida de tener relaciones sexuales, puesto que me resulta asombroso que algún hombre considere atractivo y deseable este aspecto:

Y, segura y paradójicamente, por eso, nunca conseguiré retener marido; porque en mi fuero interno pensaré siempre “¿este depravado me está tocando las trufitas y no siente vergüenza de sí mismo?”.

A lo que quiero llegar con la nula transformación/evolución de la personalidad y el carácter con el paso de los lustros es a que lo único que hace que lo demás cambie es nuestra percepción de eso, precisamente, de lo demás. A los diez años Michelle Pfeiffer me parecía tremendamente horrenda, los italianos me caían mal y no me gustaba la comida picante. Ahora he llegado a un punto en el cual creo que prácticamente todo me puede atraer durante un rato de manera intensa y sincera, pero efímera al fin y al cabo. La gente desecha conceptos como el amor o la felicidad sólo porque no son permanentes o duran muy poco pero si tenemos en cuenta que todo en esta vida es provisional, incluso la propia existencia ¿qué derecho tenemos a infravalorar las sensaciones que no llegan a durar ni años, ni horas siquiera?

Amo los huevos fritos con patatas y tabasco salpicado por doquier hasta que dejo el plato vacío. Después de eso no vuelvo a pensar en ellos hasta que no pasan unas semanas. Es un amor intermitente o un amor perpetuo pero latente la mayor parte de la vida. Auténtico, al fin y al cabo.

Durante las Navidades, tirada en mi casa mientras nevaba fuera – una sensación de poder acojonante y absurda – me encontré con una película titulada El chico ideal con la pepona blanda Barrymore y el eterno pringado incapaz de asumir su anterotismo flagrante, Adam Sandler. La primera vez que supe conscientemente de la existencia de este último pensé que quizás Ben Stiller no tenía un seguro de vida que cubriese todas las hipotéticas pérdidas que sufriría la industria en caso de un prematuro fallecimiento y habían organizado un macrocasting para encontrar una especie de sucedáneo lo suficientemente parecido como para poder interpretar el mismo tipo de roles pero con un talento mucho más escaso para no ensuciar la memoria del auténtico y primigenio cómico contemporáneo, una vez muerto.

Pasaron los años y Ben Stiller continuó con salud, haciendo su mierda tan bien como sabe mientras Adam Sandler se dedicaba a protagonizar comedias con un marcado y desconcertante lado negro. Comedias que empezaban siendo insulsas y luego se convertían en dramones desagradables para culminar otra vez en humor tontil. Por ello no he podido evitar alimentar mi odio hacía este tío, consumiendo sus engendros cinematográficos con el fin de aborrecerle cada vez más y que un sólo visionado, cada cuatro o cinco meses, de un film protagonizado por él era suficiente descarga de ira. Daba al play y pasados los títulos de crédito disfrutaba de hora y media insultándole; como si fuera de mi familia. Era algo todavía más efectivo para mi estado anímico que Cantando bajo la lluvia – con los años no cambiamos pero sí nos volvemos más sombríos -.

Como os empecé a decir, vi El chico ideal y, todo lo expuesto anteriormente sobre mi repulsión hacia Adam, no sé si por su casi conmovedor parecido a Bob Dylan, se convirtió en ternura. Me lo imaginé en el instituto con su cabeza de huevo y su mirada ovina y pensé que seguro que ni siquiera tenía un expediente brillante con el cual compensar su ostracismo sexual. Que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad, si se lo ha currado escribiendo chistes y cancioncillas chorras para que le quieran – para que le macroquieran, posteriormente – para insuflar un poco de oxígeno dentro del seguro endeble cuerpecillo de su ego anoréxico. Así que después de eso vi Hazme reír, que me hizo cagar, revisé 50 primeras citas– con la fofa, otra vez -, Embriagado de amor – de lo más sobrevalorado que existe en el mundo del indie -, Ejecutivo agresivo – lo de Jack Nicholson no tiene nombre – y, todavía anoche, acabé de ver en una tercera sesión, Little Nicky – de esta no puedo decir nada que no sobre -. En vista de la baja calidad de su filmografía, confirmada de manera certera, pensaréis que ahora debería odiarle más, no obstante le quiero y espero que sea muy feliz y tenga un montón de bebés. Cuando conoces a alguien mejor, especialmente si antes te caía fatal, sólo lograrás perdonarle por respirar. No hay nada como tener unas expectativas penosas para caer bien a la gente vis a vis. Practicadlo. Abriros un blog y decir sandeces. A mí me va guay.

Por otra parte, y perdido mi muñequito antiestrés Sandler, busco nuevo actor de Hollywood al que odiar. Chica no me vale; durante mi pubertad usé a Diane Keaton y por culpa de Woody Allen me salió el tiro por la culata y acabó cayéndome bien, también. Soy demasiado solidaria con mi género, de manera que propongo los siguientes posibles tíos a los que escupir metafóricamente entre las cejas: Giovanni Ribisi – porque aún no he descubierto de quién es hijo o cómo se pueden hacer felaciones de calidad con esa boquita de piñón -, Harrison Ford – porque fue Han Solo y ahora trinca con el guardián de cuentos de la cripta y eso es sacrílego y repugnante -, Hugh Jackman – por llevar la contraria a todo el mundo, que le adora ante mi pasmada mirada – o Jay, el amigo de Bob, el silencioso – suponiendo que tenga una carrera cinematográfica fuera de Kevin Smith y, ya, por cuestiones puramente reaccionarias que no valen un duro y ni me molesto en relatar.-

Si tenéis alguna sugerencia, por favor, hacédmelo saber. Me estoy haciendo una blanda, no del mismo modo en que Drew Barrymore pero…