Del miedo y de las sienes anchas

Hace casi un par de décadas – y ya me empiezo a poner interesante con el tema de la edad, de la mía, la tuya me es igual; no tengo prejuicios con eso – había una película que sin haberla visto nunca más allá de microfragmentos en trailers televisivos me producía una inquietud y un, por qué no ser clara, asquillo bastante pronunciado. La que se intuía que debía ser su protagonista era una mujer de cara angulosa, labios morados, ojeras negras y espacios laterales de los ojos grotescamente diáfanos.  Ya sabéis, las sienes; esa parte del rostro que en plural suena a ciudad de vacaciones: “¿Dónde irás en Agosto?” “A las Sienes, en la costa azul, ¿y tú?” “Al Tobillo, al sur de la Toscana, en el Monte de Venus no quedaban plazas, está eso atestado de tortis y argentinos” “Ya, de lesbis y pamperos está el mundo lleno”.

Harriet "sienes anchas" Andersson antes del ensanchamiento; ya abstraída más de la cuenta (lo sé, es dificil mirarle a las sienes en esta foto)

Con el paso de los años, descubrí, a través de mi inmersión en el mundo del cine, de la recepción de imágenes de todo tipo de factura, época, género y procedencia – pues yo consumía películas en mi adolescencia y postadolescencia con la misma dedicación que lo haría un becario yonki con las sustancias alucinógenas; pero con más alegría y menos dormir de día – que el título de la dichosa y presumible película de terror con la tipeja de los ojos perdidos entre exceso de carne facial era Gritos y susurros, en realidad un dramón intelectual y elevado. Este hallazgo no me tranquilizó en lo más mínimo, muy al contrario me mantuvo alejada y recelosa de toda la filmografía de Ingmar Bergman al que hasta hace no demasiado consideré un manipulador universal; un genio loco que había dedicado su gris y sueca vida a realizar películas de terror sin concesiones, incitadoras a la desesperación y el suicidio a medio o largo plazo ocultas bajo la cortina de humo de tratarse de “cine para listos” . El fino arte consistía en que tras el visionado de cualquiera de sus filmes la sensación inmediata era de satisfacción plena, un rollo del tipo joder, qué sensible soy, cómo me ha calado de hondo esta mierda sueca y tal. Luego te ibas con unos amigos al campo y dejabas la mirada perdida con la intención de que alguien te preguntase “qué te pasa?” y pudieras soltarle una minibiografía de Liv Ullman y la sinopsis libre de Persona y así quedar como un señor escuchando un grandiso “JA!” interno haciendo reverberación en tu sesera: “estoy hecho de otra pasta”. Con el paso de las semanas una honda tristeza, nunca asociada al visionado snob, siempre a las hormonas, te invade y todo el mundo te parece un poco menos inteligente que tú, sensación que aparentemente puede resultar agradable, ya sabéis, como cuando estás leyendo a Nietzche en el metro y asientes como dándole la razón mientras miras con condescendencia al de enfrente agarrando con fuerza a la pasta dura de su Código Da Vinci. Sí, esa sensación, pero llevada a la histeria. En plan, soy más listo que nadie y, joder, tampoco creo que lo sea demasiado, ¡Dios! ¡qué va a ser de nosotros! ¿Obama tendrá pensamientos abstractos? Luego vuelves a casa y tu novia te empieza a parecer fea porque cita a Karmele Marchante o te pregunta si viste el zapping aquel de El juego de tu vida donde una mujer admitía meterse utensilios de cocina con forma más o menos cilíndrica por diversos orificios de su cuerpo y luego le daba vergüenza decir que el salón de su vecina huele a cerrado.

Pasados tres meses desde que viste “Persona”, decides que vas a dejar el curro porque es alienante y potencia el vaciado del alma. Te quedas en el paro y tu novia te abandona al llegar a casa y comprobar que has destrozado la tele de plasma a banquetazos. Entras pues en un estado de complaciente paroxismo mirando fijamente la pared desnuda de tu salón y viendo como se acumulan en torres de plástico relleno de moho blanco los tupperwares de albóndigas que te va enviando tu madre. Tus amigos ya no quedan contigo porque has redefinido tú solo el concepto de “gilipollas” y en algún momento se te olvida alguna función básica, como beber agua o mearla, así que un día te mueres, bien de sed, bien porque te explota la vejiga. Algo así poético ergo idiota. Una muerte boba pero memorable.

Ese era el plan de Bergman para jodernos a todos.

Sí, antes de ayer vi Gritos y susurros, entera, porque eztó mu loca. Así voy yo, caminando por el lado salvaje de la vida. Sólo os destriparé una parte, el final de las pelis del cabroncete de Ingmar no tiene ciencia – que diría abuelita – así que de eso no diré nada, pero en algún punto hacia el segundo tercio del metraje Ingrid Thulin – la sosías de Belén Rueda en su versión atormentada – rompe una copa de vino, se queda con un trozico y minutos después se lo clava en el chichi. A lo mejor ahora os parece mal que os lo cuente, pero, en serio, yo hubiese agradecido profundamente saberlo para darle al “ff” así a lo loco y ahorrarme el trauma que seguro se ha plantado como una ahora minúscula semilla indigesta en mi estómago y que pronto, como ya os he explicado, crecerá en mi interior y origninará mi muerte por deshidratación tonta.

Pues bien, la conclusión de esto es variada. Primero os diría que nunca os fiéis de la gente con sienes demasiado anchas, seguro que no nacieron así sino que por un exceso de introspección les engordó la masa encefálica y por ende se les expandió a lo ancho el cráneo y van así por la vida, dejando que los rasgos se les pierdan en medio de la cara. La segunda verdad no absoluta, es que todas las películas de Bergman dan canguelo del bueno. Y la tercera y menos importante, por obvia, es que puedes ser el tipo más feliz del mundo y aún así un simple bocata de mortadela revenida es capaz de arruinarte la vida.

4 comentarios

  1. ¡Pero si volviste a actualizar el blog! Wooo… Haría la ola, de no ser porque en mi trabajo me mirarían un poco raro.

    Decididamente no voy a ver “Gritos y susurros”, aunque paradójicamente este post sí que me recordó que debería ver alguna película de Bergman, aunque sólo sea para poder mirar a los demás por encima del hombro, algo que siempre está bien (a menos que sean muy altos, porque entonces es más difícil). Eso sí, si por culpa de tu influencia para ver cine sueco termino muriendo por explosión de la vejiga no te extrañes si recibís un pleito de mis familiares culpándote de mi muerte. Es el riesgo al que alguien se expone cuando escribe un blog.

  2. te recomiendo “cara a cara”, bergman te planta 1 minuto y medio del tic-tac de un despertador (con dos huevacos) y cuando sale ya la cara de la vieja pa darte el sustillo sólo quieres liarte a palos con los dependientes de ikea.

    p.d. vi “persona” el mismo día qe “colegas en el bosqe 2” y todavía se me ponen los pelos de punta al pensar en ese caniche tan siniestro….

  3. Pero bueno, yo que venía con toda la ilusión del mundo porque has actualizado y me vienes con estas… que no tienes más que pájaros en la cabeza. No soy un fiel lacayo de Bergman, Dios me libre. Realmente he visto sólo dos pelis de él y recientemente: Secretos de un matrimonio y Sonata de otoño. Son piezas de museo, Marthe. Quicir, ese duelo interpretativo de Ingrid y Liv. ESE FINAL de Sonata. Qué final, simple pero magistral. No sé, se supone que éramos amigos.

    Nah, ya en serio. Hay momentos realmente aburridos… existe una delgada línea que separa el hipnotismo, magnetismo o como quieras llamarlo y el sedante que irradia una película. La pieza de Chopin elegida por Ingmar para la escena del piano es muy monótona, como muchas partes de sus cintas.

    Es decir, molan esos diálogos interminables, esos silencios, esos primeros planos de caras atormentadas, pero coño, no te pases siete pueblos. Que todos tenemos un límite.

    (Al final Perico echa pestes de Ingmar)

    Concluyendo… Ingmar genio. E hijo de puta.

  4. Alan, en serio, estaba recomendándola. Gritos y susurros es un valium gratuíto; aunque es verdad, me hago responsable de los efectos secundarios a pesar de haberlos advertido en la posología. Y dicho esto, recomiendo encarecidamente que alguien más poderoso que yo recomienden posologías en los extras de los dvds de Bergman.

    Dueño de Pichirilo, te diré que yo he hecho una costumbre agradecidísima eso de mezclar la filmación de una niña turca caminando desde la panaderías a su casa con la proyección seguidita de cualquier peli de Jennifer Aniston. Se siente una capaz de todo tras cierto combinados.

    Sí, Pabler, Ingmar es un hijoputa genial. No sé cómo se puede contar siempre lo mismo tantísimas veces y aún así quedar de pie.
    Tienes que ver De la vida de las marionetas. Es un pasote.

    Y ya para todos, creo que Woody Allen ha copiado toda la filmografía de Bergman y le ha incrustado chistes a lo loco. De eso vive. A ver si copiamos un poco todos.

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