PESTERA MUIERII o tú qué tienes entre las piernas, pues?

Hace un par de semanas el chico que me acompaña en los momentos más felices y menos remunerados económicamente de mi actual vida entró conmigo en una tienda de ropa femenina de baratillo y connotantes punkis de diseño calculado, me dio un billete de veinte euros y al más puro estilo Richard Gere de barrio me espetó con una sonrisa limpia: “cómprate lo que quieras, nena” y añadió un sugerente: “mira, ahí hay tangas a par por tres euros”. Entre los artículos que el presupuesto me permitió adquirir se encuentra uno que perfectamente podría ser el atrezzo macguffin perfecto para una revisión de la filmografía Hitchcockiana por su malditismo implícito. Se trata del tanga negro con el dibujo exacto del hombre verde – pero en blanco – de los semáforos caminando igualmente de lado pero con las piernas algo más abiertas de lo habitual y una leyenda en mayúsculas que reza bajo el dibujo: “Pestera Muierii”.

Pestera Mueirii significa, no sé aún si en euskera, algo parecido a “Caverna femenina” o eso creo después de revisar las primeras fotos que aparecen en google al buscar el término. Empezamos mal, no me gusta nada tener que señalizar mis zonas erógenas, me parece una falta de respeto doble: hacia la eficiencia y perspicacia de mi amante y hacia la morfología de mis caracteres sexuales. El caso es que desde que poseo esas bragas no he parado de tener pesadillas con rechazos eróticos; parece que mi yo onírico ha comenzado a cobrar entrada por adentrarse en la ruta de mi “Woman’s cavern” y a los otros personajes de mi subconsciente no les ha parecido nada bien y se están rebelando cambiando radicalmente sus roles amables en mis sueños por los diametralmente opuestos de dispuestos empujadores hacia las vías del metro, bebés suicidas incontrolables o abuelas que se cuelan en la cola del Caprabo; todo muy terrorífico pero con una edición fotográfica de gran calidad, no sé si a vosotros os pasa, pero a veces tengo la sensación de que el director de arte de mis sueños debe ser Sven Nykvist o Freddy Young (estas cosas me las curro para parecer pedante, pero en cuanto acabe el post ya se me han olvidado estos dos pavos, es dificilísimo ser una snob cultivada con la memoria de mierda que tengo; esto para el blog mola, pero luego me llevas a un coctail organizado por Nuria Espert y todo serán largos suspiros de bochorno hacia mi flequillo). Hoy, después de tanta pesadilla, todo mi malestar psicológico por culpa de las bragas malditas que, por cierto, no son de mi talla y dado que los regalos no se deben cambiar las uso como adorno de la esquina superior derecha de mi espejo de tocador – para darle precisamente toda la dimensión que se merece al concepto “tocador”– se ha comprimido en la persona de… y aquí llega lo difícil, lo que yo he venido en denominar: “ser de sexo indefinido y humor paradójicamente sexista con el aspecto y el estilismo lo suficientemente ecléctico e inclasificable como para poder ser un secundari@ de Lynch o el primoabuelo hermafrodita tunero del cantante de El canto del loco”. ¿Qué haces cuando tienes que trabajar cerca de alguien así? Sobre todo cuando la gente se dirige a esa persona por un apelativo que puede ser bien un apellido; correspondiente por tanto a cualquier género sexual, o un nombre masculino.

Puede que Conan no parezca una mujer, pero no seamos claros, tampoco parece un hombre

Puede que Conan no parezca una mujer, pero no seamos claros, tampoco parece un hombre

No tengo nada en contra de la ambigüedad, el hermafroditismo o lo que tan de moda está ahora en ese universo paralelo que nos acecha que es tele 5: “la reasignación de género”, pero creedme, esta persona sea lo que sea no es simpática y temo de veras por mi seguridad personal si en algún momento al interactuar con él/ella equivoco la naturaleza de sus genitales con una “a” o una “o” potencialmente mortíferas. Por ello, y sin ánimo de que os acostumbréis a que relacione la primera y la última parte del post he llegado a la brillante determinación de obsequiarle con mis bragas malditas. Es altamente probable, y aquí sí acoto la cuestión, de que si se trata de un hombre, procure ser lo suficiente políticamente correcto como para fingir alguna clase de halago por mi aparente insinuación sexual heteroque traducirá en un comentario sexista en voz alta y quizás una traumática – para mí, y puede que mucho a la larga – palmadita en zona blanda de mi cuerpo. Si es una mujer, lesbi o no, se extrañará bastante y no reirá la gracia en modo alguno, es posible que me tire la Pestera Muierii a la cara, pero me lo tomaría como el confeti bendito de mi triunfo como detective new age. En fin, soluciones absurdas frente a dilemas repugnantes.

Hay que darle alguna clase de cohesión a todo este absurdo, sobre todo ahora que Lost se acaba y la vida cotidiana va a perder un poco más de sentido.

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Dónde pago, cago.

No sé si echariáis de menos a Di Nabo Descomunale, antaño leit motiv ocasional de mis entradas. Yo ya no.  Si él y la señorita Prozac volviesen a verse dentro de unos años el reencuentro no sería especialmente dulce.

Y es por esto que yo creo que cuando has tenido a alguien dentro de ti metafórica y literalmente hablando,  luego no puedes coleguear de buen rollo como si te cayese bien. No seamos tan “zens” y dejemos de hablar con nuestros ex; es ley de vida.


SEC. 34. INT. SALA DE ESTAR DE MISS PROZAC. MADRUGADA.

Hay dos sofás de dos plazas cada uno, Miss Prozac (29 años) en uno de ellos, se lía un cigarrillo de vainilla vestida con un camisón corto y una bata de raso negra, sus gestos y su lenguaje corporal parecen indicar que está sola, pero no es así; Di Nabo (26 años) está sentado en el sofá contiguo, impecablemente vestido y abierto de piernas no tan impecablemente la mira serio y con suficiencia, masajeándose la sien izquierda con los dedos índice y corazón de la mano correspondiente.

DI NABO

¿Y qué pasó?¿ Te enamoraste y te olvidaste

de mí?

MISS PROZAC

Tú te crees que la génesis de todo en esta

vida está en tu santo ombligo italiano, ¿no?

primero me olvidé de ti, pasó un tiempo hasta

que ya casi no podía recordar ni tu cara, y

después, me enamoré. There is not consecuential

relation, my friend. (le da una rápida pasada

de saliva al cigarrillo con la punta de la

lengua terminándolo de liar)

DI NABO

Tengo que creérlo… (pausa) ¿Y qué tal…?

MISS PROZAC

¿Y qué tal qué? ¿El sexo, no? Qué infantil eres…

(pausa, da una calada larga) Pues de momento

no me escupe ni nada.

DI NABO

Qué aburrido…

MISS PROZAC

¿Quieres en serio que te explique hasta qué punto

resulta imposible contabilizar mis orgasmos?

DI NABO

¿Por qué? ¿No has tenido ninguno? Mi dispiace.

MISS PROZAC

(sonríe)

(pausa) Te diré que si juntase todos los estornudos

que he tenido y los comprimiese junto con las veces

que me he aguantado para hacer pis y cuando por

fin lo he hecho se ha descongestionado todo mi

cuerpo sintiendo una levitación e ingravidez casi

divinas sólo me acercaría… ¡un poco! al polvo

que echamos esta mañana.

DI NABO

(incómodo)

Eres una sádica de mierda.

MISS PROZAC

¡Pues no preguntes! Yo no lo he hecho.

Así me siento yo con un ex, suficientorra y como vestida de hombre

Así me siento yo con un ex, suficientorra y como vestida de hombre

DI NABO

Pero de haserlo, yo, que soy mucho más

elegante, te hubiese resposto que esa chica hace

gimnasia rítmica desde los ocho años.

MISS PROZAC

(soplándole a la cara)

Tópico y fallido, amico. Me es dificilísimo sentir

envidia de los desórdenes mentales y alimenticios

de tu novia gimnasta.

DI NABO

¿Crees que se podría medir cuál de los dos gana

en felicidad al otro?

MISS PROZAC

Abstenerse de competir en este caso es ya un premio.

DI NABO

(se pone de pie y pasea por el salón) ¡Bueno! Tú

sempre has sido más conformista que io, así que

estarás más satisfecha con menos.

MISS PROZAC

Yo no ambiciono menos, ambiciono cosas distintas.

DI NABO

Ambichionas cosas más fásiles de conseguir.

cualquiera puede tener un novio tirado, un trabajo

de merda y un blog pretencioso.

MISS PROZAC

Yo no tengo blog.

DI NABO

Yo tengo una inyeniería y una novia rica y escultural.

MISS PROZAC

Sólo te falta el psicoterapeuta y ya podréis salir

en una revista de muebles.

DI NABO

Reconócelo, soy mucho más afortunado que tú.

MISS PROZAC

Hace un minuto prácticamente has confesado

que no eras feliz, tío loco. No pienso admitir

ninguna amargura para tu regocijo de ser inmundo.

Me he reído más en los últimos meses que en toda

mi infancia y tú, sin embargo, tienes las mejillas

sustancialmente más flácidas que la última vez por

falta de gesticulación. Si querías exorcizar

tus frustraciones buscando caquita en mi vida

debiste quedar mejor con tu ex de la adolescencia

a la que sí dejarías lo suficientemente traumada

para que hoy día sea una yonki asesina bebés

con remordimientos.

DI NABO

Tú sigues enamorada de mí ¿eh?

MISS PROZAC

Oye, que la ira me ponga cachonda no tiene

nada que ver con el amor.

Miss Prozac se levanta y camina hacia otra habitación de la casa hasta salir de plano.

DI NABO

¿Adónde vas ahora?

MISS PROZAC

A masturbarme. Soy una mujer fiel.

Di Nabo sacude la cabeza y sonríe resignado.

Funde a naranja.

La discriminación positiva o cómo tener una película mediocre, incrustarle una historia homosexual y creerte transgresor y sensitivo.

Hay una película altamente insulsa titulada 9 songs donde un chico y una chica jóvenes que se acaban de conocer en una ciudad en la que ambos están de vacaciones deciden encerrarse en la habitación de hotel de uno de ellos para follar como conejos entre tema y tema popi, parando para lavarse los dientes a la vez o hablar de sus respectivos pezones juntos frente al espejo. Ya sabéis, esa clase de conversación tan habitual entre dos amantes recientes: “¿Has visto lo andrógina que soy? Hasta tengo aquí un pelo que parece púbico en la teta izquierda.” Así en esencia pero expresado con imágenes poéticas o, en su defecto, montaje caótico, para que todo resulte muy moderno y a ningún apasionado del indie espectador en la sala se le pase jamás por la cabeza: “pero qué mierda de peli porno con menos genitales y diálogos más largos es esta absurdez?”

El brailerotismo ha llegado.

Yo nunca oí hablar de Nine songs, me la topé un día en el cinetube o alguna página análoga, vi veinte minutos y la deseché en favor de Bruce Willis o algún yanki aún más comercial; cosa que hago siempre que me cabreo con los hijos de Sundance o con Haneke. No puedo decirlo pero imagino que Nine songs terminaba con alguna promesa de amor puro descubierto a través de la lujuria y un “yo contigo, aquí en pelotas me quedaría toda la vida” ¿No te jode? ¡Y yo! Y sin estar enamorada ni nada. Vivir el resto de mi vida en una suite de lujo, yendo desnuda a todas partes y desayunando de buffet libre; de niña imaginaba que el cielo debía ser así.

Ayer fui a ver – ¡pagué por ir a ver! – el remake de Nine songs pero con dos lesbis: Habitación en Roma. Fui con el chico que me gusta – esta expresión es un poco de Primaria, pero cuando alguien nos gusta mucho, tenemos todos trece años otra vez y nos salen granos y salivamos más – con la esperanza de que fuese como fuese al menos podríamos tocarnos un poco durante la proyección. Mi acompañante me confirmó que se erotizó mucho más por sus propias expectativas durante los trailers previos que en el visionado directo de las escenas de cama. Yo siempre he creído que Medem es un coñazo supravalorado que vive de aquellos espectadores afrancesados que son capaces de sacarle partido lírico a cualquier engendro kitsch (según Milan Kundera: “la negación de la caca”) porque ellos mismos tienen el poder de hacerse su propia lectura superior a partir de imágenes siempre, eso sí, bien fotografiadas e iluminadas, mejor que un anuncio de Anäis Anäis. Así, yo ya iba predispuesta a odiar la película.

No me creí nada, ya no sólo lo inverosímil de la historia de amor, sino incluso la atracción sexual entre las dos mujeres. No parece que se gusten mucho, parece que están meramente erotizadas consigo mismas y tienen ganas de un frotamiento clitoridiano, como decía Faemino: “cualesquiera”. Elena Anaya tiene sólo dos registros: “cara absorta”, “cara calentona”. Se ha pasado los últimos tres lustros de su carrera profesional con la boca abierta. Y la rusa no puede ser más afectada y cargante. Ese lenguaje corporal calculado que hace que en ningún momento te olvides de que pegadas a ellas hay un cámara con una erección elefántica intentando mantener el pulso y pidiendo cocaína y afrodisiacos varios por el walky talky a producción a ver si puede caer algo de mambo para él en el set, cuando Medem se ausente a hacer pilates y meditación trascendental durante el descanso.

Esos diálogos mortalmente estúpidos expresados con la cadencia de un ministro en un prostíbulo de lujo, esos ojos cerrados como de meterte en una bañera caliente y hacerte pis, esa ingeniera inventora que viste como un lating king y ese “humor” pueril que ya rebasa la vergüenza ajena y la convierte en grima, me parecen insultantes y muy a menudo bochornosos, peor que los especiales navideños de los noventa con los hombres del tiempo versionando musicales del Hollywood dorado. Peor que eso, en serio, aunque pensaseis que no había nada.

Pero no es eso. No es mi cabreo, es mi decepción lo que pesa sobre los 7 euros con 50 céntimos de la entrada. Me apena profundamente que se base el interés de una historia de amor única y exclusivamente en el hecho de que es homosexual. Me pasó con Brokeback mountain. Hice el ejercicio de imaginar que Jake Gyllenhaal era una chica y la historia me pareció amena pero nada perturbadora en cuanto a la transmisión de sentimientos auténticos; aunque reconozco que ahí al menos sí se sentía la tensión sexual y el rollo “qué ganas tengo de dejarte el ojete como un caldero, truhán”.

Me apena, y quiero dejar esto claro antes de que alguien asevere que debería colgar una etiqueta que rezase homofobia en la entrada, que no se hagan buenas películas de amor sobre la homosexualidad. Todas pecan de buscar una estética divinesca o una controversia suma que venga bien para la taquilla. Yo quiero una historia de amor homosexual en la cual no haya un discurso sobre la homosexualidad, ya es hora de normalizarlo de verdad. Me parece sustancialmente más creíble el amor entre Jim Carrey y Ewan Macgregor en I love you, Phillip Morris que la mencionada Montaña de la espalda rota porque al menos en aquella no existe el momento sorpresa “Oh, vaya, qué horror, se me ha puesto esto duro ya verás cuando se entere mi madre o el panadero”, simplemente son gays, no hay duda sobre eso, se ven, se gustan y se enamoran. No es un historia suave y poética, es una comedieta absurda, pero me lo creo.

Me creo a Whoopy Goldberg – … – enamorada de la amante de su esposo maltratador en El color púrpura y también a William Hurt – a este ya de cabo a rabo (qué sutil soy) – en El beso de la mujer araña. Transmite una mayor complicidad y afecto intrínseco, la relación entre Robert Redford y Paul Newman en Dos hombres y un destino o la de Geena Davis y Susan Sarandon (la misma peli, pero con pechos) en Thelma y Louis; si a mitad de metraje en cualquiera de esas dos películas hubiera habido un silencio con mirada sostenida seguido de un “Me gustas a morir” habrían sido redondas películas de amor entre dos homosexuales.

¿Para cuando algo natural? Un par de personas que se conocen y encajan y lo ves en pantalla por la complicidad entre los actores, la dosificación de diálogos, la puesta en escena, la superación de la adversidad en un conflicto bélico de proporciones ingentes; que en Doctor Zhivago Omar Shariff perfectamente podría haberse enamorado de un ayudante médico cualquiera en lugar de Julie Christie y ya hubiera sido la repolla de peliculón.

En fin, me cago en Medem y sus repetidas operaciones de extracción de costillas para poder llegar a meterse toda la churra en la propia boca. Que todo tiene un tope y cuando oyes click es mejor que pares.

Derrame cerebral

No os ha gustado un carajo mi anterior post, eh? Ya lo sé, era flojo y deprimente. Pero ¿qué presión, no? Esto es peor que tener pareja. Como decía Woody en Sueños de un seductor: “Es imposible que mantenga el mismo nivel todo el tiempo, acabaría sufriendo una embolia”. Hoy he pensado en hablar de los encuentros fortuítos y de esas personas que conocemos en algún momento de la vida, sobre todo en la adolescencia y primera juventud y hacen que luego las películas de los Cohen no nos sorprendan tanto. Poder decir al ver Celda 211 “había un tío en mi barrio que era clavao.”

Cuando llegué a Barcelona soñaba con una suerte de vida bohemia plagada de amistades pintorescas e intercambios dialécticos enriquecedores. Me imaginaba pasando del Marsella al Pipa Club recorriendo a lo largo de toda la noche un análisis exhaustivo de los movimientos artísticos de la historia como alegoría de las variaciones anímicas del ser humano desde la infancia a la premuerte. Subidón, bajón, subidón, bajón, subidón, BAJÓN. Al final de la noche, alguno de mis amigos doblemente inquietos, por su espíritu multivocacional en un lado y su adicción a los psicotrópicos en otro – me ofrecería un poco de Lsd o el ácido que más de moda estuviese en esa estación del año – en primavera lo está petando la quetamina, la mescalina es más de inviernos introspectivos y solitarios – y yo me negaría no sin antes esgrimir un discurso sobre mi tolerancia hacia los drogadictos intelectuales – todo mentira, claro – y mi interés en esperar a los sesenta para empezar a freirme el cerebro y deshacer mis cartílagos – esto último dicho con una sonrisa muy amplia y un pestañeo repetitivo que evocase el más repelente a la par que oscuro candor.

Mis amigos, esos, los del Pipa Club y la absenta, no serían mis amigos realmente, al menos no esa clase de amigo al que le hablas de tus problemas y complejos y a veces le pides dinero para pagarte un aborto, no; serían amigos de los que lucen como complemento estético ante un futurible editor de tus novelas sobre la vacuidad del alma. Amigos que revisten tu imagen de un comercial tono outsider para que parezca que en efecto tienes contacto con el underground y has vivido experiencias intensísimas que han anestesiado por completo tu temor a la muerte y te han arropado con el manto de la incredulidad otorgándole a tus chistes un valor cuasi divino.

Año y medio llevo en Barcelona y he conocido a pocas personas interesantes que  además se desvían bastante del patrón soñado para darle peso a mis escritos. Se resumirían en un peter pan bisexual, una bloguera surrealista, un erasmus priapista y un hippie redimido. El caso es que hace unos meses que creo que no acabaré la novela sobre el corazón encallado porque he ignorado demasiado las drogas de diseño y he odiado demasiado intensamente a la gente que se compra harapos made in Adolfo Dominguez como para darle carisma a uno solo de mis poros. Pero… pero hace mes y medio paseando por las Ramblas un francés trompetista de pelo rubio y rizado que había debido de ganar la rifa de la americana y el pañuelo de Rimbaud, me acompañó pidiendo mi permiso  hasta la altura de Colón hablándome de su desordenada vida como músico callejero, más callejero que musical; luego se despidió dándome su número de teléfono (me pareció fraudulento que un tipo así tuviera movil) y haciendo una encantadora observación: “Bonitos calcetines”. Despertó a la snob que vive dentro de mí y no pude evitar durante todo el camino compartido imaginarnos juntos sentados en un café del Borne a él tocando la trompeta desafinada ante el horror y antipatía del resto de la terraza, y a mí mientras escribiendo frases célebres de Wilde desordenadas sintácticamente con rotulador permanente sobre la mesa. Algo así absurdo y cargante, pero que en una película de la Nouvelle vague quedaría quenipintao.

En fin, iba a quedar con él esta semana, de madrugada al salir de mi nada enrollado curro, pero mi espíritu de conservación se pasa el glamour por el forro de los testículos ante la probable perspectiva de morir empalada por instrumentos de viento. Creo que no compensaría demasiado el intento puesto que tras darle muchas vueltas he llegado al a conclusión de que resulta casi imposible fraguarse un círculo amistoso de pintorescos culturetas, con alma de poeta y aspecto de vagabundo con acceso a ducha semanal; no si yo no estoy tan colgada como ellos. Y aparte de eso, ¿es posible la amistad entre personas permanentemente colocadas? ¿No sería algo parecido a ir a ver películas en 3D siempre con la misma persona, hacer única y exclusivamente eso, ponerse juntos gafas de dos colores y un buen día, al cabo de treinta o cuarenta sesiones de fliparlo en compañía que os saquen de allí y os den una mesa, dos sillas y un nestea a cada uno a ver de qué cojones habláis en cuanto se os pase el mareo?

Chaplina dice NO a las drogas. Ya está bastante loca ella con un par de red bulls a la semana.:

Manteca colorá

De pequeña me asombraba amenudo en los demás y en mí misma esa ingente capacidad que tenemos todos por el hecho de ser humanos de cambiar de registro. Notaba como mi voz, mi tono, sonaban distintos dependiendo de si hablaba con mi abuela, con mi prima, con un profesor, con mi mejor amigo, con mi madre o con el señor que nos enseñaba la churra a mi prima y a mí de pequeñas. No os asustéis, en ese último caso no había tono sino gritos histéricos corriendo despavoridas en el sentido contrario al hombre verde (así se le conocía en el pueblo). No me entretengo más con supuestos traumas sublimados, que nunca he querido parecer tan interesante.

Era incluso gracioso hacer algún ocasional viaje sideral con el fin de auto observarse con toda la objetividad posible contemplando ese más o menos sutil cambio de personalidad. Lo sorprendente era lo difícil que era intercambiar roles en uno mismo. Es decir, hablar al profesor como a tu prima o a tu madre como a un violador potencial. Aunque a menudo pensabas en lo práctico o sencillamente distinto que hubiese sido todo de poder escoger al gusto entre tus tres, seis o doscientos personajes para hacerlos interactuar con cada situación del modo más compatible, adecuado o rentable posible. En casa me decían con frecuencia “¡Así! ¡así tendrías que hablarle a fulanita! ya verás como no se te subía a la chepa” Y, sin embargo, ponía un desmedido interés en hablarle borde y setilmente a Fulanita, pero cuando lo intentaba, Fulanita se lo tomaba como una ironía y se reía un montón con mi mal entendido humor seco. Así fue cómo me di cuenta de que la gente no se queda con tu discurso, con lo que dices, si no con tu tono de voz. Después de un tiempo prolongado de relación, familiar, amistosa, laboral o afectiva, la gente, esa gente a la que queréis, admiráis, aborrecéis o deseáis no os escucha, sólo siente modulaciones en el sonido de vuestra voz; todos estamos extraordinariamente concentrados en nuestra réplica como para encima asimilar lo que nos cuenta el resto.

Por otro lado, con el tiempo y gracias en muy buena parte a Jorge Javier Vázquez, hemos perdido la capacidad para tomarnos a pecho nada. Y hablo en serio y con la pena que mi embotamiento sensitivo me permite cuando digo que la televisión ha vulgarizado las emociones humanas. Hemos visto ya llorar tanto y quejarse tanto a terceros desconocidos que el agüilla con sodio que brilla sobre unas ojeras rojas y entre unas narices congestionadas nos deja por completo impasibles o incluso contestatarios. “¿Tú por qué lloras? ¿No has visto la tele? Esa está más gorda que tú” o “Venga, anda, cómo te gusta el drama” o cómo decían los niños andaluces a coro griego en los ochenta: “Ya-va-llorá MAN-TE-CA-CO-LO-RÁ” Sólo podemos pensar dos cosas cuando vemos llorar a alguien, la primera es que quiere llamar la atención y adjudicarse el cómodo papel de víctima o la segunda que, sencillamente, se trata de una persona desequilibrada, ya sea crónica o alguien pasando por una crisis de ansiedad puntual. Nunca, jamás, ni remotamente, pensamos en que quizás llora por alguna razón; quizás llora porque sufre. Quizá llora porque le favorece.

Sé que debería dejar lo de Bergman de una vez o acabaré componiendo micropoemas escritos en envases de leche, arrojándolos al contenedor de reciclaje y apoyándome sobre la tapa del mismo, asomada al interior, mirando con nostalgia recién nacida el futuro fin de mi obra literaria entre millones de tetrabricks en blanco, triturándose sin poesía. Pero me interesa de veras saber porqué llorar a los diez años era el fin del mundo y llorar a los treinta es pura neurosis protagónica.

Así que lo que he optado por hacer ahora para arreglar el mundo (ja! Cómo si tuviera conciencia de algo) es preguntar a quien llora por qué lo hace – preferiblemente recomiendo, si alguien desea emularme, no preguntar a desconocidos lloricas de la calle; porque yo lo hice una vez con una tía obesa afable de pelo churretoso, me dijo que había perdido el bus y luego  me robó la cartera – e intentar hablar a la vez con personas con las que en privado hablo distinto. A esto último se le llama adocenar la amistad, es decir, poner al mismo nivel a tu amigo de la infancia, a tu compañero de piso, a un rollete de una noche, a la prima de una amigo menor que ha venido de visita puntual a la ciudad y a tu padre. Todos metidos en la misma habitación con un enorme tupperware llenito de tarjetas de cartulina con diversos temas de conversación y un cronómetro de ajedrez en un lateral. Así y sólo así llegaremos a saber cuál es la personalidad que prevalece dentro de nosotros mismos y cuánto tardará tu padre en tomarse el primer cubata vencido por la tensión, porque si habéis visualizado la imagen, habréis sufrido tanto por él como yo.

Pues eso, conoceros a vosotros mismos y dejad de quererme: