Derrame cerebral

No os ha gustado un carajo mi anterior post, eh? Ya lo sé, era flojo y deprimente. Pero ¿qué presión, no? Esto es peor que tener pareja. Como decía Woody en Sueños de un seductor: “Es imposible que mantenga el mismo nivel todo el tiempo, acabaría sufriendo una embolia”. Hoy he pensado en hablar de los encuentros fortuítos y de esas personas que conocemos en algún momento de la vida, sobre todo en la adolescencia y primera juventud y hacen que luego las películas de los Cohen no nos sorprendan tanto. Poder decir al ver Celda 211 “había un tío en mi barrio que era clavao.”

Cuando llegué a Barcelona soñaba con una suerte de vida bohemia plagada de amistades pintorescas e intercambios dialécticos enriquecedores. Me imaginaba pasando del Marsella al Pipa Club recorriendo a lo largo de toda la noche un análisis exhaustivo de los movimientos artísticos de la historia como alegoría de las variaciones anímicas del ser humano desde la infancia a la premuerte. Subidón, bajón, subidón, bajón, subidón, BAJÓN. Al final de la noche, alguno de mis amigos doblemente inquietos, por su espíritu multivocacional en un lado y su adicción a los psicotrópicos en otro – me ofrecería un poco de Lsd o el ácido que más de moda estuviese en esa estación del año – en primavera lo está petando la quetamina, la mescalina es más de inviernos introspectivos y solitarios – y yo me negaría no sin antes esgrimir un discurso sobre mi tolerancia hacia los drogadictos intelectuales – todo mentira, claro – y mi interés en esperar a los sesenta para empezar a freirme el cerebro y deshacer mis cartílagos – esto último dicho con una sonrisa muy amplia y un pestañeo repetitivo que evocase el más repelente a la par que oscuro candor.

Mis amigos, esos, los del Pipa Club y la absenta, no serían mis amigos realmente, al menos no esa clase de amigo al que le hablas de tus problemas y complejos y a veces le pides dinero para pagarte un aborto, no; serían amigos de los que lucen como complemento estético ante un futurible editor de tus novelas sobre la vacuidad del alma. Amigos que revisten tu imagen de un comercial tono outsider para que parezca que en efecto tienes contacto con el underground y has vivido experiencias intensísimas que han anestesiado por completo tu temor a la muerte y te han arropado con el manto de la incredulidad otorgándole a tus chistes un valor cuasi divino.

Año y medio llevo en Barcelona y he conocido a pocas personas interesantes que  además se desvían bastante del patrón soñado para darle peso a mis escritos. Se resumirían en un peter pan bisexual, una bloguera surrealista, un erasmus priapista y un hippie redimido. El caso es que hace unos meses que creo que no acabaré la novela sobre el corazón encallado porque he ignorado demasiado las drogas de diseño y he odiado demasiado intensamente a la gente que se compra harapos made in Adolfo Dominguez como para darle carisma a uno solo de mis poros. Pero… pero hace mes y medio paseando por las Ramblas un francés trompetista de pelo rubio y rizado que había debido de ganar la rifa de la americana y el pañuelo de Rimbaud, me acompañó pidiendo mi permiso  hasta la altura de Colón hablándome de su desordenada vida como músico callejero, más callejero que musical; luego se despidió dándome su número de teléfono (me pareció fraudulento que un tipo así tuviera movil) y haciendo una encantadora observación: “Bonitos calcetines”. Despertó a la snob que vive dentro de mí y no pude evitar durante todo el camino compartido imaginarnos juntos sentados en un café del Borne a él tocando la trompeta desafinada ante el horror y antipatía del resto de la terraza, y a mí mientras escribiendo frases célebres de Wilde desordenadas sintácticamente con rotulador permanente sobre la mesa. Algo así absurdo y cargante, pero que en una película de la Nouvelle vague quedaría quenipintao.

En fin, iba a quedar con él esta semana, de madrugada al salir de mi nada enrollado curro, pero mi espíritu de conservación se pasa el glamour por el forro de los testículos ante la probable perspectiva de morir empalada por instrumentos de viento. Creo que no compensaría demasiado el intento puesto que tras darle muchas vueltas he llegado al a conclusión de que resulta casi imposible fraguarse un círculo amistoso de pintorescos culturetas, con alma de poeta y aspecto de vagabundo con acceso a ducha semanal; no si yo no estoy tan colgada como ellos. Y aparte de eso, ¿es posible la amistad entre personas permanentemente colocadas? ¿No sería algo parecido a ir a ver películas en 3D siempre con la misma persona, hacer única y exclusivamente eso, ponerse juntos gafas de dos colores y un buen día, al cabo de treinta o cuarenta sesiones de fliparlo en compañía que os saquen de allí y os den una mesa, dos sillas y un nestea a cada uno a ver de qué cojones habláis en cuanto se os pase el mareo?

Chaplina dice NO a las drogas. Ya está bastante loca ella con un par de red bulls a la semana.:

3 comentarios

  1. No puedo hablar por el resto de tus lectores, pero por mi parte no quise comentar el post anterior porque estoy en buena parte de acuerdo “en serio”. De hecho, yo mismo no lloro nunca (salvo cuando pico cebollas) porque lo veo de lo más histriónico… Y no digo que es porque soy un macho duro de los de antes porque ya me conociste en persona y sabés que eso no se lo cree ni Dios colocado de éxtasis.

    Otra cosa histriónica y demasiado mitificada es lo “bohemio” de Barcelona. Ir al Pipa’s Club sólo sirve para pasarse toda la semana siguiente apestando a tabaco. Y el Borne es más pintoresco en plan turístico que otra cosa (aunque la pizzería argentina que está cerca de la Iglesia del Mar es altamente recomendable). También está el Llantiol, que me hace acordar a la frase “tú antes molabas”.

    Por lo demás, yo tampoco soy del LSD o similares, pero es que ya voy al teatro casi cada semana, escribo, toco la guitarra y me subo al escenario a interpretar mis propios textos. Si además de eso fuera politoxicómano mi nivel de tópicos bohemios en sangre sería tan elevado que tan solo al pasar cerca mío la gente dejaría de trabajar para ponerse a debatir sobre Camus, el existencialismo y la vacuidad de la vida en la sociedad contemporánea. Y no quiero hacerle eso a esta ciudad, que ya bastante tiene con la moda de las gafas de pasta.

  2. Lo que no te mata te hace mas fuerte o no, pero al menos si invitan no te empobrece

  3. Yo creo Alan que cada Barcelona es un mundo, la mía es uno lleno de posibilidad de cambio de tercio. Que lo mismo puedes ser un artista, un tirado, un kinki, un funcionario o un erasmus a lo largo de una misma vida y conjuntando perfectamente con el fondo, cambiando de barrio según te estado de ánimo.
    Barcelona será lo más cerca que he estado yo de París. En un sentido metafórico y autosugestivo, que ya subí hace años a la Torre Eiffel y no pienso repetir.

    P.D: Lo que se llora no se mea.

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