Manteca colorá

De pequeña me asombraba amenudo en los demás y en mí misma esa ingente capacidad que tenemos todos por el hecho de ser humanos de cambiar de registro. Notaba como mi voz, mi tono, sonaban distintos dependiendo de si hablaba con mi abuela, con mi prima, con un profesor, con mi mejor amigo, con mi madre o con el señor que nos enseñaba la churra a mi prima y a mí de pequeñas. No os asustéis, en ese último caso no había tono sino gritos histéricos corriendo despavoridas en el sentido contrario al hombre verde (así se le conocía en el pueblo). No me entretengo más con supuestos traumas sublimados, que nunca he querido parecer tan interesante.

Era incluso gracioso hacer algún ocasional viaje sideral con el fin de auto observarse con toda la objetividad posible contemplando ese más o menos sutil cambio de personalidad. Lo sorprendente era lo difícil que era intercambiar roles en uno mismo. Es decir, hablar al profesor como a tu prima o a tu madre como a un violador potencial. Aunque a menudo pensabas en lo práctico o sencillamente distinto que hubiese sido todo de poder escoger al gusto entre tus tres, seis o doscientos personajes para hacerlos interactuar con cada situación del modo más compatible, adecuado o rentable posible. En casa me decían con frecuencia “¡Así! ¡así tendrías que hablarle a fulanita! ya verás como no se te subía a la chepa” Y, sin embargo, ponía un desmedido interés en hablarle borde y setilmente a Fulanita, pero cuando lo intentaba, Fulanita se lo tomaba como una ironía y se reía un montón con mi mal entendido humor seco. Así fue cómo me di cuenta de que la gente no se queda con tu discurso, con lo que dices, si no con tu tono de voz. Después de un tiempo prolongado de relación, familiar, amistosa, laboral o afectiva, la gente, esa gente a la que queréis, admiráis, aborrecéis o deseáis no os escucha, sólo siente modulaciones en el sonido de vuestra voz; todos estamos extraordinariamente concentrados en nuestra réplica como para encima asimilar lo que nos cuenta el resto.

Por otro lado, con el tiempo y gracias en muy buena parte a Jorge Javier Vázquez, hemos perdido la capacidad para tomarnos a pecho nada. Y hablo en serio y con la pena que mi embotamiento sensitivo me permite cuando digo que la televisión ha vulgarizado las emociones humanas. Hemos visto ya llorar tanto y quejarse tanto a terceros desconocidos que el agüilla con sodio que brilla sobre unas ojeras rojas y entre unas narices congestionadas nos deja por completo impasibles o incluso contestatarios. “¿Tú por qué lloras? ¿No has visto la tele? Esa está más gorda que tú” o “Venga, anda, cómo te gusta el drama” o cómo decían los niños andaluces a coro griego en los ochenta: “Ya-va-llorá MAN-TE-CA-CO-LO-RÁ” Sólo podemos pensar dos cosas cuando vemos llorar a alguien, la primera es que quiere llamar la atención y adjudicarse el cómodo papel de víctima o la segunda que, sencillamente, se trata de una persona desequilibrada, ya sea crónica o alguien pasando por una crisis de ansiedad puntual. Nunca, jamás, ni remotamente, pensamos en que quizás llora por alguna razón; quizás llora porque sufre. Quizá llora porque le favorece.

Sé que debería dejar lo de Bergman de una vez o acabaré componiendo micropoemas escritos en envases de leche, arrojándolos al contenedor de reciclaje y apoyándome sobre la tapa del mismo, asomada al interior, mirando con nostalgia recién nacida el futuro fin de mi obra literaria entre millones de tetrabricks en blanco, triturándose sin poesía. Pero me interesa de veras saber porqué llorar a los diez años era el fin del mundo y llorar a los treinta es pura neurosis protagónica.

Así que lo que he optado por hacer ahora para arreglar el mundo (ja! Cómo si tuviera conciencia de algo) es preguntar a quien llora por qué lo hace – preferiblemente recomiendo, si alguien desea emularme, no preguntar a desconocidos lloricas de la calle; porque yo lo hice una vez con una tía obesa afable de pelo churretoso, me dijo que había perdido el bus y luego  me robó la cartera – e intentar hablar a la vez con personas con las que en privado hablo distinto. A esto último se le llama adocenar la amistad, es decir, poner al mismo nivel a tu amigo de la infancia, a tu compañero de piso, a un rollete de una noche, a la prima de una amigo menor que ha venido de visita puntual a la ciudad y a tu padre. Todos metidos en la misma habitación con un enorme tupperware llenito de tarjetas de cartulina con diversos temas de conversación y un cronómetro de ajedrez en un lateral. Así y sólo así llegaremos a saber cuál es la personalidad que prevalece dentro de nosotros mismos y cuánto tardará tu padre en tomarse el primer cubata vencido por la tensión, porque si habéis visualizado la imagen, habréis sufrido tanto por él como yo.

Pues eso, conoceros a vosotros mismos y dejad de quererme:

5 comentarios

  1. ¡Qué guapo es Johnny Deep!

  2. Pues yo si veo que alguien pienso pobrecico-a
    ¿que le pasa?

  3. llorando

    quiero decir

  4. Sí, es muy guapo y nosenose eres muy llano y noble.

  5. Joder, Chaplina, que pedazo de dramón Dejad de Quererme. Eso se avisa, coño ya! Ah, y ya que escribo, actualiza, que yo al menos lo echo de menos!🙂

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