Como una tira de cera arrancándose lo más lentamente posible

Una imagen de lo más dolorosa. Los folículos pilosos uno a uno desprendiéndose a la velocidad de una pluma arrojada desde un rascacielos en un día quieto y seco de verano. Un puntito de sangre asomando en cada poro y una lágrima de escozor insoportable mojando copiosamente las mejillas. Sólo una mujer morena lo suficientemente pulcra y eficiente en su depilación como para acabar con el vello de las ingles con cera caliente es capaz de entender a qué me refiero con esta alegoría.

Depilarse ralentizadamente con cera es lo más visual que se me ocurre para ilustrar metafóricamente una ruptura episódica. Es lo mismo cortar con alguien a lo largo de varias citas de debate y extorsión emocional que arrancarte las bandas depilatorias  como si las piernas no fuesen tuyas si no de la mujer que sabes será el inmediato recipiente del pene de tu futurible exnovio.

Lo sé, lo sé, he venido demasiado poética. Al fin y al cabo si hay algo que no tiene que ver con la separación romántica es precisamente la depilación. De hecho son “actividades” que se dan de manera inversamente proporcional. Cuando menos problemas tienes en tu relación, mayor y más pulcro es el nivel de rasurado – en ambos participantes (sí, hablo del amor como si fuese un concurso, hasta este punto hemos llegao) – y por otro lado, cuanto más cerca se encuentra el divorcio más espeso es el nivel velloso. Quiero decir que a juzgar por cómo tengo ahora mismo el pubis mi exnovio debe parecer el sosías de Jesucristo.

Y con esta imagen mía de troglodita que no sabe decir adiós os anuncio que vuelvo. No hay nada como estar en casa. Soltera otra vez, como la primera vez que empecé a soltaros memeces. Tengo muchísima mandanga acumulada en la recámara. Chicas del trabajo que me consultan sobre adulterio y me muestran la vagina, compañeros nuevos de piso que se parecen a Homer pero con olor, mis tetas que han crecido aún más (no hay relación entre las dos anteriores), gente ante la que he hecho mucho el ridículo y que me encuentro fortuítamente, hombres demasiado guapos a los que no me atrevería ni a rozar el codo, posibles amantes que dejan de serlo por llorar con Love Actually, preferir limpiar caca de abuelo a vender tarjetas de crédito por teléfono; en fin, mierda de la buena, a veces hasta mierda literal, como veis.

Hasta entonces, os dejo con Coque, mostrando sin pudor mis bragas de azúcar, porque, hay confianza ¿no?