La venganza de lo público

Acabo de recibir un correo cadena con la foto de un asesino, violador y psicópata; todo en el mismo pack. El texto reza “Que todo el mundo conozca a este hijo de puta”. Por lo visto el engendro acaba de salir del centro de menores y no se sabe en qué lugar de la geografía española se encuentra en la actualidad. El mail tiene la intención de hacer a las niñas familiarizarse con el rostro del criminal para no acabar accidentalmente metiéndole la lengua en la boca en un pub nocturno y que éste la muerda, la escupa y la queme. Es un modo de poner las cosas en su sitio, vaya.

No entro a valorar lo práctico, moral o no que es el texto en sí mismo ni sus funciones, es que el hecho me ha llevado a convenir que dentro de todos los males que se le pueden ocasionar a un ser humano para vengarse de sus actos, por monstruosos que sean, la vergüenza es el principal. El qué dirán de ti públicamente, tu reputación, que tatúen las muros del barrio con tu número de teléfono y un listado contiguo de servicios sexuales o que te llamen “puta” educadamente en tu muro del facebook. Eso es lo peor que te pueden hacer.

Cuando los amigos discuten o las parejas rompen, consecuentemente y casi de manera inmediata se borran mutuamente como contacto en las redes sociales. Es bastante revelador. No se trata de una especie de ceremonia simbólica, de rito funerario que llore la pena de la pérdida de un vínculo. Un cojón. Es que nos da un canguelo tremendo que después de haber roto con alguien el otro se ponga a publicar tus miserias a los ojos de todos; que ensucie tu imagen pública. Que avergüence al pequeño político carismático encerrado dentro de cada uno de nosotros y que sólo vive para alimentar su vanidad.

Es terrorífico pensar que la mayoría de nosotros – y me incluyo, osada yo – que nos pasamos la vida buscando valores más elevados y pensamientos más complejos, que necesitamos encontrarle un sentido a la vida superior a nosotros mismos, tengamos al final problemas de insomnio cuando nos pasa por la cabeza una conversación de terceros sobre cuáles eran nuestras costumbres sexuales más excéntricas o qué tipo de anécdotas traumáticas marcaron nuestra infancia. Porque con los amigos y los novios no hay juramento hipocrático y una vez que la relación se trunca y disuelve tememos que se produzca el mismo efecto que si pinchas una cama de agua, esto es, que todo lo que la relación contuvo se desparrame a la vista de todos, nos moje el culo y haga peligrar por completo nuestra estabilidad hasta hacernos caer o sentir muy muy incómodos. ¿No os ha encantado la metáfora de la cama de agua? Es tan precisa y fresca a un tiempo.

Yo por mi parte he hecho tan mal las cosas, he contado tantas intimidades no remuneradamente y he actuado de modo tan ridículo en innumerables ocasiones que creo que he llegado al punto zen en el cual nada de lo que se diga de mí ni quien lo diga me importa. Quizás esa sea la génesis del ir tan agusto al cuarto de baño (dos o tres veces cada día, sí, señores, soy feliz) y de que ninguna pena me dure más de una semana o más de dos películas de Gene Kelly. A todos los demás mortales que estáis ahora viendo a qué corresponde el cuadradito rojo con un 4 o un 5 que hay junto al icono de la bolita del mundo en el cáustico universo de Zuckerberg, a vosotros os diré algo que me dijo mi hermana hace muchos años y que deberíamos tatuarnos en el antebrazo antes de hacer un discurso en un salón de actos llenito: “Todos somos carne en futura putrefacción”.

2 comentarios

  1. Hum, ¿y es por eso que cierras tu fb o el motivo por el que lo vuelves a abrir..?

    Me alegro de que tus visitas al baño sean constantes. Menos mal que nos lo dices, no podía dormir tranquilo hasta ahora…

  2. Yo sólo he borrado una vez a un “amigo” de mis contactos. Y realmente ha sido por la pena de la pérdida del vínculo. Y porque prefiero no ver si está o no. Ya sabes, esa chorrada tan manida de los ojos que no ven y blablabla.

    Me ha gustado bastante, tu blog.

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