Eso nunca te lo cuentan

Mi historia con Barcelona comenzó a mediados de Junio de 1996. Tenía trece años, acababan de ponerme aparato en los dientes y sufría unas fantasías cerdísimas con mi profesor de Historia. Estudiaba en un colegio de monjas, las Dominicas, y la visita a la ciudad condal había sido organizada por algunas de ellas, contemplando dentro de la ruta: la Sagrada Familia (por fuera), el parque Güell, el Nou Camp (por fuera), Las Ramblas de Catalunya y “El barrio chino” (por fuera). El barrio chino era, según las monjas, el Raval. Señalaban hacía la izquierda y decían susurrando y arrastrando mucho las eses y las erres: “Esssso, essso esss el barrrrrio chino”. El arrastre era una pista para poder deducir que había sexo en aquello. Todo lo que fuera “de follar” era tratado por las hermanas como algo tenebroso, peligroso y casi mítico. Ese hambre canina (de lujuria) distorsionaba en su cabeza la idea de barrio de putas hasta cortocircuitarla dotándolas de superpoderes inútiles; pues cuando preguntabas inocentemente que si “barrio chino” significaba que se trataba de la parte de la ciudad con más tiendas de todo a cien, se quedaban mudas, miraban al frente y seguían su camino deslizándose dos centímetros por encima del suelo, derrapando suavemente sobre su vergüenza autohipnótica.

Nadie te cuenta cuando tienes trece años que El barrio chino es un comercio coital. Te enteras tú después de tomarte algo detrás de la Boquería y tragar el café entre vahos de orín y paseantes como sacados de una fiesta de los Sex Pistols.

Mi siguiente visita a Barcelona fue en Junio de 2005. El año que acabé la carrera de Cine (lo tengo que decir porque sólo me ha servido para eso, para rentabilizar el coste a base de menciones). Un amigo me invitó a la ciudad bajo el pretexto de que estaba enamorado de mí. Luego vine y era sólo una estretegia de marketing turístico. Un poco cruel pero efectivo. Fuimos a un montón de sitios guays que hoy día soy incapaz de recordar y durante toda la visita me di cuenta de que mi interés por el hombre combinado con la falta de interés de él en mí daba como resultado una pérdida sustancial de calidad en mis chistes. Cada salida era amenizada con un monólogo de él sólo interrumpido cuando a mí me daba por jalear o aplaudir emocionada. Querer y no ser correspondido te convierte en una gruppie, te descerebra, pierdes todo poder de seducción. Eres una especie de viscosa y repugnante ameba que se arrastra pidiendo más con pudor infinito porque sabe que no merece otra ración. Pide y se disculpa a la vez, una pena.

Nadie te cuenta que cuánto más te gusta la persona menos disfrutas de su compañía por las espectativas creadas y la inseguridad gestada. Y porque además, tú te sientes con el mismo poder sexual que Danny DeVito.

En uno de mis primeros trabajos en Barcelona, ya viviendo aquí, en Enero de 2009 nos invitaron a toda la plantilla a una mariscada postnavideña. A mí no me acaban de gustar los productos de mar y la gente pija que trabaja como comerciales desalmados me produce ganas de automutilarme; ellos te cuentan su dinámica vital y tú mientras te sacas un ojo, metes el dedo bien en la cuenca y hurgas hasta encontrar el botón de apagado. Allí estábamos y el vino no se acababa nunca. El vino como motor de los discursos cada vez más desmadrados del personal. Durante unos instantes parecía claro que la noche acabaría con la mujer de mi jefe subastando sus bragas entre los acólitos más yogurines del marido. Al final se vivieron varios intercambios de pareja y un uso excesivamente naturalizado del consumo de cocaína. Todos ahí sacando espejitos y enrollando billetes, como si fuera una Gincana temática dedicada a Scarface. Rodeada de aquel clima apocalíptico y bastorro me rondó la idea de que al ser imposible vencerlos – no iba a ponerme a clavarle a cada uno su tenedor en la yugular, con lo pasados que iban ya resultaban graciosos- me tendría que unir a ellos y acabaría muriendo con la cara blanca, “harinada”, porque yo no conozco la mesura. Esto de pensar tan intensamente en la muerte durante una cena de empresa debe ser bastante común, pero a mí me llevó a determinar que:

Nadie te cuenta que los que no nos drogamos no lo hacemos por convicción moral o por exceso de imaginación que llene los huecos, los vacíos existenciales,  sino por miedo a la muerte. Sin más.

*Nota: Alguien me preguntó en formspring qué cosas nadie me dijo y luego me enseñó la vida y sólo se me han ocurrido estas tres. Lo he falseado bastante, es un post lleno de trampas, pero en todo caso nunca será tan malo y fraudulento como lo es la última película de Liam Neeson: Sin identidad. No sé si os dais cuenta de que esto que acabo de hacer es probar veneno para evitar que os mate a vosotros. Chaplina ayudando siempre, vuestra probadora de venenos oficial. Liam Neeson caca.

Bloggin for Columbine

Acabo de ver Blog. Qué bien me ha sentado, de verdad, qué bonita. Ahora os vais a cagar con mi verdadero gusto, desde que dije que Desayuno con diamantes apesta ya no voy a tener mesura de tipo alguno.

Durante toda la proyección no he dejado de pensar en Elephant y en Bowling for Columbine.  Y fíjate que tampoco se ve mucha nuca y ningún seso esparcido aquí, pero oye, no sé por qué me imaginaba que para animar el cotarro el personaje de la presunta lesbiana en ciernes acabaría matando al resto del reparto bajo el lema de “o sois mías o no sois de nadie”.

No pasa muy a menudo, pero en momentos así ser una tía no está tan mal, de verdad. Ni siquiera ser una tía y tener quince años debe ser tan vergonzoso.

Mi adolescencia fue una mierda bastante gorda. El primer beso fue como doblar la propia lengua sobre sí misma y refrotarla un rato hasta la arcada. La primera cita fue para ver La delgada línea roja que, os puedo asegurar, que si hoy día sudo de Terrence Mallick, hace trece años sufrí riesgo de embolia fílmica, de ictus celuloido viendo aquello. Y perder la virginidad… uf, eso fue como una visita exclusiva a las fábricas de Coca Cola y descubrir una rata peluda buceando en un tanque de bebida marrón carbonatada mientras el comercial te sonríe y asiente ralentizadamente con la mirada fija en tu estupefacción. La pérdida de la virginidad supuso que me reuniese con mis amigas, que llevaban meses o incluso años con su campaña publicitaria sobre “el sexo: esa panacea” y decidir si realmente necesitaba rodearme de gentuza así. (Os quiero, en serio, pero me la jugásteis, furcias).

Empecé el día realizando un enema a un muñeco de plástico para un examen práctico de cuidados básicos de enfermería – y yo que pensaba que los cuidados básicos eran poner gasitas mojadas en la frente de niños prepúberes febriles –, lo cual me llevó a pensar nuevamente pero de manera más profunda en lo que supone ser una mujer. Sí, te encuentras sodomizando con un tubo de plástico a una figura simbólica masculina y piensas “Hey… ser una chica, no?, qué movida! Qué poder!”. En la película hablan más o menos de esto, se especula sobre la idea del sexo como herramienta de lucha de la mujer. Al menos esa es la película que se montan las niñas dentro de la película que por supuesto va de otra cosa. Demasiado “sexudo” para unas crías, pero oye, a mí me la han colado bien, eh? Me ha encantado; especialmente la secuencia en la que quedan todas para ver una película porno y surge esa temible incertidumbre que nos ha asaltado a todas alguna vez en la vida mientras mantenemos las piernas bien cruzadas: “¿Pero cómo? ¿Cómo puede caber?”

¿Conclusiones de lo que supone ser mujer? Es muy difícil, tremendamente difícil. Hay momentos en los que estás intentando resultar brillante, competitiva y encantadora mientras ocultas que la gomilla de las medias te está estrangulando la cintura. Esto puede sonar altamente frívolo y llorica pero, en serio, imaginad vosotros tener un montón de tiranteces molestas o, en ocasiones, dolorosas recubriendo vuestro cuerpo mientras sois sometidos a examen y juzgados desde un rasero que no solo mide vuestro talento si no el envoltorio. Las chicas no podemos sudar porque resultamos asquerosas; no podemos hacer según qué chistes porque parecemos zafias y poco femeninas; no podemos beber más de la cuenta porque nos convertimos en grotescas; no podemos estrechar lazos con un hombre sin intenciones eróticas sin que nos tachen de trepas; tampoco estrechar lazos con un hombre con intenciones eróticas porque automáticamente seremos unas guarras y, por encima de todo, no podemos pasarnos de listillas e independientes porque la condena al ostracismo social será inmediata, incluso por parte de nuestro propio género.

Ser una tía es hacer equilibrios barajando un puñetero e ingente montón de ítems a veces imposibles de todos cuantos conforman la personalidad humana, estando abocada siempre al fracaso del “pero”.  Sí, sí, muy guapa, pero es tonta del culo. Sí, sí, muy lista pero es fea de cojones. Sí, sí, muy graciosa pero no me pone nada ese rollo. Sí, sí, qué polvazo pero yo a esa no la llevo a casa de mis padres. Sísisperos a granel hasta la lapidación.

Por otro lado creo que esta educación subliminalmente militar que nos están dando tiene una fuerte ventaja y es que están haciéndonos tan sumamente competitivas y pluscuamperfectas a base de latigazos con la regla del excepticismo en las palmas de las manos que llegaremos, sin proponérnoslo siquiera previamente, así, por puro afán de superación y mero fin de gustar a todos, a dominar el planeta. Las mujeres somos un poco como los chinos. No se nota, no, a la chita callando, pero ya verás ya.

En fin, son pensamientos un tanto estériles, ahora. Pero necesitaba dejarlo sentado para cuando la historia me dé la razón.

Sólo si veis Blog entenderéis a qué me refiero. O no. No, seguramente no.

“Tenemos el ojete saturado”

(Eslogan de una pancarta de Plaza Catalunya exhibida a lo largo de la madrugada del día de reflexión de las elecciones autonómicas y municipales españolas, el 22 de Mayo de 2011)


Yo nací en 1983, a estas alturas de la vida creo que todos los miembros de mi generación y los de las inmediatamente anteriores y posteriores, al menos, ya deberíamos saber de manera meridiana tres cosas fundamentales:

La primera es que si eres un mafioso o un alto ejecutivo ficticio y quieres que cuiden de tu chica para que no te la robe nadie, sabes que en cuanto encomiendes la misión a cualquier pringado ajeno al clan será ese mismo el que pasados 90 minutos te la robe ante tu estúpida geta de estupefacción.

La segunda es que si eres Jessica Fletcher no te andes con rodeos ni parafernalias, el asesino siempre es el que te contrató.

Y la tercera, y no menos importante ni menos obvia es que, una semana de Re-Evolución en todas las plazas del país no iba a evitar que uno de los partidos principales del disfuncional sistema bipartidista arrasase en estas elecciones.

Ahora bien, las tres premisas se corresponden con tres conclusiones bien claras, también:

–          Verás, Bill Murray, quizás si te llevas a tu viaje de negocios sucios a Uma Thurman a que conozca Nápoles y la invitas a cenar a sitios guapos donde pongan los mejores fetuccini de toda Sicilia, ella se sentirá cuidada y pasará totalmente de Robert de Niro, que al fin y al cabo es un soso y sólo hace el amor en la posición del misionero ralentizado.

–          Jessica… Cobra por adelantado, mujer, que siempre te la meten doblada esos psicópatas ricachones y piensa que, que yo sepa, las novelistas sesentonas que resuelven crímenes son autónomas y tú ya estás demasiado talludita para no abrir un fondo de pensiones. Que entre los “simpas” y los best sellers de misterio a un euro, no tienes ni para el Flexoben.

–          En cuanto a ti, ciudadano con derecho a voto en España que tiene ampollas en el culo que reafirman su creencia en un sistema mejor o más perfecto, no me resoples y me vengas con lo de “joder… el PP, qué vergüenza, yo me apeo” y quédate ahí, sigue dándole a la cazuela a lo loco, grita, agítate, patalea, exige, suda y come garbanzos hasta que por fin alguien te pueda asegurar la bolsa, la vida, la chica y el futuro presupuesto para los medicamentos contra los dolores reumáticos. Ni Zamora se ganó en una hora, ni viendo Tele 5 en una butaca orejera y resoplando por lo mal que va el mundo y la de imbéciles que salen por la tele.

Violación de la propiedad emocional

Vaya título más pretencioso para un post tan chorra; es un gesto tan fraudulento que ya sé cómo se deben de sentir los visitadores médicos.

Bien, tengo que hacer un par de revelaciones para limpiar mi conciencia de borrones culturales, de mendacidad cinematográfica, de autoengaños en pro de la estética del carácter y la confección “bonita” de la propia educación sentimental. Allá voy: Desayuno con diamantes me parece una de las películas más estúpidas y autocomplacientes de la puñetera historia del cine. El personaje de Audrey Hepburn ahí es una especie de reencarnación anterior de Boris Izaguirre felizmente escondido dentro de una anoréxica estirada y gilipollas.

Los personajes son frivolones y snobs y se pasan la mayor parte del tiempo comportándose con excesiva consciencia de sí mismos y unas ganas histéricas de hacer el imbécil públicamente. La secuencia en la que George Peppard y Audrey Hepburn desayunan champán y luego se van a recorrer Nueva York a hacer juntos “cosas locas” que nunca haya hecho el otro, dura cerca de quince innecesarios minutos y se ha convertido en la malévola semilla que ha propiciado el nacimiento y asentamiento de Sexo en Nueva York en la cultura contemporánea. Por culpa de esa sucesión de paridas en 1961, ahora la mujer del siglo XXI parece una descerebrada guarrona más preocupada por el modelito bien combinado con el bolso del día y el modo en el que hay que succionar correctamente un falo, que por la jodida vacuidad de su perfectamente sondable alma. El efecto mariposa de la tontería barroca.

Sí, amigos, llevo un montón de años diciendo que Breakfast at Tiffany’s es maravillosa; pero jamás lo he creído. Sólo lo sabía abuelita, cuando la vimos juntas y al final nos partimos el culo abochornadas escuchando a Holly Golightly gritar: “Gato, gato… ¿dónde estás gato? Oh, gato…”. ¿Se puede ser más pava?


La razón de haber mantenido esto oculto durante todos estos años es un misterio incluso para mí. Jamás quise ligarme a un chico que tuviese  en consideración esa película como una de sus favoritas de todos los tiempos – y si hubiese querido ligarme a un chico así, en fin, tendría que haber acompañado mi falsa devoción con el pecho vendado y un par de calcetines bien compactados en la entrepierna -. Me he mantenido firme y fiel a mi engaño durante cerca de quince años y, ahora, con esto de las manifestaciones y caceroladas una no sabe si cruzará por dónde no debe y le darán un golpe en la cabeza que le haga olvidar datos tan nimios y a la par tan cruciales cuyo despojo público es júbilo puro. Sí, lo suelto por si se me olvida accidentalmente. Olvidar que odias algo que has hecho creer que amas; como los matrimonios tras las bodas de oro o cometer erratas tontas en el testamento al redactarlo de pedo.

Por otra parte, me puedo tirar horas muertas criticando a Tarantino y sacando pegas de cada puñetero plano. Los que me conocéis creeréis que le aborrezco. Pues es mentira. No tengo ni un miserable carraspeo para Quentin. Es más, le quiero, le prepararía ahora mismo un cocido maragato y le daría un masaje después, durante la digestión. Sencillamente me molestaba tener que dar la razón a la mayoría. Una nunca quiere que le guste el helado de chocolate, Baltasar o conocer Las Vegas porque es demasiado previsible y adocenado. Pero me pirra ver a Uma Thurman cortando cachitos de cráneo y liquidando chinorris en cuatro o cinco casi imperceptibles gestos. O a John Travolta bailar con esa cara de chulo heroinómano pasadito. O a Robert De Niro pegándole dos tiros a Bridget Fonda a plena luz del día por ser una tocapelotas, así, como el que da un manotazo y dice “joder, la pesada esta”. O a Steve Buscemi diciendo que no quiere ser el señor rosa y al propio Quentin quejándose de que señor marrón suena a señor mierda. En fin, Tarantino es un genio y le quiero de verdad, a pesar de que cada día se parezca más a Eric Stoltz en Máscara.

Ufff, me siento muy bien, eh? PERSONALIDAD REAL YA! o PRY! o Pride!

P.D: Tampoco me gustó nada El viejo y el mar. Lo siento, bob, Hemingway me hace cagar.