Estereo Tipos. Capítulo II

El capítulo de hoy es un homenaje a la década de los ochenta y su influencia sobre nuestros ideales, actitudes y espesor de las hombreras. Debí de dibujarlo uno de esos días en que mi querida compañera la poligonera me hablaba abiertamente sobre lo que yo vine en denominar: “romances de inodoro”, haciendo referencia a que pasaban por su vida sin dejar rastro ni trascendentalidad y a que, por norma general, tenían su materialización dentro de un váter público. Como la visualización de sus anécdotas era práctica y dolorosamente inevitable imagino que me aferré a símbolos de mi infancia, totalmente inocuos o, en su defecto, enrollados para poder pasar el día de trabajo sin llegar a golpearme la cabeza contra la pantalla del ordenador hasta procurarme una deficiencia del 33% de incapacidad que me consiguiera un curro mejor.

Así que Bruce Willis y Spock are in the air; como se puede ver en el siguiente gráfico:

A modo de aclaración, él se llama Elliot y está tomando Tang de naranja, lo de la sombrillita es únicamente por estética hawaiana y porque probablemente haya visto muchas películas de Dudley Moore. Ella es la idea que tengo yo del diseño de vestuario de Star Trek cuya serie televisiva o de películas jamás he visionado, se llama Tricia y en lugar de genitales, ya sabés, tiene un tercer sobaco. Ese giro de guión que la lleva a Ibiza en calidad de drag queen, bueno, es demasiado caprichoso y únicamente está motivado porque posiblemente estábamos aproximándonos a la hora de salida o bien mi compañera había gritado en voz alta algo como: “Pues a mí me encanta que me peten el culo” y, vaya, todo son asociaciones de ideas.

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Lo que quieres de verdad

Hace poco, yendo al centro en el 41, una madre treintañera andaluza explicaba a su hijo de poco más de dos años el concepto de “infinito”. Agitaba las manos en el aire y decía: “Puedes seguir contando pero nunca acabarás de contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce… y después el veinte y el cien y mil y un millón y un millón de millones ¡y sigue! ¡y no se acaba nunca!”. El niño abría la boca atónito y señalaba un árbol y decía “¿Y eso?” y la madre, muy segura de sí misma, respondía: “Eso es un árbol y ahí hay otro y ahí y ahí y donde tú no puedes verlos hay más. No importa cuánto cuentes porque nunca podrás contarlo todo, nunca llegarás al final”. El niño, tras el convincente y vehemente discurso de la mujer quedaba satisfecho y en la parada del parque de la Ciudadella se hacía con su triciclo de plástico duro, agarraba fuertemente los manillares y emocionado pedaleaba ahora sabedor de que por muchas vueltas que dieran sus ruedas nunca se iba a acabar el camino que recorrer.


La madre, que no era ninguna bruja, omitió en su explicación del infinito que aunque todo era incontable matemáticamente hablando, lo que sí tenía un claro límite, lo que por el contrario sí era finito, era la propia vida. Vale que hay muchas hojas de árboles imposibles de contar y que el universo se expande, buena mujer, pero lo mismo daría que todo se acabase de aquí a cien años si yo voy a durar ochenta y aunque dedicase mi vida a hacer inventario de todo lo que se pone delante de mis narices algún día será el contador el que pare. Yo, profundamente deprimida en mi asiento, llegué a la conclusión de que es precisamente el contraste de esas dos verdades lo que nos hace infelices: el concepto del infinito respecto al de la propia mortalidad. Entiendo entonces el por qué el hombre moderno – me refiero a mí siempre que digo “hombre moderno” – puede invertir miles de horas de su vida en acabar de ver teleseries completas o leer bibliografías enteras de autores supuestamente fundamentales, todo con mucha rapidez y ansiedad, para evitar morirse sin ver el final de lo que quedará ahí para siempre mientras uno mismo se pudre.


En la adolescencia es cuando empiezas a sospechar que el tiempo es limitado. Es más, te das cuenta de que en toda una vida – quitando la infancia más tierna, la senectud más inactiva, la fase de la educación a terceros  (esta es optativa) el descanso previo al olvido o las obligaciones vampíricas y a menudo inevitables para la subsistencia – sólo disponemos de veinte años de auténtica fiesta. Veinte años entre los catorce y los treinta y cuatro (cálculo nada científico elaborado por mí misma basándome en la gente que conozco, la edad media de los protagonistas de las series de televisión más exitosas y el hecho de que yo acabo de cumplir veintiocho y me hace ilusión creer que aún me quedan seis años más de tonteo).

Notando entonces de manera permanente, aunque al principio subconsciente, el correr del reloj interno, uno tiene constantemente que decantarse por hacer lo que más le gusta. Tarea harto difícil teniendo en cuenta el exceso de oferta actual en absolutamente todos los campos y la ingente multitud de interferencias a la hora de percibir con claridad qué es lo que tira en serio.

Unos dedican los mejores años de su vida a la formación intensa, detallada y profunda para la realización personal, el éxito y el reconocimiento de sus contemporáneos. Otros sólo quieren acumular sabiduría por el placer de engordar las neuronas con datos pesados que los hagan sentir más seguros dentro de un medio que teóricamente conocen mejor que la mayoría. Otros son hedonistas y comen y beben mucho. Otros son hedonistas y follan, follan mucho. Otros son románticos sedicentes y ponen su vida al servicio del encuentro y la sublimación con un afín etéreo. Otros son muy hedonistas y donan su cuerpo como recipiente de sustancias que conmuevan sin parar su sistema nervioso. Les hay incluso que son epicúreos y creen que lo pueden tener todo a la vez. Algunos van al gimnasio. Algunos manipulan a otros. Algunos odian a todo el mundo y hacen algo al respecto o no. Y hay también los que no hacen absolutamente nada y rezan o abrazan el hábito religioso o se suicidan en un evento programado, depende.

Yo a los 17 años quería ser escritora, vivir en una buhardilla con un mueble bar repletito, conocer a muchísimos hombres fascinantes y no enamorarme de ninguno, tener un hijo y recorrer el mundo con él sin conservar ningún trabajo más de tres meses, que a partir de ahí ya se acostumbra uno y el mundo se hace finito contra su naturaleza. Hoy día me conformaría con un contrato de un año en donde sea, un par de cañas a la semana, una docena de páginas al mes y el hombre al que ya he conocido mejor y amo y quiero creer los contiene a todos. Diría que mañana me viene la regla y es el segundo mes que cobro el paro, así que lo de irme por el mundo con el crío lo dejaré para otra reencarnación porque ya no me da tiempo. Sólo concluyo que después de haber quemado dos terceras partes de mi tiempo festivo y de haberme cagado repetidas veces en el infinito, lo único que me queda es soñar. Y a partir del sueño elaborar alternativas que nunca se cumplirán en esta vida pero que por el poder – este sí insondable – de la física cuántica quizás se estén produciendo en vidas paralelas ahora mismo. Inquietante ¿no? Mi top cinco de fiestas que hubiese vivido – o vivo ahora sin saberlo – si en momentos cruciales de mi existencia hubiese ido a tal evento o hecho migas con aquel compañero o prolongado mi noviazgo con ese otro zagal o no roto mi amistad con aquella loca, serían:

1º Esposa de cineasta. Ciudad: Berlín. Hijos: Cero. El cineasta no tiene ni tiempo ni esperma útil. Ocupación: Poetisa cínica con máquina de escribir Olivetti. Situación emocional: Nada enamorada pero muy millonaria. Ni me planteo si soy feliz, todo lo que deseo es acumular objetos bellos que no sirven para nada más que para hacer bonito.

2ª Soltera pre-vagabunda. Ciudad: Manchester. Hijos: Uno y gestándose. Vivo en una casa okupa y no sé quién es el padre del crío. Todos nos queremos mucho y nuestros principales ingresos son de los vestidos y complementos hippies que vendemos en el mercadillo y que yo misma diseño y coso. Situación emocional: Soy muy feliz, me siento querida y estoy drogada la mayor parte del día. Además hablo mejor inglés que castellano y ya sabéis que el inglés es fundamental hoy en día.

3º Lesbiana misándropa. Ciudad: Madrid. Hijos: “Ni in vitro, chacho”. Después de la carrera de Cine conseguí trabajo como guionista televisiva. Situación emocional: Mi novia me quiere y yo me siento culpable porque sólo soy gay por despecho hacia uno que me rompió el corazón. Vivimos en un dúplex en el centro, así que da igual.

4º Bohemia de miras simples. Ciudad: León. Hijos: Más adelante, seguro. Acabé turismo y estoy trabajando como guía del Camino de Santiago. Mi novio es absolutamente perfecto e irreprochable. Situación emocional: Me aburro tantísimo que a menudo fantaseo con planear mi suicidio de modo que parezca un accidente laboral y nadie se sienta culpable.

5º Heterosexual casada al uso. Ciudad: Budapest. Hijos: Dos, al principio había mucho amor. Ocupación: Mi esposo me ha conseguido un trabajo en un periódico húngaro, cuyo idioma por amor aprendí a la perfección en el primer año de estancia. Tengo la casa como la patena y nos han salido unos niños muy monos. Situación emocional: Aunque me siento muy orgullosa de mí misma y de todos mis logros humanos y profesionales, así como mi conciencia social y mi capacidad de adaptación y para complacer a los que me aman, últimamente no dejo de tener sueños eróticos con un redactor y deseo impulsiva e intermitentemente fugarme con él a Austria y dejarlo todo.

Después de esto entenderéis cuando os digo que cagar bien ya me hace feliz; al fin y al cabo, estoy viviendo la mejor de las existencias imaginables.

P.D: Imaginables por mí.

Fantasías salivares con Sheldon Cooper

Justo antes de ver los dedos de mis pies necrosados por un enero barcelonés poco cariñoso, estrené una miniestufa de alto consumo con aspecto retro y peligrosidad elevada. El paroxismo que experimenté en los primeros minutos de calor artificial me llevó a la compulsiva búsqueda de una sit-com que contuviese un personaje llamativo y antiérotico con las suficientes cualidades paradójicas como para elevar mi libido durante al menos veintiún minutos en la intimidad más absoluta de mi microdormitorio nuevo.

Hace dos años tenía un novio que me intentó demostrar en un sólo visionado cuán absurda y tediosa había sido mi existencia hasta entonces sin haber visto The big bang theory. La aborrecí practicamente a los dos minutos de reproducción. Sheldon Cooper, pensé, mis cojones Sheldon Cooper. Y seguí con Ted, Sawyer, Barney y Desmond (si haces una ensalada con Lost y HYMYM acabas poniendo el listón muy alto).

Esta tarde, mi estufa y yo nos comprometimos a explorar lo despreciado en el pasado, como si las experiencias vividas en los últimos tiempos me hubieran preparado para poder digerir con erupto póstumo de satisfacción las bondades de ese colorista universo que hace apología del manual simétrico del friki contemporáneo ideal. Vi dos episodios al azar y acto seguido decidí que si Sheldon no iba nunca a manosearle un pecho a Penny todo aquello de fingir congralutarme con chistes pedantes, previsibles y calculados era lo más parecido a quedar con alguien en el Meetic tras estudiarte la bibliografía de Houellebecq sólo porque decía en su perfil que le pirraba Las partículas elementales (como engancharte al wow para ligar con un emo, algo así retorcido y bajuno).

¿Por qué nos hacen esto? Ahora todo el mundo trinca en la primera cita o, en su defecto, se mandan un mensaje insinuante vía facebook o, peor, declaran públicamente sus intenciones de coito embrutecido sin pudor (no digáis que no, que eso lo veo yo a diario, incluso en mi propio muro) a la primera de cambio. Ahora necesitamos de la ficción para poder calmar nuestras ansias de romanticismo. Antes la gente entraba en internet buscando porno, ahora o pronto, entraremos en busca de micromomentos bellos, de fragmentos de video donde dos personas se miran con ternura, donde emana la complicidad. En vez de videos titulados “colegiala es sodomizada por maduro con elefantismo fálico” nos bajaremos “Chico tímido descubre el amor enseñando a leer a poligonera con buen corazón e inteligencia emotiva”.

Le hemos dado la vuelta a la tortilla y nos hemos dado cuenta de que el lado de abajo ya se nos había quemado.

Tíos, no quería ponerme sentimental con todo esto, pero si han hecho una película sobre el facebook, ¿qué mierdas cabe esperar de la raza humana?

PESTERA MUIERII o tú qué tienes entre las piernas, pues?

Hace un par de semanas el chico que me acompaña en los momentos más felices y menos remunerados económicamente de mi actual vida entró conmigo en una tienda de ropa femenina de baratillo y connotantes punkis de diseño calculado, me dio un billete de veinte euros y al más puro estilo Richard Gere de barrio me espetó con una sonrisa limpia: “cómprate lo que quieras, nena” y añadió un sugerente: “mira, ahí hay tangas a par por tres euros”. Entre los artículos que el presupuesto me permitió adquirir se encuentra uno que perfectamente podría ser el atrezzo macguffin perfecto para una revisión de la filmografía Hitchcockiana por su malditismo implícito. Se trata del tanga negro con el dibujo exacto del hombre verde – pero en blanco – de los semáforos caminando igualmente de lado pero con las piernas algo más abiertas de lo habitual y una leyenda en mayúsculas que reza bajo el dibujo: “Pestera Muierii”.

Pestera Mueirii significa, no sé aún si en euskera, algo parecido a “Caverna femenina” o eso creo después de revisar las primeras fotos que aparecen en google al buscar el término. Empezamos mal, no me gusta nada tener que señalizar mis zonas erógenas, me parece una falta de respeto doble: hacia la eficiencia y perspicacia de mi amante y hacia la morfología de mis caracteres sexuales. El caso es que desde que poseo esas bragas no he parado de tener pesadillas con rechazos eróticos; parece que mi yo onírico ha comenzado a cobrar entrada por adentrarse en la ruta de mi “Woman’s cavern” y a los otros personajes de mi subconsciente no les ha parecido nada bien y se están rebelando cambiando radicalmente sus roles amables en mis sueños por los diametralmente opuestos de dispuestos empujadores hacia las vías del metro, bebés suicidas incontrolables o abuelas que se cuelan en la cola del Caprabo; todo muy terrorífico pero con una edición fotográfica de gran calidad, no sé si a vosotros os pasa, pero a veces tengo la sensación de que el director de arte de mis sueños debe ser Sven Nykvist o Freddy Young (estas cosas me las curro para parecer pedante, pero en cuanto acabe el post ya se me han olvidado estos dos pavos, es dificilísimo ser una snob cultivada con la memoria de mierda que tengo; esto para el blog mola, pero luego me llevas a un coctail organizado por Nuria Espert y todo serán largos suspiros de bochorno hacia mi flequillo). Hoy, después de tanta pesadilla, todo mi malestar psicológico por culpa de las bragas malditas que, por cierto, no son de mi talla y dado que los regalos no se deben cambiar las uso como adorno de la esquina superior derecha de mi espejo de tocador – para darle precisamente toda la dimensión que se merece al concepto “tocador”– se ha comprimido en la persona de… y aquí llega lo difícil, lo que yo he venido en denominar: “ser de sexo indefinido y humor paradójicamente sexista con el aspecto y el estilismo lo suficientemente ecléctico e inclasificable como para poder ser un secundari@ de Lynch o el primoabuelo hermafrodita tunero del cantante de El canto del loco”. ¿Qué haces cuando tienes que trabajar cerca de alguien así? Sobre todo cuando la gente se dirige a esa persona por un apelativo que puede ser bien un apellido; correspondiente por tanto a cualquier género sexual, o un nombre masculino.

Puede que Conan no parezca una mujer, pero no seamos claros, tampoco parece un hombre

Puede que Conan no parezca una mujer, pero no seamos claros, tampoco parece un hombre

No tengo nada en contra de la ambigüedad, el hermafroditismo o lo que tan de moda está ahora en ese universo paralelo que nos acecha que es tele 5: “la reasignación de género”, pero creedme, esta persona sea lo que sea no es simpática y temo de veras por mi seguridad personal si en algún momento al interactuar con él/ella equivoco la naturaleza de sus genitales con una “a” o una “o” potencialmente mortíferas. Por ello, y sin ánimo de que os acostumbréis a que relacione la primera y la última parte del post he llegado a la brillante determinación de obsequiarle con mis bragas malditas. Es altamente probable, y aquí sí acoto la cuestión, de que si se trata de un hombre, procure ser lo suficiente políticamente correcto como para fingir alguna clase de halago por mi aparente insinuación sexual heteroque traducirá en un comentario sexista en voz alta y quizás una traumática – para mí, y puede que mucho a la larga – palmadita en zona blanda de mi cuerpo. Si es una mujer, lesbi o no, se extrañará bastante y no reirá la gracia en modo alguno, es posible que me tire la Pestera Muierii a la cara, pero me lo tomaría como el confeti bendito de mi triunfo como detective new age. En fin, soluciones absurdas frente a dilemas repugnantes.

Hay que darle alguna clase de cohesión a todo este absurdo, sobre todo ahora que Lost se acaba y la vida cotidiana va a perder un poco más de sentido.

El rumor que quiero que me adjudiquen

No llevo ni tres semanas currando – aunque hace tres que me contrataron, pero me da vergüenza llamarle currar a lo que he hecho hasta ahora –  y ya conozco parte de las truculentas costumbres de algunos de mis compañeros de trabajo, de entre los cuales a muchos ni siquiera sé aún cómo les curva el culo porque jamás les he visto o al menos no de cuerpo entero. A uno de los chicos que entró conmigo le han adjudicado un mote: El Krusty loco. Única y exclusivamente porque tiene el pelo rizado; no se han esforzado demasiado.

Las grandes empresas son como pequeños pueblos de la España profunda. Y cada sector es una barriada. Sabes que hagas lo que hagas acabarás teniendo apodo y se contará una inverosimil, morbosa y/o ridícula historia sobre ti y tu vida privada. En mi pueblo había una chico que a principios de los noventa, viendo con unos amigos los trailers de una película en vhs en un bar, al ver el anuncio de La Mosca, dijo en voz alta The fly, tal y como lo pronunciarías tú si tuvieras ocho años. A partir de ese día todos le han llamado siempre “Teflí” y cuentan que su mujer le dejó porque estando borracho besó accidentalmente a la hermana de ésta confundiéndola con ella. Un apodo estúpido unido a una anécdota tonta. Yo no sé a vosotros, pero a mi Teflí me da qué pensar; no os voy a decir que me deje en vela o shock más de cuarenta segundos seguidos, pero, joder, me produce inquietud.

Javier Escarola lo tiene fácil, nadie se fijará en nada más; el mote y cualquier anécdota de su infancia traumática te lo imaginas tú por defecto en cuanto te lo presentan por el apellido. Va en el lote. ¿Pero qué hay de mí? Sólo me ampara el hecho de la pésima imaginación de la gente que trabaja sentada ocho horas al día. Al menos, por esta misma última circunstancia, nadie podrá meterse con mi culo.

Cómo llevo una semana yendo a currar con una de las sandalias rotas y ando como un pato o como un Jesucristo paródico, vosotros escogeis; espero que usen el dato como base y deduzcan que en mi tiempo libre doy patadas a las paredes para autoflajelarme respecto a mi mala conciencia por ser incapaz de controlar el remolino que se forma en mi simpático flequillo y, consecuentemente, me llamen “La pizpireta psicótica” o “Flequillo rebelde, pie de acero”: abreviado en “Flerrepia” que parece una especie de alga, una enfermedad o un nombre castellano.

Pero no será así, amigos, con la suerte que tengo, seré la “chica Prozac” por mi excesivamente jovial forma de hablar con desconocidos o, simplemente, “la de León”. Es profundamente aburrido y terriblemente injusto no poder crearse uno mismo la leyenda y que tu vida la acaben escribiendo para el público una panda de brujas insulsas o de gañanes afeminados. Vaya… una no sabe cuanto odio concentran las hormonas hasta que no se pone a soltar veneno.

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¿Y qué habéis aprendido hoy? Que no por el hecho de que una persona tenga a Marisol en el mp3 te puedes fiar de ella.

Ensaladas de buffet libre

Si pensabáis que había dejado un tiempo de luto tras mi último horrendo post sobre mis mal escogidas actividades íntimas que me hacían digna de pasar un puente en el infierno de los promiscuos ¡os equivocabáis! Lo cierto es que mi craso error (o graso, según desde qué perspectiva lo miréis) se convirtió en un paradójico empujoncito hacia el amor (aka amore) y ahora estoy de vacaciones en la villa de la alegría y el paroxismo (“paroxismo” es un término que llevo queriendo usar desde hace unos doce años cuando mi santa hermana lo utilizó para publicar un anuncio por palabras en el País de las Tentaciones. Creo, querida, que eres una de las personas más pedantes a la par que divertidas que he conocido jamás, te lo digo tocándome el pecho izquierdo, no porque el hecho me erotice, sino porque lo tengo justo encima del corazón).

Dicho esto, si no he actualizado antes ha sido porque la pantalla de mi ordenador está practicamente muerta, de cuando en cuando reaparece utilmente y se queda unas horas conmigo, lo justo para hablar un rato por el msn, responder algún correo y ver una supravalorada película online, en este caso Un beso a medianoche, que me ha proporcionado unas intensísimas ganas de cagar. Lo peor de todo, aparte de la insulsez generalizada y lo psicótico extremo del personaje femenino es que el protagonista se parecía a mi mejor amigo cruzado con una rata de dibujos animados y creo que mi subconsciente esta noche me la jugará y mañana iré al curro completamente zombie.

¿Chaplina has dicho “curro”? Sí, yo tampoco me lo creo. Tengo un curro de los de madrugar. Es la primera vez que se produce este fenómeno en mi vida. Nunca había tenido un trabajo en el que entrara antes de las doce de la mañana y en el que trabajasen en total más de quince empleados. Ahora me despierto a las 6:30 y comparto espacio con ochoncientas cincuenta personas. Debería estar horrorizada, pero las ensaladas al gusto por cuatro euros que me pimplo cada día unidas al hecho de que uno de los mini-jefes (no es que sea una persona de tamaño pequeño que manda en voz pitufada sino que es un chico de tamaño estandar que manda poco y sobre pocas personas) tiene apellido vegetal. Sí, podéis llamarme infantiloide, pero así soy yo, fácil de contentar, ponme una mesa con dieciocho ingredientes a elegir y un compañero de trabajo llamado Lechuga y seré la tía más feliz del planeta. Además dan cheques gourmet, ¡¡¡cheques gourmet!!! ¡En serio! Jo, llevo toda la vida queriendo trabajar en un lugar donde dieran cheques gourmet; es como jugar a los sims todo; mi matrix particular se está despendolando en exceso; para cuando me desenchufen lo voy a pasar fatal desayunando papillas de bario.

Bueno, no sigo, no tengo nada que contar, aparte del hecho de haberme convertido en una pieza más del engranaje capitalista. Podéis escupirme ya, pero cuando me compre la scooter en septiembre iré veloz como el viento y ningún escupitajo me alcanzará, muajajaja!

¡¿MAIQUEL JOTA FOSS?!

Desde que ceno a diario con un italiano y la tele puesta de fondo noto hasta qué punto la realidad que padezco y disfruto a diario tiene un punto de absurdez casi histérica. Todo lo que antes yo consideraba mi cotidianeidad (es cotidianidad? en serio, deseo saberlo, me pasa lo mismo que con femineidad y feminidad; al final valen las dos y yo siempre me complico la vida y hablando es peor, porque tienes que doblar raro la lengua al poner demasiadas vocales y si no la doblas raro, al menos lo imaginas y la sugestión produce agujetas neuronales; así que cuando tengáis un rato me lo miráis, va?) ahora se ha convertido en una absurda charada.

Todo comenzó con Berto, ¡cómo no! cualquier pobre bendito que entre en esta casa será sometido al ritual de ver el programa, si el horario coincide, o a la proyección de una refinada selección de, al menos, tres o cuatro bertovisiones del año pasado y, a partir de ahí juzgar. Juzgar para ser juzgado, obviamente, no testo el valor de Berto si no la calidad del sentido del humor de la persona que se va a sentar en mi sofá. Esa parte la pasó. Si lo llego a saber le habría puesto El rey pescador para que me dijera que parece un telefilme, como dijeron mis exchurris(guerescos). Su valoración fue: “…este tío es guay!”. Sólo llevaba una semana hablando castellano, así que no está mal, no juzguéis al juzgado juzgando al injuzgable. Cuando unos días después aseveré chulescamente – con el fin de sentar las bases de nuestra relación y que tuviera claro que me paso a los italianos guaperas por el forri de los culloni – que “y además Berto es el hombre más atractivo de la televisión en este país”; después de reirse durante al menos dos minutos cuarenta segundos sentenció: “Tú llevas mucho tiempo metida en casa.” y me miró con recelo.

Al cabo de varias jornadas coincidimos en la cocina a la hora del desayuno. Cogí mis tostadas untadas en margarina y las metí en el microondas para que ésta se deshiciera dejándolas jugosas y amarillas: “¿Qué estás fachendo?” “Caliento las tostadinas para que estén jugosis” (cuando hablo con extranjeros utilizo terminaciones absurdas inconscientemente, quizás sea una forma de rebeldía opositora inconsciente), “Non lo entiendo, ¿todos hacéis así en España? parece pan con pus.”

Ya no he vuelto a comerlas así.

Desde que era un comino comía los spaguetti después de haberlos sometido a un descarnado descuartizamiento sin ninguna clase de piedad. Hasta que no aparecían prácticamente triturados en mi plato no me los metía en la boca. Cuando el muchacho me vio hacerlo con su adorada carbonara me apartó el plato y dijo: “cada vez que pasas el cuchellio per el plato estai insultando todo lo que representto”; esto me hizo tanta risa que, como comprenderéis tuve que enroscar en mi tenedor toda aquella masa en forma de lombrices sin cebeza e ir metiéndomela en el estómago a mordiscos hasta que acabé con el bigote lleno de aceite y huevo batido en una perfecta regresión a la infancia con tropezones.

Otro día, comiendo mi maravillosa pizza al curry – un plato que sólo cocino para la gente a la que amo de veras y para los extras presentes de rebote – veíamos un canal de pago donde proyectaban varios trailers de próximos estrenos. Primero aquella horrible película sobre los caballeros de la mesa redonda, con Sean Connery, Julia Ormond y… “¿Richard Guere? ¿cómo que Richard Guere? No es esforzáis niente. Cazzo…” y, a continuación Regreso al futuro II “Maiquel JOTA Fox!!! mamma mia… Maiquel yei fox is from Cuenca or what?”.

Y sí, me sentí ridícula. Cómo si hubiera dirigido a actores de doblaje durante toda mi vida obligándoles a pronunciar el inglés españolizándolo o fuese la responsable de haber incrustado en El príncipe de Bel Air coletillas de Chiquito de la Calzada o en Will y Grace chistes sobre Julián Muñoz. 

Pongan un extranjero puntilloso en su vida y aprenderán que nada tiene del todo sentido o, al menos, nada es tan serio como parecía. Por otro lado os aseguro que renovaréis por completo vuestra ropa interior de Hello Kitty por algo más propio de una Florinda Chico bulímica (una Florinda Chico bulímica sería Sophia Loren, ¿qué no lo véis?), comeréis siempre caliente (porque la pasta fría es basura), evitará que los salidos del barrio os espeten guarrerizas (españolas) convirtiéndose en su amigo platónico, criticará a vuestros amores mediáticos con un simple: “Ma… qué merito tiene leere un teleprontte?r” y, por supuesto, y esto ya es “marcar de chilena” (ya he visto a los Venga Monjas, Pabler ^^) conseguirá que nunca más os sintáis estúpidos diciendo en voz alta: Maika Yei Fox. Y eso, amigos míos, it hasn’t price, oiga.

“…we all scream for ice-cream!”