Bloggin for Columbine

Acabo de ver Blog. Qué bien me ha sentado, de verdad, qué bonita. Ahora os vais a cagar con mi verdadero gusto, desde que dije que Desayuno con diamantes apesta ya no voy a tener mesura de tipo alguno.

Durante toda la proyección no he dejado de pensar en Elephant y en Bowling for Columbine.  Y fíjate que tampoco se ve mucha nuca y ningún seso esparcido aquí, pero oye, no sé por qué me imaginaba que para animar el cotarro el personaje de la presunta lesbiana en ciernes acabaría matando al resto del reparto bajo el lema de “o sois mías o no sois de nadie”.

No pasa muy a menudo, pero en momentos así ser una tía no está tan mal, de verdad. Ni siquiera ser una tía y tener quince años debe ser tan vergonzoso.

Mi adolescencia fue una mierda bastante gorda. El primer beso fue como doblar la propia lengua sobre sí misma y refrotarla un rato hasta la arcada. La primera cita fue para ver La delgada línea roja que, os puedo asegurar, que si hoy día sudo de Terrence Mallick, hace trece años sufrí riesgo de embolia fílmica, de ictus celuloido viendo aquello. Y perder la virginidad… uf, eso fue como una visita exclusiva a las fábricas de Coca Cola y descubrir una rata peluda buceando en un tanque de bebida marrón carbonatada mientras el comercial te sonríe y asiente ralentizadamente con la mirada fija en tu estupefacción. La pérdida de la virginidad supuso que me reuniese con mis amigas, que llevaban meses o incluso años con su campaña publicitaria sobre “el sexo: esa panacea” y decidir si realmente necesitaba rodearme de gentuza así. (Os quiero, en serio, pero me la jugásteis, furcias).

Empecé el día realizando un enema a un muñeco de plástico para un examen práctico de cuidados básicos de enfermería – y yo que pensaba que los cuidados básicos eran poner gasitas mojadas en la frente de niños prepúberes febriles –, lo cual me llevó a pensar nuevamente pero de manera más profunda en lo que supone ser una mujer. Sí, te encuentras sodomizando con un tubo de plástico a una figura simbólica masculina y piensas “Hey… ser una chica, no?, qué movida! Qué poder!”. En la película hablan más o menos de esto, se especula sobre la idea del sexo como herramienta de lucha de la mujer. Al menos esa es la película que se montan las niñas dentro de la película que por supuesto va de otra cosa. Demasiado “sexudo” para unas crías, pero oye, a mí me la han colado bien, eh? Me ha encantado; especialmente la secuencia en la que quedan todas para ver una película porno y surge esa temible incertidumbre que nos ha asaltado a todas alguna vez en la vida mientras mantenemos las piernas bien cruzadas: “¿Pero cómo? ¿Cómo puede caber?”

¿Conclusiones de lo que supone ser mujer? Es muy difícil, tremendamente difícil. Hay momentos en los que estás intentando resultar brillante, competitiva y encantadora mientras ocultas que la gomilla de las medias te está estrangulando la cintura. Esto puede sonar altamente frívolo y llorica pero, en serio, imaginad vosotros tener un montón de tiranteces molestas o, en ocasiones, dolorosas recubriendo vuestro cuerpo mientras sois sometidos a examen y juzgados desde un rasero que no solo mide vuestro talento si no el envoltorio. Las chicas no podemos sudar porque resultamos asquerosas; no podemos hacer según qué chistes porque parecemos zafias y poco femeninas; no podemos beber más de la cuenta porque nos convertimos en grotescas; no podemos estrechar lazos con un hombre sin intenciones eróticas sin que nos tachen de trepas; tampoco estrechar lazos con un hombre con intenciones eróticas porque automáticamente seremos unas guarras y, por encima de todo, no podemos pasarnos de listillas e independientes porque la condena al ostracismo social será inmediata, incluso por parte de nuestro propio género.

Ser una tía es hacer equilibrios barajando un puñetero e ingente montón de ítems a veces imposibles de todos cuantos conforman la personalidad humana, estando abocada siempre al fracaso del “pero”.  Sí, sí, muy guapa, pero es tonta del culo. Sí, sí, muy lista pero es fea de cojones. Sí, sí, muy graciosa pero no me pone nada ese rollo. Sí, sí, qué polvazo pero yo a esa no la llevo a casa de mis padres. Sísisperos a granel hasta la lapidación.

Por otro lado creo que esta educación subliminalmente militar que nos están dando tiene una fuerte ventaja y es que están haciéndonos tan sumamente competitivas y pluscuamperfectas a base de latigazos con la regla del excepticismo en las palmas de las manos que llegaremos, sin proponérnoslo siquiera previamente, así, por puro afán de superación y mero fin de gustar a todos, a dominar el planeta. Las mujeres somos un poco como los chinos. No se nota, no, a la chita callando, pero ya verás ya.

En fin, son pensamientos un tanto estériles, ahora. Pero necesitaba dejarlo sentado para cuando la historia me dé la razón.

Sólo si veis Blog entenderéis a qué me refiero. O no. No, seguramente no.

Violación de la propiedad emocional

Vaya título más pretencioso para un post tan chorra; es un gesto tan fraudulento que ya sé cómo se deben de sentir los visitadores médicos.

Bien, tengo que hacer un par de revelaciones para limpiar mi conciencia de borrones culturales, de mendacidad cinematográfica, de autoengaños en pro de la estética del carácter y la confección “bonita” de la propia educación sentimental. Allá voy: Desayuno con diamantes me parece una de las películas más estúpidas y autocomplacientes de la puñetera historia del cine. El personaje de Audrey Hepburn ahí es una especie de reencarnación anterior de Boris Izaguirre felizmente escondido dentro de una anoréxica estirada y gilipollas.

Los personajes son frivolones y snobs y se pasan la mayor parte del tiempo comportándose con excesiva consciencia de sí mismos y unas ganas histéricas de hacer el imbécil públicamente. La secuencia en la que George Peppard y Audrey Hepburn desayunan champán y luego se van a recorrer Nueva York a hacer juntos “cosas locas” que nunca haya hecho el otro, dura cerca de quince innecesarios minutos y se ha convertido en la malévola semilla que ha propiciado el nacimiento y asentamiento de Sexo en Nueva York en la cultura contemporánea. Por culpa de esa sucesión de paridas en 1961, ahora la mujer del siglo XXI parece una descerebrada guarrona más preocupada por el modelito bien combinado con el bolso del día y el modo en el que hay que succionar correctamente un falo, que por la jodida vacuidad de su perfectamente sondable alma. El efecto mariposa de la tontería barroca.

Sí, amigos, llevo un montón de años diciendo que Breakfast at Tiffany’s es maravillosa; pero jamás lo he creído. Sólo lo sabía abuelita, cuando la vimos juntas y al final nos partimos el culo abochornadas escuchando a Holly Golightly gritar: “Gato, gato… ¿dónde estás gato? Oh, gato…”. ¿Se puede ser más pava?


La razón de haber mantenido esto oculto durante todos estos años es un misterio incluso para mí. Jamás quise ligarme a un chico que tuviese  en consideración esa película como una de sus favoritas de todos los tiempos – y si hubiese querido ligarme a un chico así, en fin, tendría que haber acompañado mi falsa devoción con el pecho vendado y un par de calcetines bien compactados en la entrepierna -. Me he mantenido firme y fiel a mi engaño durante cerca de quince años y, ahora, con esto de las manifestaciones y caceroladas una no sabe si cruzará por dónde no debe y le darán un golpe en la cabeza que le haga olvidar datos tan nimios y a la par tan cruciales cuyo despojo público es júbilo puro. Sí, lo suelto por si se me olvida accidentalmente. Olvidar que odias algo que has hecho creer que amas; como los matrimonios tras las bodas de oro o cometer erratas tontas en el testamento al redactarlo de pedo.

Por otra parte, me puedo tirar horas muertas criticando a Tarantino y sacando pegas de cada puñetero plano. Los que me conocéis creeréis que le aborrezco. Pues es mentira. No tengo ni un miserable carraspeo para Quentin. Es más, le quiero, le prepararía ahora mismo un cocido maragato y le daría un masaje después, durante la digestión. Sencillamente me molestaba tener que dar la razón a la mayoría. Una nunca quiere que le guste el helado de chocolate, Baltasar o conocer Las Vegas porque es demasiado previsible y adocenado. Pero me pirra ver a Uma Thurman cortando cachitos de cráneo y liquidando chinorris en cuatro o cinco casi imperceptibles gestos. O a John Travolta bailar con esa cara de chulo heroinómano pasadito. O a Robert De Niro pegándole dos tiros a Bridget Fonda a plena luz del día por ser una tocapelotas, así, como el que da un manotazo y dice “joder, la pesada esta”. O a Steve Buscemi diciendo que no quiere ser el señor rosa y al propio Quentin quejándose de que señor marrón suena a señor mierda. En fin, Tarantino es un genio y le quiero de verdad, a pesar de que cada día se parezca más a Eric Stoltz en Máscara.

Ufff, me siento muy bien, eh? PERSONALIDAD REAL YA! o PRY! o Pride!

P.D: Tampoco me gustó nada El viejo y el mar. Lo siento, bob, Hemingway me hace cagar.

La discriminación positiva o cómo tener una película mediocre, incrustarle una historia homosexual y creerte transgresor y sensitivo.

Hay una película altamente insulsa titulada 9 songs donde un chico y una chica jóvenes que se acaban de conocer en una ciudad en la que ambos están de vacaciones deciden encerrarse en la habitación de hotel de uno de ellos para follar como conejos entre tema y tema popi, parando para lavarse los dientes a la vez o hablar de sus respectivos pezones juntos frente al espejo. Ya sabéis, esa clase de conversación tan habitual entre dos amantes recientes: “¿Has visto lo andrógina que soy? Hasta tengo aquí un pelo que parece púbico en la teta izquierda.” Así en esencia pero expresado con imágenes poéticas o, en su defecto, montaje caótico, para que todo resulte muy moderno y a ningún apasionado del indie espectador en la sala se le pase jamás por la cabeza: “pero qué mierda de peli porno con menos genitales y diálogos más largos es esta absurdez?”

El brailerotismo ha llegado.

Yo nunca oí hablar de Nine songs, me la topé un día en el cinetube o alguna página análoga, vi veinte minutos y la deseché en favor de Bruce Willis o algún yanki aún más comercial; cosa que hago siempre que me cabreo con los hijos de Sundance o con Haneke. No puedo decirlo pero imagino que Nine songs terminaba con alguna promesa de amor puro descubierto a través de la lujuria y un “yo contigo, aquí en pelotas me quedaría toda la vida” ¿No te jode? ¡Y yo! Y sin estar enamorada ni nada. Vivir el resto de mi vida en una suite de lujo, yendo desnuda a todas partes y desayunando de buffet libre; de niña imaginaba que el cielo debía ser así.

Ayer fui a ver – ¡pagué por ir a ver! – el remake de Nine songs pero con dos lesbis: Habitación en Roma. Fui con el chico que me gusta – esta expresión es un poco de Primaria, pero cuando alguien nos gusta mucho, tenemos todos trece años otra vez y nos salen granos y salivamos más – con la esperanza de que fuese como fuese al menos podríamos tocarnos un poco durante la proyección. Mi acompañante me confirmó que se erotizó mucho más por sus propias expectativas durante los trailers previos que en el visionado directo de las escenas de cama. Yo siempre he creído que Medem es un coñazo supravalorado que vive de aquellos espectadores afrancesados que son capaces de sacarle partido lírico a cualquier engendro kitsch (según Milan Kundera: “la negación de la caca”) porque ellos mismos tienen el poder de hacerse su propia lectura superior a partir de imágenes siempre, eso sí, bien fotografiadas e iluminadas, mejor que un anuncio de Anäis Anäis. Así, yo ya iba predispuesta a odiar la película.

No me creí nada, ya no sólo lo inverosímil de la historia de amor, sino incluso la atracción sexual entre las dos mujeres. No parece que se gusten mucho, parece que están meramente erotizadas consigo mismas y tienen ganas de un frotamiento clitoridiano, como decía Faemino: “cualesquiera”. Elena Anaya tiene sólo dos registros: “cara absorta”, “cara calentona”. Se ha pasado los últimos tres lustros de su carrera profesional con la boca abierta. Y la rusa no puede ser más afectada y cargante. Ese lenguaje corporal calculado que hace que en ningún momento te olvides de que pegadas a ellas hay un cámara con una erección elefántica intentando mantener el pulso y pidiendo cocaína y afrodisiacos varios por el walky talky a producción a ver si puede caer algo de mambo para él en el set, cuando Medem se ausente a hacer pilates y meditación trascendental durante el descanso.

Esos diálogos mortalmente estúpidos expresados con la cadencia de un ministro en un prostíbulo de lujo, esos ojos cerrados como de meterte en una bañera caliente y hacerte pis, esa ingeniera inventora que viste como un lating king y ese “humor” pueril que ya rebasa la vergüenza ajena y la convierte en grima, me parecen insultantes y muy a menudo bochornosos, peor que los especiales navideños de los noventa con los hombres del tiempo versionando musicales del Hollywood dorado. Peor que eso, en serio, aunque pensaseis que no había nada.

Pero no es eso. No es mi cabreo, es mi decepción lo que pesa sobre los 7 euros con 50 céntimos de la entrada. Me apena profundamente que se base el interés de una historia de amor única y exclusivamente en el hecho de que es homosexual. Me pasó con Brokeback mountain. Hice el ejercicio de imaginar que Jake Gyllenhaal era una chica y la historia me pareció amena pero nada perturbadora en cuanto a la transmisión de sentimientos auténticos; aunque reconozco que ahí al menos sí se sentía la tensión sexual y el rollo “qué ganas tengo de dejarte el ojete como un caldero, truhán”.

Me apena, y quiero dejar esto claro antes de que alguien asevere que debería colgar una etiqueta que rezase homofobia en la entrada, que no se hagan buenas películas de amor sobre la homosexualidad. Todas pecan de buscar una estética divinesca o una controversia suma que venga bien para la taquilla. Yo quiero una historia de amor homosexual en la cual no haya un discurso sobre la homosexualidad, ya es hora de normalizarlo de verdad. Me parece sustancialmente más creíble el amor entre Jim Carrey y Ewan Macgregor en I love you, Phillip Morris que la mencionada Montaña de la espalda rota porque al menos en aquella no existe el momento sorpresa “Oh, vaya, qué horror, se me ha puesto esto duro ya verás cuando se entere mi madre o el panadero”, simplemente son gays, no hay duda sobre eso, se ven, se gustan y se enamoran. No es un historia suave y poética, es una comedieta absurda, pero me lo creo.

Me creo a Whoopy Goldberg – … – enamorada de la amante de su esposo maltratador en El color púrpura y también a William Hurt – a este ya de cabo a rabo (qué sutil soy) – en El beso de la mujer araña. Transmite una mayor complicidad y afecto intrínseco, la relación entre Robert Redford y Paul Newman en Dos hombres y un destino o la de Geena Davis y Susan Sarandon (la misma peli, pero con pechos) en Thelma y Louis; si a mitad de metraje en cualquiera de esas dos películas hubiera habido un silencio con mirada sostenida seguido de un “Me gustas a morir” habrían sido redondas películas de amor entre dos homosexuales.

¿Para cuando algo natural? Un par de personas que se conocen y encajan y lo ves en pantalla por la complicidad entre los actores, la dosificación de diálogos, la puesta en escena, la superación de la adversidad en un conflicto bélico de proporciones ingentes; que en Doctor Zhivago Omar Shariff perfectamente podría haberse enamorado de un ayudante médico cualquiera en lugar de Julie Christie y ya hubiera sido la repolla de peliculón.

En fin, me cago en Medem y sus repetidas operaciones de extracción de costillas para poder llegar a meterse toda la churra en la propia boca. Que todo tiene un tope y cuando oyes click es mejor que pares.

Manteca colorá

De pequeña me asombraba amenudo en los demás y en mí misma esa ingente capacidad que tenemos todos por el hecho de ser humanos de cambiar de registro. Notaba como mi voz, mi tono, sonaban distintos dependiendo de si hablaba con mi abuela, con mi prima, con un profesor, con mi mejor amigo, con mi madre o con el señor que nos enseñaba la churra a mi prima y a mí de pequeñas. No os asustéis, en ese último caso no había tono sino gritos histéricos corriendo despavoridas en el sentido contrario al hombre verde (así se le conocía en el pueblo). No me entretengo más con supuestos traumas sublimados, que nunca he querido parecer tan interesante.

Era incluso gracioso hacer algún ocasional viaje sideral con el fin de auto observarse con toda la objetividad posible contemplando ese más o menos sutil cambio de personalidad. Lo sorprendente era lo difícil que era intercambiar roles en uno mismo. Es decir, hablar al profesor como a tu prima o a tu madre como a un violador potencial. Aunque a menudo pensabas en lo práctico o sencillamente distinto que hubiese sido todo de poder escoger al gusto entre tus tres, seis o doscientos personajes para hacerlos interactuar con cada situación del modo más compatible, adecuado o rentable posible. En casa me decían con frecuencia “¡Así! ¡así tendrías que hablarle a fulanita! ya verás como no se te subía a la chepa” Y, sin embargo, ponía un desmedido interés en hablarle borde y setilmente a Fulanita, pero cuando lo intentaba, Fulanita se lo tomaba como una ironía y se reía un montón con mi mal entendido humor seco. Así fue cómo me di cuenta de que la gente no se queda con tu discurso, con lo que dices, si no con tu tono de voz. Después de un tiempo prolongado de relación, familiar, amistosa, laboral o afectiva, la gente, esa gente a la que queréis, admiráis, aborrecéis o deseáis no os escucha, sólo siente modulaciones en el sonido de vuestra voz; todos estamos extraordinariamente concentrados en nuestra réplica como para encima asimilar lo que nos cuenta el resto.

Por otro lado, con el tiempo y gracias en muy buena parte a Jorge Javier Vázquez, hemos perdido la capacidad para tomarnos a pecho nada. Y hablo en serio y con la pena que mi embotamiento sensitivo me permite cuando digo que la televisión ha vulgarizado las emociones humanas. Hemos visto ya llorar tanto y quejarse tanto a terceros desconocidos que el agüilla con sodio que brilla sobre unas ojeras rojas y entre unas narices congestionadas nos deja por completo impasibles o incluso contestatarios. “¿Tú por qué lloras? ¿No has visto la tele? Esa está más gorda que tú” o “Venga, anda, cómo te gusta el drama” o cómo decían los niños andaluces a coro griego en los ochenta: “Ya-va-llorá MAN-TE-CA-CO-LO-RÁ” Sólo podemos pensar dos cosas cuando vemos llorar a alguien, la primera es que quiere llamar la atención y adjudicarse el cómodo papel de víctima o la segunda que, sencillamente, se trata de una persona desequilibrada, ya sea crónica o alguien pasando por una crisis de ansiedad puntual. Nunca, jamás, ni remotamente, pensamos en que quizás llora por alguna razón; quizás llora porque sufre. Quizá llora porque le favorece.

Sé que debería dejar lo de Bergman de una vez o acabaré componiendo micropoemas escritos en envases de leche, arrojándolos al contenedor de reciclaje y apoyándome sobre la tapa del mismo, asomada al interior, mirando con nostalgia recién nacida el futuro fin de mi obra literaria entre millones de tetrabricks en blanco, triturándose sin poesía. Pero me interesa de veras saber porqué llorar a los diez años era el fin del mundo y llorar a los treinta es pura neurosis protagónica.

Así que lo que he optado por hacer ahora para arreglar el mundo (ja! Cómo si tuviera conciencia de algo) es preguntar a quien llora por qué lo hace – preferiblemente recomiendo, si alguien desea emularme, no preguntar a desconocidos lloricas de la calle; porque yo lo hice una vez con una tía obesa afable de pelo churretoso, me dijo que había perdido el bus y luego  me robó la cartera – e intentar hablar a la vez con personas con las que en privado hablo distinto. A esto último se le llama adocenar la amistad, es decir, poner al mismo nivel a tu amigo de la infancia, a tu compañero de piso, a un rollete de una noche, a la prima de una amigo menor que ha venido de visita puntual a la ciudad y a tu padre. Todos metidos en la misma habitación con un enorme tupperware llenito de tarjetas de cartulina con diversos temas de conversación y un cronómetro de ajedrez en un lateral. Así y sólo así llegaremos a saber cuál es la personalidad que prevalece dentro de nosotros mismos y cuánto tardará tu padre en tomarse el primer cubata vencido por la tensión, porque si habéis visualizado la imagen, habréis sufrido tanto por él como yo.

Pues eso, conoceros a vosotros mismos y dejad de quererme:

Del miedo y de las sienes anchas

Hace casi un par de décadas – y ya me empiezo a poner interesante con el tema de la edad, de la mía, la tuya me es igual; no tengo prejuicios con eso – había una película que sin haberla visto nunca más allá de microfragmentos en trailers televisivos me producía una inquietud y un, por qué no ser clara, asquillo bastante pronunciado. La que se intuía que debía ser su protagonista era una mujer de cara angulosa, labios morados, ojeras negras y espacios laterales de los ojos grotescamente diáfanos.  Ya sabéis, las sienes; esa parte del rostro que en plural suena a ciudad de vacaciones: “¿Dónde irás en Agosto?” “A las Sienes, en la costa azul, ¿y tú?” “Al Tobillo, al sur de la Toscana, en el Monte de Venus no quedaban plazas, está eso atestado de tortis y argentinos” “Ya, de lesbis y pamperos está el mundo lleno”.

Harriet "sienes anchas" Andersson antes del ensanchamiento; ya abstraída más de la cuenta (lo sé, es dificil mirarle a las sienes en esta foto)

Con el paso de los años, descubrí, a través de mi inmersión en el mundo del cine, de la recepción de imágenes de todo tipo de factura, época, género y procedencia – pues yo consumía películas en mi adolescencia y postadolescencia con la misma dedicación que lo haría un becario yonki con las sustancias alucinógenas; pero con más alegría y menos dormir de día – que el título de la dichosa y presumible película de terror con la tipeja de los ojos perdidos entre exceso de carne facial era Gritos y susurros, en realidad un dramón intelectual y elevado. Este hallazgo no me tranquilizó en lo más mínimo, muy al contrario me mantuvo alejada y recelosa de toda la filmografía de Ingmar Bergman al que hasta hace no demasiado consideré un manipulador universal; un genio loco que había dedicado su gris y sueca vida a realizar películas de terror sin concesiones, incitadoras a la desesperación y el suicidio a medio o largo plazo ocultas bajo la cortina de humo de tratarse de “cine para listos” . El fino arte consistía en que tras el visionado de cualquiera de sus filmes la sensación inmediata era de satisfacción plena, un rollo del tipo joder, qué sensible soy, cómo me ha calado de hondo esta mierda sueca y tal. Luego te ibas con unos amigos al campo y dejabas la mirada perdida con la intención de que alguien te preguntase “qué te pasa?” y pudieras soltarle una minibiografía de Liv Ullman y la sinopsis libre de Persona y así quedar como un señor escuchando un grandiso “JA!” interno haciendo reverberación en tu sesera: “estoy hecho de otra pasta”. Con el paso de las semanas una honda tristeza, nunca asociada al visionado snob, siempre a las hormonas, te invade y todo el mundo te parece un poco menos inteligente que tú, sensación que aparentemente puede resultar agradable, ya sabéis, como cuando estás leyendo a Nietzche en el metro y asientes como dándole la razón mientras miras con condescendencia al de enfrente agarrando con fuerza a la pasta dura de su Código Da Vinci. Sí, esa sensación, pero llevada a la histeria. En plan, soy más listo que nadie y, joder, tampoco creo que lo sea demasiado, ¡Dios! ¡qué va a ser de nosotros! ¿Obama tendrá pensamientos abstractos? Luego vuelves a casa y tu novia te empieza a parecer fea porque cita a Karmele Marchante o te pregunta si viste el zapping aquel de El juego de tu vida donde una mujer admitía meterse utensilios de cocina con forma más o menos cilíndrica por diversos orificios de su cuerpo y luego le daba vergüenza decir que el salón de su vecina huele a cerrado.

Pasados tres meses desde que viste “Persona”, decides que vas a dejar el curro porque es alienante y potencia el vaciado del alma. Te quedas en el paro y tu novia te abandona al llegar a casa y comprobar que has destrozado la tele de plasma a banquetazos. Entras pues en un estado de complaciente paroxismo mirando fijamente la pared desnuda de tu salón y viendo como se acumulan en torres de plástico relleno de moho blanco los tupperwares de albóndigas que te va enviando tu madre. Tus amigos ya no quedan contigo porque has redefinido tú solo el concepto de “gilipollas” y en algún momento se te olvida alguna función básica, como beber agua o mearla, así que un día te mueres, bien de sed, bien porque te explota la vejiga. Algo así poético ergo idiota. Una muerte boba pero memorable.

Ese era el plan de Bergman para jodernos a todos.

Sí, antes de ayer vi Gritos y susurros, entera, porque eztó mu loca. Así voy yo, caminando por el lado salvaje de la vida. Sólo os destriparé una parte, el final de las pelis del cabroncete de Ingmar no tiene ciencia – que diría abuelita – así que de eso no diré nada, pero en algún punto hacia el segundo tercio del metraje Ingrid Thulin – la sosías de Belén Rueda en su versión atormentada – rompe una copa de vino, se queda con un trozico y minutos después se lo clava en el chichi. A lo mejor ahora os parece mal que os lo cuente, pero, en serio, yo hubiese agradecido profundamente saberlo para darle al “ff” así a lo loco y ahorrarme el trauma que seguro se ha plantado como una ahora minúscula semilla indigesta en mi estómago y que pronto, como ya os he explicado, crecerá en mi interior y origninará mi muerte por deshidratación tonta.

Pues bien, la conclusión de esto es variada. Primero os diría que nunca os fiéis de la gente con sienes demasiado anchas, seguro que no nacieron así sino que por un exceso de introspección les engordó la masa encefálica y por ende se les expandió a lo ancho el cráneo y van así por la vida, dejando que los rasgos se les pierdan en medio de la cara. La segunda verdad no absoluta, es que todas las películas de Bergman dan canguelo del bueno. Y la tercera y menos importante, por obvia, es que puedes ser el tipo más feliz del mundo y aún así un simple bocata de mortadela revenida es capaz de arruinarte la vida.

De cómo todos merecen ser amados al menos una vez (incluso Adam Sandler)

Y estreno/ensucio el nuevo año con un post regurgitado con alegría e iniciado citando un fragmento de email que me envió recientemente una chica que fue amiga mía en la infancia más tierna – esa niñez de tetas incipientes y sujetadores olímpicos – que reza así: “…Situación temporal y espacial: hora y patio del recreo. Te recuerdo con unas mallas (oh yeah) de cuadros verdes, un jersey gris caído a lo grunge enseñando un cacho de brazo y una libreta pequeña en la mano. Me estabas haciendo una encuesta sobre hombres y una de las preguntas era si me casaría con un hombre que tuviese una protuberancia en el culo.”

Sí, ya sé lo que pensáis, es asombroso lo poco que cambia cierta gente y, por cierto, yo jamás me casaría con un tío que tuviera un pezón en una nalga; no podría dejar de pensar en ello hablásemos de lo que hablásemos cenando fuera del lecho. Cada día que pasa, releyendo diarios de cuando era pequeña o conversando con mis padres, mi hermana y algún amigo añejo, me doy cuenta de que sigo siendo la misma, pero más alta y con más rimel en los ojos. Hace poco estuve unos días enamorada de alguien que me dijo que se veía a sí mismo a menudo, exponiéndose al mundo, como el niño de tres años que una vez fue. Que, incluso, frecuentemente se lleva unos sustos enormes cuando se mira al espejo antes de afeitarse.

Yo llevo unos ocho años sorprendida de tener relaciones sexuales, puesto que me resulta asombroso que algún hombre considere atractivo y deseable este aspecto:

Y, segura y paradójicamente, por eso, nunca conseguiré retener marido; porque en mi fuero interno pensaré siempre “¿este depravado me está tocando las trufitas y no siente vergüenza de sí mismo?”.

A lo que quiero llegar con la nula transformación/evolución de la personalidad y el carácter con el paso de los lustros es a que lo único que hace que lo demás cambie es nuestra percepción de eso, precisamente, de lo demás. A los diez años Michelle Pfeiffer me parecía tremendamente horrenda, los italianos me caían mal y no me gustaba la comida picante. Ahora he llegado a un punto en el cual creo que prácticamente todo me puede atraer durante un rato de manera intensa y sincera, pero efímera al fin y al cabo. La gente desecha conceptos como el amor o la felicidad sólo porque no son permanentes o duran muy poco pero si tenemos en cuenta que todo en esta vida es provisional, incluso la propia existencia ¿qué derecho tenemos a infravalorar las sensaciones que no llegan a durar ni años, ni horas siquiera?

Amo los huevos fritos con patatas y tabasco salpicado por doquier hasta que dejo el plato vacío. Después de eso no vuelvo a pensar en ellos hasta que no pasan unas semanas. Es un amor intermitente o un amor perpetuo pero latente la mayor parte de la vida. Auténtico, al fin y al cabo.

Durante las Navidades, tirada en mi casa mientras nevaba fuera – una sensación de poder acojonante y absurda – me encontré con una película titulada El chico ideal con la pepona blanda Barrymore y el eterno pringado incapaz de asumir su anterotismo flagrante, Adam Sandler. La primera vez que supe conscientemente de la existencia de este último pensé que quizás Ben Stiller no tenía un seguro de vida que cubriese todas las hipotéticas pérdidas que sufriría la industria en caso de un prematuro fallecimiento y habían organizado un macrocasting para encontrar una especie de sucedáneo lo suficientemente parecido como para poder interpretar el mismo tipo de roles pero con un talento mucho más escaso para no ensuciar la memoria del auténtico y primigenio cómico contemporáneo, una vez muerto.

Pasaron los años y Ben Stiller continuó con salud, haciendo su mierda tan bien como sabe mientras Adam Sandler se dedicaba a protagonizar comedias con un marcado y desconcertante lado negro. Comedias que empezaban siendo insulsas y luego se convertían en dramones desagradables para culminar otra vez en humor tontil. Por ello no he podido evitar alimentar mi odio hacía este tío, consumiendo sus engendros cinematográficos con el fin de aborrecerle cada vez más y que un sólo visionado, cada cuatro o cinco meses, de un film protagonizado por él era suficiente descarga de ira. Daba al play y pasados los títulos de crédito disfrutaba de hora y media insultándole; como si fuera de mi familia. Era algo todavía más efectivo para mi estado anímico que Cantando bajo la lluvia – con los años no cambiamos pero sí nos volvemos más sombríos -.

Como os empecé a decir, vi El chico ideal y, todo lo expuesto anteriormente sobre mi repulsión hacia Adam, no sé si por su casi conmovedor parecido a Bob Dylan, se convirtió en ternura. Me lo imaginé en el instituto con su cabeza de huevo y su mirada ovina y pensé que seguro que ni siquiera tenía un expediente brillante con el cual compensar su ostracismo sexual. Que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad, si se lo ha currado escribiendo chistes y cancioncillas chorras para que le quieran – para que le macroquieran, posteriormente – para insuflar un poco de oxígeno dentro del seguro endeble cuerpecillo de su ego anoréxico. Así que después de eso vi Hazme reír, que me hizo cagar, revisé 50 primeras citas– con la fofa, otra vez -, Embriagado de amor – de lo más sobrevalorado que existe en el mundo del indie -, Ejecutivo agresivo – lo de Jack Nicholson no tiene nombre – y, todavía anoche, acabé de ver en una tercera sesión, Little Nicky – de esta no puedo decir nada que no sobre -. En vista de la baja calidad de su filmografía, confirmada de manera certera, pensaréis que ahora debería odiarle más, no obstante le quiero y espero que sea muy feliz y tenga un montón de bebés. Cuando conoces a alguien mejor, especialmente si antes te caía fatal, sólo lograrás perdonarle por respirar. No hay nada como tener unas expectativas penosas para caer bien a la gente vis a vis. Practicadlo. Abriros un blog y decir sandeces. A mí me va guay.

Por otra parte, y perdido mi muñequito antiestrés Sandler, busco nuevo actor de Hollywood al que odiar. Chica no me vale; durante mi pubertad usé a Diane Keaton y por culpa de Woody Allen me salió el tiro por la culata y acabó cayéndome bien, también. Soy demasiado solidaria con mi género, de manera que propongo los siguientes posibles tíos a los que escupir metafóricamente entre las cejas: Giovanni Ribisi – porque aún no he descubierto de quién es hijo o cómo se pueden hacer felaciones de calidad con esa boquita de piñón -, Harrison Ford – porque fue Han Solo y ahora trinca con el guardián de cuentos de la cripta y eso es sacrílego y repugnante -, Hugh Jackman – por llevar la contraria a todo el mundo, que le adora ante mi pasmada mirada – o Jay, el amigo de Bob, el silencioso – suponiendo que tenga una carrera cinematográfica fuera de Kevin Smith y, ya, por cuestiones puramente reaccionarias que no valen un duro y ni me molesto en relatar.-

Si tenéis alguna sugerencia, por favor, hacédmelo saber. Me estoy haciendo una blanda, no del mismo modo en que Drew Barrymore pero…

El día que vi VAGINA DENTADA

No suelo exponerme tanto como para que descubráis que soy idiota pero hace tiempo que me siento mortificada por el hecho de haber visto esta película y necesito compartirlo con el mundo. Antes de nada he de aclarar que era domingo y yo disfrutaba de uno de esos agradables días de depresión (aka introspección) tras mi recién estrenada soltería. Por supuesto había olvidado cuándo tenía que venirme la regla y por tanto yo misma y a través de mi poderosa autosugestión creía que la vida no tenía sentido y que ¿para qué teñirme el vello de los brazos con Andina si al final acabaré muerta de un modo u otro tarde o temprano? Me metí (aka inserté; me gusta el verbo “insertar”) en una página de películas online porque soy asquerosamente pobre y me gusta ir por el lado peligroso de la vida. Recordé que cuando vivía en Madrid elegía mis lecturas por lo sugerente o evocador del título sin mirar reseñas o informarme sobre el autor previamente, dado que me parecía mucho más excitante. Una especie de evolución del concepto “sigue tu propia aventura” elevado al absurdo. En este caso inspeccioné los carteles de cada film y me decidí por este:

¿No os parece sobrio y elegante? Y con ese subtítulo… Dientes: Toda rosa tiene sus espinas. Me asombró que la página de descarga no estuviera saturada por goronanistas (resultado de fundir dos conceptos universales: el morbo de lo visceral y la necesidad del alivio inmediato). Me resultaba más divertida la idea de verme a mí, casta y jovial, consumiendo esta clase de bodrio que el acto de verlo en sí y creí firmemente que tendría el efecto de una ampolla de inspiración ecléctica inyectada directamente en mi psique. Porque incluso deprimida soy enfermizamente optimista.

No haré una sinopsis de la película porque un título como Vagina dentada lo comprime todo – lo comprime hasta amputarlo-. Sin embargo sí me siento obligada a destacar los mejores momentos de la misma, tales como el discurso sobre la virginidad como regalo divino desarrollado por la protagonista al principio del metraje, la cara de su desvirgador buscando un orgasmo y hallando un rasurado fálico definitivo y la obsesión del hermanastro de la chica con el sexo anal. Todo muy simbólico y transgresor; pero una mierda como un piano, por supuesto.

Deseo que hagan más películas como esta para verlas en sesión doble con las de Clint Eastwood. Si veis Vagina dentada seguida de Gran Torino y las mezcláis tendréis un retrato de lo más barroco y completito de la sociedad americana y, además, pensaréis, como piensa mi hermana, que Clint es el tipo más acojonantemente sensible que ha parido EE.UU. Por lo demás, se os quitarán las ganas de hacer el amor durante un mes. Yo, de hecho, no puedo estar cerca de un hombre con los vaqueros a lo Marco Paquetti porque me dan ganas de llorar.