GENTE QUE ES FEA Y NO SABEMOS POR QUÉ: Capítulo V

Deseaba escribir este capítulo desde los ocho años, más o menos. Pero aún reforcé mis ganas desde que se estrenó en España Anatomía de Grey. Ah… la tele, capaz de convertir a cualquier aborto en una figura de culto erótico. La tele con su fotografía tersa-rostros, sus tramas inverosímiles y sus gorritas de cirujano tuneadas. Sí, sólo ese pozo de los deseos para los feos es capaz de hacer de Patrick Dempsey un tío bueno.

Vamos a ver, porque este tema me quema la moral más que a Jean Paul Belmondo en los cincuenta mirando revistas guarras sin poder tocarle el culo a Jean Seberg; esto es, mucho. Patrick, del mismo modo que Paul McCartney, Michael Douglas o (muy a mi pesar) Al Pacino y, en su caso particular mucho más prematuramente, tiene cara de vieja. Sí, es un hecho, tampoco vamos a dramatizar con esto, pero si un día Jose Mota se pusiera malo, Dempsey podría suplirle perfectamente en el rol de Blasa y absolutamente nadie notaría la diferencia. De hecho, es altamente probable que si le colocamos en la cabeza un pañuelo negro de viuda de la España profunda y lo sentamos a la puerta de una casa de adobe en un pueblo de Castilla todos creerán que es Nicolasa, la del Meréndulo y no lo “denunciarán” a España Directo.

La primera vez que me topé con su carita de lechoso atontadito de ojillos conjuntivíticos fue en el peliculón de título beatletiano No puedes comprar mi amor, una clásica comedia teen donde él interpretaba a un sosaínas empollón que ha ahorrado 1000 dólares para comprarse un microscopio o un telescopio o cualquier cosa acaba en “scopio” que siempre otorga perceptiles; pero justo cuando llega a la tienda declina sus metas científicas y se decanta por pillarse a la chica más popular del insti como puta a media jornada. Todo muy romántico.

 

Atención a la pose autocascanuezpotenciapapada del Patrick teen. En principio el argumento parecía asumir que el chico en efecto era un tirillas pringao que sólo pagando podría mojar. Algo verosimil y acorde con la realidad del actor. Pero como sucedía siempre en la década de los ochenta cualquier tío en posesión de dos kgs de gomina es un animal sexual.

El éxito de esta soplapollez – respetando al hermano pequeño del prota, al cual le tocan siempre los chistes escritos por el único guionista no asimiado de la plantilla – trajo consigo media docena o menos de papeles protagonistas para Patrick en films del mismo corte tales como Algunas chicas, Ellas los prefieren jóvenes (y cortitos) o Juntos pero no revueltos , en fin, ya sabéis lo que queda si coges Un americano en París le quitas los números músicales, la ironía de los secundarios y la sonrisa de Gene Kelly; eso, basura vergonzante.

Con el paso de los años, Patrick fue cayendo en el olvido necesario, con su empachante cara de niño enciendepetardoscompulsivamenteyporesolehacegraciatodo. A mediados de los noventa le vi protagonizando un bodrio incómodo cuyo título no me molestaré en reseñar, junto a Lisa Bonet, otro juguete roto pero con un subrayado gesto de suficiencia capaz de hacernos olvidar que es una fracasada.

La cosa es que el tiempo y la falta de talento y de atractivo habían dejado las cosas en su sitio. Pero Patrick debió de ir a un asesor de estética superdotado antes de hacer el casting de Anatomía de Grey. Se dejó crecer la barba, se agenció un corte de pelo digno de Aznar y empezó a beber whiskys para desayunar hasta conseguir esa vejez prematura pero elegante que te hace parecer italoamericano. Gracias a esto el casi nuevo desconocido Patrick Dempsey se hizo con uno de los diez o veinte (no consulto ránkings porque me deprime) hombres más sexys de la televisión internacional. Posiblemente uno de los chicos con menos carisma de la tribu de actorcillos corrompidos de aquella generación chunguísima de la cual se han recuperado Kiefer Sutherland (también por pura casualidad y merecedor de varios capítulos de esta sección, porque la certida Peggy lo vale), mi adorado y muy mencionado Robert Downey jr y quizás Josh Brolin (a este le nombro porque después de tantísimos años ayer me enteré de que era el hermano mayor de Los Gonnies; qué cosas…). Un tío con una flor en el culo sin duda alguna; Patrick, obiamente, Josh sólo tiene una mujer que no se merece.

Si me desquicia el éxito de esta clase de personajillo es porque Molly Ringwald jamás podría hacerse dueña de las fantasías sexuales de los hombres de América sólo con protagonizar una serie de médicos salidos, dejarse el pelo largo y ondulado y barba de cinco días. Molly es el equivalente exacto femenino en cuanto a belleza de Patrick Dempsey y mientras ella se pudre en su casa viendo en bucle El club de los cinco y recordando la época en que fue la reina, el payaso fetoide de Dempsey sonríe de lado (porque tiene la boca torcida, no por voluntad) diciendo en las premieres que: “Bueno… yo sólo me creo que soy guapo cuando mi hija pequeña me lo dice…”. ¡Venga ya! La vida no es ni medio justa.

 

Ponme una nariz pimientera y llámame europeo.

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GENTE QUE ES FEA Y NO SABEMOS POR QUÉ: Episodio IV

He oído que Ricky Mandela va a inaugurar su blog personal y me siento por ello instigada a actualizar el mío, con un recurso facil, claro está, la continuación de la saga de personajes públicos que vosotros consideráis follables y yo me paso por el escroto del que carezco y, por tanto, de manera metafórica y, siempre, por la parte frontal y dorsal del mismo.

Esta semana había pensado en Giovanni Rivisi, pero llegué a la conclusión de que no es lo suficientemente conocido y paso de que me dejéis esto a medio leer para buscar a semejante gilipollas en el Google (el marido de Scarlett en Lost in translation y el hermano de Phoebe en Friends, ya está, ¿véis? ¿a que hubiera sido traumático tanto esfuerzo digital para toparte con tan magna ñorda?), así que me he decantado por uno de los seres más antinaturales y por prolongación a mi parecer, antiestéticos que respiran en el momento actual; quizás la única persona que parece más estática en una rueda de prensa, aunque esté hablando, que inmortalizada en una anuncio de crema facial en papel cuché de revista de oligo-belleza femenina: ella es, por supuesto, Nicole Kidman.

No, no, no carraspeeis, me prometí a mí misma no volver a actualizar el blog con el síndrome premenstrual; mi humor en este momento es excelente, tanto que casi me siento como un chico en vez de como una mujerzuela engreída, despechada, celulítica y con complejo de inferioridad que se siente poderosa escondiéndose tras el anonímato y poniendo a caldo a superestrellas de Hollywood tan a años luz de su triste realidad que ningún alivio en forma de insulto pueda consolarla pero que, no obstante, no desiste de su patético empeño. No, como digo, hoy soy tirando a bastante feliz, no sé si tanto como Nicole, aunque si hubiera que deducirlo por su gesto tendríamos que suponer que su permanente sensación es la de tener ganas de tirarse un pedo, pensar que nadie lo notará, hacerlo y que le salga ligeramente húmedo de manera que sus escrúpulos patológicos le producen asco de sí misma, como se puede ver en este gráfico:

No, Nicole, cuando era una pelirroja pecosa de ojos redondos, bocatajazo y mejillas flácidas jamás hubiera supuesto que hacerse de oro llevaría consigo hacerse de plástico. No tengo nada en contra de las operaciones de las famosas, está genial que la peña tire la pasta embelleciéndose quirúrjicamente, no me parece para nada inmoral teniendo en cuenta que un “completo” (morros, tetas, pómulos, labios, botox, ojos, ¿culo? Ah, no, que el culo ya no se lleva) de uno de estos maxiegos de hollywood puede suponer el presupuesto para abastecer a varios pueblos de ¿Etiopía? No sé, no contrasto datos, no soy una concienciada pies negros, no os vayáis a creer ahora que milito en causa alguna; en cualquier caso seguro que con todo ese pastón se podría poner un pisazo a cada uno de los vagabundos de esta ciudad.

Lo peor, es que no sólo les convierte a la mayoría en gente infiel a sí misma y altamente abominable esto de manipularse tanto el careto como si fueran un pelele del Cirunova (inédito ejemplar de la saga nova) sino que encima llegan al punto de no poder gesticular sin mojar un poco – “cada vez que te sonrío se me relajan los esfínteres”-. Y eso ya no es sólo feo y ridículo, sino peligroso. Porque Nicole podría estar sufriendo un paro cardíaco durante un posado de fotos en el estreno de una de sus películas – una donde haría de hermosa mujer de edad indefinida que sufre el complot de uno o varios de sus seres queridos o allegados para acabar con ella de algún siniestro modo – y nadie notaría la diferencia, ni llamaría a una ambulancia, ni la socorrería, mientras la “chica”, “muchacha”, “señora”… “eso”, guardando con sacrificio kantiano la compostura caminaría hacia el WC para ocultarse de la masa de paparazzi y se desplomaría tras la privacidad de la puerta de los meaderos cayendo con su cara de pepona de diseño dentro de la taza.

Pero no nos vayamos por las ramas. ¿Alguien ha visto Calma total? Pues eso. Que Nicole Kidman es fea, aquí y en la China popular.

 Calma… ¡total!

GENTE QUE ES FEA Y NO SABEMOS POR QUÉ: Entrega III

A lo mejor esta vez meo fuera del tiesto, pero como alarde de absoluta objetividad por mi parte, hoy presento a Sandra Bullock, esa mujer que a todos nos cae como una patada en el culo pero que, cuando nos ataca una de sus melosas producciones un sábado por la tarde no podemos apartar la vista de su espantada mirada de ciborg jovial, a no ser que den alguna otra supermierdición de la Roberts o de Hugh Grant. Los tres feos como monos pero, joder, con el culo imantado sin duda alguna.

Sandra, además de haber pactado con el diablo para que la dejara permanentemente en los 32 años de edad (exitosamente, al contario que Mel Gibson cuando intentó plantarse en los 41 y se pasó una década de entrevistas cumpliendo años hacia atrás… se te ve el cartón, macho, y además lo tienes agrietado, ¿quién te crees que se traga eso, cachondo antisemita…?) es, desde que me alcanza la memoria, el modelo de mujer accesible que todos los hombres ponían de ejemplo en los noventa para explicar con qué podrían conformarse: “Tampoco hace falta que esté muy buena, la tía de Speed valdría para un cumpleaños, por ponerte un ejemplo de mujer accesible de los noventa”.

Comenzó su carrera en teleseries de malamuerte en las que parecía una especie de travelo esquisitamente pulido cual maniquí del zara pero en color carne casi humana. Más tarde aparecería conduciendo una autobús a toda leche (uuuhhh… más de 50 por hora, vaya como se flipan los neoyorkinos; porque era Nueva York, ¿verdad? Con lo grande que es yankilandia y en Hollywood sólo parece existir Manhattan) para intentar ligarse a Keanu bodas rosas Reeves. Después la veríamos emparejada con toda clase de tipos de lo más tristes, como Bill Pullman, un hombre al que si colocas en una sala de espera de la Seguridad Social te inspirará ganas de morir, pensadlo.

 No hagas fuerza, Bill, en serio, no.

También tuvo que besar a Stallone, a Kiefer Sutherland (que aunque ahora todos perdáis las bragas con el prota de 24 lo cierto es que siempre tuvo cara de cerdita Peggy lesbian version) a Chris O’Donnell cuando ya estaba bastante fondón y melifluo cual político conservador americano de principios de siglo; a un tío llamado Harry Connick jr. epítome de la repulsión erótica y al cara pijo prepotente de Ben Affleck, el cual siempre he creído sufre moquera crónica dado que es incapaz de cerrar la boca cuando está callado, circunstancia que te obliga a imaginar una gigantesca flema inundando su cerebro, hecho que, por otro lado, explicaría que haya protagonizado tanta basura a motor.

Tras este puntual repaso de la carrera besucona de la Bullock, habreís deducido que lo que pretendo probar es que el haber sido partenaire de tanto tipo mediocre no es coincidencia. No. Sandra fue diseñada en un laboratorio de Los Angeles, es la primera actriz probeta, mitad ciencia, mitad tecnología; esto es, es un androide de latex con cerebro biónico, de ahí que tenga 44 años pero se comporte como si tuviera dieciséis y a la par se tome tan en serio las escenas dramáticas de sus “comedias” “románticas”. Se creó para poder tener una especie de actriz maestra (entiéndase “maestra” en su acepción de polivalencia, como en una llave, vaya, que hay que acotarlo todo… podíais buscarlo en la wikipedia, también) que no carraspease jamás ante un diálogo besuguero y que se dejase sobar por un coprotagonista carente de carisma y talento.

Sandra Bullock no es la vecinita de en frente, no, básicamente porque si viviera al lado de tu casa o pudieras verla en cueros junto a la ventana serías incapaz de mirarla fijamente sin un fíltro fílmico si quisieras evitar quemarte la retina. Sandra es como un eclipse solar o como Papá Noel o como una lesbiana bonita, buenorra, encantadora y de amable trato con los hombres. Sandra no existe.

Y sí, además, es un androide macho:

 Me vais a decir que sólo lo veo yo, ¿verdad?

GENTE QUE ES FEA Y NO SABEMOS POR QUÉ: Entrega I

Esta semana, como inauguradora de lujo por su proyección internacional – y también, claro está para que los pajilleros acaben enlazando aquí gracias a mis golosas etiquetas… -: ¡Jennifer Love Hewitt!

Sí, es cierto, debí editar la foto y no tirarme tan de cabeza con los flotadores incluídos. Ni siquiera yo puedo evitar echar un vistazo. Pero he de ser fiel a mí misma y evitarme futuros tumores provocados por la frustración de seguir ocultando mi contrariedad respecto al hecho de que este mico sea un sex symbol. ¿Dónde váis muchachos? Hay que ser más selectivos y sobre todo, más elegantes. ¿Es quizás Jenny el producto de las inseguridades masculinas del homo corriente sapiens; esto es, fingir que os parece macicísima una tía que no resultaría tan descabellado que pudiera llegar a acompañaros a la discoteca de vuestro pueblo con su generoso escote al descubierto puteando a vuestros mejores amigos?

En fin, Jennifer Love Hewitt, esa tetuda con la cara de un niño de 9 años con ínfulas de travelo, posee la cuestionable habilidad de comprimir en un mínimo mohín tanta repelencia como sólo un vello púbico en la encimera de tu cocina, un paluego entre los paletos de un anciano o una espinilla verde en la punta de la nariz pueden provocar. Su evidentemente elevado concepto de sí misma ha quedado en las últimas ediciones de su vida pública levemente maltrecho a causa de su terrorífica visión en bañador. No os dejéis engañar por la celulitis, eso no la hace más humana ni tan siquiera más simpática a nuestros ojos, chicas, es sólo un culo made by bollería industrial, no es que la tía sea humorista a propósito.

Su técnica interpretativa se basa en fruncir plásticamente su estrecho ceño mientras grita con los brazos hacía atrás dando vueltas sobre sí misma y gritando: “¡Por qué! ¡Qué quieres de nosotros!” ¡Loca, loca de amor!

Después de varias series melifluas en la televisión norteamericana se dio a conocer con Sé lo que hicistéis el último verano y tras una amplia sucesión de frívolos despropósitos, entre los que se incluye un Biopic de Audrey Hepburn – ¡sacrilegio amiga!; hay que tener huevos, maja. Ya de paso podrías haber defecado dentro de su ataúd – acabó como no podía ser de otra manera; produciendo su propia serie de mierda de fenómenos para anormales: Entre fantasmas. Obra que le ha proporcionado la posibilidad de ser maquillada durante horas, escoger su propia iluminación anti-antierotismo, probar todas las marcas de eyeliner existentes en el mercado y concebir como herramienta dramática el wonder bra. Eres una transgresora, Jenny, sí señora. Pero fea, fea como pegarle a un padre, cuyons!

¿Soy la única que lo ve?

REEDITADO:

Por petición de Steve que sí considera a Jenny una sex symbol y para hacer más creíble este post…

 Oléeeeee….