Medueleaquípuesponteallí

Llevo días en el dulce estado de la negación. Todo el mundo se preguntaba cómo pudieron jodernos así y yo me devanaba los sesos elaborando sofisticadas reflexiones acerca de las respuestas metafóricas y lógicas que invadían la brillante (literal) finale de Lost.

Ya no puedo más, nadie se ha molestado en pagarme nada o agradecérmelo más que con una mirada despectiva o lastimosa alternativamente. El final de Perdidos es una puñetera basura inmunda pero, ¿acaso no son así todos los finales?

¿Quién os ha dicho a vosotros que algo se pueda terminar bien?

Hace poco me decía mi chico favorito (por Dios, el otro día escuché en “¿Qué pijo vive ahí?” usar esta expresión para referirse a un marido y estuve apunto de regurgitar; prometo dejar los snobismos poco a poco según evoluciona el buen tiempo, nunca de golpe no vaya a sufrir una lesión cerebral) que había terminado bien con todas sus exnovias. ¿Cómo es posible eso? Explicádmelo, haced el favor, yo a él no le puedo decir nada porque probablemente rompería la regla y terminaría mal conmigo, aunque dudo que se pueda hacer de otro modo. Si tan bien eres capaz de zanjar una relación, hasta el punto de mantener una amistad pausada y reconfortante con tu ex ¿por qué lo dejas? Me exasperan las medias tintas, cuando matas algo lo más honesto es quemar el cadáver, enterrar las cenizas y mear encima de la tumba. No se puede matar a medias, no se puede dejar un zombie de relación pululando por tu vida hasta el fin de los días. No, eso no puede ser bueno, eso ha de ser contagioso, eso gangrena.

Si Lost hubiese acabado bien, y cuando digo bien, me refiero a correctamente, con todo perfectamente ordenado y gratificante, con todas las preguntas respondidas es altamente probable que la sensación de vacío existencial consecuente nos hubiese arrebatado por completo las ganas de ir a trabajar al día siguiente, de beber cerveza, de respirar, en definitiva. O, peor, hubiésemos pedido una séptima temporada, igual que esos idiotas que vuelven a intentarlo con un ex.

Lógicamente, cuando acabó Lost comencé a ver En terapia; porque necesitaba psicoanalizar y ver psicoanalizarlo todo, para que no me volvieran a pillar y también, igual que hago con los trabajos, con los amigos y con los amantes, porque después de haber vivido una experiencia intensa debes superarla con su antítesis. Todo en la vida debería atender al mismo orden y lógica en la que se disponen en la historia las corrientes artísticas. Si Juanito era funcionario, pacífico y casero, Esteban será monitor de deportes de riesgo, inestable y se pasará la vida obligándome a hacer rafting. Os lo recomiendo como fórmula para poder mantener intacta vuestra personalidad, no empaparos del todo de la ajena.

Yo creo que el gran punto flaco de Perdidos es que Jack es un coñazo de tío. No nos cayó bien nunca y durante estos seis años hemos temido que si la serie comenzó con él con él debía acabar lo cual, aunque nos esforzásemos en ignorarlo, nos acechaba en el subconsciente asegurándonos un final mediocre, tonto o absolutamente ridículo, como ha sido la realidad.

A pesar de que toda aquella magnificencia, aquel saco sin fondo de emociones supremas, aquel manantial infinito del cual parecían emanar todas las respuestas que le daban sentido a nuestra propia existencia haya desembocado en un pulcro y ocasionalmente vergonzante y largo anuncio de cerveza, yo lloré. Yo, que soy más dura que la mirada de Clint Eastwood hacia un lating king, lloré. Así que para mí el sentido de la finale es que al fin y al cabo somos todos unas nenazas ingenuas, que nos creímos todo eso que nos decían de niños: “Cuando seas mayor lo entenderás” y luego no, no lo entiendes, pero que, después de todo y haciendo introspección resulta igualmente grande, aún en forma de patada en el culo, que rondando la treintena (como ronda el espectador medio de la serie) hayamos vuelto a recuperar esa inocencia y ese cúmulo de expectativas imposibles y que, como pasa en la realidad, hayamos madurado de golpe, todos juntos, viendo como solo una cuarta parte del reparto se daba abrazos de tíabuela con sonrisas condescendientes flipadamente reunidos en una capilla. “Cuando llegue el final lo entenderéis todo” y, no, no lo hemos entendido, pero, menos mal ¿no?

Bien, estoy sorda de un oído y no me ubico correctamente en la realidad – he ido a bañarme al mar después de 17 años con mi bikini en el ostracismo – es por esto que este post me ha quedado igual que el anuncio nacionalista del gazpacho. Perdón, sé que como excusa y conclusión es penoso pero, los finales sean como sean, son siempre una mierda porque, coño, se acaban.

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Derrame cerebral

No os ha gustado un carajo mi anterior post, eh? Ya lo sé, era flojo y deprimente. Pero ¿qué presión, no? Esto es peor que tener pareja. Como decía Woody en Sueños de un seductor: “Es imposible que mantenga el mismo nivel todo el tiempo, acabaría sufriendo una embolia”. Hoy he pensado en hablar de los encuentros fortuítos y de esas personas que conocemos en algún momento de la vida, sobre todo en la adolescencia y primera juventud y hacen que luego las películas de los Cohen no nos sorprendan tanto. Poder decir al ver Celda 211 “había un tío en mi barrio que era clavao.”

Cuando llegué a Barcelona soñaba con una suerte de vida bohemia plagada de amistades pintorescas e intercambios dialécticos enriquecedores. Me imaginaba pasando del Marsella al Pipa Club recorriendo a lo largo de toda la noche un análisis exhaustivo de los movimientos artísticos de la historia como alegoría de las variaciones anímicas del ser humano desde la infancia a la premuerte. Subidón, bajón, subidón, bajón, subidón, BAJÓN. Al final de la noche, alguno de mis amigos doblemente inquietos, por su espíritu multivocacional en un lado y su adicción a los psicotrópicos en otro – me ofrecería un poco de Lsd o el ácido que más de moda estuviese en esa estación del año – en primavera lo está petando la quetamina, la mescalina es más de inviernos introspectivos y solitarios – y yo me negaría no sin antes esgrimir un discurso sobre mi tolerancia hacia los drogadictos intelectuales – todo mentira, claro – y mi interés en esperar a los sesenta para empezar a freirme el cerebro y deshacer mis cartílagos – esto último dicho con una sonrisa muy amplia y un pestañeo repetitivo que evocase el más repelente a la par que oscuro candor.

Mis amigos, esos, los del Pipa Club y la absenta, no serían mis amigos realmente, al menos no esa clase de amigo al que le hablas de tus problemas y complejos y a veces le pides dinero para pagarte un aborto, no; serían amigos de los que lucen como complemento estético ante un futurible editor de tus novelas sobre la vacuidad del alma. Amigos que revisten tu imagen de un comercial tono outsider para que parezca que en efecto tienes contacto con el underground y has vivido experiencias intensísimas que han anestesiado por completo tu temor a la muerte y te han arropado con el manto de la incredulidad otorgándole a tus chistes un valor cuasi divino.

Año y medio llevo en Barcelona y he conocido a pocas personas interesantes que  además se desvían bastante del patrón soñado para darle peso a mis escritos. Se resumirían en un peter pan bisexual, una bloguera surrealista, un erasmus priapista y un hippie redimido. El caso es que hace unos meses que creo que no acabaré la novela sobre el corazón encallado porque he ignorado demasiado las drogas de diseño y he odiado demasiado intensamente a la gente que se compra harapos made in Adolfo Dominguez como para darle carisma a uno solo de mis poros. Pero… pero hace mes y medio paseando por las Ramblas un francés trompetista de pelo rubio y rizado que había debido de ganar la rifa de la americana y el pañuelo de Rimbaud, me acompañó pidiendo mi permiso  hasta la altura de Colón hablándome de su desordenada vida como músico callejero, más callejero que musical; luego se despidió dándome su número de teléfono (me pareció fraudulento que un tipo así tuviera movil) y haciendo una encantadora observación: “Bonitos calcetines”. Despertó a la snob que vive dentro de mí y no pude evitar durante todo el camino compartido imaginarnos juntos sentados en un café del Borne a él tocando la trompeta desafinada ante el horror y antipatía del resto de la terraza, y a mí mientras escribiendo frases célebres de Wilde desordenadas sintácticamente con rotulador permanente sobre la mesa. Algo así absurdo y cargante, pero que en una película de la Nouvelle vague quedaría quenipintao.

En fin, iba a quedar con él esta semana, de madrugada al salir de mi nada enrollado curro, pero mi espíritu de conservación se pasa el glamour por el forro de los testículos ante la probable perspectiva de morir empalada por instrumentos de viento. Creo que no compensaría demasiado el intento puesto que tras darle muchas vueltas he llegado al a conclusión de que resulta casi imposible fraguarse un círculo amistoso de pintorescos culturetas, con alma de poeta y aspecto de vagabundo con acceso a ducha semanal; no si yo no estoy tan colgada como ellos. Y aparte de eso, ¿es posible la amistad entre personas permanentemente colocadas? ¿No sería algo parecido a ir a ver películas en 3D siempre con la misma persona, hacer única y exclusivamente eso, ponerse juntos gafas de dos colores y un buen día, al cabo de treinta o cuarenta sesiones de fliparlo en compañía que os saquen de allí y os den una mesa, dos sillas y un nestea a cada uno a ver de qué cojones habláis en cuanto se os pase el mareo?

Chaplina dice NO a las drogas. Ya está bastante loca ella con un par de red bulls a la semana.:

La fealdad está sobrevalorada (por mí)

Dos hechos con sus dos correspondientes breves diálogos definen más o menos el punto en el cual me encuentro; no de la vida exactamente, si no de mi escala de miedos y valores (tó ahí junto; los miedos y los valores, mirándose por el rabillo del ojo a ver quién tiene el abdomen más duro y definido y el mejor gancho de derecha).

Atended, que tiene enjundia. Al menos para todo amante enfermizo de las metáforas o los reproches velados tragicómicos.

HECHO Nº1 – Para que luego digan que los ancianos están chochos:

EXT. UNA CALLE DE GRACIA. DÍA

Francesco Di Nabo Descomunale conduce su ninja a una velocidad inadecuada en una calle peatonal. Lleva de paquete a la Señorita Prozac, hoy visiblemente chutada de sí misma. Van reduciendo velocidad en busca de aparcamiento.

SRTA PROZAC

¿Me bajo ya?

DI NABO

(sonido ininteligible)

La Srta Prozac comienza a bajarse a duras penas de la moto con su falda pantalón afgana, propia del barrio en el que se hayan y que jamás evocó lo que su personalidad es en realidad; pues de haber tenido que llevar algo acorde a su carácter saldría en tanga y con nariz de payaso como único y controvertido atuendo.

Di Nabo acelera antes de que Prozac pise el suelo, de manera que ésta hace equilibrios sobre sí misma apunto de caer en medio de la carretera.

SRTA PROZAC

(en off)

“La palabra “desgraciado” es polisémica”

Junto a ellos pasa un octogenario adorable propio de anuncio de Wherters Original. Nabo se quita el casco y se pone a la altura de Prozac. Octogenario les mira con censura:

OCTOGENARIO

A ver si vamos con más cuidado, porque

has acelerado cuando ella iba a bajarse y

la chica por poco se mata.

DI NABO

Sí… lo sé. Pero ya le dije yo que no se

bajase.

SRTA PROZAC

Pues yo entendí lo contrario…

Y así más o menos es como se resume el final de la relación entre Nabo y Prozac.

HECHO Nº 2 – De patologías contrapuestas.

EXT. PLAZA DE LA VIRREINA. DÍA.

Nabo y Prozac desayunan más animadamente de lo que cabía esperar en una terraza de cafetería. Prozac mira al camarero que les sonríe a ambos atendiendo otra mesa.

NABO

Sigue… sigue mirándole. E totalmente

tu tipo. Por lo pronto, a mí también me cae

bien. Lo apruebo. Si tendrás novio

la próxima vez que te vea, espero

que sea este mismo.

PROZAC

Tú te crees que me lo montaría con

cualquiera con el que tuviera que apagar

y ocultar toda luz del dormitorio hasta

que no se distinguieran ni las siluetas.

NABO

Pues yo credo que sí. Non solo es que

tengas una patología claríssima de

atraczión por los hombres horrendos,

sino que además tienes prejuicios con

los guapos.

PROZAC

Oh, sí… Y eso lo dices porque si tú

estuvieras desfigurado o fueras igual

que un mono, ya te habría pedido en

matrimonio, pero claro… como estás

bueno te mando a cagar.

NABO

Bué… no sería quizás exactamente así

radical. Ma… Creo que tu te conformas

con lo menos pior; mientras yo busco

la perfección; aún subjetiva.

PROZAC

Y así… no nos encontraremos nunca.

NABO

Eccoli qua!

Y esta es la razón por la cual debería empezar a comprar gatos para la dorada vejez de solterona.

No es tan penoso el hecho de no saber lo que se quiere tanto como el hecho de tener una leve idea sumada a la certeza de que uno/una es de tal manera que se construye solo/sola, el laberinto.

De la ficción al set, porque hace falta rodaje.

¿Y a tí…? ¿Cómo te gusta el filete?

La pasada jornada nocturna tuvimos charla trascendental. Un bisexual, un heterosexual y una indefinida prácticamente convencional. Los dos hombres de la mesa defendían la idea de que serían incapaces de yacer de manera cotidiana con alguien que desde el primer día no les “entrase por los ojos”. Este discurso, con el consumo creciente de voll dams se convirtió en un sencillo, pontificador y claro: “jamás me comprometería con alguien que no envidiaran mi amigos.” Yo, personalmente, jamás he seleccionado (que verbo tan nazi, eh?) a mis parejas por lo que pudieran pensar de ellas mi círculo social. De hecho, la mayor parte de las veces, cabría incluso pensar que si lo he hecho ha sido con el fin de que mis novios movieran a la risa de mis amigos, lo cual no deja de ser pintoresco para muchos y lamentable para los dos muchachos que digo me acompañaban en aquella cervecería transformada súbitamente en escenario de terapia de grupo.

“Es que a Marta le gustan los hombres horribles…” dijo el guaperas italiano atusándose el tupé, seguido de un incondicional apoyo argumentado de mi querdio amigo bisex: “Doy fe de ello, empezando por…”, censuro los nombres y descripciones adjuntas que siguieron a esta exposición de mis pasados estados y preferencias sentimentales, ya fueran platónicas o efectivas. Hablaron de mis adorados pasados y presentes como si fueran los candidatos ideales a protagonizar un remake de “Freaks” aka “El pasaje del terror” y me contemplaron con sentida lástima tras la enumeración, culminando el discurso con una pregunta abierta, muy abiera, como las piernas de todas las rubias despampanantes que se habrá trincado el señor Nabo Discomunale: “Por qué, Marta… por qué?”.

Ayer fui incapaz de responder, había dedicado otras once horas a mi nueva vida capitalista y mi coeficiente mental efectivo era de unos 70 perceptiles, sólo era capaz de tragar, asentir o fruncir el ceño. Esta mañana me desperté y cotilleé varios muros facebookianos en busca de respuestas. El muro del facebook es el diario personal sin candado del siglo XXI y me dí cuenta de cuál era la razón, sumamente ingenua y pueril os advierto, de que mis predilecciones afectivas siempre se hayan centrado en individuos de apariencia poco atractiva. Es triste pero… es que los guapos son tontos del culo. Sé que esperabáis una reflexión más sofisticada, pero, nunca aspiré a fundar una religión, chicos. Cuando haces el amor con un feo te sientes a un tiempo diosa y misionera del amor, eres el colmo de la belleza, la inteligencia y el altruismo, un puto pack de perfección. Te dices, “madre mía, qué buena persona soy y que firmes tengo los pechos, este hombre que tengo debajo está a un tris de llorar de agradecimiento.” En cambio, cuando el que está encima de ti es el perfecto aspirante a ilustrar un artículo de metrosexualidad en la Mens health, tu autoconcepto pierde su equilibrio ya de por sí precario a fuerza de visionados constantes de lo que se considera bello o idílico y la única idea que ronda tu cabeza es la siguiente: “Si cambiamos de posición ahora y me tengo que doblar cual contorsionista erótica entregada, cabe la posibilidad de que la antinatural, dolorosa y nada plástica postura deje al completo visionado pornográfico mis zonas menos atractivas, mis cordilleras celulíticas, mi fealdad más oculta y… entonces, la vendida seré yo… shit!”. Sí, shit! en mis monólogos internos me quejo en inglés para remarcar mi ira más profunda.

Los guaperas no quieren hablar de la vida y disfrutar en compañía de alguien afín, no nos engañemos, los guaperas que encima tienen otras virtudes remarcables, son un atajo de prepotentes autofeladores (algo parecido a mí cuando me trinco a un feo) que lo único que buscan es una sumisa aunque hiperactiva y atlética bella mujer que no haya leído nunca un libro porque el tiempo sobrante para la adquisión de cultura lo han dedicado a la adquisición de un vientre plano y unas uñas de porcelana. Lo único que un guaperas listo quiere es casarse con una imbecil a la que sus amigos no lleguen a conocer personalmente nunca pero con la cual tengan fantasias sexuales a diario. Sí, la meta de un macho man es una palmadita de aprobación en la espalda.

Y sí, amigos, he escrito este post lo más rápido que he podido porque si no no me da tiempo de ir al gimnasio a convertirme en una de esas. ¿Os dais cuenta de lo triste que es la vida? Qué vergüenza me doy a veces.

misioneras del amor o…

…esclavas de la tonificación.

P:D: Creo que siempre escribo el mismo post.

¿UNA SOLA?

La soledad. La soltería. La independencia.

Recuerdo haber sido un poco Diego Peretti en “No sos vos soy yo”. No hay personajes femeninos en la historia del cine que reflejen esto. Creo que alguien debería hacer algo al respecto. Todas somos un poco ácidas, estamos un poco hartas y tenemos las mismas ansias de reafirmación y de mala leche. Yo me parezco mucho  mas a Gregory House que a Bridget Jones. No sé vosotras…

Ju, cada vez parezco más una reseña de entrevista de estrella de Hollywood elevada, macho. Qué alguien me de un tranquimazin, por favor.

De culto

Lleva años, décadas, usándose alegremente esa expresión y creo que ni el que la patentó sabe muy bien qué quería decir. ¿Qué es una obra de culto? Si Cantando bajo lluvia es un clásico; Trenes rigurosamente vigilados no la conoce ni ruton y Blade runner es una película de culto; entonces, la definición de “de culto” es una película, por ejemplo, no excesivamente famosa y que sólo la gente “lista” sabe apreciar. De manera que la expresión “de culto” es posiblemente una de las de mayor connotancia fascista inconsciente de todas cuantas se usan alegremente a lo largo del día. De hecho, Amelie, película de culto durante los primeros meses posteriores a su estreno ha acabado por convertirse en un film comercial y odioso a pesar de no haber sufrido modificación alguna en sí misma a lo largo del tiempo, pero claro, a todos los intelectualoides que pueblan las salas de cine en V.O.S. les horroriza sobremanera que lo que a ellos les hace llorar también conmueva a los garrulos, kinkis y corticos  de su barrio.

Hace no mucho leí: “Dos en la carretera se convirtió en una película de culto incluso antes de su estreno”. ¿Qué clase de pollez significa eso? ¿Antes todavía de haber conocido el producto los guays de la meca ya hablaban sobre lo profunda y poco atractiva que estaba Audrey y el rollo indie que le otorga a todo lo que hace Albert Finney? ¡Venga ya! El snobismo es un cáncer con el que todos deberíamos luchar antes de ser gangrenados por completo y convertirnos en una ingente panda de “posers”, de manera que propongo que la expresión “de culto” se erradique de nuestro lenguaje o, en su defecto, que sea siempre acompañada de una coletilla explicativa:

– Buffalo ’66 es una película de culto, quicir que es bastante lentica, sale gente fea y casi nadie la ha visto entera nunca, además salen planos raros y es pretenciosa hasta la nausea…

– Ah, bah, ya te he entendido. Es una peli para gilipollas metafísicos.

– Sí, sí, ideal para cuando te apetece llorar sin motivo por culpa de tus desasarreglos hormonales.

– Ajá, ¿una escusa barata para poder fingir que tienes más calidad humana porque acabas con dolor de cabeza de hacer pucheros?

. Uy, sí… Con lo único que estoy deacuerdo de El guardián entre el centeno es que la peña que llora en público con un melodrama ficticio luego coincide que son los mayores hijos de puta.

– Madre del amor hermoso. ¡la expresión “de culto” se inventó para fomentar y a un tiempo maquillar la maldad en el mundo!

– Dios, tienes razón, ¡hagamos el amor!

Perdonadme, todas mis explicaciones con una ejemplificación de lugar común han de acabar con una conclusión erótica compulsiva, sino no sería yo, ¿qué pasa? ¿no os ha gustado? Mejor, mejor, este es un blog de culto.

DÍA DE REYES

Este ha sido mi regalo de Reyes: un cachito de mi infancia. Digas lo que digas mamá, yo creo que sí fui un niño, un niño muy salao y con pichi, pero un niño al fin y al cabo.

Le he puesto música de Amelie para feminizarlo. El regalo es para mí no para vosotros, claro. It’s my party and i cry if a want to: