Estereo Tipos. Capítulo II

El capítulo de hoy es un homenaje a la década de los ochenta y su influencia sobre nuestros ideales, actitudes y espesor de las hombreras. Debí de dibujarlo uno de esos días en que mi querida compañera la poligonera me hablaba abiertamente sobre lo que yo vine en denominar: “romances de inodoro”, haciendo referencia a que pasaban por su vida sin dejar rastro ni trascendentalidad y a que, por norma general, tenían su materialización dentro de un váter público. Como la visualización de sus anécdotas era práctica y dolorosamente inevitable imagino que me aferré a símbolos de mi infancia, totalmente inocuos o, en su defecto, enrollados para poder pasar el día de trabajo sin llegar a golpearme la cabeza contra la pantalla del ordenador hasta procurarme una deficiencia del 33% de incapacidad que me consiguiera un curro mejor.

Así que Bruce Willis y Spock are in the air; como se puede ver en el siguiente gráfico:

A modo de aclaración, él se llama Elliot y está tomando Tang de naranja, lo de la sombrillita es únicamente por estética hawaiana y porque probablemente haya visto muchas películas de Dudley Moore. Ella es la idea que tengo yo del diseño de vestuario de Star Trek cuya serie televisiva o de películas jamás he visionado, se llama Tricia y en lugar de genitales, ya sabés, tiene un tercer sobaco. Ese giro de guión que la lleva a Ibiza en calidad de drag queen, bueno, es demasiado caprichoso y únicamente está motivado porque posiblemente estábamos aproximándonos a la hora de salida o bien mi compañera había gritado en voz alta algo como: “Pues a mí me encanta que me peten el culo” y, vaya, todo son asociaciones de ideas.

Ponerle ojitos tiernos a tu propio clon o incluso zumbártelo*

*Esta entrada contiene una elevada cantidad de spoiler a lo loco.

Anoche vi de nuevo La isla (2005), una película de ciencia ficción que relata la historia de un escocés flipado y una rubia pechugona que descubren que son clones de millonarios, meros recipientes de futuros órganos a donar. Y, les parece muy mal todo. Pero mal atónico, mal de que dices “hostia, en serio soy un clon? ¡pero si mi abuela me daba bizcochos!” y Steve Buscemi te contesta: “es el mismo implante de memoria infantil que tenían todos, nena” y tú dices “Ah, bueno, si protagonizo anuncios de Calvin Klein lo de la abuela es superfluo. ¡Guala! ¿Qué es eso? ¿Una serpiente?”. No me entendáis mal, a mí La Isla me parece relativamente entretenida, pero hace aguas por todas partes y el personaje de Scarlett Johansson es tremendamente ovino pero, claro, ¿qué le puedes pedir a un clon?

Y  aquí está la cuestión: ¿qué le puedes pedir a un clon? O mejor ¿Qué le pedirías tú a un clon? Mi momento favorito de la cinta se produce cuando Ewan Mcgregor se encuentra consigo mismo y descubre que su yo original es bastante gilipollicas, diseña barcos y es potencialmente hepatítico por, según dice, su agitada vida sexual en el pasado; vaya, es un fantasma el tío. Charlan animadamente, Ewan clon cree que Ewan’s original le ayudará a descubrir el pastelón de la fábrica ilegal de seres humanos – te acaba de conocer y ya te mete en un marrón- y al cabo de un cuarto de hora el original está apuntando al clon con un revolver yendo en el coche a 250 por hora. Hay gente que no sabe amenizar una velada sin jugar a la ruleta rusa 2.0.

Amenazar de muerte a tu propio clon, no hombre no, eso no son maneras. Bueno, yo entiendo que todo es razón de contexto, si llama a mi puerta una tía exacta a mí y me dice: “oye, mira, que al final lo de darte mi hígado no puede ser, pero si te hace puedes participar conmigo en una trama conspiratoria que pondrá en peligro la vida de ambas.” Yo, si mi soplo al corazón no cede a la tensión y me mata antes, me echo de casa de una patada en mi lindo trasero, y ni un café me preparo. Pero, ¿qué pasa si te llega tu clon y es como tú pero mejorado? Y no digo mejorado de hacerte coger complejo de inferioridad – sentir envidia de uno mismo; Freud se lo pasaría en grande con esto -, si no mejorado de decir: “vaya ¡pero si soy un bombón”. Os ponéis a conversar y tenéis los mismos gustos e inquietudes, realizáis razonamientos elaborados idénticos sobre vuestro estado de ánimo, vuestras aspiraciones y emociones y acabáis las dos eufóricas por la conexión y química existente entre tú y tu duplicado y, en consecuencia, por instinto y por la pauta social que se ha arraigado en tu conducta a lo largo de la vida, no puedes evitar empezar a tontear. Todo fluye de maravilla, hay una empatía absoluta y te gustas mucho. Llega entonces el momento de tocarle la cara a tu clon a ver qué se siente y porque la situación te lo pide a gritos (esto es muy “Consejo Cosmopolitan”). Acto seguido esgrimes una sonrisa boba y un comentario que con cualquiera que no fueras tú misma haría que te sintieras avergonzada: “Mmmmhhh… qué suave”.

¿No parece de una evidencia meridiana que acabarían enrolladas esas dos pavas? Es muy “Annäis-Annäis de Cacharel” todo esto.


Así que tumbada en la cama, mientras le pegan un tiro a Ewan Macgregor hepatítico, promiscuo y original; yo sentí pena por el fin de un romance que nunca se gestó. De tal modo que no pude evitar decir en voz alta: “Pues yo me lo haría con mi clon a ver qué se siente.” Hubo un largo silencio reflexivo y a continuación un: “Sí, sí, menudo morbazo.”

Puede que esto roce el narcisismo patológico pero sólo es cuestión de analizar el concepto.  Todos nos pasamos la vida pensando que tenemos sentido del humor, buen gusto, que besamos bien y que practicamos un sexo oral de primera. Como la autocrítica es un tema dificilísimo y, por el contrario, ponerse de acuerdo con alguien que literalmente “has encontrado en la calle” es prácticamente imposible, ¿no sería el nirvana de las relaciones pillarte una casita de campo a pachas con tu doble exacto y pasar la vida en una balsa de aceite sin discusiones y con un sexo simétricamente preciso? Nunca tener que decir “no, ahí no, ahí, ahí, ¡ahí!”, porque no hace falta.

Después de estoy tengo la absoluta certeza de que si existe una dimensión postvital tras la muerte y sirve de algo haberse portado más o menos bien en la estancia en la tierra, el paraíso debe ser algo así. Tú y tu alma gemela (gemelísima) flotando en la estratosfera en un sesenta y nueva eterno.

Actriz oscarizada, actriz cagada

No sé qué me ha pasado este fin de semana con José Coronado, pero por fuerza ha de ser la clave para haberme acordado luego de Natalie Portman y las mierdas que está haciendo así porque sí. Estaba viendo La vida mancha y pensando “madre mía Coronado, madre mía, esta noche vas a hacer un cameíto en mi intensa vida onírica, sí señor, sí, eso sí que son entradas sexys, sí, válgame!” y acto seguido me comuniqué a mí misma la posibilidad de que en otro punto del planeta un chico canadiense de 28 años estuviese tirado en la cama viendo Mamma mia y pensando: “mother of mine, Meryl Streep, mother of mine, tonight you are going to make a Little cameo in my intense oniric life, yes sir, yeah, these are a really sexy moves of hips, yeah!,  “worth me”!”. Idea que se desvaneció instantáneamente ante la pasmosa evidencia de que si un tío de veintitantos está viendo Mamma mia, solo en su habitación, posiblemente no le guste Meryl Streep ni nada que tenga vagina. Así que me quedé con la idea de Meryl rechazada por un homosexual y luego, con la más simple, Meryl rechazada porque esta mayor. Después me vi Anita no pierde el tren que aunaba mujer madura enamorada y relativamente estupenda y mi primera sensación del día: “Coronado, sí, por favor”.

Más tarde estudié la idea de las actrices de más de cincuenta que aún tienen rollo y evolucioné hacia la de que no es la edad avanzada lo que las hace perder fuelle. Vi el tráiler de Amor y otras cosas imposibles (cágate) y recordé aquel minirepor del telediario donde afirmaban que todas las actrices oscarizadas de los últimos años habían sido posterior e inmediatamente rechazadas por su pareja. El poder y el éxito han hecho tanto daño al atractivo de las mujeres como los anuncios de higiene íntima para pérdidas de orina y los laxantes o productos contra la flatulencia, cuyos spots siempre están protagonizados por tías. Se nos acusa de tener gases y de triunfar en la vida, no hay manera de tenerles contentos, no. Continuando con el tema – siempre sin abandonar a Coronado subliminalmente; pasarán décadas antes de olvidar el Activia – me descargué las filmografías de las últimas diez féminas galardonadas:

Marion Cotillard justo después de interpretar a Edith Piaff participó en esa meadilla en clave de fa sobre la tumba de Fellini que es Nine. Una mierda bastante grande llena de bombillicas de muchos vatios que hace parecer indigno al mismísimo Daniel Day Lewis. Sandra Bullock, tampoco defraudó a nadie, llevaba toda su carrera haciendo mamonadas, así que resulta altamente coherente que recogiese el Razzie a la peor actriz del año unos días antes del Oscar del 2010 por la pesada y conservadora The blind side; luego ha seguido con sus comedietas de demasiado eterna treintañera. Helen Mirren, la reina, incapaz de renunciar a su imagen de sex symbol mega-talludita hizo junto a Joe Pecsi, Love Ranch de la cual se dijo: “Si una película sobre la prostitución puede ser considerada antierótica, entonces ‘Love Ranch’ lo es”.  Reese Witherspoon se lleva la palma de insultantes pastelones sin puto sentido:  Ojala fuera cierto, Como en casa en ningún sitio o la más reciente y deplorable: ¿Cómo sabes si…? En su caso da la impresión de que ya sólo pensase en los libros de historia del cine del futuro en los cuales figurará en buen lugar; sea como sea, sus nietos nunca dirán “Abuelita y tú por qué hacías tanta basura de joven? Tampoco necesitábamos una mansión para el perro, ¿sabes?”. Hilary Swank debía sentir nostalgia de los tiempos del Nuevo karate kid y después de dejarse el cuello con Clint Eastwood para ganar la segunda estatuilla la cagó con Postdata: te quierouna peli que es caca pero ni yo denostaría una semana antes de la regla – y el bodrio tedioso terrorífico La cosecha. Reconozco que Charlize Theron, oscarizada en 2003, ha hecho cosas respetables desde entonces… sino fuera por ese larguísimo anuncio futurista de Loreal titulado Aeon Flux. Nicole Kidman, ¿qué os puedo decir? Ya sabéis que la odio con toda la fuerza de mi alma, pero siendo objetivos y dejando eso a un lado, lo cierto es que ya hace años que Nicole fue reemplazada por un ciborg en fase beta y aún no han acabado de encontrar el modo de crear en él más registros faciales que el de “mohín sensual” y/o “mirada de loca”.

Ahora Natalie ha hecho una peli con Ashton Kutcher, ese hombre que haría auténtica carrera como chico de calendario si hubiese un gremio más amplio de camioneras en el mundo, una comedia romántica-tóntica: Sin compromiso. Además de la peli con niño y con Lisa Kudrow. Esto prueba que las compensaciones kármicas existen y nadie, ni siquiera la niña de Beautiful girls pueden escapar de ellas.

Ah, se me olvidaba Kate Winslet. Qué despiste, ¿no? ¡Pues claro que no! Kate es irreprochable, no ha hecho absolutamente una sola cagada en toda su filmografía y, de hecho, sólo por ella deberían crear una nueva categoría en la ceremonia, algo así como The Beatificator Oscar for a life dedicated to the pluscuamperfection. Te amo Kate Winslet y siempre lo haré.

La conclusión final de todo esto no es ninguna, como siempre, o son todas, como siempre. Yo diría, porque si no esto va a quedar flagrantemente cojo, que a no ser que seas Kate Winslet, si algún día te dan el Oscar, ve a la ceremonia, recógelo y acto seguido desaparece del mercado, bórrate, o como a los modernos les gustará decir: Salingerízate*. Es la única opción.

*Salingerízate.

Porque él nunca habría hecho un anuncio de yogur para cagar bien.

Estereo Tipos I

estereo-.

(Del gr. στερεο-).

1. elem. compos. Significa ‘sólido’. Estereografía, estereoscopio.

tipo.

(Del lat. typus, y este del gr. τύπος).

1. m. Modelo, ejemplar.

2. m. Símbolo representativo de algo figurado.

(…)

8. m. Persona extraña y singular.

En los cerca de ocho meses que pasé vendiendo tarjetas de crédito por teléfono elaboré un plan de fuga tan sofisticado y paciente como el de Tim Robbins en Cadena perpetua. Mientras él iba escavando gramito a gramito un tunel hacia la libertad, yo, entre llamada y llamada dibujaba viñetas estáticas cargadas de ira. Igual que Tim un día consiguió irse a aquella isla con Morgan Freeman – yo no quiero cuestionarme esa relación, pero en fin,  no me pasaría varias décadas escavando con una azuela para pasar la jubilación puliendo una barcaza en un paraíso natural mientras Merryl Streep me da el coñazo, a no ser que Merryl Streep sea para mí lo que Cristiano Ronaldo para la hermandad mundial de poligoneras -, yo acabaría un librillo de ilustraciones críticas (a no se sabe qué) que vendería muy bien en las estaciones de metro y me permitirían dejar el call center tan alegremente como el que se saca un módulo de manualidades subvencionado por el estado.

Al final me echaron en Navidad por no vender un clavel y ahora estoy cobrando el paro. Aquí os dejo el primer capítulo de la serie que nunca vio la luz:

ESTEREO TIPOS. Capítulo 1: Estrellas sedicentes

Y, a modo de obsequio por primera entrega, un spin off de Drew Barrymore – suponiendo que ésta compartiese piso con Rancia de Luxe en un imaginario surrealista post-universitario -:

Lo que quieres de verdad

Hace poco, yendo al centro en el 41, una madre treintañera andaluza explicaba a su hijo de poco más de dos años el concepto de “infinito”. Agitaba las manos en el aire y decía: “Puedes seguir contando pero nunca acabarás de contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce… y después el veinte y el cien y mil y un millón y un millón de millones ¡y sigue! ¡y no se acaba nunca!”. El niño abría la boca atónito y señalaba un árbol y decía “¿Y eso?” y la madre, muy segura de sí misma, respondía: “Eso es un árbol y ahí hay otro y ahí y ahí y donde tú no puedes verlos hay más. No importa cuánto cuentes porque nunca podrás contarlo todo, nunca llegarás al final”. El niño, tras el convincente y vehemente discurso de la mujer quedaba satisfecho y en la parada del parque de la Ciudadella se hacía con su triciclo de plástico duro, agarraba fuertemente los manillares y emocionado pedaleaba ahora sabedor de que por muchas vueltas que dieran sus ruedas nunca se iba a acabar el camino que recorrer.


La madre, que no era ninguna bruja, omitió en su explicación del infinito que aunque todo era incontable matemáticamente hablando, lo que sí tenía un claro límite, lo que por el contrario sí era finito, era la propia vida. Vale que hay muchas hojas de árboles imposibles de contar y que el universo se expande, buena mujer, pero lo mismo daría que todo se acabase de aquí a cien años si yo voy a durar ochenta y aunque dedicase mi vida a hacer inventario de todo lo que se pone delante de mis narices algún día será el contador el que pare. Yo, profundamente deprimida en mi asiento, llegué a la conclusión de que es precisamente el contraste de esas dos verdades lo que nos hace infelices: el concepto del infinito respecto al de la propia mortalidad. Entiendo entonces el por qué el hombre moderno – me refiero a mí siempre que digo “hombre moderno” – puede invertir miles de horas de su vida en acabar de ver teleseries completas o leer bibliografías enteras de autores supuestamente fundamentales, todo con mucha rapidez y ansiedad, para evitar morirse sin ver el final de lo que quedará ahí para siempre mientras uno mismo se pudre.


En la adolescencia es cuando empiezas a sospechar que el tiempo es limitado. Es más, te das cuenta de que en toda una vida – quitando la infancia más tierna, la senectud más inactiva, la fase de la educación a terceros  (esta es optativa) el descanso previo al olvido o las obligaciones vampíricas y a menudo inevitables para la subsistencia – sólo disponemos de veinte años de auténtica fiesta. Veinte años entre los catorce y los treinta y cuatro (cálculo nada científico elaborado por mí misma basándome en la gente que conozco, la edad media de los protagonistas de las series de televisión más exitosas y el hecho de que yo acabo de cumplir veintiocho y me hace ilusión creer que aún me quedan seis años más de tonteo).

Notando entonces de manera permanente, aunque al principio subconsciente, el correr del reloj interno, uno tiene constantemente que decantarse por hacer lo que más le gusta. Tarea harto difícil teniendo en cuenta el exceso de oferta actual en absolutamente todos los campos y la ingente multitud de interferencias a la hora de percibir con claridad qué es lo que tira en serio.

Unos dedican los mejores años de su vida a la formación intensa, detallada y profunda para la realización personal, el éxito y el reconocimiento de sus contemporáneos. Otros sólo quieren acumular sabiduría por el placer de engordar las neuronas con datos pesados que los hagan sentir más seguros dentro de un medio que teóricamente conocen mejor que la mayoría. Otros son hedonistas y comen y beben mucho. Otros son hedonistas y follan, follan mucho. Otros son románticos sedicentes y ponen su vida al servicio del encuentro y la sublimación con un afín etéreo. Otros son muy hedonistas y donan su cuerpo como recipiente de sustancias que conmuevan sin parar su sistema nervioso. Les hay incluso que son epicúreos y creen que lo pueden tener todo a la vez. Algunos van al gimnasio. Algunos manipulan a otros. Algunos odian a todo el mundo y hacen algo al respecto o no. Y hay también los que no hacen absolutamente nada y rezan o abrazan el hábito religioso o se suicidan en un evento programado, depende.

Yo a los 17 años quería ser escritora, vivir en una buhardilla con un mueble bar repletito, conocer a muchísimos hombres fascinantes y no enamorarme de ninguno, tener un hijo y recorrer el mundo con él sin conservar ningún trabajo más de tres meses, que a partir de ahí ya se acostumbra uno y el mundo se hace finito contra su naturaleza. Hoy día me conformaría con un contrato de un año en donde sea, un par de cañas a la semana, una docena de páginas al mes y el hombre al que ya he conocido mejor y amo y quiero creer los contiene a todos. Diría que mañana me viene la regla y es el segundo mes que cobro el paro, así que lo de irme por el mundo con el crío lo dejaré para otra reencarnación porque ya no me da tiempo. Sólo concluyo que después de haber quemado dos terceras partes de mi tiempo festivo y de haberme cagado repetidas veces en el infinito, lo único que me queda es soñar. Y a partir del sueño elaborar alternativas que nunca se cumplirán en esta vida pero que por el poder – este sí insondable – de la física cuántica quizás se estén produciendo en vidas paralelas ahora mismo. Inquietante ¿no? Mi top cinco de fiestas que hubiese vivido – o vivo ahora sin saberlo – si en momentos cruciales de mi existencia hubiese ido a tal evento o hecho migas con aquel compañero o prolongado mi noviazgo con ese otro zagal o no roto mi amistad con aquella loca, serían:

1º Esposa de cineasta. Ciudad: Berlín. Hijos: Cero. El cineasta no tiene ni tiempo ni esperma útil. Ocupación: Poetisa cínica con máquina de escribir Olivetti. Situación emocional: Nada enamorada pero muy millonaria. Ni me planteo si soy feliz, todo lo que deseo es acumular objetos bellos que no sirven para nada más que para hacer bonito.

2ª Soltera pre-vagabunda. Ciudad: Manchester. Hijos: Uno y gestándose. Vivo en una casa okupa y no sé quién es el padre del crío. Todos nos queremos mucho y nuestros principales ingresos son de los vestidos y complementos hippies que vendemos en el mercadillo y que yo misma diseño y coso. Situación emocional: Soy muy feliz, me siento querida y estoy drogada la mayor parte del día. Además hablo mejor inglés que castellano y ya sabéis que el inglés es fundamental hoy en día.

3º Lesbiana misándropa. Ciudad: Madrid. Hijos: “Ni in vitro, chacho”. Después de la carrera de Cine conseguí trabajo como guionista televisiva. Situación emocional: Mi novia me quiere y yo me siento culpable porque sólo soy gay por despecho hacia uno que me rompió el corazón. Vivimos en un dúplex en el centro, así que da igual.

4º Bohemia de miras simples. Ciudad: León. Hijos: Más adelante, seguro. Acabé turismo y estoy trabajando como guía del Camino de Santiago. Mi novio es absolutamente perfecto e irreprochable. Situación emocional: Me aburro tantísimo que a menudo fantaseo con planear mi suicidio de modo que parezca un accidente laboral y nadie se sienta culpable.

5º Heterosexual casada al uso. Ciudad: Budapest. Hijos: Dos, al principio había mucho amor. Ocupación: Mi esposo me ha conseguido un trabajo en un periódico húngaro, cuyo idioma por amor aprendí a la perfección en el primer año de estancia. Tengo la casa como la patena y nos han salido unos niños muy monos. Situación emocional: Aunque me siento muy orgullosa de mí misma y de todos mis logros humanos y profesionales, así como mi conciencia social y mi capacidad de adaptación y para complacer a los que me aman, últimamente no dejo de tener sueños eróticos con un redactor y deseo impulsiva e intermitentemente fugarme con él a Austria y dejarlo todo.

Después de esto entenderéis cuando os digo que cagar bien ya me hace feliz; al fin y al cabo, estoy viviendo la mejor de las existencias imaginables.

P.D: Imaginables por mí.

Fantasías salivares con Sheldon Cooper

Justo antes de ver los dedos de mis pies necrosados por un enero barcelonés poco cariñoso, estrené una miniestufa de alto consumo con aspecto retro y peligrosidad elevada. El paroxismo que experimenté en los primeros minutos de calor artificial me llevó a la compulsiva búsqueda de una sit-com que contuviese un personaje llamativo y antiérotico con las suficientes cualidades paradójicas como para elevar mi libido durante al menos veintiún minutos en la intimidad más absoluta de mi microdormitorio nuevo.

Hace dos años tenía un novio que me intentó demostrar en un sólo visionado cuán absurda y tediosa había sido mi existencia hasta entonces sin haber visto The big bang theory. La aborrecí practicamente a los dos minutos de reproducción. Sheldon Cooper, pensé, mis cojones Sheldon Cooper. Y seguí con Ted, Sawyer, Barney y Desmond (si haces una ensalada con Lost y HYMYM acabas poniendo el listón muy alto).

Esta tarde, mi estufa y yo nos comprometimos a explorar lo despreciado en el pasado, como si las experiencias vividas en los últimos tiempos me hubieran preparado para poder digerir con erupto póstumo de satisfacción las bondades de ese colorista universo que hace apología del manual simétrico del friki contemporáneo ideal. Vi dos episodios al azar y acto seguido decidí que si Sheldon no iba nunca a manosearle un pecho a Penny todo aquello de fingir congralutarme con chistes pedantes, previsibles y calculados era lo más parecido a quedar con alguien en el Meetic tras estudiarte la bibliografía de Houellebecq sólo porque decía en su perfil que le pirraba Las partículas elementales (como engancharte al wow para ligar con un emo, algo así retorcido y bajuno).

¿Por qué nos hacen esto? Ahora todo el mundo trinca en la primera cita o, en su defecto, se mandan un mensaje insinuante vía facebook o, peor, declaran públicamente sus intenciones de coito embrutecido sin pudor (no digáis que no, que eso lo veo yo a diario, incluso en mi propio muro) a la primera de cambio. Ahora necesitamos de la ficción para poder calmar nuestras ansias de romanticismo. Antes la gente entraba en internet buscando porno, ahora o pronto, entraremos en busca de micromomentos bellos, de fragmentos de video donde dos personas se miran con ternura, donde emana la complicidad. En vez de videos titulados “colegiala es sodomizada por maduro con elefantismo fálico” nos bajaremos “Chico tímido descubre el amor enseñando a leer a poligonera con buen corazón e inteligencia emotiva”.

Le hemos dado la vuelta a la tortilla y nos hemos dado cuenta de que el lado de abajo ya se nos había quemado.

Tíos, no quería ponerme sentimental con todo esto, pero si han hecho una película sobre el facebook, ¿qué mierdas cabe esperar de la raza humana?

La venganza de lo público

Acabo de recibir un correo cadena con la foto de un asesino, violador y psicópata; todo en el mismo pack. El texto reza “Que todo el mundo conozca a este hijo de puta”. Por lo visto el engendro acaba de salir del centro de menores y no se sabe en qué lugar de la geografía española se encuentra en la actualidad. El mail tiene la intención de hacer a las niñas familiarizarse con el rostro del criminal para no acabar accidentalmente metiéndole la lengua en la boca en un pub nocturno y que éste la muerda, la escupa y la queme. Es un modo de poner las cosas en su sitio, vaya.

No entro a valorar lo práctico, moral o no que es el texto en sí mismo ni sus funciones, es que el hecho me ha llevado a convenir que dentro de todos los males que se le pueden ocasionar a un ser humano para vengarse de sus actos, por monstruosos que sean, la vergüenza es el principal. El qué dirán de ti públicamente, tu reputación, que tatúen las muros del barrio con tu número de teléfono y un listado contiguo de servicios sexuales o que te llamen “puta” educadamente en tu muro del facebook. Eso es lo peor que te pueden hacer.

Cuando los amigos discuten o las parejas rompen, consecuentemente y casi de manera inmediata se borran mutuamente como contacto en las redes sociales. Es bastante revelador. No se trata de una especie de ceremonia simbólica, de rito funerario que llore la pena de la pérdida de un vínculo. Un cojón. Es que nos da un canguelo tremendo que después de haber roto con alguien el otro se ponga a publicar tus miserias a los ojos de todos; que ensucie tu imagen pública. Que avergüence al pequeño político carismático encerrado dentro de cada uno de nosotros y que sólo vive para alimentar su vanidad.

Es terrorífico pensar que la mayoría de nosotros – y me incluyo, osada yo – que nos pasamos la vida buscando valores más elevados y pensamientos más complejos, que necesitamos encontrarle un sentido a la vida superior a nosotros mismos, tengamos al final problemas de insomnio cuando nos pasa por la cabeza una conversación de terceros sobre cuáles eran nuestras costumbres sexuales más excéntricas o qué tipo de anécdotas traumáticas marcaron nuestra infancia. Porque con los amigos y los novios no hay juramento hipocrático y una vez que la relación se trunca y disuelve tememos que se produzca el mismo efecto que si pinchas una cama de agua, esto es, que todo lo que la relación contuvo se desparrame a la vista de todos, nos moje el culo y haga peligrar por completo nuestra estabilidad hasta hacernos caer o sentir muy muy incómodos. ¿No os ha encantado la metáfora de la cama de agua? Es tan precisa y fresca a un tiempo.

Yo por mi parte he hecho tan mal las cosas, he contado tantas intimidades no remuneradamente y he actuado de modo tan ridículo en innumerables ocasiones que creo que he llegado al punto zen en el cual nada de lo que se diga de mí ni quien lo diga me importa. Quizás esa sea la génesis del ir tan agusto al cuarto de baño (dos o tres veces cada día, sí, señores, soy feliz) y de que ninguna pena me dure más de una semana o más de dos películas de Gene Kelly. A todos los demás mortales que estáis ahora viendo a qué corresponde el cuadradito rojo con un 4 o un 5 que hay junto al icono de la bolita del mundo en el cáustico universo de Zuckerberg, a vosotros os diré algo que me dijo mi hermana hace muchos años y que deberíamos tatuarnos en el antebrazo antes de hacer un discurso en un salón de actos llenito: “Todos somos carne en futura putrefacción”.