Jean-Paul Belmondo es gilipollas

Sí, sí, ya sé lo que estáis pensando; la ciclotímica sexy del blog pubertoso se siente despechada y la paga con tipos feos pero aplastantemente atractivos. Pues no señoritos, no es del todo así. Se da la casualidad de que la nueva disposición de mi recién estrenada habitación me obliga a ver cada vez que alzo la vista por encima de la pantallaca de mi bellísimo pero últimamente caprichoso pc, el poster de Al final de la escapada en su versión italiana en el cual Jean-Paul echado mira con indiferencia a Jean Seberg de rodillas sobre la cama a su lado señalando con los dedos de la mano extendidos el número de hombres con los que se ha acostado en su vida (¡siete!). Antes me encantaba este poster y también Jean-Paul y su, a mi pasado parecer, irresistible tono chulesco, pero de un tiempo a esta parte algún cambio se ha operado en mi educación sentimental y mi percepción de la realidad de tal manera que lo que antes me resultaba altamente erótico ahora me produce un violento rechazo. Y Belmondo, inconsciente ante el hecho de haber dejado de adorarle, me irrita sobre manera aún sólo en su materialización en papel cuché. Me cae muy mal, vaya.

Hoy, en el metro, leyendo El viaje a la felicidad de Punset, celebré una reflexión sobre la antítesis de ciertas emociones y el equívoco existente al detectarlas que explicó perfectamente la razón del conflicto súbito en mi relación con el horrorosamente follable actor francés. Se refería particularmente a que el contrario absoluto del amor no es el odio como se supone de manera popular, sino que es la indiferencia la cara totalmente opuesta del sentimiento de amor:

“…cuando estudiamos el comportamiento de los seres humanos, encontramos indicios de uno de los hechos más extraños e inusuales en el mundo de los animales no humanos y es que confundimos la sexualidad con la violencia. Este comportamientos no tiene parangón en el mundo de los primates. El amor y el odio no son opuestos fisiológicos desde el punto de vista cerebral. Son estados muy similares.”

Así es que supongo que lo que me ha pasado con Jean Paul no es más que una leve evolución en mi pasión por él. Lo cuál me lleva a mi triste conclusión de siempre: la gente no cambia, sólo marea un poco la perdiz. Sólo podemos llegar a aborrecer intensamente algo que nos importa de manera semejante en intensidad. Cuando yo he dejado de querer me he olvidado. El número se ha borrado de la agenda, las fotos se han perdido y las cartas de poemas están en el desván oliendo a añejo junto con chandals reconvertidos en pijamas y apolillados en el olvido. Sólo odiamos a la gente que realmente nos gusta, que nos altera, que nos subyuga, que no pone tan palotísimos en el fondo que la violencia materializada en exabruptos se hace incontenible.

Es por esto que creo que Eros y e-325 podrían vivir un romance virtual.

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