Eso nunca te lo cuentan

Mi historia con Barcelona comenzó a mediados de Junio de 1996. Tenía trece años, acababan de ponerme aparato en los dientes y sufría unas fantasías cerdísimas con mi profesor de Historia. Estudiaba en un colegio de monjas, las Dominicas, y la visita a la ciudad condal había sido organizada por algunas de ellas, contemplando dentro de la ruta: la Sagrada Familia (por fuera), el parque Güell, el Nou Camp (por fuera), Las Ramblas de Catalunya y “El barrio chino” (por fuera). El barrio chino era, según las monjas, el Raval. Señalaban hacía la izquierda y decían susurrando y arrastrando mucho las eses y las erres: “Esssso, essso esss el barrrrrio chino”. El arrastre era una pista para poder deducir que había sexo en aquello. Todo lo que fuera “de follar” era tratado por las hermanas como algo tenebroso, peligroso y casi mítico. Ese hambre canina (de lujuria) distorsionaba en su cabeza la idea de barrio de putas hasta cortocircuitarla dotándolas de superpoderes inútiles; pues cuando preguntabas inocentemente que si “barrio chino” significaba que se trataba de la parte de la ciudad con más tiendas de todo a cien, se quedaban mudas, miraban al frente y seguían su camino deslizándose dos centímetros por encima del suelo, derrapando suavemente sobre su vergüenza autohipnótica.

Nadie te cuenta cuando tienes trece años que El barrio chino es un comercio coital. Te enteras tú después de tomarte algo detrás de la Boquería y tragar el café entre vahos de orín y paseantes como sacados de una fiesta de los Sex Pistols.

Mi siguiente visita a Barcelona fue en Junio de 2005. El año que acabé la carrera de Cine (lo tengo que decir porque sólo me ha servido para eso, para rentabilizar el coste a base de menciones). Un amigo me invitó a la ciudad bajo el pretexto de que estaba enamorado de mí. Luego vine y era sólo una estretegia de marketing turístico. Un poco cruel pero efectivo. Fuimos a un montón de sitios guays que hoy día soy incapaz de recordar y durante toda la visita me di cuenta de que mi interés por el hombre combinado con la falta de interés de él en mí daba como resultado una pérdida sustancial de calidad en mis chistes. Cada salida era amenizada con un monólogo de él sólo interrumpido cuando a mí me daba por jalear o aplaudir emocionada. Querer y no ser correspondido te convierte en una gruppie, te descerebra, pierdes todo poder de seducción. Eres una especie de viscosa y repugnante ameba que se arrastra pidiendo más con pudor infinito porque sabe que no merece otra ración. Pide y se disculpa a la vez, una pena.

Nadie te cuenta que cuánto más te gusta la persona menos disfrutas de su compañía por las espectativas creadas y la inseguridad gestada. Y porque además, tú te sientes con el mismo poder sexual que Danny DeVito.

En uno de mis primeros trabajos en Barcelona, ya viviendo aquí, en Enero de 2009 nos invitaron a toda la plantilla a una mariscada postnavideña. A mí no me acaban de gustar los productos de mar y la gente pija que trabaja como comerciales desalmados me produce ganas de automutilarme; ellos te cuentan su dinámica vital y tú mientras te sacas un ojo, metes el dedo bien en la cuenca y hurgas hasta encontrar el botón de apagado. Allí estábamos y el vino no se acababa nunca. El vino como motor de los discursos cada vez más desmadrados del personal. Durante unos instantes parecía claro que la noche acabaría con la mujer de mi jefe subastando sus bragas entre los acólitos más yogurines del marido. Al final se vivieron varios intercambios de pareja y un uso excesivamente naturalizado del consumo de cocaína. Todos ahí sacando espejitos y enrollando billetes, como si fuera una Gincana temática dedicada a Scarface. Rodeada de aquel clima apocalíptico y bastorro me rondó la idea de que al ser imposible vencerlos – no iba a ponerme a clavarle a cada uno su tenedor en la yugular, con lo pasados que iban ya resultaban graciosos- me tendría que unir a ellos y acabaría muriendo con la cara blanca, “harinada”, porque yo no conozco la mesura. Esto de pensar tan intensamente en la muerte durante una cena de empresa debe ser bastante común, pero a mí me llevó a determinar que:

Nadie te cuenta que los que no nos drogamos no lo hacemos por convicción moral o por exceso de imaginación que llene los huecos, los vacíos existenciales,  sino por miedo a la muerte. Sin más.

*Nota: Alguien me preguntó en formspring qué cosas nadie me dijo y luego me enseñó la vida y sólo se me han ocurrido estas tres. Lo he falseado bastante, es un post lleno de trampas, pero en todo caso nunca será tan malo y fraudulento como lo es la última película de Liam Neeson: Sin identidad. No sé si os dais cuenta de que esto que acabo de hacer es probar veneno para evitar que os mate a vosotros. Chaplina ayudando siempre, vuestra probadora de venenos oficial. Liam Neeson caca.

Bloggin for Columbine

Acabo de ver Blog. Qué bien me ha sentado, de verdad, qué bonita. Ahora os vais a cagar con mi verdadero gusto, desde que dije que Desayuno con diamantes apesta ya no voy a tener mesura de tipo alguno.

Durante toda la proyección no he dejado de pensar en Elephant y en Bowling for Columbine.  Y fíjate que tampoco se ve mucha nuca y ningún seso esparcido aquí, pero oye, no sé por qué me imaginaba que para animar el cotarro el personaje de la presunta lesbiana en ciernes acabaría matando al resto del reparto bajo el lema de “o sois mías o no sois de nadie”.

No pasa muy a menudo, pero en momentos así ser una tía no está tan mal, de verdad. Ni siquiera ser una tía y tener quince años debe ser tan vergonzoso.

Mi adolescencia fue una mierda bastante gorda. El primer beso fue como doblar la propia lengua sobre sí misma y refrotarla un rato hasta la arcada. La primera cita fue para ver La delgada línea roja que, os puedo asegurar, que si hoy día sudo de Terrence Mallick, hace trece años sufrí riesgo de embolia fílmica, de ictus celuloido viendo aquello. Y perder la virginidad… uf, eso fue como una visita exclusiva a las fábricas de Coca Cola y descubrir una rata peluda buceando en un tanque de bebida marrón carbonatada mientras el comercial te sonríe y asiente ralentizadamente con la mirada fija en tu estupefacción. La pérdida de la virginidad supuso que me reuniese con mis amigas, que llevaban meses o incluso años con su campaña publicitaria sobre “el sexo: esa panacea” y decidir si realmente necesitaba rodearme de gentuza así. (Os quiero, en serio, pero me la jugásteis, furcias).

Empecé el día realizando un enema a un muñeco de plástico para un examen práctico de cuidados básicos de enfermería – y yo que pensaba que los cuidados básicos eran poner gasitas mojadas en la frente de niños prepúberes febriles –, lo cual me llevó a pensar nuevamente pero de manera más profunda en lo que supone ser una mujer. Sí, te encuentras sodomizando con un tubo de plástico a una figura simbólica masculina y piensas “Hey… ser una chica, no?, qué movida! Qué poder!”. En la película hablan más o menos de esto, se especula sobre la idea del sexo como herramienta de lucha de la mujer. Al menos esa es la película que se montan las niñas dentro de la película que por supuesto va de otra cosa. Demasiado “sexudo” para unas crías, pero oye, a mí me la han colado bien, eh? Me ha encantado; especialmente la secuencia en la que quedan todas para ver una película porno y surge esa temible incertidumbre que nos ha asaltado a todas alguna vez en la vida mientras mantenemos las piernas bien cruzadas: “¿Pero cómo? ¿Cómo puede caber?”

¿Conclusiones de lo que supone ser mujer? Es muy difícil, tremendamente difícil. Hay momentos en los que estás intentando resultar brillante, competitiva y encantadora mientras ocultas que la gomilla de las medias te está estrangulando la cintura. Esto puede sonar altamente frívolo y llorica pero, en serio, imaginad vosotros tener un montón de tiranteces molestas o, en ocasiones, dolorosas recubriendo vuestro cuerpo mientras sois sometidos a examen y juzgados desde un rasero que no solo mide vuestro talento si no el envoltorio. Las chicas no podemos sudar porque resultamos asquerosas; no podemos hacer según qué chistes porque parecemos zafias y poco femeninas; no podemos beber más de la cuenta porque nos convertimos en grotescas; no podemos estrechar lazos con un hombre sin intenciones eróticas sin que nos tachen de trepas; tampoco estrechar lazos con un hombre con intenciones eróticas porque automáticamente seremos unas guarras y, por encima de todo, no podemos pasarnos de listillas e independientes porque la condena al ostracismo social será inmediata, incluso por parte de nuestro propio género.

Ser una tía es hacer equilibrios barajando un puñetero e ingente montón de ítems a veces imposibles de todos cuantos conforman la personalidad humana, estando abocada siempre al fracaso del “pero”.  Sí, sí, muy guapa, pero es tonta del culo. Sí, sí, muy lista pero es fea de cojones. Sí, sí, muy graciosa pero no me pone nada ese rollo. Sí, sí, qué polvazo pero yo a esa no la llevo a casa de mis padres. Sísisperos a granel hasta la lapidación.

Por otro lado creo que esta educación subliminalmente militar que nos están dando tiene una fuerte ventaja y es que están haciéndonos tan sumamente competitivas y pluscuamperfectas a base de latigazos con la regla del excepticismo en las palmas de las manos que llegaremos, sin proponérnoslo siquiera previamente, así, por puro afán de superación y mero fin de gustar a todos, a dominar el planeta. Las mujeres somos un poco como los chinos. No se nota, no, a la chita callando, pero ya verás ya.

En fin, son pensamientos un tanto estériles, ahora. Pero necesitaba dejarlo sentado para cuando la historia me dé la razón.

Sólo si veis Blog entenderéis a qué me refiero. O no. No, seguramente no.

“Tenemos el ojete saturado”

(Eslogan de una pancarta de Plaza Catalunya exhibida a lo largo de la madrugada del día de reflexión de las elecciones autonómicas y municipales españolas, el 22 de Mayo de 2011)


Yo nací en 1983, a estas alturas de la vida creo que todos los miembros de mi generación y los de las inmediatamente anteriores y posteriores, al menos, ya deberíamos saber de manera meridiana tres cosas fundamentales:

La primera es que si eres un mafioso o un alto ejecutivo ficticio y quieres que cuiden de tu chica para que no te la robe nadie, sabes que en cuanto encomiendes la misión a cualquier pringado ajeno al clan será ese mismo el que pasados 90 minutos te la robe ante tu estúpida geta de estupefacción.

La segunda es que si eres Jessica Fletcher no te andes con rodeos ni parafernalias, el asesino siempre es el que te contrató.

Y la tercera, y no menos importante ni menos obvia es que, una semana de Re-Evolución en todas las plazas del país no iba a evitar que uno de los partidos principales del disfuncional sistema bipartidista arrasase en estas elecciones.

Ahora bien, las tres premisas se corresponden con tres conclusiones bien claras, también:

-          Verás, Bill Murray, quizás si te llevas a tu viaje de negocios sucios a Uma Thurman a que conozca Nápoles y la invitas a cenar a sitios guapos donde pongan los mejores fetuccini de toda Sicilia, ella se sentirá cuidada y pasará totalmente de Robert de Niro, que al fin y al cabo es un soso y sólo hace el amor en la posición del misionero ralentizado.

-          Jessica… Cobra por adelantado, mujer, que siempre te la meten doblada esos psicópatas ricachones y piensa que, que yo sepa, las novelistas sesentonas que resuelven crímenes son autónomas y tú ya estás demasiado talludita para no abrir un fondo de pensiones. Que entre los “simpas” y los best sellers de misterio a un euro, no tienes ni para el Flexoben.

-          En cuanto a ti, ciudadano con derecho a voto en España que tiene ampollas en el culo que reafirman su creencia en un sistema mejor o más perfecto, no me resoples y me vengas con lo de “joder… el PP, qué vergüenza, yo me apeo” y quédate ahí, sigue dándole a la cazuela a lo loco, grita, agítate, patalea, exige, suda y come garbanzos hasta que por fin alguien te pueda asegurar la bolsa, la vida, la chica y el futuro presupuesto para los medicamentos contra los dolores reumáticos. Ni Zamora se ganó en una hora, ni viendo Tele 5 en una butaca orejera y resoplando por lo mal que va el mundo y la de imbéciles que salen por la tele.

Violación de la propiedad emocional

Vaya título más pretencioso para un post tan chorra; es un gesto tan fraudulento que ya sé cómo se deben de sentir los visitadores médicos.

Bien, tengo que hacer un par de revelaciones para limpiar mi conciencia de borrones culturales, de mendacidad cinematográfica, de autoengaños en pro de la estética del carácter y la confección “bonita” de la propia educación sentimental. Allá voy: Desayuno con diamantes me parece una de las películas más estúpidas y autocomplacientes de la puñetera historia del cine. El personaje de Audrey Hepburn ahí es una especie de reencarnación anterior de Boris Izaguirre felizmente escondido dentro de una anoréxica estirada y gilipollas.

Los personajes son frivolones y snobs y se pasan la mayor parte del tiempo comportándose con excesiva consciencia de sí mismos y unas ganas histéricas de hacer el imbécil públicamente. La secuencia en la que George Peppard y Audrey Hepburn desayunan champán y luego se van a recorrer Nueva York a hacer juntos “cosas locas” que nunca haya hecho el otro, dura cerca de quince innecesarios minutos y se ha convertido en la malévola semilla que ha propiciado el nacimiento y asentamiento de Sexo en Nueva York en la cultura contemporánea. Por culpa de esa sucesión de paridas en 1961, ahora la mujer del siglo XXI parece una descerebrada guarrona más preocupada por el modelito bien combinado con el bolso del día y el modo en el que hay que succionar correctamente un falo, que por la jodida vacuidad de su perfectamente sondable alma. El efecto mariposa de la tontería barroca.

Sí, amigos, llevo un montón de años diciendo que Breakfast at Tiffany’s es maravillosa; pero jamás lo he creído. Sólo lo sabía abuelita, cuando la vimos juntas y al final nos partimos el culo abochornadas escuchando a Holly Golightly gritar: “Gato, gato… ¿dónde estás gato? Oh, gato…”. ¿Se puede ser más pava?


La razón de haber mantenido esto oculto durante todos estos años es un misterio incluso para mí. Jamás quise ligarme a un chico que tuviese  en consideración esa película como una de sus favoritas de todos los tiempos – y si hubiese querido ligarme a un chico así, en fin, tendría que haber acompañado mi falsa devoción con el pecho vendado y un par de calcetines bien compactados en la entrepierna -. Me he mantenido firme y fiel a mi engaño durante cerca de quince años y, ahora, con esto de las manifestaciones y caceroladas una no sabe si cruzará por dónde no debe y le darán un golpe en la cabeza que le haga olvidar datos tan nimios y a la par tan cruciales cuyo despojo público es júbilo puro. Sí, lo suelto por si se me olvida accidentalmente. Olvidar que odias algo que has hecho creer que amas; como los matrimonios tras las bodas de oro o cometer erratas tontas en el testamento al redactarlo de pedo.

Por otra parte, me puedo tirar horas muertas criticando a Tarantino y sacando pegas de cada puñetero plano. Los que me conocéis creeréis que le aborrezco. Pues es mentira. No tengo ni un miserable carraspeo para Quentin. Es más, le quiero, le prepararía ahora mismo un cocido maragato y le daría un masaje después, durante la digestión. Sencillamente me molestaba tener que dar la razón a la mayoría. Una nunca quiere que le guste el helado de chocolate, Baltasar o conocer Las Vegas porque es demasiado previsible y adocenado. Pero me pirra ver a Uma Thurman cortando cachitos de cráneo y liquidando chinorris en cuatro o cinco casi imperceptibles gestos. O a John Travolta bailar con esa cara de chulo heroinómano pasadito. O a Robert De Niro pegándole dos tiros a Bridget Fonda a plena luz del día por ser una tocapelotas, así, como el que da un manotazo y dice “joder, la pesada esta”. O a Steve Buscemi diciendo que no quiere ser el señor rosa y al propio Quentin quejándose de que señor marrón suena a señor mierda. En fin, Tarantino es un genio y le quiero de verdad, a pesar de que cada día se parezca más a Eric Stoltz en Máscara.

Ufff, me siento muy bien, eh? PERSONALIDAD REAL YA! o PRY! o Pride!

P.D: Tampoco me gustó nada El viejo y el mar. Lo siento, bob, Hemingway me hace cagar.

Estereo Tipos. Capítulo II

El capítulo de hoy es un homenaje a la década de los ochenta y su influencia sobre nuestros ideales, actitudes y espesor de las hombreras. Debí de dibujarlo uno de esos días en que mi querida compañera la poligonera me hablaba abiertamente sobre lo que yo vine en denominar: “romances de inodoro”, haciendo referencia a que pasaban por su vida sin dejar rastro ni trascendentalidad y a que, por norma general, tenían su materialización dentro de un váter público. Como la visualización de sus anécdotas era práctica y dolorosamente inevitable imagino que me aferré a símbolos de mi infancia, totalmente inocuos o, en su defecto, enrollados para poder pasar el día de trabajo sin llegar a golpearme la cabeza contra la pantalla del ordenador hasta procurarme una deficiencia del 33% de incapacidad que me consiguiera un curro mejor.

Así que Bruce Willis y Spock are in the air; como se puede ver en el siguiente gráfico:

A modo de aclaración, él se llama Elliot y está tomando Tang de naranja, lo de la sombrillita es únicamente por estética hawaiana y porque probablemente haya visto muchas películas de Dudley Moore. Ella es la idea que tengo yo del diseño de vestuario de Star Trek cuya serie televisiva o de películas jamás he visionado, se llama Tricia y en lugar de genitales, ya sabés, tiene un tercer sobaco. Ese giro de guión que la lleva a Ibiza en calidad de drag queen, bueno, es demasiado caprichoso y únicamente está motivado porque posiblemente estábamos aproximándonos a la hora de salida o bien mi compañera había gritado en voz alta algo como: “Pues a mí me encanta que me peten el culo” y, vaya, todo son asociaciones de ideas.

Ponerle ojitos tiernos a tu propio clon o incluso zumbártelo*

*Esta entrada contiene una elevada cantidad de spoiler a lo loco.

Anoche vi de nuevo La isla (2005), una película de ciencia ficción que relata la historia de un escocés flipado y una rubia pechugona que descubren que son clones de millonarios, meros recipientes de futuros órganos a donar. Y, les parece muy mal todo. Pero mal atónico, mal de que dices “hostia, en serio soy un clon? ¡pero si mi abuela me daba bizcochos!” y Steve Buscemi te contesta: “es el mismo implante de memoria infantil que tenían todos, nena” y tú dices “Ah, bueno, si protagonizo anuncios de Calvin Klein lo de la abuela es superfluo. ¡Guala! ¿Qué es eso? ¿Una serpiente?”. No me entendáis mal, a mí La Isla me parece relativamente entretenida, pero hace aguas por todas partes y el personaje de Scarlett Johansson es tremendamente ovino pero, claro, ¿qué le puedes pedir a un clon?

Y  aquí está la cuestión: ¿qué le puedes pedir a un clon? O mejor ¿Qué le pedirías tú a un clon? Mi momento favorito de la cinta se produce cuando Ewan Mcgregor se encuentra consigo mismo y descubre que su yo original es bastante gilipollicas, diseña barcos y es potencialmente hepatítico por, según dice, su agitada vida sexual en el pasado; vaya, es un fantasma el tío. Charlan animadamente, Ewan clon cree que Ewan’s original le ayudará a descubrir el pastelón de la fábrica ilegal de seres humanos – te acaba de conocer y ya te mete en un marrón- y al cabo de un cuarto de hora el original está apuntando al clon con un revolver yendo en el coche a 250 por hora. Hay gente que no sabe amenizar una velada sin jugar a la ruleta rusa 2.0.

Amenazar de muerte a tu propio clon, no hombre no, eso no son maneras. Bueno, yo entiendo que todo es razón de contexto, si llama a mi puerta una tía exacta a mí y me dice: “oye, mira, que al final lo de darte mi hígado no puede ser, pero si te hace puedes participar conmigo en una trama conspiratoria que pondrá en peligro la vida de ambas.” Yo, si mi soplo al corazón no cede a la tensión y me mata antes, me echo de casa de una patada en mi lindo trasero, y ni un café me preparo. Pero, ¿qué pasa si te llega tu clon y es como tú pero mejorado? Y no digo mejorado de hacerte coger complejo de inferioridad – sentir envidia de uno mismo; Freud se lo pasaría en grande con esto -, si no mejorado de decir: “vaya ¡pero si soy un bombón”. Os ponéis a conversar y tenéis los mismos gustos e inquietudes, realizáis razonamientos elaborados idénticos sobre vuestro estado de ánimo, vuestras aspiraciones y emociones y acabáis las dos eufóricas por la conexión y química existente entre tú y tu duplicado y, en consecuencia, por instinto y por la pauta social que se ha arraigado en tu conducta a lo largo de la vida, no puedes evitar empezar a tontear. Todo fluye de maravilla, hay una empatía absoluta y te gustas mucho. Llega entonces el momento de tocarle la cara a tu clon a ver qué se siente y porque la situación te lo pide a gritos (esto es muy “Consejo Cosmopolitan”). Acto seguido esgrimes una sonrisa boba y un comentario que con cualquiera que no fueras tú misma haría que te sintieras avergonzada: “Mmmmhhh… qué suave”.

¿No parece de una evidencia meridiana que acabarían enrolladas esas dos pavas? Es muy “Annäis-Annäis de Cacharel” todo esto.


Así que tumbada en la cama, mientras le pegan un tiro a Ewan Macgregor hepatítico, promiscuo y original; yo sentí pena por el fin de un romance que nunca se gestó. De tal modo que no pude evitar decir en voz alta: “Pues yo me lo haría con mi clon a ver qué se siente.” Hubo un largo silencio reflexivo y a continuación un: “Sí, sí, menudo morbazo.”

Puede que esto roce el narcisismo patológico pero sólo es cuestión de analizar el concepto.  Todos nos pasamos la vida pensando que tenemos sentido del humor, buen gusto, que besamos bien y que practicamos un sexo oral de primera. Como la autocrítica es un tema dificilísimo y, por el contrario, ponerse de acuerdo con alguien que literalmente “has encontrado en la calle” es prácticamente imposible, ¿no sería el nirvana de las relaciones pillarte una casita de campo a pachas con tu doble exacto y pasar la vida en una balsa de aceite sin discusiones y con un sexo simétricamente preciso? Nunca tener que decir “no, ahí no, ahí, ahí, ¡ahí!”, porque no hace falta.

Después de estoy tengo la absoluta certeza de que si existe una dimensión postvital tras la muerte y sirve de algo haberse portado más o menos bien en la estancia en la tierra, el paraíso debe ser algo así. Tú y tu alma gemela (gemelísima) flotando en la estratosfera en un sesenta y nueva eterno.

Actriz oscarizada, actriz cagada

No sé qué me ha pasado este fin de semana con José Coronado, pero por fuerza ha de ser la clave para haberme acordado luego de Natalie Portman y las mierdas que está haciendo así porque sí. Estaba viendo La vida mancha y pensando “madre mía Coronado, madre mía, esta noche vas a hacer un cameíto en mi intensa vida onírica, sí señor, sí, eso sí que son entradas sexys, sí, válgame!” y acto seguido me comuniqué a mí misma la posibilidad de que en otro punto del planeta un chico canadiense de 28 años estuviese tirado en la cama viendo Mamma mia y pensando: “mother of mine, Meryl Streep, mother of mine, tonight you are going to make a Little cameo in my intense oniric life, yes sir, yeah, these are a really sexy moves of hips, yeah!,  “worth me”!”. Idea que se desvaneció instantáneamente ante la pasmosa evidencia de que si un tío de veintitantos está viendo Mamma mia, solo en su habitación, posiblemente no le guste Meryl Streep ni nada que tenga vagina. Así que me quedé con la idea de Meryl rechazada por un homosexual y luego, con la más simple, Meryl rechazada porque esta mayor. Después me vi Anita no pierde el tren que aunaba mujer madura enamorada y relativamente estupenda y mi primera sensación del día: “Coronado, sí, por favor”.

Más tarde estudié la idea de las actrices de más de cincuenta que aún tienen rollo y evolucioné hacia la de que no es la edad avanzada lo que las hace perder fuelle. Vi el tráiler de Amor y otras cosas imposibles (cágate) y recordé aquel minirepor del telediario donde afirmaban que todas las actrices oscarizadas de los últimos años habían sido posterior e inmediatamente rechazadas por su pareja. El poder y el éxito han hecho tanto daño al atractivo de las mujeres como los anuncios de higiene íntima para pérdidas de orina y los laxantes o productos contra la flatulencia, cuyos spots siempre están protagonizados por tías. Se nos acusa de tener gases y de triunfar en la vida, no hay manera de tenerles contentos, no. Continuando con el tema – siempre sin abandonar a Coronado subliminalmente; pasarán décadas antes de olvidar el Activia – me descargué las filmografías de las últimas diez féminas galardonadas:

Marion Cotillard justo después de interpretar a Edith Piaff participó en esa meadilla en clave de fa sobre la tumba de Fellini que es Nine. Una mierda bastante grande llena de bombillicas de muchos vatios que hace parecer indigno al mismísimo Daniel Day Lewis. Sandra Bullock, tampoco defraudó a nadie, llevaba toda su carrera haciendo mamonadas, así que resulta altamente coherente que recogiese el Razzie a la peor actriz del año unos días antes del Oscar del 2010 por la pesada y conservadora The blind side; luego ha seguido con sus comedietas de demasiado eterna treintañera. Helen Mirren, la reina, incapaz de renunciar a su imagen de sex symbol mega-talludita hizo junto a Joe Pecsi, Love Ranch de la cual se dijo: “Si una película sobre la prostitución puede ser considerada antierótica, entonces ‘Love Ranch’ lo es”.  Reese Witherspoon se lleva la palma de insultantes pastelones sin puto sentido:  Ojala fuera cierto, Como en casa en ningún sitio o la más reciente y deplorable: ¿Cómo sabes si…? En su caso da la impresión de que ya sólo pensase en los libros de historia del cine del futuro en los cuales figurará en buen lugar; sea como sea, sus nietos nunca dirán “Abuelita y tú por qué hacías tanta basura de joven? Tampoco necesitábamos una mansión para el perro, ¿sabes?”. Hilary Swank debía sentir nostalgia de los tiempos del Nuevo karate kid y después de dejarse el cuello con Clint Eastwood para ganar la segunda estatuilla la cagó con Postdata: te quierouna peli que es caca pero ni yo denostaría una semana antes de la regla – y el bodrio tedioso terrorífico La cosecha. Reconozco que Charlize Theron, oscarizada en 2003, ha hecho cosas respetables desde entonces… sino fuera por ese larguísimo anuncio futurista de Loreal titulado Aeon Flux. Nicole Kidman, ¿qué os puedo decir? Ya sabéis que la odio con toda la fuerza de mi alma, pero siendo objetivos y dejando eso a un lado, lo cierto es que ya hace años que Nicole fue reemplazada por un ciborg en fase beta y aún no han acabado de encontrar el modo de crear en él más registros faciales que el de “mohín sensual” y/o “mirada de loca”.

Ahora Natalie ha hecho una peli con Ashton Kutcher, ese hombre que haría auténtica carrera como chico de calendario si hubiese un gremio más amplio de camioneras en el mundo, una comedia romántica-tóntica: Sin compromiso. Además de la peli con niño y con Lisa Kudrow. Esto prueba que las compensaciones kármicas existen y nadie, ni siquiera la niña de Beautiful girls pueden escapar de ellas.

Ah, se me olvidaba Kate Winslet. Qué despiste, ¿no? ¡Pues claro que no! Kate es irreprochable, no ha hecho absolutamente una sola cagada en toda su filmografía y, de hecho, sólo por ella deberían crear una nueva categoría en la ceremonia, algo así como The Beatificator Oscar for a life dedicated to the pluscuamperfection. Te amo Kate Winslet y siempre lo haré.

La conclusión final de todo esto no es ninguna, como siempre, o son todas, como siempre. Yo diría, porque si no esto va a quedar flagrantemente cojo, que a no ser que seas Kate Winslet, si algún día te dan el Oscar, ve a la ceremonia, recógelo y acto seguido desaparece del mercado, bórrate, o como a los modernos les gustará decir: Salingerízate*. Es la única opción.

*Salingerízate.

Porque él nunca habría hecho un anuncio de yogur para cagar bien.

Estereo Tipos I

estereo-.

(Del gr. στερεο-).

1. elem. compos. Significa ‘sólido’. Estereografía, estereoscopio.

tipo.

(Del lat. typus, y este del gr. τύπος).

1. m. Modelo, ejemplar.

2. m. Símbolo representativo de algo figurado.

(…)

8. m. Persona extraña y singular.

En los cerca de ocho meses que pasé vendiendo tarjetas de crédito por teléfono elaboré un plan de fuga tan sofisticado y paciente como el de Tim Robbins en Cadena perpetua. Mientras él iba escavando gramito a gramito un tunel hacia la libertad, yo, entre llamada y llamada dibujaba viñetas estáticas cargadas de ira. Igual que Tim un día consiguió irse a aquella isla con Morgan Freeman – yo no quiero cuestionarme esa relación, pero en fin,  no me pasaría varias décadas escavando con una azuela para pasar la jubilación puliendo una barcaza en un paraíso natural mientras Merryl Streep me da el coñazo, a no ser que Merryl Streep sea para mí lo que Cristiano Ronaldo para la hermandad mundial de poligoneras -, yo acabaría un librillo de ilustraciones críticas (a no se sabe qué) que vendería muy bien en las estaciones de metro y me permitirían dejar el call center tan alegremente como el que se saca un módulo de manualidades subvencionado por el estado.

Al final me echaron en Navidad por no vender un clavel y ahora estoy cobrando el paro. Aquí os dejo el primer capítulo de la serie que nunca vio la luz:

ESTEREO TIPOS. Capítulo 1: Estrellas sedicentes

Y, a modo de obsequio por primera entrega, un spin off de Drew Barrymore – suponiendo que ésta compartiese piso con Rancia de Luxe en un imaginario surrealista post-universitario -:

Lo que quieres de verdad

Hace poco, yendo al centro en el 41, una madre treintañera andaluza explicaba a su hijo de poco más de dos años el concepto de “infinito”. Agitaba las manos en el aire y decía: “Puedes seguir contando pero nunca acabarás de contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce… y después el veinte y el cien y mil y un millón y un millón de millones ¡y sigue! ¡y no se acaba nunca!”. El niño abría la boca atónito y señalaba un árbol y decía “¿Y eso?” y la madre, muy segura de sí misma, respondía: “Eso es un árbol y ahí hay otro y ahí y ahí y donde tú no puedes verlos hay más. No importa cuánto cuentes porque nunca podrás contarlo todo, nunca llegarás al final”. El niño, tras el convincente y vehemente discurso de la mujer quedaba satisfecho y en la parada del parque de la Ciudadella se hacía con su triciclo de plástico duro, agarraba fuertemente los manillares y emocionado pedaleaba ahora sabedor de que por muchas vueltas que dieran sus ruedas nunca se iba a acabar el camino que recorrer.


La madre, que no era ninguna bruja, omitió en su explicación del infinito que aunque todo era incontable matemáticamente hablando, lo que sí tenía un claro límite, lo que por el contrario sí era finito, era la propia vida. Vale que hay muchas hojas de árboles imposibles de contar y que el universo se expande, buena mujer, pero lo mismo daría que todo se acabase de aquí a cien años si yo voy a durar ochenta y aunque dedicase mi vida a hacer inventario de todo lo que se pone delante de mis narices algún día será el contador el que pare. Yo, profundamente deprimida en mi asiento, llegué a la conclusión de que es precisamente el contraste de esas dos verdades lo que nos hace infelices: el concepto del infinito respecto al de la propia mortalidad. Entiendo entonces el por qué el hombre moderno – me refiero a mí siempre que digo “hombre moderno” – puede invertir miles de horas de su vida en acabar de ver teleseries completas o leer bibliografías enteras de autores supuestamente fundamentales, todo con mucha rapidez y ansiedad, para evitar morirse sin ver el final de lo que quedará ahí para siempre mientras uno mismo se pudre.


En la adolescencia es cuando empiezas a sospechar que el tiempo es limitado. Es más, te das cuenta de que en toda una vida – quitando la infancia más tierna, la senectud más inactiva, la fase de la educación a terceros  (esta es optativa) el descanso previo al olvido o las obligaciones vampíricas y a menudo inevitables para la subsistencia - sólo disponemos de veinte años de auténtica fiesta. Veinte años entre los catorce y los treinta y cuatro (cálculo nada científico elaborado por mí misma basándome en la gente que conozco, la edad media de los protagonistas de las series de televisión más exitosas y el hecho de que yo acabo de cumplir veintiocho y me hace ilusión creer que aún me quedan seis años más de tonteo).

Notando entonces de manera permanente, aunque al principio subconsciente, el correr del reloj interno, uno tiene constantemente que decantarse por hacer lo que más le gusta. Tarea harto difícil teniendo en cuenta el exceso de oferta actual en absolutamente todos los campos y la ingente multitud de interferencias a la hora de percibir con claridad qué es lo que tira en serio.

Unos dedican los mejores años de su vida a la formación intensa, detallada y profunda para la realización personal, el éxito y el reconocimiento de sus contemporáneos. Otros sólo quieren acumular sabiduría por el placer de engordar las neuronas con datos pesados que los hagan sentir más seguros dentro de un medio que teóricamente conocen mejor que la mayoría. Otros son hedonistas y comen y beben mucho. Otros son hedonistas y follan, follan mucho. Otros son románticos sedicentes y ponen su vida al servicio del encuentro y la sublimación con un afín etéreo. Otros son muy hedonistas y donan su cuerpo como recipiente de sustancias que conmuevan sin parar su sistema nervioso. Les hay incluso que son epicúreos y creen que lo pueden tener todo a la vez. Algunos van al gimnasio. Algunos manipulan a otros. Algunos odian a todo el mundo y hacen algo al respecto o no. Y hay también los que no hacen absolutamente nada y rezan o abrazan el hábito religioso o se suicidan en un evento programado, depende.

Yo a los 17 años quería ser escritora, vivir en una buhardilla con un mueble bar repletito, conocer a muchísimos hombres fascinantes y no enamorarme de ninguno, tener un hijo y recorrer el mundo con él sin conservar ningún trabajo más de tres meses, que a partir de ahí ya se acostumbra uno y el mundo se hace finito contra su naturaleza. Hoy día me conformaría con un contrato de un año en donde sea, un par de cañas a la semana, una docena de páginas al mes y el hombre al que ya he conocido mejor y amo y quiero creer los contiene a todos. Diría que mañana me viene la regla y es el segundo mes que cobro el paro, así que lo de irme por el mundo con el crío lo dejaré para otra reencarnación porque ya no me da tiempo. Sólo concluyo que después de haber quemado dos terceras partes de mi tiempo festivo y de haberme cagado repetidas veces en el infinito, lo único que me queda es soñar. Y a partir del sueño elaborar alternativas que nunca se cumplirán en esta vida pero que por el poder – este sí insondable – de la física cuántica quizás se estén produciendo en vidas paralelas ahora mismo. Inquietante ¿no? Mi top cinco de fiestas que hubiese vivido – o vivo ahora sin saberlo – si en momentos cruciales de mi existencia hubiese ido a tal evento o hecho migas con aquel compañero o prolongado mi noviazgo con ese otro zagal o no roto mi amistad con aquella loca, serían:

1º Esposa de cineasta. Ciudad: Berlín. Hijos: Cero. El cineasta no tiene ni tiempo ni esperma útil. Ocupación: Poetisa cínica con máquina de escribir Olivetti. Situación emocional: Nada enamorada pero muy millonaria. Ni me planteo si soy feliz, todo lo que deseo es acumular objetos bellos que no sirven para nada más que para hacer bonito.

2ª Soltera pre-vagabunda. Ciudad: Manchester. Hijos: Uno y gestándose. Vivo en una casa okupa y no sé quién es el padre del crío. Todos nos queremos mucho y nuestros principales ingresos son de los vestidos y complementos hippies que vendemos en el mercadillo y que yo misma diseño y coso. Situación emocional: Soy muy feliz, me siento querida y estoy drogada la mayor parte del día. Además hablo mejor inglés que castellano y ya sabéis que el inglés es fundamental hoy en día.

3º Lesbiana misándropa. Ciudad: Madrid. Hijos: “Ni in vitro, chacho”. Después de la carrera de Cine conseguí trabajo como guionista televisiva. Situación emocional: Mi novia me quiere y yo me siento culpable porque sólo soy gay por despecho hacia uno que me rompió el corazón. Vivimos en un dúplex en el centro, así que da igual.

4º Bohemia de miras simples. Ciudad: León. Hijos: Más adelante, seguro. Acabé turismo y estoy trabajando como guía del Camino de Santiago. Mi novio es absolutamente perfecto e irreprochable. Situación emocional: Me aburro tantísimo que a menudo fantaseo con planear mi suicidio de modo que parezca un accidente laboral y nadie se sienta culpable.

5º Heterosexual casada al uso. Ciudad: Budapest. Hijos: Dos, al principio había mucho amor. Ocupación: Mi esposo me ha conseguido un trabajo en un periódico húngaro, cuyo idioma por amor aprendí a la perfección en el primer año de estancia. Tengo la casa como la patena y nos han salido unos niños muy monos. Situación emocional: Aunque me siento muy orgullosa de mí misma y de todos mis logros humanos y profesionales, así como mi conciencia social y mi capacidad de adaptación y para complacer a los que me aman, últimamente no dejo de tener sueños eróticos con un redactor y deseo impulsiva e intermitentemente fugarme con él a Austria y dejarlo todo.

Después de esto entenderéis cuando os digo que cagar bien ya me hace feliz; al fin y al cabo, estoy viviendo la mejor de las existencias imaginables.

P.D: Imaginables por mí.

Fantasías salivares con Sheldon Cooper

Justo antes de ver los dedos de mis pies necrosados por un enero barcelonés poco cariñoso, estrené una miniestufa de alto consumo con aspecto retro y peligrosidad elevada. El paroxismo que experimenté en los primeros minutos de calor artificial me llevó a la compulsiva búsqueda de una sit-com que contuviese un personaje llamativo y antiérotico con las suficientes cualidades paradójicas como para elevar mi libido durante al menos veintiún minutos en la intimidad más absoluta de mi microdormitorio nuevo.

Hace dos años tenía un novio que me intentó demostrar en un sólo visionado cuán absurda y tediosa había sido mi existencia hasta entonces sin haber visto The big bang theory. La aborrecí practicamente a los dos minutos de reproducción. Sheldon Cooper, pensé, mis cojones Sheldon Cooper. Y seguí con Ted, Sawyer, Barney y Desmond (si haces una ensalada con Lost y HYMYM acabas poniendo el listón muy alto).

Esta tarde, mi estufa y yo nos comprometimos a explorar lo despreciado en el pasado, como si las experiencias vividas en los últimos tiempos me hubieran preparado para poder digerir con erupto póstumo de satisfacción las bondades de ese colorista universo que hace apología del manual simétrico del friki contemporáneo ideal. Vi dos episodios al azar y acto seguido decidí que si Sheldon no iba nunca a manosearle un pecho a Penny todo aquello de fingir congralutarme con chistes pedantes, previsibles y calculados era lo más parecido a quedar con alguien en el Meetic tras estudiarte la bibliografía de Houellebecq sólo porque decía en su perfil que le pirraba Las partículas elementales (como engancharte al wow para ligar con un emo, algo así retorcido y bajuno).

¿Por qué nos hacen esto? Ahora todo el mundo trinca en la primera cita o, en su defecto, se mandan un mensaje insinuante vía facebook o, peor, declaran públicamente sus intenciones de coito embrutecido sin pudor (no digáis que no, que eso lo veo yo a diario, incluso en mi propio muro) a la primera de cambio. Ahora necesitamos de la ficción para poder calmar nuestras ansias de romanticismo. Antes la gente entraba en internet buscando porno, ahora o pronto, entraremos en busca de micromomentos bellos, de fragmentos de video donde dos personas se miran con ternura, donde emana la complicidad. En vez de videos titulados “colegiala es sodomizada por maduro con elefantismo fálico” nos bajaremos “Chico tímido descubre el amor enseñando a leer a poligonera con buen corazón e inteligencia emotiva”.

Le hemos dado la vuelta a la tortilla y nos hemos dado cuenta de que el lado de abajo ya se nos había quemado.

Tíos, no quería ponerme sentimental con todo esto, pero si han hecho una película sobre el facebook, ¿qué mierdas cabe esperar de la raza humana?

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.