La pasada jornada nocturna tuvimos charla trascendental. Un bisexual, un heterosexual y una indefinida prácticamente convencional. Los dos hombres de la mesa defendían la idea de que serían incapaces de yacer de manera cotidiana con alguien que desde el primer día no les “entrase por los ojos”. Este discurso, con el consumo creciente de voll dams se convirtió en un sencillo, pontificador y claro: “jamás me comprometería con alguien que no envidiaran mi amigos.” Yo, personalmente, jamás he seleccionado (que verbo tan nazi, eh?) a mis parejas por lo que pudieran pensar de ellas mi círculo social. De hecho, la mayor parte de las veces, cabría incluso pensar que si lo he hecho ha sido con el fin de que mis novios movieran a la risa de mis amigos, lo cual no deja de ser pintoresco para muchos y lamentable para los dos muchachos que digo me acompañaban en aquella cervecería transformada súbitamente en escenario de terapia de grupo.
“Es que a Marta le gustan los hombres horribles…” dijo el guaperas italiano atusándose el tupé, seguido de un incondicional apoyo argumentado de mi querdio amigo bisex: “Doy fe de ello, empezando por…”, censuro los nombres y descripciones adjuntas que siguieron a esta exposición de mis pasados estados y preferencias sentimentales, ya fueran platónicas o efectivas. Hablaron de mis adorados pasados y presentes como si fueran los candidatos ideales a protagonizar un remake de “Freaks” aka “El pasaje del terror” y me contemplaron con sentida lástima tras la enumeración, culminando el discurso con una pregunta abierta, muy abiera, como las piernas de todas las rubias despampanantes que se habrá trincado el señor Nabo Discomunale: “Por qué, Marta… por qué?”.
Ayer fui incapaz de responder, había dedicado otras once horas a mi nueva vida capitalista y mi coeficiente mental efectivo era de unos 70 perceptiles, sólo era capaz de tragar, asentir o fruncir el ceño. Esta mañana me desperté y cotilleé varios muros facebookianos en busca de respuestas. El muro del facebook es el diario personal sin candado del siglo XXI y me dí cuenta de cuál era la razón, sumamente ingenua y pueril os advierto, de que mis predilecciones afectivas siempre se hayan centrado en individuos de apariencia poco atractiva. Es triste pero… es que los guapos son tontos del culo. Sé que esperabáis una reflexión más sofisticada, pero, nunca aspiré a fundar una religión, chicos. Cuando haces el amor con un feo te sientes a un tiempo diosa y misionera del amor, eres el colmo de la belleza, la inteligencia y el altruismo, un puto pack de perfección. Te dices, “madre mía, qué buena persona soy y que firmes tengo los pechos, este hombre que tengo debajo está a un tris de llorar de agradecimiento.” En cambio, cuando el que está encima de ti es el perfecto aspirante a ilustrar un artículo de metrosexualidad en la Mens health, tu autoconcepto pierde su equilibrio ya de por sí precario a fuerza de visionados constantes de lo que se considera bello o idílico y la única idea que ronda tu cabeza es la siguiente: “Si cambiamos de posición ahora y me tengo que doblar cual contorsionista erótica entregada, cabe la posibilidad de que la antinatural, dolorosa y nada plástica postura deje al completo visionado pornográfico mis zonas menos atractivas, mis cordilleras celulíticas, mi fealdad más oculta y… entonces, la vendida seré yo… shit!”. Sí, shit! en mis monólogos internos me quejo en inglés para remarcar mi ira más profunda.
Los guaperas no quieren hablar de la vida y disfrutar en compañía de alguien afín, no nos engañemos, los guaperas que encima tienen otras virtudes remarcables, son un atajo de prepotentes autofeladores (algo parecido a mí cuando me trinco a un feo) que lo único que buscan es una sumisa aunque hiperactiva y atlética bella mujer que no haya leído nunca un libro porque el tiempo sobrante para la adquisión de cultura lo han dedicado a la adquisición de un vientre plano y unas uñas de porcelana. Lo único que un guaperas listo quiere es casarse con una imbecil a la que sus amigos no lleguen a conocer personalmente nunca pero con la cual tengan fantasias sexuales a diario. Sí, la meta de un macho man es una palmadita de aprobación en la espalda.
Y sí, amigos, he escrito este post lo más rápido que he podido porque si no no me da tiempo de ir al gimnasio a convertirme en una de esas. ¿Os dais cuenta de lo triste que es la vida? Qué vergüenza me doy a veces.

misioneras del amor o…

…esclavas de la tonificación.
P:D: Creo que siempre escribo el mismo post.
Archivado bajo: Uncategorized | Etiquetado: cuando sea mayor quiero ser feliz e idiota, cuando tenga un cuerpo escultural practicaré el kamasutra con george clooney no os preocupéis, hay gente que potencia la aparición de granos, la vergüenza que nos damos a nosotros mismos en ocasiones es una de las emociones mas intensas a las que puede aspirar el ser humano, no me entiendo ni yo, si mis sentimientos fueran aún más oscilantes acabaría hablando en esperanto satánico | 17 Comentarios »





Clander… Jander Clander!